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En
general
La
tierra que hoy se conoce como Tonomat es mucho más pequeña de lo que era
alrededor de dos siglos atrás, época en la que alcanzó su máxima
extensión. Varias son las razones de la disminución territorial, la
mayoría de las cuales trataré seguidamente al estudiar el devenir histórico.
Por el momento alcanza con adelantar que el imperio ha perdido un número
considerable de sus provincias más alejadas, de gran importancia ellas,
constituyendo la mayor pérdida la ciudad santa de Leahcim, y ahora a
quedado reducido a menos del tamaño primitivo con el que contaba hace
quinientos años. Asimismo,
debe resaltarse que existe cierta confusión en textos recientes acerca de
qué es lo que constituye Tonomat. Algunas regiones consideradas parte del
imperio en tratados clásicos de geografía se han declarado
independientes. El
Imperio Tonomai cubre una superficie considerable en el norte de nuestro
continente, extendiéndose desde las aguas del Mar de Shane (que los
tonomai denominan Mar Baraniano) que bañan las costas del Desierto
Elfadil hasta la Falla de
Redrob, en las cercanías de la costa norte de Gushémal. Hace
aproximadamente un siglo Tonomat perdió las provincias que poseía sobre
la costa este —donde hoy se halla un grupo de pequeños reinos que han
vuelto a practicar el culto religioso antiguo, anterior al del Dios Único
Tonomai—. (Muy pocos sostienen la religión monoteísta del imperio,
pero ellos ya no se hallan bajo el dominio de la emperatriz.) Los límites
en esa zona son muy irregulares y se hallan demarcados por fortificaciones
importantes ubicadas a ambos lados de la frontera. La
mayoría de la Falla de Redrob demarca el límite del norte. La Falla es
un cañón cubierto parcialmente por agua proveniente del océano; digo
parcialmente porque hay zonas que impiden el paso del agua. Los primeros
trescientos kilómetros de la Falla bien podrían pasar como estrecho oceánico,
en tanto que el tramo siguiente se vuelve seco, con la excepción de
algunos lagos aislados existentes gracias al agua de lluvia y la
proveniente de arroyos. Los terremotos son fenómenos frecuentes en esta
zona, razón por la que probablemente tanto los tonomai como sus vecinos
del norte la evitan. Algún que otro asentamiento se ha establecido allí,
lugar bastante apartado del imperio. (En cierta ocasión visité uno de
esos asentamientos y, para mi sorpresa, me encontré con que allí todavía
se veneraban los dioses antiguos. Ningún habitante jamás había oído
hablar del Imperio Tonomai, y se creían súbditos de un rey. Al proseguir
con mis investigaciones me di cuenta de que simplemente habían seguido la
línea sucesoria de reyes que gobernaron en esa zona en la antigüedad,
agregándole al nombre números ordinales que aumentaban con el paso de
cada generación o similar.) Tonomat
perdió la mayoría del territorio que poseía en el oeste, y en la
actualidad ese límite casi recto va desde casi el medio del Desierto
Elfadil (la junta de denominado reloj de arena) hasta la ciudad de Nerusha
en la costa del Mar de Shane. En una época fue una ciudad floreciente, en
la que buques mercantes provenientes de todas partes anclaban y dejaban
sus cargas en el puerto. Hoy no es mucho lo que queda de lo que una vez
supo ser un puerto grandioso; en promedio, son diez los barcos que
ingresan por semana, cantidad irrisoria si se la compara con la abundancia
de otrora. La ciudad sobrevive hoy gracias al comercio terrestre, que a
duras penas le permite recuperar económicamente lo que ya ha perdido. La
consecuencia es que Nerusha se ha visto reducida a la mitad, aunque es
poco lo que puede verse de los barrios antiguos, ya que los cascotes de
esas zonas se han utilizado para construir edificios nuevos. Bien
puede preguntarse cuál fue el motivo de la caída de Nerusha. Por
una parte, ninguna de las ciudades de la costa este ya comercia con
localidades tonomai —prefieren recorrer distancias mayores y llegar a
Península Arrufat, Cayaboré o las Mil Islas, o ir al norte, a ciudades
como mi querida Chazevo—. Por
otra parte, la mayoría de la actividad comercial de Nerusha estaba ligada
al oeste, zonas de riqueza que en una época fueron el orgullo de Tonomat.
