Compendio sobre países y regiones de renombre

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Países y regiones

Índice

Prefacio

Sección 1: Países

Sección 2: Regiones

 

El Imperio Tonomai


La conquista de Acheen

“Acheen todavía se hallaba conmocionada por la invasión de los pueblos de jinetes del norte. Los karuth habían cabalgado por medio territorio, devastando pueblos y ciudades, llevándose oro y mujeres cautivas y sembrando miedo y pánico. Ni uno de los gallardos guerreros de Acheen pudo hacerles frente: les pasaron por encima con las bestias o los mataron de lejos con flechas”.

“Quedaban preguntas pendientes. ¿Cómo pudieron los karuth permanecer montados en los caballos y arrojar las flechas con tanta precisión? ¿Cómo invasores vulgares e indisciplinados pudieron concretar un ataque exitoso contra soldados bien entrenados?”

“Se retiraron tan rápido como habían llegado: cual vendaval pasaron raudamente sobre Acheen y siguieron de largo. Pareció que un día, de repente, los karuth asolaron todo, tras lo cual sólo quedaban flechas arrojadas y edificios en llamas, al tiempo que los jinetes volvían a su hogar en las estepas”.

“Habían pasado apenas unos meses desde la invasión cuando los tonomai llegaron del oeste. A lo largo de años se habían contentado con sus reducidos valles, y ahora intentaban atacar a la poderosa Acheen. ‘¡Un ratón que quiere aplastar un camello!’, como decía el gran visir. Empero, el pueblo de Acheen tenía un recuerdo muy vivo de las miserables hordas de los karuth”.

“Las huestes tonomai eran poco numerosas; quizá llegaban a sumar tres mil hombres en total. Acheen los superaba en más de treinta veces. El resultado debería haber sido fácil de predecir”.

“Sin embargo, el pueblo sentía temor ante más batallas e incursiones crueles, por lo que los tonomai se encontraron con la mayoría de las puertas abiertas al llegar a las ciudades y señores que entregaban sus armas en señal de rendición. Todo se hizo como bienvenida a los invasores, para evitar que asolaran las ciudades. Al comienzo funcionó a la perfección, en tanto que los guerreros tonomai ingresaban a las ciudades, aceptaban la rendición y acampaban en las afueras”.

“Pero sus sacerdotes comenzaron a predicar en los mercados, insistiendo en que los acheen debían abandonar a sus dioses y someterse al Dios Único. Los clérigos no dejaron dudas respecto de los que podían hacer los soldados que se hallaban en las afueras si el pueblo no cumplía esta orden”.

“¿Qué debían hacer los acheen? ¿Adoptar la fe en un nuevo dios, un dios extranjero, y traicionar todas sus creencias, sólo para evitar el terror de un día? ¡Sus almas padecerían el terror eterno!”

“Algunos sí aceptaron la religión tonomai, y se sabe de conversiones masivas. A todos los conversos se los pasó a llamar tonomai y se les enseñó a olvidar su herencia acheen. Asimismo, se les prohibió hablar con parientes que no hubieran adoptado la nueva fe”.

“Se desgarraron familias enteras, y a algunas se las reunió por la fuerza cuando a los miembros remisos se los lograba convertir de igual manera. Y esa fuerza la impusieron los nuevos tonomai, no el pueblo del valle. Estoy seguro que el fanatismo se adueño de un buen número de conversos, lo que los llevó a cometer más atrocidades que las que amenazaban las huestes foráneas”.

“La mayoría de los acheen mantuvieron sus costumbres, y después de pasado el mes que se le concedía a cada ciudad, el ejército tonomai ingresó a las ciudades nuevamente —esta vez con las armas desenfundadas, para cumplir con la devastación prometida—. […]”

“Cuando por fin el ejército acheen, con un contingente de no menos de veinte mil hombres, llegó a la región oeste, la mayor sorpresa que se llevaron fue que no podían hacerle frente directamente a los tonomai. (Su número se había incrementado al doble del tamaño primitivo, gracias a nuevos reclutas de las ciudades acheen conquistadas que pasaron a engrosar sus filas. Los sacerdotes del Dios Único trabajaron intensamente para asegurarse que los recién incorporados sintieran el ardor que provocaba el fervor sagrado de sus camaradas, y en las más de las veces tuvieron éxito.)”

