Compendio sobre países y regiones de renombre

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Países y regiones

Índice

Prefacio

Sección 1: Países

Sección 2: Regiones

 

La Costa Salvaje


En general

A la tierra enclavada entre los Montes Secula y el Río Orbé se la ha denominado la Costa Salvaje desde tiempos inmemoriales, mucho antes de que se pensara realmente que esta zona tenía una extensión considerable tierra adentro. El nombre ha dejado perplejo, y, especialmente, no ha dejado de asombrar a quienes oyen hablar del vasto Bosque de Trebonshire y se enteran que es parte de la Costa Salvaje.

Supongo que ello se debe a que poca gente ha ido alguna vez a esta zona, aun en épocas en que la Península Arrufat todavía constituía un solo reino y no se hallaba bajo el dominio de los tonomai, ubicados al otro lado de los Estrechos de Stevereev. En ese entonces, hace más de cinco siglos, la Costa Salvaje era una maraña de plantas, rocas, pantanos y acantilados —que en absoluto valía el esfuerzo intentar convertir en tierras aptas para ser habitadas al haber suelo mucho más fértil en el resto de la península.

En aquélla época, los bandidos vagaban por los bosques, como también algunos grupos revolucionarios que buscaban derrocar al Rey de Reyes de Diram, y que permanecían escondidos en el Bosque de Trebonshire (recorriendo la mitad de Costa Salvaje) para huir de los hombres de su señor. Además de ellos había algunos pioneros, tipos audaces a los que no amedrentaba la vida de privaciones que estaban apunto de soportar. La mayoría eran los hijos menores de la familia, los que heredarían muy poca tierra como para vivir bien. Ellos fueron a la Costa Salvaje a intentar arrancarle un lugar al bosque. Si se observa el mapa actual (obviamente incompleto), se hallará un buen número de sitios que hacen referencia al fuego, con terminaciones como “quemar” o “llama”. He sabido de varias aldeas en la zona que se denominan Bosquemado (lo que probablemente cause problemas de ubicación); una inclusive se tiene por nombre Quemallama. Supongo que los fundadores de este pueblo realmente no tenían tiempo para perder en encontrar un nombre apropiado.

Así las cosas, hace quinientos años la Costa Salvaje todavía era una región indómita. Los ogros se paseaban libremente, los roedoreantes pululaban por más de unas parcelas de tierra y los sonidos de los dragones de los bosques se oían en muchos kilómetros a la redonda.

Entonces comenzó el Ataque Impío (ver Península Arrufat), y de forma repentina los habitantes de la zona más tranquila iniciaron la búsqueda de una salida. Algunos eligieron el camino largo y escarpado por los Montes Secula, a lo largo del Río Victoria (nombre actual de esa vía fluvial, aclaro) y hacia el pasaje de tierra que va a Ibrollene. Otros, a los que la veloz marcha de los tonomai cerró el paso, emigraron cruzando el Orbé, dirigiéndose hacia la Costa Salvaje en búsqueda del Gran Paso que atravesaba los Seculas.

Son muchos los relatos, terribles ellos, que nos llegan desde esa época. Aquellos refugiados tuvieron que abrirse camino a través del terreno difícil de la Costa, transitando bosques interminables, y, cuando por fin dejó de aparecer, se enfrentaron al Pantano Negro, una gran zona pantanosa no sólo habitada por el dragón del pantano sino también —como si eso fuera poco— por una especie de lagartos inteligentes que defienden su territorio con fiereza. (En próximos artículos se ampliará la información sobre el Pantano Negro.)

Existe un sendero, transitable con relativa seguridad, que conduce al Gran Paso, pero los lagartos patrullan a menudo incluso esas zonas, y los ataques son bastante frecuentes. Según surge de todos los informes, los refugiados que intentaron cruzar el Gran Paso eran blanco fácil para esos lagartos, y fueron muchos los que murieron durante la travesía.

