Compendio sobre países y regiones de renombre

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Países y regiones

Índice

Prefacio

Sección 1: Países

Sección 2: Regiones

 

El Imperio Tonomai


En general

La tierra que hoy se conoce como Tonomat es mucho más pequeña de lo que era alrededor de dos siglos atrás, época en la que alcanzó su máxima extensión. Varias son las razones de la disminución territorial, la mayoría de las cuales trataré seguidamente al estudiar el devenir histórico. Por el momento alcanza con adelantar que el imperio ha perdido un número considerable de sus provincias más alejadas, de gran importancia ellas, constituyendo la mayor pérdida la ciudad santa de Leahcim, y ahora a quedado reducido a menos del tamaño primitivo con el que contaba hace quinientos años.

Asimismo, debe resaltarse que existe cierta confusión en textos recientes acerca de qué es lo que constituye Tonomat. Algunas regiones consideradas parte del imperio en tratados clásicos de geografía se han declarado independientes.

 

 

El Imperio Tonomai cubre una superficie considerable en el norte de nuestro continente, extendiéndose desde las aguas del Mar de Shane (que los tonomai denominan Mar Baraniano) que bañan las costas del Desierto Elfadil hasta  la Falla de Redrob, en las cercanías de la costa norte de Gushémal.

Hace aproximadamente un siglo Tonomat perdió las provincias que poseía sobre la costa este —donde hoy se halla un grupo de pequeños reinos que han vuelto a practicar el culto religioso antiguo, anterior al del Dios Único Tonomai—. (Muy pocos sostienen la religión monoteísta del imperio, pero ellos ya no se hallan bajo el dominio de la emperatriz.) Los límites en esa zona son muy irregulares y se hallan demarcados por fortificaciones importantes ubicadas a ambos lados de la frontera.

La mayoría de la Falla de Redrob demarca el límite del norte. La Falla es un cañón cubierto parcialmente por agua proveniente del océano; digo parcialmente porque hay zonas que impiden el paso del agua. Los primeros trescientos kilómetros de la Falla bien podrían pasar como estrecho oceánico, en tanto que el tramo siguiente se vuelve seco, con la excepción de algunos lagos aislados existentes gracias al agua de lluvia y la proveniente de arroyos. Los terremotos son fenómenos frecuentes en esta zona, razón por la que probablemente tanto los tonomai como sus vecinos del norte la evitan. Algún que otro asentamiento se ha establecido allí, lugar bastante apartado del imperio. (En cierta ocasión visité uno de esos asentamientos y, para mi sorpresa, me encontré con que allí todavía se veneraban los dioses antiguos. Ningún habitante jamás había oído hablar del Imperio Tonomai, y se creían súbditos de un rey. Al proseguir con mis investigaciones me di cuenta de que simplemente habían seguido la línea sucesoria de reyes que gobernaron en esa zona en la antigüedad, agregándole al nombre números ordinales que aumentaban con el paso de cada generación o similar.)

Tonomat perdió la mayoría del territorio que poseía en el oeste, y en la actualidad ese límite casi recto va desde casi el medio del Desierto Elfadil (la junta de denominado reloj de arena) hasta la ciudad de Nerusha en la costa del Mar de Shane. En una época fue una ciudad floreciente, en la que buques mercantes provenientes de todas partes anclaban y dejaban sus cargas en el puerto. Hoy no es mucho lo que queda de lo que una vez supo ser un puerto grandioso; en promedio, son diez los barcos que ingresan por semana, cantidad irrisoria si se la compara con la abundancia de otrora. La ciudad sobrevive hoy gracias al comercio terrestre, que a duras penas le permite recuperar económicamente lo que ya ha perdido. La consecuencia es que Nerusha se ha visto reducida a la mitad, aunque es poco lo que puede verse de los barrios antiguos, ya que los cascotes de esas zonas se han utilizado para construir edificios nuevos.

Bien puede preguntarse cuál fue el motivo de la caída de Nerusha.

Por una parte, ninguna de las ciudades de la costa este ya comercia con localidades tonomai —prefieren recorrer distancias mayores y llegar a Península Arrufat, Cayaboré o las Mil Islas, o ir al norte, a ciudades como mi querida Chazevo—.

