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En
general
A
la tierra enclavada entre los Montes Secula y el Río Orbé se la ha
denominado la Costa Salvaje desde tiempos inmemoriales, mucho antes de que
se pensara realmente que esta zona tenía una extensión considerable
tierra adentro. El nombre ha dejado perplejo, y, especialmente, no ha
dejado de asombrar a quienes oyen hablar del vasto Bosque de Trebonshire y
se enteran que es parte de la Costa Salvaje. Supongo
que ello se debe a que poca gente ha ido alguna vez a esta zona, aun en épocas
en que la Península Arrufat todavía constituía un solo reino y no se
hallaba bajo el dominio de los tonomai, ubicados al otro lado de los
Estrechos de Stevereev. En ese entonces, hace más de cinco siglos, la
Costa Salvaje era una maraña de plantas, rocas, pantanos y acantilados
—que en absoluto valía el esfuerzo intentar convertir en tierras aptas
para ser habitadas al haber suelo mucho más fértil en el resto de la península. En
aquélla época, los bandidos vagaban por los bosques, como también
algunos grupos revolucionarios que buscaban derrocar al Rey de Reyes de
Diram, y que permanecían escondidos en el Bosque de Trebonshire
(recorriendo la mitad de Costa Salvaje) para huir de los hombres de su señor.
Además de ellos había algunos pioneros, tipos audaces a los que no
amedrentaba la vida de privaciones que estaban apunto de soportar. La
mayoría eran los hijos menores de la familia, los que heredarían muy
poca tierra como para vivir bien. Ellos fueron a la Costa Salvaje a
intentar arrancarle un lugar al bosque. Si se observa el mapa actual
(obviamente incompleto), se hallará un buen número de sitios que hacen
referencia al fuego, con terminaciones como “quemar” o “llama”. He
sabido de varias aldeas en la zona que se denominan Bosquemado (lo que
probablemente cause problemas de ubicación); una inclusive se tiene por
nombre Quemallama. Supongo que los fundadores de este pueblo realmente no
tenían tiempo para perder en encontrar un nombre apropiado. Así
las cosas, hace quinientos años la Costa Salvaje todavía era una región
indómita. Los ogros se paseaban libremente, los roedoreantes pululaban
por más de unas parcelas de tierra y los sonidos de los dragones de los
bosques se oían en muchos kilómetros a la redonda. Entonces
comenzó el Ataque Impío (ver Península
Arrufat), y de forma
repentina los habitantes de la zona más tranquila iniciaron la búsqueda
de una salida. Algunos eligieron el camino largo y escarpado por los
Montes Secula, a lo largo del Río Victoria (nombre actual de esa vía
fluvial, aclaro) y hacia el pasaje de tierra que va a Ibrollene. Otros, a
los que la veloz marcha de los tonomai cerró el paso, emigraron cruzando
el Orbé, dirigiéndose hacia la Costa Salvaje en búsqueda del Gran Paso
que atravesaba los Seculas. Son
muchos los relatos, terribles ellos, que nos llegan desde esa época.