Sin embargo, la mayoría tomó esta ruta; según prueban los informes históricos, varios miles llegaron a la segura Ibrollene. (Un buen número de ellos más tarde emprendió un largo viaje la Tierra Azul a fin de forjarse una nueva vida en la región intacta. Resulta un poco extraño si se piensa que abandonaron la Costa Salvaje, sitio que se asemejaba de varias formas al nuevo hogar de estos colonos. Igualmente, poca novedad había en la experiencia que dejaban en.)

Algunos no corrieron riesgos. Su argumento era razonable: los tonomai no los seguirían a través del Orbé; en definitiva, el reino de Arrufat jamás había hecho tal cosa. Y, lo que es más, sabían que a través del Orbé había puestos de defensa con fuertes guerreros que darían la vida por asegurar el paso de los refugiados. (Y así lo hicieron —en tanto que varios de esos puestos cayeron en manos enemigas en los años siguientes—; mas a estos refugiados les habrán parecido inexpugnables.)

Quedaron diseminados por toda la Costa Salvaje, dividiéndose en grupos variados a medida que iban afincándose para forjar sus propias vidas. A través del paso de generaciones fueron haciendo cultivable la tierra, mediante la quema de árboles y plantas y la construcción de acueductos. La mayoría de los pueblos y ciudades de esta zona le debe su existencia a los refugiados del Ataque Impío.

 

 

Hoy por hoy, existe poca comunicación entre los asentamientos. Claro, hay actividad comercial, mas se trata de algún comerciante ambulante que pasa cada pocos meses, algo para nada regular, por lo que los pobladores en general no saben casi nada de lo que sucede a su alrededor. Conocen la zona hasta donde se llega en uno o dos días de viaje a pie o caballo, tienen bastante idea de quiénes son sus vecinos, ¿pero, más allá de eso, qué?

Pregúntesele a algún habitante de la Costa Salvaje, que probablemente ni sepa que se ha expulsado a los tonomai de la mayor parte de la península. De hecho, quizá ni siquiera conozca el nombre Arrufat, a pesar de que se trata de la mismísima tierra en la que vive.

Sí, en nuestra época, en que la comunicación instantánea a través de magiesquelas es un hecho cotidiano, nos resulta difícil creer que exista tal aislamiento. Pero es verdad. Las magiesquelas no han llegado a la Costa Salvaje, excepto por contados templos o santuarios de Darawk cuyos sacerdotes han aprendido esta bendición. ¡En su mayoría los sacerdotes de Darawk no tienen idea de la existencia de magiesquelas!

Creo que a ello se debe que el pueblo de la Costa Salvaje siempre tiene ideas encontradas acerca de los extranjeros. Por una parte, muchos de los que transitan esta región son de mala calaña, y un habitante tranquilo puede tener sus razones para temerles.  Pero también están los viajeros que traen noticias, y la gente tiene la misma curiosidad sobre lo que pasa en el mundo que cualquier persona que conozcamos. En definitiva, el aislamiento no es algo que hayan elegido.

Por favor, no se crea que toda la Costa Salvaje es incivilizada. De hecho, existen templos consagrados a nuestras amadas deidades e institutos de hechicería. No tendrán las comodidades de nuestra época de modernidad, pero sin duda se esfuerzan por mejorar lo que les ha deparado la vida. Algunas ciudades han alcanzado dimensiones importantes y desarrollado buenas —y bastante más frecuentes— relaciones comerciales, incluso con sitios fuera de la Costa Salvaje.

Desde luego que les queda mucho camino por recorrer, y hasta entonces la Costa Salvaje seguirá siendo una región bastante peligrosa y problemática.

 

 

El rasgo más destacable de la geografía es el Bosque de Trebonshire, que en el pasado cubría la totalidad de la Costa Salvaje. Los varios asentamientos, muchos de los cuales han sido abandonados y desplazados hacia otros sitios (o simplemente saqueados y destruidos), se abrieron lugar en él, dividiéndolo en varios bosques más pequeños. Lo que hoy lleva aquel nombre sigue siendo un bosque de enormes dimensiones, repleto de una gran variedad de vida vegetal y animal, entre los que se destacan los ratones de garras, que todavía habitan en gran número esa zona.