Por otra parte, la mayoría de la actividad comercial de Nerusha estaba ligada al oeste, zonas de riqueza que en una época fueron el orgullo de Tonomat. Y nada menos que allí tuvo su origen el culto al Dios Único, en la ciudad de Leahcim, ubicada a casi doscientos kilómetros de Nerusha. Leahcim se halla en una confluencia fluvial, centro de intercambio comercial natural donde el Legnezre se une con su afluente, el Denya. Ambos ríos no sólo tienen una gran anchura, factor que facilita la navegación, sino que también le han dado a las tierras exuberancia vegetal y fertilidad. Muchos son los asentamientos y ciudades que se han desarrollado en esas riberas y la mayoría se han hecho ricas a partir de sus tierras y de los artesanos que se sintieron atraídos por esa riqueza a lo largo de los siglos.

Antiguamente, las ciudades no se hallaban unidas bajo el mando de gobernante alguno, sino que formaban alianzas frágiles —cuya conformación dependía de la presencia de alguna amenaza en la zona—. Amenaza que, en la mayoría de las veces, era a su vez otra alianza de ciudades, lo que provocaba frecuentemente el estallido de guerras.

Por ello me sorprende que una religión tan unificadora  —y monolítica— como la de los tonomai se haya desarrollado allí. Y lo que es más sorprendente es la rapidez con la que se expandió por toda la región. Pero esa cuestión se analizará con mayor detenimiento más adelante.

Lo que debe decirse es que hace ciento cincuenta años el Supremo Sacerdote en persona condujo un ejército desde las tierras del sur hacia el Imperio Tonomai, a fin de vengarse del Ataque Impío contra la Península Arrufat, llegando a arrebatarle casi la totalidad de aquellas ricas ciudades.

Hoy han vuelto en gran medida a la desunión de antaño: una plétora de ciudades que no se sienten unidas las unas con las otras por lazos de amistad.

 

 

Al observar al Tonomat actual deben distinguirse varias zonas. Están, por una parte, las regiones costeras, obviamente bien irrigadas, que tienen clima templado. Los cambios de estación son marcados, pero ni el invierno es crudo ni el verano es sofocante.

El producto más importante de estas zonas es el olivo, cuyos usos son diversos y de gran trascendencia. El aceite de oliva se utiliza en las comidas, pero también sirve para las lámparas, en tanto que los árboles se queman. Ese aceite constituye también un importante artículo comercial y ha servido para incrementar la riqueza de las provincias costeras. (Claro que en la zona hay otros cultivos más regulares.)

Al adentrarse más en el territorio, las condiciones climáticas se hacen más severas, más próximo al clima seco y cálido. Cuanto más uno se interna, más patente es el hecho de que uno se aproxima a una zona desértica, al ser más rala la vegetación, y de las especies más resistentes. No debe cometerse el mismo error que tantos de nuestros compatriotas han cometido al creer que no hay nada de valor que crezca allí —creer que la mayoría de Tonomat es un desierto—.

Pocas cosas están más alejadas de la verdad. Si bien el Elfadil limita con Tonomat, ése es el único desierto del imperio. De hecho, debe admitirse que se distinguen dos grandes áreas en el interior del imperio: aquéllas que reciben agua de los ríos y aquéllas que dependen del agua de lluvia solamente.

Claro que son varias las zonas que presentan estas características, pero no se hallan interconectadas. En las zonas sin ríos la vegetación es bastante resistente, pero alcanza para mantener las manadas de camellos, cabras, etc. Casi no existe la agricultura sedentaria en estas regiones, en las que los habitantes son más bien nómades que siguen —o arrean— sus manadas. En cuanto tales, ellos guardan importantes similitudes con los gerouad (o beduinos del sueño), de quienes se dice que son de la misma rama que los tonomai. Los nómades tienen un código de honor estricto, y se consideran los más amados por el Dios Único, dado que él les ha concedido la libertad suprema, no manteniéndolos cautivos en pueblos o ciudades como a los pastores, artesanos o mercaderes.