Y nada menos que allí tuvo su origen el culto al Dios Único, en la
ciudad de Leahcim, ubicada a casi doscientos kilómetros de Nerusha.
Leahcim se halla en una confluencia fluvial, centro de intercambio
comercial natural donde el Legnezre se une con su afluente, el Denya.
Ambos ríos no sólo tienen una gran anchura, factor que facilita la
navegación, sino que también le han dado a las tierras exuberancia
vegetal y fertilidad. Muchos son los asentamientos y ciudades que se han
desarrollado en esas riberas y la mayoría se han hecho ricas a partir de
sus tierras y de los artesanos que se sintieron atraídos por esa riqueza
a lo largo de los siglos. Antiguamente,
las ciudades no se hallaban unidas bajo el mando de gobernante alguno,
sino que formaban alianzas frágiles —cuya conformación dependía de la
presencia de alguna amenaza en la zona—. Amenaza que, en la mayoría de
las veces, era a su vez otra alianza de ciudades, lo que provocaba
frecuentemente el estallido de guerras. Por
ello me sorprende que una religión tan unificadora
—y monolítica— como la de los tonomai se haya desarrollado allí.
Y lo que es más sorprendente es la rapidez con la que se expandió por
toda la región. Pero esa cuestión se analizará con mayor detenimiento más
adelante. Lo
que debe decirse es que hace ciento cincuenta años el Supremo Sacerdote
en persona condujo un ejército desde las tierras del sur hacia el Imperio
Tonomai, a fin de vengarse del Ataque Impío contra la Península Arrufat,
llegando a arrebatarle casi la totalidad de aquellas ricas ciudades. Hoy
han vuelto en gran medida a la desunión de antaño: una plétora de
ciudades que no se sienten unidas las unas con las otras por lazos de
amistad. Al
observar al Tonomat actual deben distinguirse varias zonas. Están, por
una parte, las regiones costeras, obviamente bien irrigadas, que tienen
clima templado. Los cambios de estación son marcados, pero ni el invierno
es crudo ni el verano es sofocante. El
producto más importante de estas zonas es el olivo, cuyos usos son
diversos y de gran trascendencia. El aceite de oliva se utiliza en las
comidas, pero también sirve para las lámparas, en tanto que los árboles
se queman. Ese aceite constituye también un importante artículo
comercial y ha servido para incrementar la riqueza de las provincias
costeras. (Claro que en la zona hay otros cultivos más regulares.) Al
adentrarse más en el territorio, las condiciones climáticas se hacen más
severas, más próximo al clima seco y cálido. Cuanto más uno se
interna, más patente es el hecho de que uno se aproxima a una zona desértica,
al ser más rala la vegetación, y de las especies más resistentes. No
debe cometerse el mismo error que tantos de nuestros compatriotas han
cometido al creer que no hay nada de valor que crezca allí —creer que
la mayoría de Tonomat es un desierto—. Pocas
cosas están más alejadas de la verdad. Si bien el Elfadil limita con
Tonomat, ése es el único desierto del imperio. De hecho, debe admitirse
que se distinguen dos grandes áreas en el interior del imperio: aquéllas
que reciben agua de los ríos y aquéllas que dependen del agua de lluvia
solamente. Claro
que son varias las zonas que presentan estas características, pero no se
hallan interconectadas. En las zonas sin ríos la vegetación es bastante
resistente, pero alcanza para mantener las manadas de camellos, cabras,
etc. Casi no existe la agricultura sedentaria en estas regiones, en las
que los habitantes son más bien nómades que siguen —o arrean— sus
manadas. En cuanto tales, ellos guardan importantes similitudes con los
gerouad (o beduinos del sueño), de quienes se dice que son de la misma
rama que los tonomai. Los nómades tienen un código de honor estricto, y
se consideran los más amados por el Dios Único, dado que él les ha
concedido la libertad suprema, no manteniéndolos cautivos en pueblos o
