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En
general
“Sobre
las orillas del oeste del Mar de Shane se alza el reino cayaboreano. Sus
playas, que se expanden a lo largo de miles de kilómetros, combinan
suavidad y arena con extensiones rocosas que se clavan en las aguas
espumosas. Ciudades irregulares que encierran playas se ramifican en
fortificaciones y muelles, en los que las banderas flamean acariciadas por
la brisa, haciendo que el dragón rojo se erija portentoso contra el
viento. Los buques surcan los mares llevando ese mismo dragón como
insignia; tanto abombados
barcos mercantes como gallardos galeones”. “Y
allá en el cielo, las más de las veces, se observa el aleteo de las alas
gráciles de un dragón corcel, cuyo jinete, envuelto en su armadura y
firme en su silla, otea los límites del reino. Al ver al piloto
dragontino sabemos que hemos llegado a Cayaboré, el hogar del dragón”. “Desde
las costas del Mar de Shane hasta la cordillera arbolada de Laru’sedna
en el oeste, y desde las torrentosas aguas del Río Pyu’ur en el sur
hasta el yermo del Cruce de la Muerte en el norte, allí es donde manda el
dragón”. “Su
trono, el capitolio de Hallowton, se halla 150 kilómetros tierra adentro,
donde confluyen los Tres Ríos. Desde el recodo que forman el Mazhestik y
el Arroyo Balangor los Grandes Templos elevan sus oraciones a los Cielos,
merced a la convocatoria de cada día por parte del Sagrado Sacerdote
Supremo de Dicerius. En el este, sobre el reborde pedregoso del Balangor,
caracolean las torres y auditorios de la Real Academia de Hechicería, en
tanto que en el norte, encima de un soberbio puente de piedra sobre el Río
Haeskold y, extendido hasta alcanzar sus riberas, se halla el cuartel
general del Cuerpo de Pilotos Dragontinos, del que escapan los
interminables quejidos y aullidos de los dragones. A su lado se yergue el
palacio de la Fuerza Aeronáutica, estructura de grandes dimensiones y de
aspecto globular que alberga a nuestras colosales aeronaves con sus cascos
relucientes y cilíndricos, prestas a lanzarse hacia el firmamento, con el
apoyo de contingentes de marinos, hechiceros autopropulsados y una flota
de dragones corcel que van posados en varillas ubicadas en la parte
inferior de las naves”. “Y
en la confluencia de los Tres Ríos, en medio de casas, villas, caminos,
mercados, fábricas y gente se halla el hogar del dragón. Construido con
granito de Laru’sedna, el Castillo de Elbyon es el sueño hecho realidad
de muchos arquitectos. Ubicado en el centro de un círculo despojado de
toda otra construcción, siempre se ve colmado de multitudes de gentes que
vienen con sus súplicas a cuestas y mercaderes que proveen a toda
necesidad; sus muros se alzan por sobre Hallowton prometiendo protección
y conducción, y un blanco reluciente cubre a la perfección la oscuridad
del granito. La vista intramuros nos ofrece una extraña combinación de
rincones y curvas, una maravilla realizada a imagen y semejanza de la
misma Cayaboré, que cuenta con jardines, cuidados con gran esmero y cariño,
que desparraman su verdor por todas partes, incluso en las azoteas”. “Justo
en el centro del Castillo de Elbyon se halla una estructura triangular de
la cual salen tres vigas de piedra en dirección de los Tres Ríos, el
Mazhestik, el Arroyo Balangor y el Haeskold. Éste es el sitio donde el
Rey Dragón Rychaleu IX juzga, oye las súplicas de quienes acuden a él y
da las órdenes necesarias para la protección de su reino; en este sitio
también recibe la adoración de su pueblo, que sabe que al estar bajo el
ala del dragón no hay nada que temer”. “A
menudo se ve a su alteza junto a su esposa en alguno de los jardines
observando jugar a sus hijos, entre los que se destaca Armyron, el príncipe
heredero, que un día se convertirá en el dragón cuyas alas rodearán y
protegerán el reino”. Claemer de Cayaboré, “Sí,
recuerdo muy bien aquel día nefasto. Fue a finales del verano del 39, un
año agradable en general. Los cultivos andaban bien, ya que habían
recibido la cantidad justa de sol y lluvia para brindarnos la mejor
cosecha en diez años. También ese año los países vecinos mantuvieron
una inactividad inusitada; la sorpresa más grande la dio Rek’atrednu,
ubicado en el norte. Casi nos habíamos acostumbrado a sufrir varias veces
al año los intentos de penetrar el Cruce de la Muerte por parte de las
legiones demoníacas de los brastoks, impávidos ante las condiciones climáticas.