Otras regiones cuentan con algún río que fluye de manera permanente —como el caudaloso Cheselain, que nace en una pequeña montaña cerca del Elfadil, circunda la Cordillera Alquibriana, un poco más al sur, y serpentea hasta Nefah, donde desemboca en el Mar de Shane—. Se trata en general de tierras agrícolas, rodeadas por varias ciudades —muy similar a lo que ocurre en las regiones aledañas a Leahcim—. Pero, a diferencia de ellas, las localidades de estas zonas han mantenidos fuertes lazos comerciales, lo que se ha visto incrementado por la práctica frecuente de la endogamia entre las familias de comerciantes que las habitan. De hecho, puede afirmarse que una sola familia es la manda en la mayoría de las ciudades a lo largo del Cheselain —si se ignora el hecho de que se halla dividida en una miríada de ramas que insisten en contar con independencia financiera—. Empero, ellas se sienten parte de una unidad, una tribu, si se quiere. La idea de tribu sobrevive en el espíritu tonomai hasta el día de hoy, lo que no debe hacernos perder de vista que se trata de un pueblo que cuenta con una importante civilización y cultura.

Asimismo, existen regiones cuyos ríos se secan en verano y que recuperan su caudal sólo en la estación lluviosa. Las tierras cultivables, de diferentes clases ellas, producen mucho menos que, por citar un caso, sus primas de las riberas del Cheselain. Sin embargo, les han permitido a los habitantes vivir dignamente. En general, no constituyen un grupo tan unido como los que cuentan ríos permanentes y, en el común de los casos, no dependen en gran medida de la agricultura. En caso de que dicha actividad se volviera más ardua, los habitantes rápidamente reúnen una manada y se hacen nómades, abandonando su pueblo sin pensarlo dos veces; al mejorar la situación, vuelven a su terruño. Así las cosas, estas regiones a menudo son una combinación de nómades y agricultores sedentarios que comparten la tierra.

 

 

Devenir histórico

Tras los cuarenta días que el Dios Único pasó en la tierra

 

Y el toque de clarín del Dios retumbó en toda la tierra,

A través de la esplendorosa voz de la doncella,

“¡Oiréis pues mi ley, ahora que sois uno!

“¡Soltad las espadas, soltad las flechas!

“Oíd mi ley, y cumplid con ella para que podáis alcanzar la  perfección.”

 

Las dulces palabras fueron por los oídos del pueblo, y el pueblo escuchó,

A la doncella que se acercaba a hablarle de la bondad del Dios, y de su fuerza.

“Soy uno, mas muchos son mis brazos.

“Soy uno, mas mi poder no tiene parangón.

“Soy uno, mas uno es más que muchos.”

 

La doncella contó cómo el Dios la había acompañado,

Cómo la sacó de la pobreza y el dolor,

Y contó cómo él podía sacar al pueblo de sus tribulaciones.

 

“Seguid mi ley, y vuestra será mi justicia.

“Hínquense ante mí, y vuestra será mi fuerza.

“Dadme vuestra fe, y vuestra será mi bondad por los siglos de los siglos.”

 

Las palabras del Dios eran intensas, y los que se proclamaban divinos comenzaron a temblar.

Con toda su inferioridad y fealdad se volvieron para escuchar a la doncella,

A la caricia de su voz encendida,

 Y el temor se apoderó de los falsos dioses que largo tiempo había dominado.

A los gritos dijeron al pueblo que no escuchara a la doncella,

Pues sus palabras eran hijas de la locura,

El Dios mismo era hijo de la locura.

 

La doncella oyó los ruegos de los falsos,

E inquirióle al pueblo dónde estaban los falsos cuando sus campos se resecaron,

Cuando las tormentas arrasaron con sus cosechas,

Cuando los bandidos robaron sus animales.

¿Hicieron justicia cuando el inocente fue acusado?

¿Dieron socorro en tiempos de desesperación?

¿Ofrecieron una ley al pueblo?

¿Una buena ley, justa y equitativa?

 

“Oíd mi ley, y sed uno.

“Cumplid con mi ley, y sed justos.

“Levantad vuestras voces y difundid mi ley,

“Levantad vuestras espadas y difundid mi ley,

“Y haréis  justicia,

“Y daréis muerte al dolor.

“Oid mi ley y sed tonomai!”

Del beiqua (libro sagrado de los tonomai),
Libro del Llamado Divino, capítulo 7, versículos 12-19

 

Los primeros tiempos

“Fue un fuego que consumió todo a través del Denya y el Legnezre, un fuego de creencias y convicciones. La doncella recorrió cada ciudad, pueblo y aldea para hablar del Dios Único y su nueva ley. Y a las pocas semanas ya dejó de toparse con el descreimiento o la ignorancia”.