Aquellos refugiados tuvieron que abrirse camino a través del terreno difícil
de la Costa, transitando bosques interminables, y, cuando por fin dejó de
aparecer, se enfrentaron al Pantano Negro, una gran zona pantanosa no sólo
habitada por el dragón del pantano sino también —como si eso fuera
poco— por una especie de lagartos inteligentes que defienden su
territorio con fiereza. (En próximos artículos se ampliará la información
sobre el Pantano Negro.) Existe
un sendero, transitable con relativa seguridad, que conduce al Gran Paso,
pero los lagartos patrullan a menudo incluso esas zonas, y los ataques son
bastante frecuentes. Según surge de todos los informes, los refugiados
que intentaron cruzar el Gran Paso eran blanco fácil para esos lagartos,
y fueron muchos los que murieron durante la travesía. Sin
embargo, la mayoría tomó esta ruta; según prueban los informes históricos,
varios miles llegaron a la segura Ibrollene. (Un buen número de ellos más
tarde emprendió un largo viaje la Tierra Azul a fin de forjarse una nueva
vida en la región intacta. Resulta un poco extraño si se piensa que
abandonaron la Costa Salvaje, sitio que se asemejaba de varias formas al
nuevo hogar de estos colonos. Igualmente, poca novedad había en la
experiencia que dejaban en.) Algunos
no corrieron riesgos. Su argumento era razonable: los tonomai no los
seguirían a través del Orbé; en definitiva, el reino de Arrufat jamás
había hecho tal cosa. Y, lo que es más, sabían que a través del Orbé
había puestos de defensa con fuertes guerreros que darían la vida por
asegurar el paso de los refugiados. (Y así lo hicieron —en tanto que
varios de esos puestos cayeron en manos enemigas en los años
siguientes—; mas a estos refugiados les habrán parecido inexpugnables.) Quedaron
diseminados por toda la Costa Salvaje, dividiéndose en grupos variados a
medida que iban afincándose para forjar sus propias vidas. A través del
paso de generaciones fueron haciendo cultivable la tierra, mediante la
quema de árboles y plantas y la construcción de acueductos. La mayoría
de los pueblos y ciudades de esta zona le debe su existencia a los
refugiados del Ataque Impío. Hoy
por hoy, existe poca comunicación entre los asentamientos. Claro, hay
actividad comercial, mas se trata de algún comerciante ambulante que pasa
cada pocos meses, algo para nada regular, por lo que los pobladores en
general no saben casi nada de lo que sucede a su alrededor. Conocen la
zona hasta donde se llega en uno o dos días de viaje a pie o caballo,
tienen bastante idea de quiénes son sus vecinos, ¿pero, más allá de
eso, qué? Pregúntesele
a algún habitante de la Costa Salvaje, que probablemente ni sepa que se
ha expulsado a los tonomai de la mayor parte de la península. De hecho,
quizá ni siquiera conozca el nombre Arrufat, a pesar de que se trata de
la mismísima tierra en la que vive. Sí,
en nuestra época, en que la comunicación instantánea a través de
magiesquelas es un hecho cotidiano, nos resulta difícil creer que exista
tal aislamiento. Pero es verdad. Las magiesquelas no han llegado a la
Costa Salvaje, excepto por contados templos o santuarios de Darawk cuyos
sacerdotes han aprendido esta bendición. ¡En su mayoría los sacerdotes
de Darawk no tienen idea de la existencia de magiesquelas! Creo
que a ello se debe que el pueblo de la Costa Salvaje siempre tiene ideas
encontradas acerca de los extranjeros. Por una parte, muchos de los que
transitan esta región son de mala calaña, y un habitante tranquilo puede
tener sus razones para temerles. Pero
también están los viajeros que traen noticias, y la gente tiene la misma
curiosidad sobre lo que pasa en el mundo que cualquier persona que
conozcamos. En definitiva, el aislamiento no es algo que hayan elegido. Por
favor, no se crea que toda la Costa Salvaje es incivilizada. De hecho,
existen templos consagrados a nuestras amadas deidades e institutos de
hechicería. No tendrán las comodidades de nuestra época de modernidad,
pero sin duda se esfuerzan por mejorar lo que les ha deparado la vida.
Algunas ciudades han alcanzado dimensiones importantes y desarrollado
buenas —y bastante más frecuentes— relaciones comerciales, incluso
con sitios fuera de la Costa Salvaje. Desde
luego que les queda mucho camino por recorrer, y hasta entonces la Costa
Salvaje seguirá siendo una región bastante peligrosa y problemática. El
rasgo más destacable de la geografía es el Bosque
de Trebonshire,
que en el pasado cubría la totalidad de la Costa Salvaje. Los varios
asentamientos, muchos de los cuales han sido abandonados y desplazados
hacia otros sitios (o simplemente saqueados y destruidos), se abrieron
lugar en él, dividiéndolo en varios bosques más pequeños. Lo que hoy
lleva aquel nombre sigue siendo un bosque de enormes dimensiones, repleto
de una gran variedad de vida vegetal y animal, entre los que se destacan
los ratones de garras, que todavía habitan en gran número esa zona. El
Río Orbé
forma un límite exterior casi total. Nace en los Montes Secula, desde
donde primero atraviesa el Pantano
Negro (cuyas aguas provienen del río). Aquí, el Pantano conforma el
límite, hasta que el Orbé abandona los dominios de la lobreguez para
desembocar claramente en el Mar de Shane. En
el sitio exacto donde el Orbé deja el Pantano Negro hay una pequeña
ciudad sobre la costa sur, de nombre Aliaza.
