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La
conquista de Acheen
“Acheen
todavía se hallaba conmocionada por la invasión de los pueblos de
jinetes del norte. Los karuth habían cabalgado por medio territorio,
devastando pueblos y ciudades, llevándose oro y mujeres cautivas y
sembrando miedo y pánico. Ni uno de los gallardos guerreros de Acheen
pudo hacerles frente: les pasaron por encima con las bestias o los mataron
de lejos con flechas”. “Quedaban
preguntas pendientes. ¿Cómo pudieron los karuth permanecer montados en
los caballos y arrojar las flechas con tanta precisión? ¿Cómo invasores
vulgares e indisciplinados pudieron concretar un ataque exitoso contra
soldados bien entrenados?” “Se
retiraron tan rápido como habían llegado: cual vendaval pasaron
raudamente sobre Acheen y siguieron de largo. Pareció que un día, de
repente, los karuth asolaron todo, tras lo cual sólo quedaban flechas
arrojadas y edificios en llamas, al tiempo que los jinetes volvían a su
hogar en las estepas”. “Habían
pasado apenas unos meses desde la invasión cuando los tonomai llegaron
del oeste. A lo largo de años se habían contentado con sus reducidos
valles, y ahora intentaban atacar a la poderosa Acheen. ‘¡Un ratón que
quiere aplastar un camello!’, como decía el gran visir. Empero, el
pueblo de Acheen tenía un recuerdo muy vivo de las miserables hordas de
los karuth”. “Las
huestes tonomai eran poco numerosas; quizá llegaban a sumar tres mil
hombres en total. Acheen los superaba en más de treinta veces. El
resultado debería haber sido fácil de predecir”. “Sin
embargo, el pueblo sentía temor ante más batallas e incursiones crueles,
por lo que los tonomai se encontraron con la mayoría de las puertas
abiertas al llegar a las ciudades y señores que entregaban sus armas en
señal de rendición. Todo se hizo como bienvenida a los invasores, para
evitar que asolaran las ciudades. Al comienzo funcionó a la perfección,
en tanto que los guerreros tonomai ingresaban a las ciudades, aceptaban la
rendición y acampaban en las afueras”. “Pero
sus sacerdotes comenzaron a predicar en los mercados, insistiendo en que
los acheen debían abandonar a sus dioses y someterse al Dios Único. Los
clérigos no dejaron dudas respecto de los que podían hacer los soldados
que se hallaban en las afueras si el pueblo no cumplía esta orden”. “¿Qué
debían hacer los acheen? ¿Adoptar la fe en un nuevo dios, un dios
extranjero, y traicionar todas sus creencias, sólo para evitar el terror
de un día? ¡Sus almas padecerían el terror eterno!” “Algunos
sí aceptaron la religión tonomai, y se sabe de conversiones masivas. A
todos los conversos se los pasó a llamar tonomai y se les enseñó a
olvidar su herencia acheen. Asimismo, se les prohibió hablar con
parientes que no hubieran adoptado la nueva fe”. “Se
desgarraron familias enteras, y a algunas se las reunió por la fuerza
cuando a los miembros remisos se los lograba convertir de igual manera. Y
esa fuerza la impusieron los nuevos tonomai, no el pueblo del valle. Estoy
seguro que el fanatismo se adueño de un buen número de conversos, lo que
los llevó a cometer más atrocidades que las que amenazaban las huestes
foráneas”. “La
mayoría de los acheen mantuvieron sus costumbres, y después de pasado el
mes que se le concedía a cada ciudad, el ejército tonomai ingresó a las
ciudades nuevamente —esta vez con las armas desenfundadas, para cumplir
con la devastación prometida—. […]” “Cuando
por fin el ejército acheen, con un contingente de no menos de veinte mil
hombres, llegó a la región oeste, la mayor sorpresa que se llevaron fue
que no podían hacerle frente directamente a los tonomai. (Su número se