El Río Orbé forma un límite exterior casi total. Nace en los Montes Secula, desde donde primero atraviesa el Pantano Negro (cuyas aguas provienen del río). Aquí, el Pantano conforma el límite, hasta que el Orbé abandona los dominios de la lobreguez para desembocar claramente en el Mar de Shane.

En el sitio exacto donde el Orbé deja el Pantano Negro hay una pequeña ciudad sobre la costa sur, de nombre Aliaza. Sus habitantes han descubierto un pequeño negocio en este lugar, ya que a los buques se les hace imposible seguir por esa curso ante la amenaza del Pantano, por lo que Aliaza se ha convertido en un centro de actividad comercial —la réplica de Zona Franca, si se quiere—. La ciudad también ha cobrado cierta importancia al brindar una de las vías más seguras para adentrarse en la Tierra Salvaje —o salir de ella—. Podría parecer extraño, considerando la proximidad de los lagartos, pero debe notarse que Aliaza es, de hecho, una fortaleza bien protegida que a menudo evitan.

La mayoría de los demás pasos sobre el Orbé son menos seguros; además, las tierras de la costa sur rara vez la transitan los servicios de fletamento, mientras que Aliaza es un buen lugar de partida.

Asimismo, debe destacarse que en la costa norte del río, justo frente a Aliaza, se hallan las antiguas y oscuras ruinas de otra ciudad que fue arrasada durante el Ataque Impío. Llamada sencillamente la Ciudad Antigua, hay cientos de leyendas sobre su destrucción. Los detalles varían, desde luego, mas según la mayoría de los relatos la Ciudad Antigua fue la última fortaleza que enfrentó el ataque tonomai. Los asediaron y sitiaron. Se terminaron los alimentos, pero, justo antes de que los tonomai atravesaran las murallas de la ciudad, alguien invocó a una hueste de demonios para que destruyera a los atacantes. En esto, la suerte acompañó a los habitantes, mas todos los relatos coinciden en que era imposible controlar a los demonios, quienes, después, continuaron con la devastación de toda ciudad, incluso matando a los sobrevivientes del sitio. Ningún habitante de Aliaza jamás pisa la Ciudad Antigua, por precaución a las criaturas que todavía podrían estar al acecho, aun después de cinco siglos.

 Siguiendo el curso del Orbé hay un número de pueblos y ciudades sin importancia y que no merecen un comentario especial. Seguro que el viajero hallará una multitud de ruinas, antiguas fortalezas destruidas durante el Ataque Impío (y algunas de construcción tonomai que cayeron en manos de otras fuerzas).

Al final del torrentoso Orbé, donde desemboca en el Mar de Shane, se ubica la ciudad que se ha ganado cierta fama, más  mala que buena. Zona Franca es una urbe de grandes dimensiones que podría competir con sitios como la ibrolleniana Niiz: tiene techos que terminan en agujas clavadas en el firmamento, caminos amplios y bien mantenidos, edificios altísimos —el mismísimo rostro de la riqueza, esa es la primera impresión—. Una mirada más profunda nos revelará que la riqueza proviene de fuentes bastante poco agradables, ya que en Zona Franca habita el peor revoltijo de escorias, asesinos, piratas, tratantes de esclavos y estafadores que jamás se haya visto. (Como se imaginará el lector, no todas las partes de Zona Franca son ricas. Los que mandan han levantado muros altos alrededor de los barrios pobres para evitar ver la suciedad.)