“Los tonomai jamás habían establecido vínculos con los pueblos y ciudades de Acheen, sino que confiaban en sus campamentos. Hasta los nuevos tonomai se vieron obligados a cortar todas sus relaciones, a fin de que el ejército pudiera permanecer en constante movimiento, el cual se hallaba dividido en una multitud de pequeñas unidades que se ocultaban con facilidad, gracias a la ayuda de los vecinos del lugar, que lo conocían a la perfección”.

“Esas unidades tonomai eran las que encendían la chispa de las batallas, atacando en el crepúsculo y retirándose, a más tardar, tras una hora de combate. Cuando los acheen emprendían la persecución de sus oponentes, éstos ya habían vuelto a su escondite”.

“Al no superar el afamado ejército acheen a los tonomai, comenzaron a correr rumores acerca del poder del Dios Único —llegándose a relatos según los cuales los antiguos dioses habían muerto, o bien que la deidad tonomai les había dado muerte—. Al principio, hubo ocasiones en que los mismísimos dioses antiguos aparecían para socorrer a los acheen, mas, a medida que pasó el tiempo, estos hechos acontecieron de forma cada vez más esporádica, dándole mayor fuerza a los rumores”.

“Como consecuencia, fueron cada vez más los acheen que pasaron a adoptar la religión extranjera, sumándose a las filas de los invasores”.

“En un lapso de dos o tres años —las fuentes no son muy precisas al respecto—, las fuerzas tonomai habían crecido hasta igualar al ejército acheen, y, por primera vez, los invasores se aprestaban a iniciar la contienda. La batalla fue terrible. Según el beiqua, ningún tonomai vio la muerte, en tanto que siete mil acheen sí la conocieron, a la vez que los tres mil sobrevivientes quedaron desperdigados por todo el territorio. Es obvio que este relato es muy poco creíble, como también lo son los documentos de origen acheen que llegaron hasta nosotros, en los que se afirma que las fuerzas tonomai llegaban a treinta mil hombres, y que, aunque se mató a la mitad de los soldados de Acheen, igual suerte corrieron veinticinco mil invasores. Lo más probable es que ambos ejércitos hayan sufrido tremendas pérdidas, y que el furor religioso de los tonomai los haya hecho seguir peleando hasta cantar victoria.”

Torqueil Serchest,
Sacerdote de Darawk, Sagrada Academia de Chazevo
(de “Tonomat – Surgimiento del Imperio”, 3029 d. D.)

 

“Conquistar Acheen fue el hito más importante en el avance tonomai. Nacida en el valle, la fe del Dios Único de repente pasó a abarcar un territorio que iba del Desierto Elfadil hasta el Mar de Shane, llegando el límite este casi al océano; un vasto territorio que se vio invadido por el fanatismo de los tonomai y que en pocos años se hallaría unificado por la fe en el Dios Único”.

“Fue en esta época que se escribió el beiqua. Si se recuerda lo poderosas que deben haberse sentido las sacerdotisas tonomai, se comprende mucho mejor el tono y la inclinación del libro. Sentían la fuerza del Dios Único, que les permitía alcanzar una victoria magnífica e imposible. Había que convertir a todo un reino, una enorme población, y los religiosos cumplieron la tarea con todo el fervor que habían puesto sus guerreros en los combates”.

“Los tonomai no permanecieron impermeables a la sociedad y cultura de Acheen. Si se analiza la cultura de los valles, se constatará que el beiqua poco refleja sus ideales y mucho más la rígida sociedad de Acheen. Algunas leyes que aparecen en el beiqua son citas casi textuales de libros de derecho acheen. Pero la diferencia más marcada es que en los valles las mujeres, si bien no habrán tenido muchos derechos, en absoluto se las aislaba ni se las consideraba un bien, como era común en Acheen —siendo ello el probable origen de la estructura ilógica de la cultura tonomai actual—”.

“Por una parte, la mujer se hallaba al servicio del hombre —fuera éste su padre, un pariente de mayor edad o su marido— y se esperaba que siguiera sus órdenes al pie de la letra. El beiqua sí le permitía tener bienes, pero limitaba en gran medida su libertad”.