había incrementado al doble del tamaño primitivo, gracias a nuevos
reclutas de las ciudades acheen conquistadas que pasaron a engrosar sus
filas. Los sacerdotes del Dios Único trabajaron intensamente para
asegurarse que los recién incorporados sintieran el ardor que provocaba
el fervor sagrado de sus camaradas, y en las más de las veces tuvieron éxito.)” “Los
tonomai jamás habían establecido vínculos con los pueblos y ciudades de
Acheen, sino que confiaban en sus campamentos. Hasta los nuevos tonomai se
vieron obligados a cortar todas sus relaciones, a fin de que el ejército
pudiera permanecer en constante movimiento, el cual se hallaba dividido en
una multitud de pequeñas unidades que se ocultaban con facilidad, gracias
a la ayuda de los vecinos del lugar, que lo conocían a la perfección”. “Esas
unidades tonomai eran las que encendían la chispa de las batallas,
atacando en el crepúsculo y retirándose, a más tardar, tras una hora de
combate. Cuando los acheen emprendían la persecución de sus oponentes,
éstos ya habían vuelto a su escondite”. “Al
no superar el afamado ejército acheen a los tonomai, comenzaron a correr
rumores acerca del poder del Dios Único —llegándose a relatos según
los cuales los antiguos dioses habían muerto, o bien que la deidad
tonomai les había dado muerte—. Al principio, hubo ocasiones en que los
mismísimos dioses antiguos aparecían para socorrer a los acheen, mas, a
medida que pasó el tiempo, estos hechos acontecieron de forma cada vez más
esporádica, dándole mayor fuerza a los rumores”. “Como
consecuencia, fueron cada vez más los acheen que pasaron a adoptar la
religión extranjera, sumándose a las filas de los invasores”. “En
un lapso de dos o tres años —las fuentes no son muy precisas al
respecto—, las fuerzas tonomai habían crecido hasta igualar al ejército
acheen, y, por primera vez, los invasores se aprestaban a iniciar la
contienda. La batalla fue terrible. Según el beiqua,
ningún tonomai vio la muerte, en tanto que siete mil acheen sí la
conocieron, a la vez que los tres mil sobrevivientes quedaron
desperdigados por todo el territorio. Es obvio que este relato es muy poco
creíble, como también lo son los documentos de origen acheen que
llegaron hasta nosotros, en los que se afirma que las fuerzas tonomai
llegaban a treinta mil hombres, y que, aunque se mató a la mitad de los
soldados de Acheen, igual suerte corrieron veinticinco mil invasores. Lo más
probable es que ambos ejércitos hayan sufrido tremendas pérdidas, y que
el furor religioso de los tonomai los haya hecho seguir peleando hasta
cantar victoria.” Torqueil Serchest, “Conquistar
Acheen fue el hito más importante en el avance tonomai. Nacida en el
valle, la fe del Dios Único de repente pasó a abarcar un territorio que
iba del Desierto Elfadil hasta el Mar de Shane, llegando el límite este
casi al océano; un vasto territorio que se vio invadido por el fanatismo
de los tonomai y que en pocos años se hallaría unificado por la fe en el
Dios Único”. “Fue
en esta época que se escribió el beiqua.
Si se recuerda lo poderosas que deben haberse sentido las sacerdotisas
tonomai, se comprende mucho mejor el tono y la inclinación del libro.
Sentían la fuerza del Dios Único, que les permitía alcanzar una
victoria magnífica e imposible. Había que convertir a todo un reino, una
enorme población, y los religiosos cumplieron la tarea con todo el fervor
que habían puesto sus guerreros en los combates”. “Los
tonomai no permanecieron impermeables a la sociedad y cultura de Acheen.
Si se analiza la cultura de los valles, se constatará que el beiqua
poco refleja sus ideales y mucho más la rígida sociedad de Acheen.