Si se tiene que hacer algún negocio —libre o lleno de sospechas— en la zona, debe irse a Zona Franca. Allí se vende de todo y puede comprarse casi todo. La ciudad no guarda lealtad para con nadie salvo su propio gobernante, el (según él afirma) Comodoro Decker. No se aplican sino sus leyes, que autorizan varias cosas que se considerarían delito en cualquier otro sitio. (Son muy estrictas, sanguinariamente estrictas, cuando se trata de evitar que surja cualquier peligro para el Comodoro o los grandes mercaderes.)

Apenas unos pocos kilómetros al norte de Zona Franca se halla la frontera de la última provincia arrufatiana controlada por los tonomai, Aicnelav. A lo largo de la últimas décadas han logrado fortificar esta provincia y defenderla de las tropas de la Reconquest. Zona Franca cumplió un papel importante en ello, pues ha brindado amplio apoyo a través de mercenarios, armas y provisiones —como pago por las grandes sumas de dinero que el Comodoro le sacó a los tonomai. El Imperio con notables recursos áuricos, y la defensa de su último baluarte era de tal importancia para la Emperatriz (sin mencionar al gobernador) que ella de buena gana pagó por el rápido apoyo.

Zona Franca también se ha convertido en el punto más importante del comercio de bienes provenientes del Imperio Tonomai; su proximidad con Aicnelav la hace el socio comercial ideal para enviar mercaderías por la costa sur del Mar de Shane. (Que al Comodoro no le importe tratar con los tonomai, enemigos declarados de Arrufat, es un aspecto positivo.)

En el extremo opuesto de la Costa Salvaje se ubica el extraño reino de Rhelfin, acerca del cual se sabe bastante poco. Rhelfin se compone de una gran ciudad en medio de un amplio círculo rodeado de una muralla mágica, de más de nueve metros de altura, que forma una circunferencia sin importar el estado del terreno. (Existen rumores de que se han removido montes enteros para brindarle espacio a la muralla.) Jamás nadie ha cruzado esa muralla a menos que se lo haya invitado —lo que rara vez ocurre—, produciéndose la mayoría de los encuentros con el pueblo de Rhelfin a punta de aceros o flechas de ballesta de sus soldados (generalmente clérigos).

Lo que se sabe acerca de Rhelfin es que sus habitantes son fervientemente religiosos, aunque sus creencias parecen diferir en gran medida de las nuestras. Al parecer, creen en un solo dios —no el Dios Único tonomai— y una variedad de santos que sirven a tal dios. Resulta difícil averiguar más ya que a los rhelfinianos nunca se los encuentra lejos de su terruño, salvo cuando forman partidas que limpian una buena franja de territorio alrededor de la ciudad eliminando criaturas peligrosas tales como dragones o bandidos (y también cualquiera que no tenga nada que hacer allí, como los comerciantes). La excepción está constituida por los comerciantes rhelfinianos, que llegan hasta Zona Franca; mas ellos jamás hablan mucho de su hogar.

 

Zona Franca

“Antiguamente, el este sitio se llamaba Atpasom. La ciudad ya era un importante puerto comercial, además de ser el más seguro embarcadero del extremo oeste de la península. Los lugareños se enorgullecían de la actividad comercial pujante que desarrollaban, que les engordó el bolsillo y la barriga, pero en realidad la protección no era algo que les preocupara demasiado. Vea, tenían al Rey de Reyes en Diram, cuyo trabajo era asegurarse de que no los atacaran. Había una fortaleza a dos o tres kilómetros de distancia, a orillas del Orbé, con una apreciable cantidad de buenos regimientos; y siempre había dos o tres galeones fondeados en el puerto.

“Si estos tipos hubieran usado la Isla del Refugio, casi seguro que no habrían tenido tantos problemas. El asunto es que se les ocurrió demasiado tarde.