Pero en el 39 las aeronaves patrullaron en vano, y todo el alimento que
recibieron nuestros dragones fue el forraje de los bosques”. “Se
produjeron una o dos escaramuzas en las montañas: unos roedoreantes que
atacaron algunos pueblos, pero nuestras patrullas se encargaron de ellos
sin mayores inconvenientes. Algún que otro caso de varicelocosis apareció
en Jorovic, pero los sacerdotes de Decalleigh actuaron con rapidez y no sólo
impidieron que se expandiera el mal sino que también salvaron a todo el
que cayó enfermo. Pareció un milagro, ya que por lo común resulta difícil
de erradicar”. “Ibrollene,
una vez más, se hallaba demasiado ocupada con sus asuntos como para
molestarnos; por suerte, la Confederación de Topay pagó sus tributos, en
tanto que Kraznyczar tenía inconvenientes en la frontera con la Tierra
Azul: los cúchulain penetraron los densos bosques a borbotones y
arrasaron los pueblos del este. Los kraznyczarianos creyeron que los
enanos salvajes respondían a los romanii y que todo se trataba del
preludio de una guerra, por lo que nos dejaron en paz”. “Era
tanta la perfección de aquel año que ya pensaba retirarme joven y por
fin comprar esa finca con la que había soñado los treinta años que serví
en las fuerzas del Rey Rychaleu. Tantas veces había escrito la solicitud
de pase a retiro; incluso la había firmado y sellado. El pergamino dormía
en un cajón de mi escritorio cuando uno de mis ayudantes entró a mi
despacho sin molestarse en golpear primero. Lo vi tan pálido y espantado
que no pude ni gritarle”. “‘¡El rey!’, gritó; hizo una pausa, tomó aire, y dijo: ‘Señor,
el rey… ha…’ “Sentí
que se me detenía el corazón. ‘¡Hable, hombre! ¡¿Qué sucede?!’ “‘El
rey ha… señor, ha… muerto.’ “Lo
miré asombrado, como si hubiera enloquecido. ¿Cómo era posible? ¿Un
magnicidio? ¿Y las alarmas? El asesino, y no mi ayudante con su informe,
debería estar hincado ante mí en estos momentos —y éste no debía
estar tan agitado—. El ayudante —Varwettan— era un soldado curtido
que había visto la crueldad del campo de batalla, no de esos escribas que
parecen comadrejas y que se desmayan al ver una gota de sangre. “‘¿Cómo?’,
exclamé. Pero Varwettan se limitaba a temblar y a exhibir un rostro
desencajado por el temor que sentía mientras parecía desplomarse. “Había
ocurrido algo terrible. Algo que había convertido al veterano guerrero en
puro sollozo. Tomé mi espada, temiendo que no me sirviera en absoluto de
protección, y salí disparado de mi despacho hacia los pasillos que
conducen a los aposentos reales. Los guardias iban apartándose a medida
que me acercaba, y sólo me detuve en la entrada del dormitorio de
Rychaleu”. “‘¡Alto!’,
exclamó Hiylar, sumo sacerdote de Decalleigh, al tiempo que, de un salto,
se puso frente a la puerta. Casi lo revoleo para un lado, pero justo le
noté el destello dorado en la piel. ¿No era ese el hechizo contra la
enfermedad? ¿Acaso se lo había aplicado? Pues, en ese caso, Rychaleu
debió haber muerto a causa de… Pero si el día anterior había salido
de caza montado en su dragón y bailado con la reina en la celebración
que se realizó a la noche. ¡Tenía tanto vigor!” “‘Señor,
no debe entrar’, se apresuró a decirme Hiylar. ‘Ya es demasiado tarde
para Su Alteza.’ “‘¿Qué
ocurrió?’ “Hiylar
cerró los ojos un instante. ‘Fueron los forúnculos, señor. El cuerpo
se transformó en líquido en ebullición. No podrá… reconocer lo que
quedó.’ “Los
forúnculos. Me estremecí al oír esa palabra, y comprendía la reacción
de Varwettan. La enfermedad apareció de la nada y fue mortal en cuestión
de horas. Se expandía cual fuego que abrasa un bosque, infectando a
decenas, cientos en unos días. Ciudades enteras perdían todos sus
habitantes en cuestión de una semana. ¡Pero el último brote se había
registrado hacía más de sesenta años! No era que los sacerdotes le habían
asegurado a Cayaboré una y otra vez que la enfermedad se había
extinguido, que jamás volvería a atacar a sus habitantes?” “Y
en esta ocasión se había llevado a Su Alteza. Justo a él antes que a
nadie… Comencé a barruntar algo, pero me contuve. ‘¿Qué hará,
reverendo?’, inquirí con serenidad. “Hiylar
negó con la cabeza; quien hasta hace instantes se mostraba decidido ahora
estaba al borde del llanto. Permaneció así sólo un momento, tras el
cual asintió con la cabeza y con firmeza contestó, ‘Lo que tengo que
hacer, señor. Nadie debe abandonar el castillo. Enviaremos magiesquelas
con la orden de que todo aquél que haya tenido contacto físico con el
rey en los últimos tres días debe acudir al templo más cercano y ser
recluido de inmediato. Todas las ropas de Su Alteza deben incinerarse y
también debe sacrificarse a su dragón. Tengo entendido que ayer lo montó.
¿Puede ser?’ “Asentí.