Algunas leyes que aparecen en el beiqua
son citas casi textuales de libros de derecho acheen. Pero la diferencia más
marcada es que en los valles las mujeres, si bien no habrán tenido muchos
derechos, en absoluto se las aislaba ni se las consideraba un bien, como
era común en Acheen —siendo ello el probable origen de la estructura ilógica
de la cultura tonomai actual—”. “Por
una parte, la mujer se hallaba al servicio del hombre —fuera éste su
padre, un pariente de mayor edad o su marido— y se esperaba que siguiera
sus órdenes al pie de la letra. El beiqua
sí le permitía tener bienes, pero limitaba en gran medida su
libertad”. “Por
otro lado, el estrato superior de la sociedad tonomai es el clero
—compuesto exclusivamente por mujeres—. Al Dios Único sólo lo
veneran sacerdotisas, quienes están por encima de todo los tonomai,
incluidos los hombres. Sin embargo, existen normas sobre su conducta. Si
se hace una comparación con el código rígido y estricto al que deben
ajustarse otras mujeres, las sacerdotisas gozan de gran libertad para
hacer lo que les plazca. Según creo yo, ello es así dado que su código
de conducta le debe más a la cultura de los valles que a la de Acheen”. “Los
hombres ejercían el dominio en los valles; empero, no reducían a sus
mujeres tanto como los Acheen. Esas reglas liberales se aplicaban al
sacerdocio, sin duda porque al beiqua
escribieron sacerdotisas que deseaban mantener su libertad. Supongo que se
contentaban con los patrones culturales del valle, con los límites con
los que debían convivir —lo que conocían aparte de ello eran aún
peor—. En ocasiones me pregunto si su intención no era mantener estas
normas sólo el tiempo necesario para convertir a los acheen. En
definitiva, al continuar con el sometimiento de las mujeres, condenaban a
su propio sexo a una vida servil. No me imagino que ello las hiciera
felices”. “Nuevamente
se plantea la dificultad de juzgar su pensamiento.” Torqueil Serchest, La
defensa del poder
“El
pueblo adoraba la ley del beiqua,
y a los heraldos se los bañaba de ofrendas cada vez que iban a los
pueblos de Tonomat a dar sus anuncios. Los recuerdos de Acheen y sus impías
creencias se vieron borrados por la gloria del Dios Único”. “Pronto,
esa gloria se hizo más grande, al ir los guerreros, iluminados por el espíritu
del Dios, hacia el este a enfrentar a aquéllos que se habían negado a
aceptar la ley, quienes no podían hacer frente a los soldados del Dios Único,
que llevaban la imagen de la doncella en los corazones y las palabras del beiqua
en la boca”. “Los
pequeños reinos, unos tras otros, fueron cayendo a sus pies, reconociendo
que existía una sola deidad, sólo el Dios Único, y que su poder era
supremo. Pueblo tras pueblo quemaba sus ídolos, pintaba de blanco divino
sus templos y aprendía de memoria las palabras del beiqua.
Se levantaron imágenes de la doncella para venerarla. Su toque de clarín
se escuchaba cada vez más lejos de la ciudad de Leahcim, y sus palabras
esplendorosas se divulgaban alcanzando a cada vez más creyentes”. “En
Leahcim, la dinastía de los Atavids —que deben su nombre la primogénita
de la doncella, de quien eran descendientes— construyeron su palacio y
santuario del Dios Único, desde donde gobernaban el reino. Fue allí
donde la suma sacerdotisa Ghartala, hija de Atavi, anunció que había
nacido una nueva nación. No sólo una nueva nación, sino un imperio.
‘La ley debe llegar más lejos’, exclamó a la multitud que se había
congregado bajo el balcón del palacio. ‘Debe permanecer tan sacrosanta
como ahora. ¿En quién confían para proteger la ley?’ “La
pregunta retumbó en toda la plaza, quedando miles en silencio y acallándose
todos los vítores ante la espeluznante idea. ¿En quién podía confiarse
realmente, quién sería digno de tal confianza?” “Y
la respuesta inundó la plaza en un grito que unió diez mil voces: ‘¡Sólo
los descendientes de la doncella!’” “Ghartala,
hija de Atavi, primogénita de la doncella, aceptó el poder de que la había
investido el pueblo. Al día siguiente, en su palacio de Leahcim, fue
coronada emperatriz, la primera del Imperio Tonomai, ¡y su mandato
esplendoroso sería un tesoro para la historia que se escribiría en los
milenios siguientes!” Afah’aku Ubas, “La
emperatriz Ghartala gobernó con crueldad y severidad. No hay necesidad de
recurrir fuentes exteriores a Tonomat; los registros oficiales del imperio
alcanzan para conocer la verdad. Los encarcelamientos y torturas masivas y
las decapitaciones se multiplicaron en el reinado de Ghartala, como si la
supuesta nieta de la doncella no pudiera hallar mejor divertimento. (Digo
supuesta porque más de una duda a existido respecto de su ascendencia,
aun durante su mandato.)” “Ello
convirtió al beiqua en la única
norma oficial de su tierra, tanto los valles como la ex Acheen, al igual
que las nuevas provincias del este. Se instalaron jueces —denominados tera’qua— en las ciudades importantes para aplicar la ley; se
les otorgó un gran número de escoltas militares a fin de cumplir con
esta tarea. Asimismo, los tera’qua
autorizaron a jueces inferiores —los zu’qua—
a que actuaran como sus representantes en cuestiones de menor importancia.