Sus habitantes han descubierto un pequeño negocio en este lugar, ya que a
los buques se les hace imposible seguir por esa curso ante la amenaza del
Pantano, por lo que Aliaza se ha convertido en un centro de actividad
comercial —la réplica de Zona Franca, si se quiere—. La ciudad también
ha cobrado cierta importancia al brindar una de las vías más seguras
para adentrarse en la Tierra Salvaje —o salir de ella—. Podría
parecer extraño, considerando la proximidad de los lagartos, pero debe
notarse que Aliaza es, de hecho, una fortaleza bien protegida que a menudo
evitan. La
mayoría de los demás pasos sobre el Orbé son menos seguros; además,
las tierras de la costa sur rara vez la transitan los servicios de
fletamento, mientras que Aliaza es un buen lugar de partida. Asimismo,
debe destacarse que en la costa norte del río, justo frente a Aliaza, se
hallan las antiguas y oscuras ruinas de otra ciudad que fue arrasada
durante el Ataque Impío. Llamada sencillamente la Ciudad
Antigua, hay cientos de leyendas sobre su destrucción. Los detalles
varían, desde luego, mas según la mayoría de los relatos la Ciudad
Antigua fue la última fortaleza que enfrentó el ataque tonomai. Los
asediaron y sitiaron. Se terminaron los alimentos, pero, justo antes de
que los tonomai atravesaran las murallas de la ciudad, alguien invocó a
una hueste de demonios para que destruyera a los atacantes. En esto, la
suerte acompañó a los habitantes, mas todos los relatos coinciden en que
era imposible controlar a los demonios, quienes, después, continuaron con
la devastación de toda ciudad, incluso matando a los sobrevivientes del
sitio. Ningún habitante de Aliaza jamás pisa la Ciudad Antigua, por
precaución a las criaturas que todavía podrían estar al acecho, aun
después de cinco siglos. Siguiendo
el curso del Orbé hay un número de pueblos y ciudades sin importancia y
que no merecen un comentario especial. Seguro que el viajero hallará una
multitud de ruinas, antiguas fortalezas destruidas durante el Ataque Impío
(y algunas de construcción tonomai que cayeron en manos de otras
fuerzas). Al
final del torrentoso Orbé, donde desemboca en el Mar de Shane, se ubica
la ciudad que se ha ganado cierta fama, más
mala que buena. Zona Franca
es una urbe de grandes dimensiones que podría competir con sitios como la
ibrolleniana Niiz: tiene techos que terminan en agujas clavadas en el
firmamento, caminos amplios y bien mantenidos, edificios altísimos —el
mismísimo rostro de la riqueza, esa es la primera impresión—. Una
mirada más profunda nos revelará que la riqueza proviene de fuentes
bastante poco agradables, ya que en Zona Franca habita el peor revoltijo
de escorias, asesinos, piratas, tratantes de esclavos y estafadores que
jamás se haya visto. (Como se imaginará el lector, no todas las partes
de Zona Franca son ricas. Los que mandan han levantado muros altos
alrededor de los barrios pobres para evitar ver la suciedad.) Si
se tiene que hacer algún negocio —libre o lleno de sospechas— en la
zona, debe irse a Zona Franca. Allí se vende de todo y puede comprarse
casi todo. La ciudad no guarda lealtad para con nadie salvo su propio
gobernante, el (según él afirma) Comodoro Decker. No se aplican sino sus
leyes, que autorizan varias cosas que se considerarían delito en
cualquier otro sitio. (Son muy estrictas, sanguinariamente estrictas,
cuando se trata de evitar que surja cualquier peligro para el Comodoro o
los grandes mercaderes.) Apenas
unos pocos kilómetros al norte de Zona Franca se halla la frontera de la
última provincia arrufatiana controlada por los tonomai, Aicnelav.