ciudades como a los pastores, artesanos o mercaderes. Otras
regiones cuentan con algún río que fluye de manera permanente —como el
caudaloso Cheselain, que nace en una pequeña montaña cerca del Elfadil,
circunda la Cordillera Alquibriana, un poco más al sur, y serpentea hasta
Nefah, donde desemboca en el Mar de Shane—. Se trata en general de
tierras agrícolas, rodeadas por varias ciudades —muy similar a lo que
ocurre en las regiones aledañas a Leahcim—. Pero, a diferencia de
ellas, las localidades de estas zonas han mantenidos fuertes lazos
comerciales, lo que se ha visto incrementado por la práctica frecuente de
la endogamia entre las familias de comerciantes que las habitan. De hecho,
puede afirmarse que una sola familia es la manda en la mayoría de las
ciudades a lo largo del Cheselain —si se ignora el hecho de que se halla
dividida en una miríada de ramas que insisten en contar con independencia
financiera—. Empero, ellas se sienten parte de una unidad, una tribu, si
se quiere. La idea de tribu sobrevive en el espíritu tonomai hasta el día
de hoy, lo que no debe hacernos perder de vista que se trata de un pueblo
que cuenta con una importante civilización y cultura. Asimismo,
existen regiones cuyos ríos se secan en verano y que recuperan su caudal
sólo en la estación lluviosa. Las tierras cultivables, de diferentes
clases ellas, producen mucho menos que, por citar un caso, sus primas de
las riberas del Cheselain. Sin embargo, les han permitido a los habitantes
vivir dignamente. En general, no constituyen un grupo tan unido como los
que cuentan ríos permanentes y, en el común de los casos, no dependen en
gran medida de la agricultura. En caso de que dicha actividad se volviera
más ardua, los habitantes rápidamente reúnen una manada y se hacen nómades,
abandonando su pueblo sin pensarlo dos veces; al mejorar la situación,
vuelven a su terruño. Así las cosas, estas regiones a menudo son una
combinación de nómades y agricultores sedentarios que comparten la
tierra. Devenir
histórico
Tras
los cuarenta días que el Dios Único pasó en la tierra
Y el toque de clarín del
Dios retumbó en toda la tierra, A través de la
esplendorosa voz de la doncella, “¡Oiréis pues mi ley,
ahora que sois uno! “¡Soltad las espadas,
soltad las flechas! “Oíd mi ley, y cumplid
con ella para que podáis alcanzar la
perfección.” Las dulces palabras fueron
por los oídos del pueblo, y el pueblo escuchó, A la doncella que se
acercaba a hablarle de la bondad del Dios, y de su fuerza. “Soy uno, mas muchos son
mis brazos. “Soy uno, mas mi poder no
tiene parangón. “Soy uno, mas uno es más
que muchos.” La doncella contó cómo el
Dios la había acompañado, Cómo la sacó de la
pobreza y el dolor, Y contó cómo él podía
sacar al pueblo de sus tribulaciones. “Seguid mi ley, y vuestra
será mi justicia. “Hínquense ante mí, y
vuestra será mi fuerza. “Dadme vuestra fe, y
vuestra será mi bondad por los siglos de los siglos.” Las palabras del Dios eran
intensas, y los que se proclamaban divinos comenzaron a temblar. Con toda su inferioridad y
fealdad se volvieron para escuchar a la doncella, A la caricia de su voz
encendida, Y el temor se apoderó de los falsos dioses que largo tiempo
había dominado. A los gritos dijeron al
pueblo que no escuchara a la doncella, Pues sus palabras eran
hijas de la locura, El Dios mismo era hijo de
la locura. La doncella oyó los ruegos
de los falsos, E inquirióle al pueblo dónde
estaban los falsos cuando sus campos se resecaron, Cuando las tormentas
arrasaron con sus cosechas, Cuando los bandidos robaron
sus animales. ¿Hicieron justicia cuando
el inocente fue acusado? ¿Dieron socorro en tiempos
de desesperación? ¿Ofrecieron una ley al
pueblo? ¿Una buena ley, justa y
equitativa? “Oíd mi ley, y sed uno. “Cumplid con mi ley, y
sed justos. “Levantad vuestras voces