Juntos pasaron a conformar un sistema que duraría la mayor parte de la
historia tonomai. Aunque los jueces no eran parte del clero —lo que les
estaba prohibido por ser hombres—, siempre mantuvieron con él lazos
estrechos, no pocas veces
mediante el matrimonio con sacerdotisas. Más que verse limitados en su
autoridad, este contacto la amplió, pudiendo interpretar libremente el beiqua en casos que no habían caído en su órbita”. “(El
beiqua se centraba en las
relaciones entre el señor y su vasallo, el hombre y la mujer, como también
en el homicidio y el robo. Cuestiones nimias, como la herencia, se
trataban con poca claridad. Los jueces recurrían a los relatos sobre la
vida de la doncella para resolver los conflictos que les planteaban al
respecto. De esa forma sentaron precedentes a los que recurrirían los próximos
tera’qua y zu’qua.)” “Con
tal estrictez judicial se alcanzó la paz en el imperio. Todos conocían
las penas que les esperaban por las infracciones; es claro que la disuasión
funcionó. Tampoco puede ignorarse el fervor que había en la mayoría de
los tonomai, sin importar si su fe les venía de la cuna o eran conversos;
por su creencia en el Dios Único, seguían al pie de la letra tanto el beiqua como las resoluciones judiciales”. “Desde
el punto de vista histórico, carece de importancia cómo se alcanzó la
paz. Lo que resulta importante es que permitió el florecimiento del
comercio, en tanto que el fervor religioso inspiró a los artistas para
concebir maravillosas obras de arte. El imperio abarcaba un cuarto del
continente, desde los valles del Legnezre hasta la costa este, límite del
continente. Cada región —o provincia— tenía un producto en especial,
para el cual había amplia demanda por parte de otra provincia del
imperio, lo cual se vio favorecido por una ley, moneda y fe unificadas,
las que también facilitaron el establecimiento de rutas comerciales
—que contaban con la protección de los jueces y su escolta
militar—”. “Como
resultado de todo esto, regiones que carecían de algunos productos, de
modo repentino se vieron inundados de ellos, y, a cambio, vendían su
propia producción con un buen margen de ganancia. La riqueza se extendió
por todo el imperio. Seguramente, les habrá parecido a quienes vivieron
en aquella época que esas riquezas las obtenían merced a la voluntad y
la ley del Dios Único —y que, en cierta medida,
eran dueños de la verdad—”. “Por
desgracia, ello fue la mecha que encendió su devoción fanática por el
Dios Único y las palabras del beiqua
que convocaban a los creyentes a llevar la fe a nuevas tierras:
‘levantad vuestras espadas y difundid mi ley’. Una vez que quedaron
sentadas las bases sólidas del flamante Imperio Tonomai, se despertó un
hambre de nuevas conquistas, y las sacerdotisas y los jueces se
convirtieron en fogoneros de ese fervor, todo en nombre del Dios Único.” Torqueil Serchest, Nuevas
conquistas
“Los
tonomai se toparon con una firme resistencia en la frontera oeste por
parte del reino de Tanci’rhes —el único de estos lares que adoraba a
sus propios dioses—. Los tancirianos contaban con un gran apoyo de parte
de las Mil Islas, cuyo rey mantenía una gran desconfianza hacia los
tonomai —con justa razón, ya que ellos atacarían el reino marino después
de unas pocas décadas—. Si bien los tonomai alcanzaron a conquistar sólo
algunas de las islas, se mantuvieron en sus nuevas posesiones más de dos
siglos antes de que las Mil Islas las recuperaran”. “El
Desierto Elfadil resultó ser un objetivo muy poco conveniente, y las
fuerzas rápidamente desistieron de su intento de conquistar a los
gerouad. Alguna que otra sacerdotisa recorrería el desierto en los siglos
venideros pero poco fue su éxito en tanto que los beduinos del sueño se
aferraron a sus propias creencias”. “Más
al norte, la Falla de Redrob también resultó un escollo. Resultaba arduo
cruzarla, ya que en ese momento no había puentes. (Supongo que la gente
