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Conmoción
interior o el comienzo de la caída del imperio
“A
lo largo de la dinastía Atavid, el fanatismo de los creyentes en el Dios
Único no disminuyó en absoluto, sino que se veía alimentado por lo que
predicaban las sacerdotisas, los anuncios públicos de la emperatriz y los
fallos de los jueces. “Los
Tiamids mantuvieron el sistema judicial sin mayores cambios. A lo sumo,
ampliaron las facultades de los tera’qua
a fin de que tuvieran mayor poder que los gobernadores regionales —mas
el propósito principal era mantener el comercio—. El comercio y la
riqueza constituyeron el objetivo mayor de los Tiamids, herencia del
gobernador Nequôz, sin duda —en tanto, las sacerdotisas y sus sermones
se fueron a pique, al igual que el fervor del pueblo—. “Fue
una gran época, llena de logros y descubrimientos maravillosos. Por
primera vez en la historia tonomai, los hechiceros ocuparon un lugar de
importancia, y sus torres volvían a salpicar el paisaje, en tanto que de
sus academias salían hechiceros —y nuevos encantamientos— a
borbotones. Los mercaderes vieron aumentado su prestigio, junto a sus
caravanas y buques. Según un dicho de la época ‘a Tonomat la baña el
oro torkyn’, la descripción más
acertada de aquella situación. “Pero
al tiempo que disminuía el fervor y la fe, también hacía lo propio la
unidad del país. Llevó muchas décadas hasta que aparecieron las
primeras señales con nitidez, antes disimuladas mediante la preocupación
de la mayoría por satisfacer su codicia por el vil metal. “Irónicamente,
fueron los valles del Denya y el Legnezre los primeros en plantear su
disconformidad con el imperio. En algunos sitios, las fuerzas imperiales
descubrieron los ídolos de los antiguos dioses, y, en 2857 d. D., se halló
a las orillas del Denya el primer santuario consagrado a Umahar. No queda
claro cuántos volvieron secretamente a las antiguas costumbres, siendo,
al parecer, sólo el diez por ciento de la población. Muchos más eran
los que tenían la sensación de que los gobernantes tiamid descuidaron la
cuna de la fe, que Leahcim no era más que una provincia perdida que poco
significaba a los ojos de la emperatriz en Dagba. ¿Acaso no era Leahcim
la ciudad santísima de la fe? ¿No se le debía el respeto que merecía? “En
2878 d. D. tuvo lugar la primera insurrección. Entonando cánticos
religiosos en honor al Dios Único, un pequeño ejército los cuarteles
imperiales en De’kra, y los tomaron tras un día de sitiarlos. La
sacerdotisa que encabezaba el ejército, Olagesh, se declaró como la
nueva y legítima emperatriz. Dos semanas después, las fuerzas tiamid
aplastaron la insurrección, y Olagesh fue enviada a la hoguera. “La
conmoción no se detuvo allí. El pueblo del valle pasó a llevar el
nombre de Olagesh en el alma —algunos llegaron a decir que el Dios Único
la había salvado de las llamas y que había fundado una nueva dinastía—.
Cada tanto, en las décadas posteriores, aparecía una sacerdotisa que
afirmaba ser descendiente de Olagesh, y que llevaría a la nueva dinastía
Olageta al poder, que volvería a ubicar tanto a Leahcim como a la religión
del Dios Único en el lugar que les corresponde. Todos estos conatos se
vieron aplastados por el poder imperial. “Pero
mientras los tiamids se concentraban en lo que ocurría en los valles no
prestaban atención al descontento que había en otras provincias, tanto
en la ex Acheen como las situadas en la costa este; estallaron más
rebeliones. Era muy común que las huestes imperiales contaran con pocos
soldados para enfrentarlas, y transcurrieron meses antes de que mayor
cantidad de nuevos combatientes estuvieran prestos para aplacar a los
insurrectos. “En
la última década del siglo XXIX parecía que una infinidad de focos
rebeldes cubrían todo el Imperio Tonomai. La excepción era la Península
Arrufat, donde la dinastía Umalquai —los representantes del Dios Único—
habían preservado el sistema atavid, puliéndolo hasta alcanzar la
perfección. En la provincia de Nuâsdal, como los tonomai llamaban a la
península, se ejercía un control férreo, y la fe del Dios Único tenía
la misma fuerza de siempre. “En
ese momento —y por segunda vez en la historia de la dinastía— una
mujer, Vereshyl Ata’lamek, se hallaba a la cabeza de los Umalquai. Si
bien no era sacerdotisa, se constituyó en gobernante de Nuâsdal en tanto
que su padre no había dejado otros herederos. (Los Umalquai no seguían
la versión del beiqua que circulaba en esa época, con una nueva redacción por
parte de los tiamids, sino que se aferraban a la versión original.) “Vereshyl
se hallaba muy alterada por los sucesos. ¿La conmoción que sacudía el
otro lado de los Estrechos de Stevereev podía llegar a su amada Nuâsdal?