y difundid mi ley, “Levantad vuestras
espadas y difundid mi ley, “Y haréis
justicia, “Y daréis muerte al
dolor. “Oid mi ley y sed
tonomai!” Del beiqua
(libro sagrado de los tonomai), Los
primeros tiempos
“Fue
un fuego que consumió todo a través del Denya y el Legnezre, un fuego de
creencias y convicciones. La doncella recorrió cada ciudad, pueblo y
aldea para hablar del Dios Único y su nueva ley. Y a las pocas semanas ya
dejó de toparse con el descreimiento o la ignorancia”. “Siempre
había quienes habían estado en los pueblos y oído las palabras de la
doncella o las habían escuchado por boca de otros. La palabra se extendió
cual fuego que impetuoso devora la estepa, tan veloz que ni un antílope
tiene esperanzas de evitar ser consumido por las llamas. Todos esperaban
la visita de la doncella, para así oír en persona lo que tenía que
decir. Y al oírla sabían que una nueva era había comenzado”. “Los
relatos afectaron incluso a los sacerdotes de los dioses antiguos, que
oyeron de qué se trataba la ley y la compararon con sus propias enseñanzas
y la justicia y bondad de esos dioses, a quienes consideraron imperfectos,
y, en medio de la algarabía popular, voltearon sus imágenes y cubrieron
de blanco relieves y mosaicos, borrando todo recuerdo de las deidades que
precedieron”. “Rápidamente
la utilización de los templos cobró un nuevo sentido al bendecir la
doncella los santuarios, a fin de convertirlos en lugares sagrados
destinados a la veneración del Dios Único. Por suerte, ella respondió a
cada vez que solicitaron su intervención al respecto, sin importar el
esfuerzo que ello le implicara, pues el Dios Único le daba fuerzas y su
poder fluía a través de ella volviéndole a dar energías siempre que la
fatiga le hacía sentir su rigor”. “En
la primera semana tras el solsticio de verano sacaron de Leahcim los
dioses antiguos, después que el Dios Único hubo estampado su símbolo
sagrado en el firmamento. Un mes más tarde, a lo largo de casi doscientos
kilómetros del Legnezre, todos los templos y casas estaban pintadas de
blanco, y en todos estaba el símbolo sagrado en color dorado. Y el pueblo
se arrodillaba tres veces al día para orar al Dios Único rogándole
justicia y bondad.” Afah’aku Ubas, “Oí
las voces de los dioses y vi sus rostros. ‘¿Has visto a la
doncella?’, me preguntó el Gran Manlohal, bajando la vista, una mirada
que fluía de un valle de arrugas”. “La
furia se apoderó de mí al mirar a los divinos ojos de Manlohal y
responderle ‘no, pero he visto al repugnante engendro del demonio que se
proclama dador de una nueva ley para el valle del río.’” “‘¿Acaso
no es tan pura como oí decir?, inquirió Harumar, Madre de Todos,
mientras amamantaba un bebé”. “‘No,
Gran Madre. La he visto envuelta en la inmundicia, la vergüenza y el
pecado, y la he oído hablar de la grandeza de su nueva ley.’” “‘Cuéntanos
sobre esa ley’, exigió Manlohal”. “Incliné
la cabeza. ‘Perdonadme, Señor, el haber escuchado la ley que no es
Vuestra. Es tan degradante como el lodo en que se revuelcan los cerdos que
siento manchada mi propia alma.’ Percibí
la mirada furiosa de Manlohal a mis espaldas, por lo que supe que debía
continuar. ‘La ley dice que quienes la sigan son iguales, que nadie está
por encima de los demás, aunque se trate de sacerdotes, señores o
cualquier otro. Dice que se castigará a todo aquél que dañe a otro, ya
sea por sí mismo o por orden de otro, o aunque sólo se desee el dolor
ajeno.’” “Oí
a Harumar dar un gran suspiro. ‘Si ello es verdad, es bueno. Los
mortales son todos iguales, sus actos deberían juzgarse sobre la base de
la igualdad.’” “‘Los
sacerdotes deberían ser superiores a los demás. Son quienes más nos
reverencian’, gruñó Manlohal”. “‘¡Sí!’,
grité. ‘¡Ésa es la cuestión central! ¡Señor, Gran Madre, la ley de
la doncella es maligna! La ley no es Vuestra, es un engendro del demonio.