“Por otro lado, el estrato superior de la sociedad tonomai es el clero —compuesto exclusivamente por mujeres—. Al Dios Único sólo lo veneran sacerdotisas, quienes están por encima de todo los tonomai, incluidos los hombres. Sin embargo, existen normas sobre su conducta. Si se hace una comparación con el código rígido y estricto al que deben ajustarse otras mujeres, las sacerdotisas gozan de gran libertad para hacer lo que les plazca. Según creo yo, ello es así dado que su código de conducta le debe más a la cultura de los valles que a la de Acheen”.

“Los hombres ejercían el dominio en los valles; empero, no reducían a sus mujeres tanto como los Acheen. Esas reglas liberales se aplicaban al sacerdocio, sin duda porque al beiqua escribieron sacerdotisas que deseaban mantener su libertad. Supongo que se contentaban con los patrones culturales del valle, con los límites con los que debían convivir —lo que conocían aparte de ello eran aún peor—. En ocasiones me pregunto si su intención no era mantener estas normas sólo el tiempo necesario para convertir a los acheen. En definitiva, al continuar con el sometimiento de las mujeres, condenaban a su propio sexo a una vida servil. No me imagino que ello las hiciera felices”.

“Nuevamente se plantea la dificultad de juzgar su pensamiento.”

Torqueil Serchest,
Sacerdote de Darawk, Sagrada Academia de Chazevo
(de “Reflexiones sobre los tonomai”, 3021 d. D.)

 

La defensa del poder

“El pueblo adoraba la ley del beiqua, y a los heraldos se los bañaba de ofrendas cada vez que iban a los pueblos de Tonomat a dar sus anuncios. Los recuerdos de Acheen y sus impías creencias se vieron borrados por la gloria del Dios Único”.

“Pronto, esa gloria se hizo más grande, al ir los guerreros, iluminados por el espíritu del Dios, hacia el este a enfrentar a aquéllos que se habían negado a aceptar la ley, quienes no podían hacer frente a los soldados del Dios Único, que llevaban la imagen de la doncella en los corazones y las palabras del beiqua en la boca”.

“Los pequeños reinos, unos tras otros, fueron cayendo a sus pies, reconociendo que existía una sola deidad, sólo el Dios Único, y que su poder era supremo. Pueblo tras pueblo quemaba sus ídolos, pintaba de blanco divino sus templos y aprendía de memoria las palabras del beiqua. Se levantaron imágenes de la doncella para venerarla. Su toque de clarín se escuchaba cada vez más lejos de la ciudad de Leahcim, y sus palabras esplendorosas se divulgaban alcanzando a cada vez más creyentes”.

“En Leahcim, la dinastía de los Atavids —que deben su nombre la primogénita de la doncella, de quien eran descendientes— construyeron su palacio y santuario del Dios Único, desde donde gobernaban el reino. Fue allí donde la suma sacerdotisa Ghartala, hija de Atavi, anunció que había nacido una nueva nación. No sólo una nueva nación, sino un imperio. ‘La ley debe llegar más lejos’, exclamó a la multitud que se había congregado bajo el balcón del palacio. ‘Debe permanecer tan sacrosanta como ahora. ¿En quién confían para proteger la ley?’

“La pregunta retumbó en toda la plaza, quedando miles en silencio y acallándose todos los vítores ante la espeluznante idea. ¿En quién podía confiarse realmente, quién sería digno de tal confianza?”

“Y la respuesta inundó la plaza en un grito que unió diez mil voces: ‘¡Sólo los descendientes de la doncella!’”

“Ghartala, hija de Atavi, primogénita de la doncella, aceptó el poder de que la había investido el pueblo. Al día siguiente, en su palacio de Leahcim, fue coronada emperatriz, la primera del Imperio Tonomai, ¡y su mandato esplendoroso sería un tesoro para la historia que se escribiría en los milenios siguientes!”

Afah’aku Ubas,
Historiador, Nefah, Tonomat
(de “La conquista del Dios”, aprox.. 2735 d. D.)

 

“La emperatriz Ghartala gobernó con crueldad y severidad. No hay necesidad de recurrir fuentes exteriores a Tonomat; los registros oficiales del imperio alcanzan para conocer la verdad. Los encarcelamientos y torturas masivas y las decapitaciones se multiplicaron en el reinado de Ghartala, como si la supuesta nieta de la doncella no pudiera hallar mejor divertimento. (Digo supuesta porque más de una duda a existido respecto de su ascendencia, aun durante su mandato.)”