de aquella época carecía de los conocimientos técnicos o mágicos para
construir esos puentes. Si se observa los puentes actuales, que llegan en
algunos casos a una extensión de casi tres kilómetros, y que cuentan con
sacerdotes en casillas de vigilancia ubicadas cada quinientos metros, se
llega a la conclusión de que bastante ha sido el estudio necesario para
la construcción de estas maravillas.) Al ser a menudo despedazados por
terremotos, el imperio no vio necesidad alguna de arriesgar a sus soldados
en un área peligrosa”. “(Supuestamente
hubo planes para enviar soldados a la zona, y algunos que imaginaban ejércitos
que marchaban por el Elfadil. De ser cierto, no tengo idea de por qué jamás
se llevaron a cabo. Considerando el poder de Tonomat en esa época,
realmente podrían haber sido fructíferos.)” “Existía
un objetivo más fácil para la guerra santa del Dios Único, y se hallaba
justo al otro lado de los Estrechos de Stevereev: la Península Arrufat. Sólo
unos pocos kilómetros separaban el extremo meridional de Tonomat de la
península —una distancia no significativa para los buques con los que
contaba el imperio, destinados al cabotaje—”. “Imbuidos
del espíritu fanático del Dios Único, las huestes tonomai abordaron sus
navíos y surcaron los Estrechos a fin de comenzar su ataque contra la Península
Arrufat, que en su lengua se denominaba Nuâsdal.
Para quienes pertenecían al bando de Arrufat se conocería como el Ataque
Impío, pero para los tonomai no era sino la continuación de su guerra
sagrada, que libraban para divulgar la ley del beiqua”. “Como
todos sabemos, su éxito fue prácticamente total. Casi toda Arrufat fue
dominada e incorporada al Imperio Tonomai, y por siglos Nuâsdal fue de él
tanto como Leahcim”. “Fue
en esta época que Tonomat alcanzó su mayor expansión, aunque los
habitantes de Gushémal convivían con el miedo a que el imperio jamás
dejara de crecer y se devorara al mundo entero con su fervor.” Sabio Demercur Ylvain, Luchas
intestinas. El surgimiento de nuevas dinastías
De Atavi ella afirma
descender, La buena voluntad del Dios
afirma tener, Tonomai afirma ser. Mas las fronteras incólumes
están, Los ejércitos todavía
guardados en fortalezas, Y no se esgrimen aceros
para la ley divulgar, No hay flechas que
atraviesen los pechos de infieles. ¿Es verdadera heredera de
la doncella si sus palabras sólo
llegan a los creyentes? ¿Acaso su voz suena igual
de bella Como la de la doncella de
que se dice descendiente? Poema despectivo sobre la
emperatriz Atavid, “El
gobernador de la provincia de Elbacre, Bairel tel Nequôz, había mudado
su palacio de gobierno hacia el interior de la región, lejos de la costa
de Shetein, la sede previa. A orillas del río Umlaht levantó una ciudad
a la que llamó Dagba. La razón del cambio fue que la protección de
Shetein se hacía muy difícil; si bien se podía construir defensas
terrestres, el puerto era un sitio abierto y muchos soldados enemigos podían
desembarcar allí con suma facilidad. A Dagba, por el contrario, no la podían
alcanzar los enormes buques transoceánicos, sólo se la podía alcanzar
utilizando ejércitos terrestres —contra los que la podían defender las
tropas del gobernador—. “Dagba
floreció con rapidez y llegó a albergar a más de trescientas mil
personas. Era la envidia de todo el imperio, y el gobernador Nequôz
disfrutaba de ese sentimiento de superioridad. “Pero
la emperatriz en Leahcim lo disfrutaba muy poco, y sentía que su ciudad
natal —la capital del imperio, nada menos— se veía empequeñecida
ante el rápido ascenso de Dagba. Pronto intentó obligar a los jueces a
desviar el comercio de Dagba hacia Leahcim, utilizando sus facultades
imperiales. Algunos acataron las órdenes de inmediato, pero la mayoría
tuvo en consideración sus propias ventajas —y ganancias—, en tanto
que obtenían mayores beneficios a partir del comercio con Dagba. “Los
conflictos estaban a la orden del día, y el gobernador de Elbacre tomó
la decisión de no someterse a la emperatriz. Presentó documentos que