¿O podía ocurrir lo imposible y el imperio podía caer presa de su
propia debilidad? En tal caso, el comercio se vería amenazado, lo que
afectaría los suministros regulares en los que se basaba la riqueza de Nuâsdal.
Desde luego que era posible abrir nuevas fuentes en las tierras de los
infieles, pero había dos problemas. En primer lugar, los infieles juraron
guerra eterna a los tonomai (lo que probablemente se pudiera resolver
mediante la promesa de ganancias). En segundo lugar, y lo que era más
espinoso, era que el beiqua
prohibía todo contacto con infieles salvo en la guerra. Si bien puede
suponerse que ni Vereshyl ni la mayoría de los Umalquai no veían
demasiados inconvenientes al respecto en la ley del beiqua,
hacerlo contrario habría debilitado la fe del pueblo de Nuâsdal. “Y
ello fue la causa de los problemas del imperio, ¿no es verdad? “En
otras palabras, para asegurar el lugar de Nuâsdal, Vereshyl debía
estabilizar el imperio en sí. En 2897 d. D. logró conformar un buen ejército
para cruzar los Estrechos de Stevereev. Las primeras ciudades costeras
fueron presas fáciles para las huestes umalquai, quienes llegaron a Dagba
en el otoño de aquel año. Pero, al verse impedidas de continuar ante las
murallas de la ciudad, comenzó un sitio que duraría casi dos años. Los
umalquai debieron hacer frente a vario ataques por parte del ejército
imperial —lo que dejó desguarnecidas a las provincias del este, a raíz
de lo cual algunas se declararon independientes y fortificaron sus
fronteras—. Finalmente, en 2899, el sitio terminó, y Vereshyl tomó
Dagba. La emperatriz tiamid fue ejecutada públicamente, mas a su familia
se le permitió seguir con vida. Vereshyl explicó ello a través del beiqua,
en el que se establecía que sólo de castigarse al delincuente, no a su
familia. “El
gobierno umalquai de Tonomat no fue todo lo perfecto que Vereshyl había
esperado. Tras su muerte en 2921, la nueva dinastía comenzó a
experimentar los inconvenientes que habían padecido los tiamids. Les
afectó la vida sencilla de Dagba, haciéndolos tan negligentes como sus
predecesores. Le prestaron menos atención incluso a Nuâsdal, y
lentamente las defensas de la Península Arrufat comenzaron a debilitarse. “Ello
condujo a la reconquista de Arrufat, que se inició en 2974 d. D., al
llegar las primeras tropas de Ibrollene, las que contaron con el apoyo de
los ejércitos de la Tierra Azul (el denominado Imperio Romano), al mando
del general Marco Augusto Hanfalken. El proceso fue lento pero jamás se
detuvo, cual sustancia gelatinosa que recorría Nuâsdal. “Con
su propia tierra natal amenazada, la emperatriz umalquai intentó reunir
sus fuerzas para realizar una defensa, pero varios generales del ejército
imperial se negaron a acatar sus órdenes, afirmando que su intención era
defender al ‘verdadero’ Tonomat, no a una provincia perdida al otro
lado del mar. Si los umalquai hubieran permanecido fieles a las ideas de
Vereshyl y hubieran fortalecido el lugar que ocupaban las sacerdotisas y
la fe, todo habría sido muy distinto, y, quizá, la reconquista de
Arrufat jamás habría tenido éxito. “Así
las cosas, los umalquai fueron derrotados en 2982 d. D., y una nueva