A lo largo de la últimas décadas han logrado fortificar esta provincia y
defenderla de las tropas de la Reconquest. Zona Franca cumplió un papel
importante en ello, pues ha brindado amplio apoyo a través de
mercenarios, armas y provisiones —como pago por las grandes sumas de
dinero que el Comodoro le sacó a los tonomai. El Imperio con notables
recursos áuricos, y la defensa de su último baluarte era de tal
importancia para la Emperatriz (sin mencionar al gobernador) que ella de
buena gana pagó por el rápido apoyo. Zona
Franca también se ha convertido en el punto más importante del comercio
de bienes provenientes del Imperio Tonomai; su proximidad con Aicnelav la
hace el socio comercial ideal para enviar mercaderías por la costa sur
del Mar de Shane. (Que al Comodoro no le importe tratar con los tonomai,
enemigos declarados de Arrufat, es un aspecto positivo.) En
el extremo opuesto de la Costa Salvaje se ubica el extraño reino de Rhelfin, acerca del cual se sabe bastante poco. Rhelfin se compone
de una gran ciudad en medio de un amplio círculo rodeado de una muralla mágica,
de más de nueve metros de altura, que forma una circunferencia sin
importar el estado del terreno. (Existen rumores de que se han removido
montes enteros para brindarle espacio a la muralla.) Jamás nadie ha
cruzado esa muralla a menos que se lo haya invitado —lo que rara vez
ocurre—, produciéndose la mayoría de los encuentros con el pueblo de
Rhelfin a punta de aceros o flechas de ballesta de sus soldados
(generalmente clérigos). Lo
que se sabe acerca de Rhelfin es que sus habitantes son fervientemente
religiosos, aunque sus creencias parecen diferir en gran medida de las
nuestras. Al parecer, creen en un solo dios —no el Dios Único
tonomai— y una variedad de santos que sirven a tal dios. Resulta difícil
averiguar más ya que a los rhelfinianos nunca se los encuentra lejos de
su terruño, salvo cuando forman partidas que limpian una buena franja de
territorio alrededor de la ciudad eliminando criaturas peligrosas tales
como dragones o bandidos (y también cualquiera que no tenga nada que
hacer allí, como los comerciantes). La excepción está constituida por
los comerciantes rhelfinianos, que llegan hasta Zona Franca; mas ellos jamás
hablan mucho de su hogar. Zona
Franca
“Antiguamente,
el este sitio se llamaba Atpasom. La ciudad ya era un importante puerto
comercial, además de ser el más seguro embarcadero del extremo oeste de
la península. Los lugareños se enorgullecían de la actividad comercial
pujante que desarrollaban, que les engordó el bolsillo y la barriga, pero
en realidad la protección no era algo que les preocupara demasiado. Vea,
tenían al Rey de Reyes en Diram, cuyo trabajo era asegurarse de que no
los atacaran. Había una fortaleza a dos o tres kilómetros de distancia,
a orillas del Orbé, con una apreciable cantidad de buenos regimientos; y
siempre había dos o tres galeones fondeados en el puerto. “Si
estos tipos hubieran usado la Isla del Refugio, casi seguro que no habrían
tenido tantos problemas. El asunto es que se les ocurrió demasiado tarde. “Sí,
está bien, usted no es de por aquí. Bueno, la geografía no ha cambiado
tanto en los últimos cinco siglos. Si hubiera sido al revés le
sorprendería un poquito, ¿no? Bueno, está el Orbé, que desemboca en el
Mar de Shane formando el delta de toda desembocadura. Súbase a una de
esas torres altas que lo va a ver bien. Igualmente, hay una isla justo en
medio del delta; me parece que era una montaña que la desgastó el río,
pero ahora es una gran meseta triangular, y cada lado mide casi un kilómetro.