“Sí, está bien, usted no es de por aquí. Bueno, la geografía no ha cambiado tanto en los últimos cinco siglos. Si hubiera sido al revés le sorprendería un poquito, ¿no? Bueno, está el Orbé, que desemboca en el Mar de Shane formando el delta de toda desembocadura. Súbase a una de esas torres altas que lo va a ver bien. Igualmente, hay una isla justo en medio del delta; me parece que era una montaña que la desgastó el río, pero ahora es una gran meseta triangular, y cada lado mide casi un kilómetro. Sí, allí es donde está hoy Zona Franca; sus mejores partes, aclaro. Ésa es la Isla del Refugio. Según dice mi familia, antes se llamaba la Isla de las Ovejas o de las Cabras, o algo por el estilo.

“La vieja  Atpasom se construyó justo sobre la ribera del río, y el puerto bordeaba toda la línea costera. El Obré se nos pone muy profundo allí, tan profundo que algunos grandes barcos pueden llegar bien adentro de la Isla del Refugio, que es lo que hicieron. Los tipos de esa época pensaban que estarían bien a salvo allí, considerando que ningún pirata podría navegar seguro a lo largo de ese kilómetro y pico de río, no con soldados apostados en las orillas. Ah, los tipos esos deberían haber pensado algo distinto.

“Mire, a lo sumo habrá más de doscientos metros entre la Isla del Refugio y el continente. Seguro que las flechas llegan al otro lado, ¿y qué? ¿Cómo se cruza hacia el otro lado?

“¿Eh? Sí, hay puentes. ¿Alguna vez los vio de cerca, padre? Hágalo, y verá que no son fijos. No tienen pilares ni nada, en serio, créame. Debajo están esas barcazas, que las pueden sacar y mandar directo a la Isla del Refugio si alguien intenta atacar. ¿Cómo? Sí, por eso temblaban cuando usted los cruzó. Quizá hay tormenta en el Mar de Shane. Acá también se siente.

“Bueno, la vieja Atpasom no tenía mucho en esa isla. Apenas una mansión del mandamás local —eh, siempre me olvido del nombre que tenía—. Igual no importa.

“Así que estaba esta ciudad de bolsillos y barrigas llenas a la que se iban arrimando los tonomai durante el Ataque Impío. ¿Qué cree que pasó?

“¡Ajá! La ciudad cayó, totalmente destrozada por que fueron tan estúpidos que no usaron lo que tenían alrededor.

“Lamento decirlo, padre, no es lo que pasó. Oh, la guarnición del Rey de Reyes fue un escombro más después de que los tonomai les pasaron por encima. ¿Los galeones? Viejo, se hundieron tan rápido que quizá se hundieron solos.

“Cuando los tonomai atacaron mataron a un montón de gente. Algunos huyeron al sur, a la mierda de la Costa Salvaje. Mal rayo los parta a esos cobardes. Mis parientes, que vivían acá en ese entonces, no salieron corriendo. No ha nacido en siglos el maldito tonomai que haya podido meterles el miedo a su Dios Único.

“Tengo que darle la derecha al mandamás de esa época, por haber pensado rápido. Ya era demasiado tarde, pero al menos se le ocurrió. Mientras los tonomai atacaban, él confiscó todos los barcos que había en el puerto y los usó para transportar a la gente a la Isla del Refugio, llevándose todas las armas y herramientas que pudieran. En ese momento la isla tomó su nombre.

“¡Ah, qué espectáculo! Ahí estaban los tonomai, esperando para rapiñar las riquezas de Atpasom, pero todo lo que consiguieron fue un par de baratijas; todo los tesoros y las cosas estaban en la Isla del Refugio. Y lo mejor era que estaban todos esos barcos, buenas herramientas para hacer un sitio, ¿sabe padre?, igual que las catapultas de hoy, nada más que se llamaban distinto en esa época y no eran tan buenas. Pero mis parientes, y todos los que estaban allí, les construyeron unas cosas nuevas, las cargaron con toda clase de proyectiles pesados y los arrojaron al otro lado del Orbé contra los tonomai. ¡Ah, debe haber sido grandioso!