emperatriz se instaló en Leahcim, afirmando —como tantos otros— ser
legítima descendiente de Olagesh. La dinastía Olaghid duró
—aproximadamente— sesenta años, y sufrió los constantes desafíos de
numerosas autoproclamadas emperatrices que reclamaban el Trono de la
Doncella. Fueron incontables las veces en que alguien afirmó ser
descendiente de tal o cual personaje histórico, al tiempo que el imperio
se sacudía con la embestida de las diferentes emperatrices. “Los
olaghids casi sufren el golpe de gracia en 3012 d. D. cuando el Sacro Ejército llegó a la costa sur del imperio, a la boca del
Lengezre, con sus buques. A este ejército lo organizó en Ibrollene el
Divino Sacerdote Supremo, líder de los creyentes en nuestros propios
dioses, quien, además, estuvo al frente de él. (Recomiendo la lectura
del excelente libro “Sacerdote supremo y general” de Tamus Waggoner,
sacerdote cayaboreano de
Darawk, si se desea saber más de este pintoresco personaje.) Al
Sacro Ejército lo
atizaba un espíritu fanático
similar al que fortalecía a las fuerzas tonomai de hace tantos siglos, y
arrasó los valles cual ira de los verdaderos dioses. Ese mismo año fue
tomada Leahcim, y la emperatriz olaghid tuvo que huir, llevándose su
Trono de la Doncella a la odiada Dagba. “El
Sacro Ejército detuvo su
accionar tras conquistar los valles. Allí construyeron fortalezas,
asignaron una fuerte presencia militar e instauraron su propio gobierno.
(Cinco años después, Ibrollene cedió sus colonias, y los valles
volvieron a gobernarse a sí mismos. Jamás volvieron a formar parte del
imperio, manteniendo hoy tanto su independencia como una rara mixtura de
religiones: allí viven creyentes en el Dios Único y los que rezan a los
dioses antiguos y de los nuestros.) “En
un acto de piedad, ignoremos la etapa de conmoción generalizada que le
sucedió a este período. El imperio quedó prácticamente desintegrado en
el siglo siguiente, merced a la secesión y reconquista de provincias y a
emperatrices y dinastías que se declaraban gobernantes omnipotentes. Lo
que debe resaltarse es que la última emperatriz olaghid y toda su familia
fueron asesinadas en 3041 d. D.” Sabio Demercur Ylvain, Los
dos imperios
“En
3119 d. D. la guerra civil llegó a su punto culminante. Para esa época,
se habían perdido todas las provincias del este que costeaban el océano,
al igual que los valles del oeste. A la Península Arrufat (o Nuâsdal) la
habían reconquistado casi por completo las huestes ibrollenianas; sólo
faltaba una pequeña parte de la provincia, pero seguía aferrándose con
fervor al nombre de Nuâsdal —y al hecho de que su gobernante era
descendiente de la dinastía Umalquai—. “En
el continente, los umalquai habían tomado el Trono de la Doncella dos
veces en lo que iba del siglo anterior —pasándose a denominar la
Segunda y Tercera Dinastía Umalquai, respectivamente—, mas ninguna duró
demasiado, considerándoselas extintas en el siglo XXXII. En todas partes,
salvo en Nuâsdal, claro está. “Dos
grandes personajes hicieron su aparición en escena en ese tiempo: en Nuâsdal,
Hyero Ata’lamek tomó el poder provincial, mientras que en Obrosvek,
sobre el río Cheselain, Atavi Ghalar era la suma sacerdotisa del Dios Único.