“Siempre había quienes habían estado en los pueblos y oído las palabras de la doncella o las habían escuchado por boca de otros. La palabra se extendió cual fuego que impetuoso devora la estepa, tan veloz que ni un antílope tiene esperanzas de evitar ser consumido por las llamas. Todos esperaban la visita de la doncella, para así oír en persona lo que tenía que decir. Y al oírla sabían que una nueva era había comenzado”.

“Los relatos afectaron incluso a los sacerdotes de los dioses antiguos, que oyeron de qué se trataba la ley y la compararon con sus propias enseñanzas y la justicia y bondad de esos dioses, a quienes consideraron imperfectos, y, en medio de la algarabía popular, voltearon sus imágenes y cubrieron de blanco relieves y mosaicos, borrando todo recuerdo de las deidades que precedieron”.

“Rápidamente la utilización de los templos cobró un nuevo sentido al bendecir la doncella los santuarios, a fin de convertirlos en lugares sagrados destinados a la veneración del Dios Único. Por suerte, ella respondió a cada vez que solicitaron su intervención al respecto, sin importar el esfuerzo que ello le implicara, pues el Dios Único le daba fuerzas y su poder fluía a través de ella volviéndole a dar energías siempre que la fatiga le hacía sentir su rigor”.

“En la primera semana tras el solsticio de verano sacaron de Leahcim los dioses antiguos, después que el Dios Único hubo estampado su símbolo sagrado en el firmamento. Un mes más tarde, a lo largo de casi doscientos kilómetros del Legnezre, todos los templos y casas estaban pintadas de blanco, y en todos estaba el símbolo sagrado en color dorado. Y el pueblo se arrodillaba tres veces al día para orar al Dios Único rogándole justicia y bondad.”

Afah’aku Ubas,
Historiador, Nefah, Tonomat
(de “La conquista del Dios”, aprox.. 2735 d. D.)

 

“Oí las voces de los dioses y vi sus rostros. ‘¿Has visto a la doncella?’, me preguntó el Gran Manlohal, bajando la vista, una mirada que fluía de un valle de arrugas”.

“La furia se apoderó de mí al mirar a los divinos ojos de Manlohal y responderle ‘no, pero he visto al repugnante engendro del demonio que se proclama dador de una nueva ley para el valle del río.’”

“‘¿Acaso no es tan pura como oí decir?, inquirió Harumar, Madre de Todos, mientras amamantaba un bebé”.

“‘No, Gran Madre. La he visto envuelta en la inmundicia, la vergüenza y el pecado, y la he oído hablar de la grandeza de su nueva ley.’”

“‘Cuéntanos sobre esa ley’, exigió Manlohal”.

“Incliné la cabeza. ‘Perdonadme, Señor, el haber escuchado la ley que no es Vuestra. Es tan degradante como el lodo en que se revuelcan los cerdos que siento manchada mi propia alma.’  Percibí la mirada furiosa de Manlohal a mis espaldas, por lo que supe que debía continuar. ‘La ley dice que quienes la sigan son iguales, que nadie está por encima de los demás, aunque se trate de sacerdotes, señores o cualquier otro. Dice que se castigará a todo aquél que dañe a otro, ya sea por sí mismo o por orden de otro, o aunque sólo se desee el dolor ajeno.’”

“Oí a Harumar dar un gran suspiro. ‘Si ello es verdad, es bueno. Los mortales son todos iguales, sus actos deberían juzgarse sobre la base de la igualdad.’”

“‘Los sacerdotes deberían ser superiores a los demás. Son quienes más nos reverencian’, gruñó Manlohal”.

“‘¡Sí!’, grité. ‘¡Ésa es la cuestión central! ¡Señor, Gran Madre, la ley de la doncella es maligna! La ley no es Vuestra, es un engendro del demonio. No debéis permitir que esto continúe, pues de lo contrario el pueblo se apartará de vosotros. ¡Sois vosotros quienes hacéis la ley, no los mortales!’”

“‘¿La doncella proclama que debe seguirse otro dios diferente?’, preguntó Harumar”.

“Se me salía el corazón ante la pregunta. ‘No’, respondí con sinceridad, puesto que era la Gran Madre de Todos la me que preguntó. ‘No he oído a esa hija del demonio decir que debe adorarse a otra deidad.’”