“Bueno, después no habría mucho para celebrar. O sea, los tonomai podían tranquilamente cruzarse el Orbé y dejar a todos los tipos solos en la Isla del Refugio. Un pequeño sitio habría alcanzado para matarlos de hambre, con tanta gente hacinada en un lugar y tan poca comida. Según escuché, cargaban las catapultas hasta con ovejas. No todos eran muy listos que digamos.

“Entonces vinieron los piratas al rescate. Ya sabe, el Comodoro y su gente le dirán que fueron sus ancestros. Lo dudo. Apenas fue una forma de reclamar Zona Franca como su propiedad, así lo veo yo. De todos modos, usted pensará que los piratas son la peor clase de gente, ¿no? Pero esos tipos vinieron con a la Isla con provisiones, pelearon contra los tonomai y ni siquiera pidieron mucho a cambio. ¡No se llevaron ninguno de los tesoros! Todo lo que querían era procurarse un lugar para ellos y ayudar a los atacados en su trance.

“¿Eh? Bueno, creo que un sacerdote de Darawk como usted debería imaginarse por qué lo hicieron. Shenaumac podrá llevarse a los tonomai, pero ellos no permiten la piratería en sus aguas. Matan a todos los piratas que ven, hasta los cazan. Claro que la mayoría de las otras naciones lo hacen, pero no al extremos de esta gente. Así que los piratas andaban con los ojos bien abiertos. Quizá también tendrían un cierto fervor religioso. De última, los tonomai son infieles, ¿no?

“La cuestión es que los bucaneros ayudaron a nuestra gente. Y con sus barcos llegaron a destruir algunos de los galeones de los tonomai, los suficientes para que pegaran la vuelta y no se los volviera a ver. El mandamás de aquel entonces formó un ejército con parte de su pueblo —¡entre los que estaban mis ancestros!— y los mandó a cruzar el Orbé, junto a algunos compinches temerarios de los piratas, y les hicieron sentir a los tonomai el miedo a los Dioses.

“Claro que volvieron, con refuerzos, y sí que sitiaron Atpasom. Pero con los piratas listos para la que se venía, nuestra gente resistió. Se consiguieron algunos hechiceros también, y unos sacerdotes. Esos tipos que andan con la magia les pusieron unas cuentas sorpresas en el Orbé, las necesarias para que los tonomai pensaran  dos veces antes de cruzarlo.

“Bueno, Atpasom jamás cayó en manos de los tonomai. Al menos no la Isla del Refugio. Conquistaron toda Arrufat, pero no la Costa Salvaje. ¡Los que viven allí deberían estar muy agradecidos por lo que hicieron mis antepasados por ellos!

“Lástima lo que pasó después. Sabe, hay buenas razones para que esta ciudad ya no se llame Atpasom. Los tonomai sitiaron este lugar más de treinta años, y después se fueron como si tal cosa. Se marcharon y construyeron una fortaleza nueva un par de kilómetros más al norte y decidieron que su reino terminaba en el Orbé. Tras ello, la gente de por acá comenzó a preguntarse si la Isla del Refugio era un lugar tan bueno para quedarse. Algunos se quedaron acá —como mis parientes, que siempre creyeron en ser leales a ellos mismos—, y otros emigraron al sur, a la Costa Salvaje.

“Por un tiempo no había mucho más que algunos pastores de cabras y lo que quedó de Atpasom —o sea, la ciudad vieja, a orillas del río, y lo que la gente construyó en la Isla del Refugio durante el sitio—. Los piratas siguieron viniendo, al saber que tenían un lugar seguro y que realmente le caían bien al pueblo, pero hasta allí llegó el romance.

“Eso duró  hasta que el abuelo del Comodoro decidió hacer progresar este lugar, y, viejo, hemos recorrido un largo camino ¿o no?”

Rack Onteur,
Zona Franca, Península Arrufat
(de una conversación con un sacerdote de Darawk que se hallaba de paso en 3162 d. D.; Onteur afirma que su familia ha vivido en la región desde los tiempos de Atpasom)