(Atavi afirmaba ser descendiente de su homónima, la hija mayor de la
doncella. Por extraño que parezca, tal afirmación fue objeto de estudio
de un gran número de eruditos —¡inclusive
sacerdotes de Darawk!—, y parece ser mucho más sólida que la de
Ghaltara, ¡la primera emperatriz!) “Con
bastante premura ambos organizaron grandes ejércitos en el continente, y
ambos afirmaban estar imbuidos del espíritu del Dios Único, que les exigía
reunificar el imperio. Los que en realidad hicieron fue dividir a Tonomat
en dos partes de casi igual tamaño y fuerza. Se libró una contienda
civil en 3119, pero rápidamente se hizo palmario el hecho de que,
cualquiera fuera el vencedor, representaría una derrota para los vecinos
de los tonomai. El imperio se vería tan debilitado que sería la presa más
fácil para cualquier invasor. “Con
el carisma, inteligencia y razonabilidad que caracterizaba a ambos líderes,
decidieron celebrar un encuentro junto a sus representantes para hallar
una salida a la situación. “Quizá
sea poco prudente de mi parte creer los relatos que se han escrito acerca
de este encuentro, pues parecen tan… improbables. Parecen cuentos de
hadas, historias inventadas para ocultar un acontecimiento serio, mas…
Oh, está bien, soy bastante dado a lo romántico, por lo que te ruego,
caro lector, que tomes con pinzas el siguiente informe. “El
debate fue acalorado. Los miembros de ambas dinastías, ambos ejércitos,
se propinaban su fastidio a los gritos unos a otros; los ánimos estaban
caldeados. A menudo las conversaciones se hallaban al borde de convertirse
en peleas o batallas, en tanto que los soldados esperaban afuera prestos a
tomar las armas. “Pero
a cada momento tanto Hyero Ata’lamek como Atavi Ghalar levantaban la voz
para calmar los ánimos, ya fuera recitando partes del beiqua
o simplemente recordándoles el verdadero propósito de su presencia allí.
Poco a poco, ambos bandos se dieron cuenta de que sus argumentos eran los
mismos, que perseguían iguales objetivos. “Y
aún con más lentitud, pero con la fuerza de una avalancha que va
cobrando potencia gradualmente, tomaron conciencia de que no había
necesidad de discutir. Más aún, disfrutaban la compañía del otro. Se
dieron cuenta de que el Dios Único los había colocado en Gushémal para
unificar el imperio, haciéndolo uno desde el punto de vista territorial
—y personal—. “Tras
dos meses de negociaciones oficiales, los generales de ambos ejércitos
procedieron a tratar de ubicar a sus líderes, quienes no aparecían por
ninguna parte. Para su asombro, sí hallaron a Hyero y Atavi —en un
dormitorio del palacio de Dagba—. Después de un mes, ambos contrajeron
oficialmente matrimonio, y Atavi pasó a ocupar el Trono de la Doncella
como la nueva emperatriz, con Hyero como su visir. Se fundó una nueva
dinastía, que fusionaba a los descendientes de la doncella con los
herederos de Nuâsdal en la dinastía Atalquai.” Sabio Demercur Ylvain, Tonomat
hoy
En
rasgos generales, la dinastía Atalquai tuvo éxito en la unificación y
solidificación del imperio que hoy existe. Ha habido algunos conflictos bélicos
limítrofes, y en los primeros tiempos algunas provincias más se
separaron, mas desde 3127 d. D. el Imperio Tonomai ha permanecido
inalterado. Los
atalquai volvieron a instaurar el sistema judicial, tanto los tera’qua como zu’qua,
cuyas facultades y derechos se había visto menoscabados en el siglo
anterior. Las sacerdotisas recuperaron su alto prestigio social. El ejército
sufrió una reforma importante, asegurándose que sus miembros prometieran
lealtad a la emperatriz atalquai. Empero,
el imperio se halla muy lejos de la gloria que una vez alcanzó, lo que ha
provocado el descontento de algunos tonomai. Los rebeldes acechan algunas
zonas, pero sufren la persecución de las fuerzas imperiales siempre que
es posible; no son una amenaza seria para los atalquai, dado que, en
particular, esta dinastía ha demostrado tener fuego sagrado. Quizá
es el espíritu del Dios Único, no sabría decirlo. Ni tampoco puedo
afirmar qué les ocurrirá a los tonomai en el futuro, si es que acaso
volverán a amenazar nuestras tierras. En lo personal, me resulta dudoso,
pues los atalquai también han reformado la fe del Dios Único. Ellos
permiten el intercambio comercial con el exterior —si bien el beiqua
todavía prohibe todo contacto con infieles, esa ley jamás se aplica—,
han autorizado la instalación de embajadas de otras naciones en Dagba y
han enviado sus propios representantes diplomáticos a otros países. El
estado actual de la fe tonomai la muestra como un credo más civilizado,
que merece honor y respeto. Bien puede volver a sus raíces
fundamentalistas y violentas, mas espero que prime la razón. Ello, creo,
es el verdadero legado de los fundadores de la dinastía Atalquai, Hyero y
Atavi. Sabio Demercur Ylvain,
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