“Ello convirtió al beiqua en la única norma oficial de su tierra, tanto los valles como la ex Acheen, al igual que las nuevas provincias del este. Se instalaron jueces —denominados tera’qua— en las ciudades importantes para aplicar la ley; se les otorgó un gran número de escoltas militares a fin de cumplir con esta tarea. Asimismo, los tera’qua autorizaron a jueces inferiores —los zu’qua— a que actuaran como sus representantes en cuestiones de menor importancia. Juntos pasaron a conformar un sistema que duraría la mayor parte de la historia tonomai. Aunque los jueces no eran parte del clero —lo que les estaba prohibido por ser hombres—, siempre mantuvieron con él lazos estrechos, no pocas veces mediante el matrimonio con sacerdotisas. Más que verse limitados en su autoridad, este contacto la amplió, pudiendo interpretar libremente el beiqua en casos que no habían caído en su órbita”.

“(El beiqua se centraba en las relaciones entre el señor y su vasallo, el hombre y la mujer, como también en el homicidio y el robo. Cuestiones nimias, como la herencia, se trataban con poca claridad. Los jueces recurrían a los relatos sobre la vida de la doncella para resolver los conflictos que les planteaban al respecto. De esa forma sentaron precedentes a los que recurrirían los próximos tera’qua y zu’qua.)”

“Con tal estrictez judicial se alcanzó la paz en el imperio. Todos conocían las penas que les esperaban por las infracciones; es claro que la disuasión funcionó. Tampoco puede ignorarse el fervor que había en la mayoría de los tonomai, sin importar si su fe les venía de la cuna o eran conversos; por su creencia en el Dios Único, seguían al pie de la letra tanto el beiqua como las resoluciones judiciales”.

“Desde el punto de vista histórico, carece de importancia cómo se alcanzó la paz. Lo que resulta importante es que permitió el florecimiento del comercio, en tanto que el fervor religioso inspiró a los artistas para concebir maravillosas obras de arte. El imperio abarcaba un cuarto del continente, desde los valles del Legnezre hasta la costa este, límite del continente. Cada región —o provincia— tenía un producto en especial, para el cual había amplia demanda por parte de otra provincia del imperio, lo cual se vio favorecido por una ley, moneda y fe unificadas, las que también facilitaron el establecimiento de rutas comerciales —que contaban con la protección de los jueces y su escolta militar—”.

“Como resultado de todo esto, regiones que carecían de algunos productos, de modo repentino se vieron inundados de ellos, y, a cambio, vendían su propia producción con un buen margen de ganancia. La riqueza se extendió por todo el imperio. Seguramente, les habrá parecido a quienes vivieron en aquella época que esas riquezas las obtenían merced a la voluntad y la ley del Dios Único —y que, en cierta medida,  eran dueños de la verdad—”.

“Por desgracia, ello fue la mecha que encendió su devoción fanática por el Dios Único y las palabras del beiqua que convocaban a los creyentes a llevar la fe a nuevas tierras: ‘levantad vuestras espadas y difundid mi ley’. Una vez que quedaron sentadas las bases sólidas del flamante Imperio Tonomai, se despertó un hambre de nuevas conquistas, y las sacerdotisas y los jueces se convirtieron en fogoneros de ese fervor, todo en nombre del Dios Único.”

Torqueil Serchest,
Sacerdote de Darawk, Sagrada Academia de Chazevo
(de “Tonomat. El surgimiento del Imperio”, 3029 d. D.)

 

Nuevas conquistas

“Los tonomai se toparon con una firme resistencia en la frontera oeste por parte del reino de Tanci’rhes —el único de estos lares que adoraba a sus propios dioses—. Los tancirianos contaban con un gran apoyo de parte de las Mil Islas, cuyo rey mantenía una gran desconfianza hacia los tonomai —con justa razón, ya que ellos atacarían el reino marino después de unas pocas décadas—. Si bien los tonomai alcanzaron a conquistar sólo algunas de las islas, se mantuvieron en sus nuevas posesiones más de dos siglos antes de que las Mil Islas las recuperaran”.

“El Desierto Elfadil resultó ser un objetivo muy poco conveniente, y las fuerzas rápidamente desistieron de su intento de conquistar a los gerouad. Alguna que otra sacerdotisa recorrería el desierto en los siglos venideros pero poco fue su éxito en tanto que los beduinos del sueño se aferraron a sus propias creencias”.