“Y Manlohal, con un nuevo gruñido, expresó su voluntad: ‘Pues bien, que se divulgue la ley, y que nuestros sacerdotes procuren obtener el lugar que les corresponde. Ellos gozan de nuestro favor y están henchidos de nuestra divinidad, por lo que sabrán abrirse camino.’”

“‘¡¿No detendréis esto?!’, grité con desesperación”.

“¿Osáis cuestionar a tus dioses?’, tronó Manlohal con furia divina, dando un resoplido que me echó hacia atrás y me estampó contra la pared del templo más cercana, destrozándome. ¡Desaparece de mi vista, mortal!’”

“Y los dioses no fueron al valle del río, ya que confiaron en que la fuerza de sus sacerdotes echaría por tierra con la ley impía. No percibieron que aquello era más que una ley, ni que prometía cosas tenebrosas tanto a los sacerdotes como a las pobres gentes. Recién cuando se proclamó al Dios Único como padre de la nueva ley descendieron al valle del río, mas el poder de los dioses se había debilitado. El pueblo seguía la nueva ley y al Dios Único, no las tradiciones de los dioses”.

“No me atreví a mirar a la cara al Señor ni a la Gran Madre de Todos por temor a no poder hallarlos.”

Bogriss Ushtoph,
Leahcim, Valle del Río
(escrito original que data de los primeros tiempos de la doncella, aprox. 2470 d. D., incluido en “Guerra de los Dioses”, de Torqueil Serchest, 3024 d. D.; Serchest señaló que poco se sabe de Ushtoph desde su época en el Valle del Río: tras huir a Acheen, pasó el resto de sus días predicando con fanatismo contra el Dios Único hasta que murió asesinado en 2487 d. D., supuestamente por un partidario tonomai.)

 

“¿La doncella era tan cabal e inocente como afirma el beiqua? ¿Tuvieron sus palabras y la religión del Dios Único el alcance que les atribuyen los versículos?”

“Las historias tonomai concuerdan en ello, pero casi sin excepción se basan en el beiqua solamente y no hacen más que repetir la glorificación de los textos sagrados. Eso no sorprende en una sociedad con sentimientos religiosos tan profundos como Tonomat —pero de poco sirve para la búsqueda de la verdad—”.

“¿Con qué fuentes contamos además de la propaganda tonomai? Pues bien, existieron habitantes de los valles que volcaron por escrito su propia versión de lo sucedido. Debe haber habido muchos más, pues, a pesar de las afirmaciones del beiqua, las ciudades ribereñas a los dos ríos tenían una gran cultura literaria y vivían fascinadas por los libros. Por desgracia, fue tal la cantidad de ellos que fueron quemados a manos de los fanáticos creyentes del Dios Único que es muy poco lo que sabemos del valle de aquella época. Seguramente, entre esos libros se encontraban numerosos relatos sobre el llamado de la doncella”.

“Algunos fueron rescatados de las hogueras, ya por quienes huían de los fanáticos, ya por forasteros que no soportaban ver los tesoros como pasto de las llamas. Los pocos que sobrevivieron fueron llevados a los templos de Darawk, bien lejos de la revuelta tonomai. A no confundirse: tampoco la información que contienen es necesariamente creíble. En general, los escribieron hombres que creían en los antiguos dioses, y, por ello, se empeñaron en hacer aparecer al Dios Único como una influencia demoníaca. A la doncella, la inmaculada que llevaba el mensaje del Dios Único, se la describía a menudo como una mujer impura y maligna que utilizaba sus encantos femeninos para dominar a los gobernantes de las ciudades. (De inmediato se observa la contradicción de esta afirmación: por lo pronto, si la doncella jamás se lavaba y siempre estaba cubierta de fango, por más que fuera la mujer más hermosa de Gushémal, ningún noble le habría dirigido la mirada.)”

“Pues bien, ¿existe algún camino que nos conduzca a la verdad?”