Sí, allí es donde está hoy Zona Franca; sus mejores partes, aclaro. Ésa
es la Isla del Refugio. Según dice mi familia, antes se llamaba la Isla
de las Ovejas o de las Cabras, o algo por el estilo. “La
vieja Atpasom se construyó
justo sobre la ribera del río, y el puerto bordeaba toda la línea
costera. El Obré se nos pone muy profundo allí, tan profundo que algunos
grandes barcos pueden llegar bien adentro de la Isla del Refugio, que es
lo que hicieron. Los tipos de esa época pensaban que estarían bien a
salvo allí, considerando que ningún pirata podría navegar seguro a lo
largo de ese kilómetro y pico de río, no con soldados apostados en las
orillas. Ah, los tipos esos deberían haber pensado algo distinto. “Mire,
a lo sumo habrá más de doscientos metros entre la Isla del Refugio y el
continente. Seguro que las flechas llegan al otro lado, ¿y qué? ¿Cómo
se cruza hacia el otro lado? “¿Eh?
Sí, hay puentes. ¿Alguna vez los vio de cerca, padre? Hágalo, y verá
que no son fijos. No tienen pilares ni nada, en serio, créame. Debajo están
esas barcazas, que las pueden sacar y mandar directo a la Isla del Refugio
si alguien intenta atacar. ¿Cómo? Sí, por eso temblaban cuando usted
los cruzó. Quizá hay tormenta en el Mar de Shane. Acá también se
siente. “Bueno,
la vieja Atpasom no tenía mucho en esa isla. Apenas una mansión del
mandamás local —eh, siempre me olvido del nombre que tenía—. Igual
no importa. “Así
que estaba esta ciudad de bolsillos y barrigas llenas a la que se iban
arrimando los tonomai durante el Ataque Impío. ¿Qué cree que pasó? “¡Ajá!
La ciudad cayó, totalmente destrozada por que fueron tan estúpidos que
no usaron lo que tenían alrededor. “Lamento
decirlo, padre, no es lo que pasó. Oh, la guarnición del Rey de Reyes
fue un escombro más después de que los tonomai les pasaron por encima.
¿Los galeones? Viejo, se hundieron tan rápido que quizá se hundieron
solos. “Cuando
los tonomai atacaron mataron a un montón de gente. Algunos huyeron al
sur, a la mierda de la Costa Salvaje. Mal rayo los parta a esos cobardes.
Mis parientes, que vivían acá en ese entonces, no salieron corriendo. No
ha nacido en siglos el maldito tonomai que haya podido meterles el miedo a
su Dios Único. “Tengo
que darle la derecha al mandamás de esa época, por haber pensado rápido.