“Más al norte, la Falla de Redrob también resultó un escollo. Resultaba arduo cruzarla, ya que en ese momento no había puentes. (Supongo que la gente de aquella época carecía de los conocimientos técnicos o mágicos para construir esos puentes. Si se observa los puentes actuales, que llegan en algunos casos a una extensión de casi tres kilómetros, y que cuentan con sacerdotes en casillas de vigilancia ubicadas cada quinientos metros, se llega a la conclusión de que bastante ha sido el estudio necesario para la construcción de estas maravillas.) Al ser a menudo despedazados por terremotos, el imperio no vio necesidad alguna de arriesgar a sus soldados en un área peligrosa”.

“(Supuestamente hubo planes para enviar soldados a la zona, y algunos que imaginaban ejércitos que marchaban por el Elfadil. De ser cierto, no tengo idea de por qué jamás se llevaron a cabo. Considerando el poder de Tonomat en esa época, realmente podrían haber sido fructíferos.)”

“Existía un objetivo más fácil para la guerra santa del Dios Único, y se hallaba justo al otro lado de los Estrechos de Stevereev: la Península Arrufat. Sólo unos pocos kilómetros separaban el extremo meridional de Tonomat de la península —una distancia no significativa para los buques con los que contaba el imperio, destinados al cabotaje—”.

“Imbuidos del espíritu fanático del Dios Único, las huestes tonomai abordaron sus navíos y surcaron los Estrechos a fin de comenzar su ataque contra la Península Arrufat, que en su lengua se denominaba Nuâsdal. Para quienes pertenecían al bando de Arrufat se conocería como el Ataque Impío, pero para los tonomai no era sino la continuación de su guerra sagrada, que libraban para divulgar la ley del beiqua”.

“Como todos sabemos, su éxito fue prácticamente total. Casi toda Arrufat fue dominada e incorporada al Imperio Tonomai, y por siglos Nuâsdal fue de él tanto como Leahcim”.

“Fue en esta época que Tonomat alcanzó su mayor expansión, aunque los habitantes de Gushémal convivían con el miedo a que el imperio jamás dejara de crecer y se devorara al mundo entero con su fervor.”

Sabio Demercur Ylvain,
Sacerdote de Darawk, Sagrada Academia de Chazevo
(de “Historia de Gushémal”, tratado inconcluso, aprox. 3159 d. D.)

 

Luchas intestinas. El surgimiento de nuevas dinastías

 

De Atavi ella afirma descender,

La buena voluntad del Dios afirma tener,

Tonomai afirma ser.

 

Mas las fronteras incólumes están,

Los ejércitos todavía guardados en fortalezas,

Y no se esgrimen aceros para la ley divulgar,

No hay flechas que atraviesen los pechos de infieles.

 

¿Es verdadera heredera de la doncella

si sus palabras sólo llegan a los creyentes?

¿Acaso su voz suena igual de bella

Como la de la doncella de que se dice descendiente?

Poema despectivo sobre la emperatriz Atavid,
Anónimo,
aprox. 2741 d. D.

 

“El gobernador de la provincia de Elbacre, Bairel tel Nequôz, había mudado su palacio de gobierno hacia el interior de la región, lejos de la costa de Shetein, la sede previa. A orillas del río Umlaht levantó una ciudad a la que llamó Dagba. La razón del cambio fue que la protección de Shetein se hacía muy difícil; si bien se podía construir defensas terrestres, el puerto era un sitio abierto y muchos soldados enemigos podían desembarcar allí con suma facilidad. A Dagba, por el contrario, no la podían alcanzar los enormes buques transoceánicos, sólo se la podía alcanzar utilizando ejércitos terrestres —contra los que la podían defender las tropas del gobernador—.

“Dagba floreció con rapidez y llegó a albergar a más de trescientas mil personas. Era la envidia de todo el imperio, y el gobernador Nequôz disfrutaba de ese sentimiento de superioridad.

“Pero la emperatriz en Leahcim lo disfrutaba muy poco, y sentía que su ciudad natal —la capital del imperio, nada menos— se veía empequeñecida ante el rápido ascenso de Dagba. Pronto intentó obligar a los jueces a desviar el comercio de Dagba hacia Leahcim, utilizando sus facultades imperiales. Algunos acataron las órdenes de inmediato, pero la mayoría tuvo en consideración sus propias ventajas —y ganancias—, en tanto que obtenían mayores beneficios a partir del comercio con Dagba.