“El único que tenemos debe recorrerse con precaución. Debemos recurrir al beiqua, los textos de aquellos tiempos que han llegado hasta nosotros, los escritos acerca del valle de los sacerdotes de Darawk previos a la llegada del Dios Único, y, acto seguido, hay que ver qué hechos no guardan contradicción —y que sean creíbles, claro está—, y cuáles aparecen con una frecuencia tal que permitan colegir que no se trata de un invento del redactor. No deben establecerse conclusiones definitivas respecto del resultado de este trabajo, pues son muchas las cuestiones que pueden juzgarse de diferente modo. De hecho, entre los estudiosos contemporáneos abundan las interpretaciones diferentes sobre una amplia gama de temas”.

“Lo que podemos afirmar es que la doncella existió. No hay texto alguno que ponga en tela de juicio su presencia y participación en el fervor religioso. Lo que sí se discute es el hecho de que haya sido la fuente del fanatismo y que haya atizado ese fuego. Algunos pocos textos afirman que la doncella no veía con buenos ojos el furor que había provocado y predicó contra la violencia. Lo que es más interesante es que son los únicos en que se menciona su nombre, Vesheyl o Wasyel —muy similares a nombres comunes en aquella época, por lo que sean los verdaderos—”.

“Esta interpretación me convence bastante. Al parecer, los redactores de estos escritos eran personas que conservaron la cabeza fría en el torbellino emocional de su época. De acuerdo con ellos, Vesheyl halló al Dios Único y recibió su ley divina —que probablemente sufrió modificaciones y adaptaciones en el beiqua—, tras lo cual ella divulgó la palabra. Debe haber tenido un enorme carisma. Está más allá de toda duda que la religión se expandió con gran rapidez, cual ‘fuego que todo lo consume’, como escribió el afamado historiador tonomai Afah’aku Ubas. Es probable que tal expansión se haya producido en un período mayor al de dos semanas, como afirma el beiqua; yo diría que tras dos años la totalidad de los valles del Denya y el Legnezre acogieron la nueva fe”.

“Empero, al parecer Vesheyl sólo quería instaurar una nueva ley, no la creencia en un nuevo dios. De hecho, hay signos de que ni siquiera mencionó al Dios Único sino hasta que la ley ganó buena parte de los valles, quizá a los seis meses del inicio de su cruzada”.

“Un autor afirma que ella siempre llevó hasta la muerte el símbolo de uno de los antiguos dioses. Ese dios era Umahar, dios del valle y protector de todos los pobres y, en especial, de los huérfanos, cuyo símbolo es la mano que cuida y protege. (Esto también implica que Vesheyl era huérfana, mas no debemos estar tan seguros al respecto.) Lo que da crédito a esta afirmación es el hecho de que la fe tonomai se apropió de la mano, y hoy puede verse el símbolo de Umahar, con ligeras modificaciones, en el Trono de la Doncella, sitial de la emperatriz tonomai”.

“Por lo tanto, puede que la fundadora de la religión jamás haya compartido esa fe. Ello echa una luz muy interesante sobre los relatos del beiqua. Por otra parte, aun cuando Vesheyl haya creído en los dioses antiguos hasta su muerte, es seguro que divulgó la ley del Dios Único, y, de tal modo, su fe. Y es claro que ocupó un lugar importante en aquellos primeros tiempos, sea como líder de los creyentes o como primera emperatriz, cosa que dudo. Los varones dominaban la sociedad del valle, y me resulta difícil creer que se sometería así nomás a una mujer. (Si se observa con detenimiento los textos históricos —e, inclusive, el beiqua— se llega a la conclusión de que la verdadera primera emperatriz subió al trono cerca de veinte años después de la muerte de Vesheyl.)”

“Es probable que ni haya sido doncella, en el sentido estricto del término. Algunos autores hasta sugieren que era una prostituta, quizá para manchar su honor. Sin embargo, se sabe a ciencia cierta sobre la existencia de hijos suyos, en especial de su hija mayor —Atavi— quien habría heredado el lugar que ella ocupaba en la religión. Supongo que la denominación de “doncella” la engrandecía ante sus seguidores, para que pareciera absolutamente inmaculada”.

“Debe haber sido una mujer dueña de una gran fortaleza, oratoria y habilidad para convencer a los demás. En última instancia, Vesheyl dio comienzo a una religión que se apoderaría de una cuarta parte del continente en un lapso apenas superior a un siglo.”

Torqueil Serchest,
Sacerdote de Darawk, Sagrada Academia de Chazevo
(de “Reflexiones sobre los tonomai”, 3021 d. D.)