No debéis permitir que esto continúe, pues de lo contrario el pueblo se
apartará de vosotros. ¡Sois vosotros quienes hacéis la ley, no los
mortales!’” “‘¿La
doncella proclama que debe seguirse otro dios diferente?’, preguntó
Harumar”. “Se
me salía el corazón ante la pregunta. ‘No’, respondí con
sinceridad, puesto que era la Gran Madre de Todos la me que preguntó.
‘No he oído a esa hija del demonio decir que debe adorarse a otra
deidad.’” “Y
Manlohal, con un nuevo gruñido, expresó su voluntad: ‘Pues bien, que
se divulgue la ley, y que nuestros sacerdotes procuren obtener el lugar
que les corresponde. Ellos gozan de nuestro favor y están henchidos de
nuestra divinidad, por lo que sabrán abrirse camino.’” “‘¡¿No
detendréis esto?!’, grité con desesperación”. “¿Osáis
cuestionar a tus dioses?’, tronó Manlohal con furia divina, dando un
resoplido que me echó hacia atrás y me estampó contra la pared del
templo más cercana, destrozándome. ¡Desaparece de mi vista,
mortal!’” “Y
los dioses no fueron al valle del río, ya que confiaron en que la fuerza
de sus sacerdotes echaría por tierra con la ley impía. No percibieron
que aquello era más que una ley, ni que prometía cosas tenebrosas tanto
a los sacerdotes como a las pobres gentes. Recién cuando se proclamó al
Dios Único como padre de la nueva ley descendieron al valle del río, mas
el poder de los dioses se había debilitado. El pueblo seguía la nueva
ley y al Dios Único, no las tradiciones de los dioses”. “No
me atreví a mirar a la cara al Señor ni a la Gran Madre de Todos por
temor a no poder hallarlos.” Bogriss Ushtoph,
“¿La
doncella era tan cabal e inocente como afirma el beiqua?
¿Tuvieron sus palabras y la religión del Dios Único el alcance que les
atribuyen los versículos?” “Las
historias tonomai concuerdan en ello, pero casi sin excepción se basan en
el beiqua solamente y no hacen más
que repetir la glorificación de los textos sagrados. Eso no sorprende en
una sociedad con sentimientos religiosos tan profundos como Tonomat
—pero de poco sirve para la búsqueda de la verdad—”. “¿Con
qué fuentes contamos además de la propaganda tonomai? Pues bien,
existieron habitantes de los valles que volcaron por escrito su propia
versión de lo sucedido. Debe haber habido muchos más, pues, a pesar de
las afirmaciones del beiqua, las
ciudades ribereñas a los dos ríos tenían una gran cultura literaria y
vivían fascinadas por los libros. Por desgracia, fue tal la cantidad de
ellos que fueron quemados a manos de los fanáticos creyentes del Dios Único
que es muy poco lo que sabemos del valle de aquella época. Seguramente,
entre esos libros se encontraban numerosos relatos sobre el llamado de la
doncella”. “Algunos
fueron rescatados de las hogueras, ya por quienes huían de los fanáticos,
ya por forasteros que no soportaban ver los tesoros como pasto de las
llamas. Los pocos que sobrevivieron fueron llevados a los templos de
Darawk, bien lejos de la revuelta tonomai. A no confundirse: tampoco la
información que contienen es necesariamente creíble. En general, los
escribieron hombres que creían en los antiguos dioses, y, por ello, se
empeñaron en hacer aparecer al Dios Único como una influencia demoníaca.