“Los conflictos estaban a la orden del día, y el gobernador de Elbacre tomó la decisión de no someterse a la emperatriz. Presentó documentos que probaban que él también era descendiente de la doncella —documentos que tenían el sello oficial del imperio, y que sin dudas databan de los primeros tiempos del reinado de Ghartala—. (Los tonomai han conservado esta documentación bajo estricta vigilancia hasta el día de hoy, por lo que no sabemos si es verdadera o se trata de una falsificación del gobernador. En lo personal, el autor se inclina por la última posibilidad, especialmente porque algunos han planteados dudas acerca de que los mismos atavids sean descendientes de la doncella.)

“Según los documentos de Nequôz, la hija mayor de Ghartala, Tia’mai, es antepasado suyo. Ella seguía en la línea de sucesión al Trono de la Doncella, pero le fue traspasado a una hermana menor. Nequôz ahora afirmaba que se había descubierto un antiguo escándalo. La ley establecida en el beiqua se había violado en época de Ghartala, ¡y la legítima heredera al Trono de la Doncella era, de hecho, la hija de Nequôz!

“(Existen muchas explicaciones de por qué una hija menor había heredado el trono de Ghartala. Hoy no podemos abrir un juicio definitivo con respecto a la que presentó Nequôz. De hecho, habrá esgrimido varias teorías, una más seria que lo otra. Resulta también interesante que la versión original del beiqua no trataba cuestiones relativas a la herencia, ni qué decir la línea de sucesión imperial. ‘Original’, aclaro, porque el beiqua sufrió modificaciones posteriores para adaptarlo a tales cuestiones.)

“Al poco tiempo estalló la guerra civil. Fue una guerra sangrienta que duró diez años y agotó severamente los recursos de los tonomai. Finalmente, los Atavids se rindieron, y se decapitó a la emperatriz en la gran plaza de Dagba. En su lugar se coronó a la hija del gobernador Nequôz, quien cambió su nombre por el de Tia’mai, estableció por decreto que la capital imperial sería Dagba y que una nueva dinastía tenía el poder —los Tiamids—.

“En lo inmediato, no se puso en tela de juicio su mandato en las tierras del imperio; habría de transcurrir más de una década antes de que se recuperasen y otros reclamaran el trono e intentaran imitar la trama que sirvió a los Tiamids. Esos intentos fallarían a lo largo de casi ciento cincuenta años, llegando al año 2900 de nuestro calendario.

“Sin embargo, del otro lado de los Estrechos de Stevereev se hallaba la provincia de Nuâsdal, que se había mantenido al margen de la guerra civil. Su gobernador, Ishikir Ata’lamek, proclamó que era su pueblo el que mantenía viva la llama del beiqua. Fueron ellos los que habían conquistado una nueva tierra y convertido a los habitantes de la Península Arrufat a la fe correcta. Por esa sola razón merecían la corona más que cualquiera en Leahcim o Dagba.

“Ata’lamek procuró no reclamar el trono para él ni para algunas de sus parientas. En cambio, declaró que Nuâsdal pasaba a ser una provincia del Dios Único, no de la emperatriz. Ya no era un gobernador cautivo de las órdenes que provenían de allende los mares, era el representante directo del Dios Único en Nuâsdal —el umal’qua—. (La palabra guarda una gran relación con el término “juez”, e incluye la sílaba  qua, que significa “ley”. La misma sílaba también aparece en beiqua, el nombre del texto sagrado de los tonomai.)

“En cuanto tal, Nuâsdal seguía siendo oficialmente parte del imperio —y, sin embargo, acababa de declarar su independencia, con Ata’lamek y sus descendientes instalados en el nuevo gobierno—. Tras una generación, su dinastía comenzó a llamarse los Umalquai, en honor a su título original. Así que dos dinastías gobernaban al mismo tiempo partes considerables del Imperio Tonomai, y, aunque los Tiamids miraban con recelo desde el otro lado de los Estrechos, las defensas de los Umalquai eran demasiado poderosas y no se las superaba con facilidad. No había posibilidad de que se repitiera el Ataque Impío.”

Torqueil Serchest,
Sacerdote de Darawk, Sagrada Academia de Chazevo
(de “Tonomat. El surgimiento del Imperio”, 3029 d. D.)