Ya era demasiado tarde, pero al menos se le ocurrió. Mientras los tonomai
atacaban, él confiscó todos los barcos que había en el puerto y los usó
para transportar a la gente a la Isla del Refugio, llevándose todas las
armas y herramientas que pudieran. En ese momento la isla tomó su nombre. “¡Ah,
qué espectáculo! Ahí estaban los tonomai, esperando para rapiñar las
riquezas de Atpasom, pero todo lo que consiguieron fue un par de
baratijas; todo los tesoros y las cosas estaban en la Isla del Refugio. Y
lo mejor era que estaban todos esos barcos, buenas herramientas para hacer
un sitio, ¿sabe padre?, igual que las catapultas de hoy, nada más que se
llamaban distinto en esa época y no eran tan buenas. Pero mis parientes,
y todos los que estaban allí, les construyeron unas cosas nuevas, las
cargaron con toda clase de proyectiles pesados y los arrojaron al otro
lado del Orbé contra los tonomai. ¡Ah, debe haber sido grandioso! “Bueno,
después no habría mucho para celebrar. O sea, los tonomai podían
tranquilamente cruzarse el Orbé y dejar a todos los tipos solos en la
Isla del Refugio. Un pequeño sitio habría alcanzado para matarlos de
hambre, con tanta gente hacinada en un lugar y tan poca comida. Según
escuché, cargaban las catapultas hasta con ovejas. No todos eran muy
listos que digamos. “Entonces
vinieron los piratas al rescate. Ya sabe, el Comodoro y su gente le dirán
que fueron sus ancestros. Lo dudo. Apenas fue una forma de reclamar Zona
Franca como su propiedad, así lo veo yo. De todos modos, usted pensará
que los piratas son la peor clase de gente, ¿no? Pero esos tipos vinieron
con a la Isla con provisiones, pelearon contra los tonomai y ni siquiera
pidieron mucho a cambio. ¡No se llevaron ninguno de los tesoros! Todo lo
que querían era procurarse un lugar para ellos y ayudar a los atacados en
su trance. “¿Eh?
Bueno, creo que un sacerdote de Darawk como usted debería imaginarse por
qué lo hicieron. Shenaumac podrá llevarse a los tonomai, pero ellos no
permiten la piratería en sus aguas. Matan a todos los piratas que ven,
hasta los cazan. Claro que la mayoría de las otras naciones lo hacen,
pero no al extremos de esta gente. Así que los piratas andaban con los
ojos bien abiertos. Quizá también tendrían un cierto fervor religioso.
De última, los tonomai son infieles, ¿no? “La
cuestión es que los bucaneros ayudaron a nuestra gente. Y con sus barcos
llegaron a destruir algunos de los galeones de los tonomai, los
suficientes para que pegaran la vuelta y no se los volviera a ver. El
mandamás de aquel entonces formó un ejército con parte de su pueblo —¡entre
los que estaban mis ancestros!— y los mandó a cruzar el Orbé, junto a
algunos compinches temerarios de los piratas, y les hicieron sentir a los
tonomai el miedo a los Dioses. “Claro
que volvieron, con refuerzos, y sí que sitiaron Atpasom. Pero con los
piratas listos para la que se venía, nuestra gente resistió. Se
consiguieron algunos hechiceros también, y unos sacerdotes. Esos tipos
que andan con la magia les pusieron unas cuentas sorpresas en el Orbé,
las necesarias para que los tonomai pensaran
dos veces antes de cruzarlo. “Bueno,
Atpasom jamás cayó en manos de los tonomai. Al menos no la Isla del
Refugio. Conquistaron toda Arrufat, pero no la Costa Salvaje. ¡Los que
viven allí deberían estar muy agradecidos por lo que hicieron mis
antepasados por ellos! “Lástima
lo que pasó después. Sabe, hay buenas razones para que esta ciudad ya no
se llame Atpasom. Los tonomai sitiaron este lugar más de treinta años, y
después se fueron como si tal cosa. Se marcharon y construyeron una
fortaleza nueva un par de kilómetros más al norte y decidieron que su
reino terminaba en el Orbé. Tras ello, la gente de por acá comenzó a
preguntarse si la Isla del Refugio era un lugar tan bueno para quedarse.
Algunos se quedaron acá —como mis parientes, que siempre creyeron en
ser leales a ellos mismos—, y otros emigraron al sur, a la Costa
Salvaje. “Por
un tiempo no había mucho más que algunos pastores de cabras y lo que
quedó de Atpasom —o sea, la ciudad vieja, a orillas del río, y lo que
la gente construyó en la Isla del Refugio durante el sitio—. Los
piratas siguieron viniendo, al saber que tenían un lugar seguro y que
realmente le caían bien al pueblo, pero hasta allí llegó el romance. “Eso
duró hasta que el abuelo del
Comodoro decidió hacer progresar este lugar, y, viejo, hemos recorrido un
largo camino ¿o no?” Rack Onteur,
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