probaban que él también era descendiente de la doncella —documentos que tenían el sello oficial del imperio, y que sin
dudas databan de los primeros tiempos del reinado de Ghartala—. (Los
tonomai han conservado esta documentación bajo estricta vigilancia hasta
el día de hoy, por lo que no sabemos si es verdadera o se trata de una
falsificación del gobernador. En lo personal, el autor se inclina por la
última posibilidad, especialmente porque algunos han planteados dudas
acerca de que los mismos atavids sean descendientes de la doncella.) “Según
los documentos de Nequôz, la hija mayor de Ghartala, Tia’mai, es
antepasado suyo. Ella seguía en la línea de sucesión al Trono de la
Doncella, pero le fue traspasado a una hermana menor. Nequôz ahora
afirmaba que se había descubierto un antiguo escándalo. La ley
establecida en el beiqua se había violado en época de Ghartala, ¡y la legítima
heredera al Trono de la Doncella era, de hecho, la hija de Nequôz! “(Existen
muchas explicaciones de por qué una hija menor había heredado el trono
de Ghartala. Hoy no podemos abrir un juicio definitivo con respecto a la
que presentó Nequôz. De hecho, habrá esgrimido varias teorías, una más
seria que lo otra. Resulta también interesante que la versión original
del beiqua no trataba cuestiones relativas a la herencia, ni qué decir
la línea de sucesión imperial. ‘Original’, aclaro, porque el beiqua
sufrió modificaciones posteriores para adaptarlo a tales cuestiones.) “Al
poco tiempo estalló la guerra civil. Fue una guerra sangrienta que duró
diez años y agotó severamente los recursos de los tonomai. Finalmente,
los Atavids se rindieron, y se decapitó a la emperatriz en la gran plaza
de Dagba. En su lugar se coronó a la hija del gobernador Nequôz, quien
cambió su nombre por el de Tia’mai, estableció por decreto que la
capital imperial sería Dagba y que una nueva dinastía tenía el poder
—los Tiamids—. “En
lo inmediato, no se puso en tela de juicio su mandato en las tierras del
imperio; habría de transcurrir más de una década antes de que se
recuperasen y otros reclamaran el trono e intentaran imitar la trama que
sirvió a los Tiamids. Esos intentos fallarían a lo largo de casi ciento
cincuenta años, llegando al año 2900 de nuestro calendario. “Sin
embargo, del otro lado de los Estrechos de Stevereev se hallaba la
provincia de Nuâsdal, que se había mantenido al margen de la guerra
civil. Su gobernador, Ishikir Ata’lamek, proclamó que era su pueblo el
que mantenía viva la llama del beiqua.
Fueron ellos los que habían conquistado una nueva tierra y convertido a
los habitantes de la Península Arrufat a la fe correcta. Por esa sola razón
merecían la corona más que cualquiera en Leahcim o Dagba. “Ata’lamek
procuró no reclamar el trono para él ni para algunas de sus parientas.
En cambio, declaró que Nuâsdal pasaba a ser una provincia del Dios Único,
no de la emperatriz. Ya no era un gobernador cautivo de las órdenes que
provenían de allende los mares, era el representante directo del Dios Único
en Nuâsdal —el umal’qua—.
(La palabra guarda una gran relación con el término “juez”, e
incluye la sílaba qua, que significa
“ley”. La misma sílaba también aparece en beiqua,
el nombre del texto sagrado de los tonomai.) “En
cuanto tal, Nuâsdal seguía siendo oficialmente parte del imperio —y,
sin embargo, acababa de declarar su independencia, con Ata’lamek y sus
descendientes instalados en el nuevo gobierno—. Tras una generación, su
dinastía comenzó a llamarse los Umalquai, en honor a su título
original. Así que dos dinastías gobernaban al mismo tiempo partes
considerables del Imperio Tonomai, y, aunque los Tiamids miraban con
recelo desde el otro lado de los Estrechos, las defensas de los Umalquai
eran demasiado poderosas y no se las superaba con facilidad. No había
posibilidad de que se repitiera el Ataque Impío.” Torqueil Serchest,
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