A la doncella, la inmaculada que llevaba el mensaje del Dios Único, se la
describía a menudo como una mujer impura y maligna que utilizaba sus
encantos femeninos para dominar a los gobernantes de las ciudades. (De
inmediato se observa la contradicción de esta afirmación: por lo pronto,
si la doncella jamás se lavaba y siempre estaba cubierta de fango, por más
que fuera la mujer más hermosa de Gushémal, ningún noble le habría
dirigido la mirada.)” “Pues
bien, ¿existe algún camino que nos conduzca a la verdad?” “El
único que tenemos debe recorrerse con precaución. Debemos recurrir al beiqua,
los textos de aquellos tiempos que han llegado hasta nosotros, los
escritos acerca del valle de los sacerdotes de Darawk previos a la llegada
del Dios Único, y, acto seguido, hay que ver qué hechos no guardan
contradicción —y que sean creíbles, claro está—, y cuáles aparecen
con una frecuencia tal que permitan colegir que no se trata de un invento
del redactor. No deben establecerse conclusiones definitivas respecto del
resultado de este trabajo, pues son muchas las cuestiones que pueden
juzgarse de diferente modo. De hecho, entre los estudiosos contemporáneos
abundan las interpretaciones diferentes sobre una amplia gama de temas”. “Lo
que podemos afirmar es que la doncella existió. No hay texto alguno que
ponga en tela de juicio su presencia y participación en el fervor
religioso. Lo que sí se discute es el hecho de que haya sido la fuente
del fanatismo y que haya atizado ese fuego. Algunos pocos textos afirman
que la doncella no veía con buenos ojos el furor que había provocado y
predicó contra la violencia. Lo que es más interesante es que son los únicos
en que se menciona su nombre, Vesheyl o Wasyel —muy similares a nombres
comunes en aquella época, por lo que sean los verdaderos—”. “Esta
interpretación me convence bastante. Al parecer, los redactores de estos
escritos eran personas que conservaron la cabeza fría en el torbellino
emocional de su época. De acuerdo con ellos, Vesheyl halló al Dios Único
y recibió su ley divina —que probablemente sufrió modificaciones y
adaptaciones en el beiqua—,
tras lo cual ella divulgó la palabra. Debe haber tenido un enorme
carisma. Está más allá de toda duda que la religión se expandió con
gran rapidez, cual ‘fuego que todo lo consume’, como escribió el
afamado historiador tonomai Afah’aku Ubas. Es probable que tal expansión
se haya producido en un período mayor al de dos semanas, como afirma el beiqua;
yo diría que tras dos años la totalidad de los valles del Denya y el
Legnezre acogieron la nueva fe”. “Empero,
al parecer Vesheyl sólo quería instaurar una nueva ley, no la creencia
en un nuevo dios. De hecho, hay signos de que ni siquiera mencionó al
Dios Único sino hasta que la ley ganó buena parte de los valles, quizá
a los seis meses del inicio de su cruzada”. “Un
autor afirma que ella siempre llevó hasta la muerte el símbolo de uno de
los antiguos dioses. Ese dios era Umahar, dios del valle y protector de
todos los pobres y, en especial, de los huérfanos, cuyo símbolo es la
mano que cuida y protege. (Esto también implica que Vesheyl era huérfana,
mas no debemos estar tan seguros al respecto.) Lo que da crédito a esta
afirmación es el hecho de que la fe tonomai se apropió de la mano, y hoy
puede verse el símbolo de Umahar, con ligeras modificaciones, en el Trono
de la Doncella, sitial de la emperatriz tonomai”. “Por
lo tanto, puede que la fundadora de la religión jamás haya compartido
esa fe. Ello echa una luz muy interesante sobre los relatos del beiqua. Por otra parte, aun cuando Vesheyl haya creído en los
dioses antiguos hasta su muerte, es seguro que divulgó la ley del Dios Único,
y, de tal modo, su fe. Y es claro que ocupó un lugar importante en
aquellos primeros tiempos, sea como líder de los creyentes o como primera
emperatriz, cosa que dudo. Los varones dominaban la sociedad del valle, y
me resulta difícil creer que se sometería así nomás a una mujer. (Si
se observa con detenimiento los textos históricos —e, inclusive, el beiqua— se llega a la conclusión de que la verdadera primera
emperatriz subió al trono cerca de veinte años después de la muerte de
Vesheyl.)” “Es
probable que ni haya sido doncella, en el sentido estricto del término.
Algunos autores hasta sugieren que era una prostituta, quizá para manchar
su honor. Sin embargo, se sabe a ciencia cierta sobre la existencia de
hijos suyos, en especial de su hija mayor —Atavi— quien habría
heredado el lugar que ella ocupaba en la religión. Supongo que la
denominación de “doncella” la engrandecía ante sus seguidores, para
que pareciera absolutamente inmaculada”. “Debe
haber sido una mujer dueña de una gran fortaleza, oratoria y habilidad
para convencer a los demás. En última instancia, Vesheyl dio comienzo a
una religión que se apoderaría de una cuarta parte del continente en un
lapso apenas superior a un siglo.” Torqueil Serchest,
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