Qué tontería haber sentido pena por el dragón real que iba a ser
sacrificado. Era un dragón, nomás, y mi señor ya había muerto. Pero la
muerte de Rychaleu se me presentaba tan irreal que pasaría un buen rato
antes de caer en la cuenta de su verdadera dimensión. Hablé un poco más
con Hiylar y me fui para mi despacho. Que los dioses me perdonen por
limitarme a pensar fríamente en cómo proseguir. El príncipe heredero
contaba con sólo trece años; no era más que un imberbe inocente y bien
cuidado. Había dado algunas señales de convertirse en un buen hombre,
cuando no en un verdadero grande, pero para ello faltaban muchos años.
Rychaleu tenía pensado hacerle más sencillo el calzarse los ropajes de
monarca, hacerle probar el sabor de la vida de soldado para poder así
comprender el significado de la guerra”. “Todo
aquello jamás ocurrió, y Armyron ya era rey. Sólo faltó la ceremonia.
Pero él todavía no podía gobernar. Su madre, Castadebask, era una
cabeza hueca —muy simpática ella, y también amistosa, pero con menos
inteligencia que una mula—. No podía permitírsele que se sentara en
trono en lugar de su hijo. Ello hubiera sido la ruina segura de Cayaboré”. “No.
Había solamente una persona cercana al trono en quien yo tenía confianza
para hacer lo que hacía falta. ¡Pero no podía proclamarme a mí mismo como regente del reino! ¿Quién creería que mi intención
era permanecer en el poder sólo hasta que Armyron estuviera en
condiciones de asumirlo? Tenía para mí que debía asegurarme de que
alguien sugiriese mi nombre para cumplir aquel papel. Sopesaba las
alternativas con las que contaba cuando abrí la puerta de mi despacho”. “Dio
la casualidad que al mirar hacia abajo justo vi que el líquido rojo e
hirviente manchaba la alfombra, y riachos colorados se me venían hacia
los pies. Una mano esquelética yacía a centímetros de la puerta, y en
ella estaba colocado en anillo que siempre había apreciado Varwettan”. “Los
forúnculos habían cobrado su segunda víctima. La enfermedad se hallaba
fuera de control. Cualquiera podía contagiarse sin importar lo sano que
se encontrara. Se me estremeció el alma al darme cuenta de que mi plan de
ser regente ya habría perdido solidez”. “A
los dos días había muerto la mitad de los habitantes del Castillo de
Elbyon. Veinte eran los sacerdotes de Decalleigh que permanentemente se la
pasaban limpiando los sitios en los que seres humanos se habían
convertido en líquido. Habían echado hechizos de protección a los que
todavía se encontraban con vida, intentando mantener la enfermedad fuera
del cuerpo —o bien retenida en su interior—. Sentía cosquillas en la
piel todo el tiempo; el resplandor dorado me irritaba al levantar la mano.
¿Me habían aplicado el hechizo a tiempo como para estar a salvo? ¿O
pronto comenzaría a sufrir escalofríos, anuncio de lo que vendría?” “Una
docena de sacerdotes pertenecientes a otras órdenes recorrían cada rincón
del lugar intentando levantar los ánimos de los sobrevivientes, pero
ellos mismos estaban bastante alicaídos. Se habían producido brotes en
la base de los pilotos dragontinos, la academia de hechicería y el puerto
del río. Cientos habían muerto y miles habían abandonado Hallowton,
quizá llevando la enfermedad a sitios todavía no afectados”. “Irónicamente,
yo era en efecto el regente del reino; recibía toda la información de
primera mano y debía decidir cómo proceder. La reina Castadebask había
fallecido —seis horas después que su marido—, al igual que varios de
los consejeros de mayor jerarquía. Habiendo transcurrido un solo día, yo
era el funcionario con vida de más alto rango en todo el reino —después
del príncipe heredero—. Había designado a uno de los sacerdotes de
Decalleigh para que vigilara de forma permanente la muchacho y para que
hiciera todo lo que estuviera a su alcance a fin de salvarlo de la muerte,
en caso de que cayera víctima de la enfermedad. ‘Lo haría de todas
formas’, me dijo indignado, a lo que repliqué con calma: ‘Sólo asegúrese
de que así sea, o su sangre será la que levantará temperatura, sufra o
no de la enfermedad.’” “Mi
propio despacho era inutilizable. Tras la muerte de Varwettan, todo el
mobiliario fue pasto de las llamas, incluidos muchos recuerdos que yo había
reunido a lo largo de los años. El salón del trono había sido víctima
del mismo procedimiento, con la única excepción del trono en sí, al
cual se la había aplicado un poderoso hechizo protector para después ser
llevado al templo de Decalleigh, con la esperanza de que
pudiera quitársele todo rastro de la enfermedad. Igualmente, por
el momento había dispuesto la colocación de varias mesas al aire libre y
una tienda para que nos protegiera del sol. El clima derramaba una dulzura
que empalagaba: nada de lluvia, sólo había un sol radiante y corría una
brisa suave y fresca. Doce sacerdotes de Darawk se encargaban de las
magiesquelas, recibiendo informes de todos los puntos del país y
transmitiendo mis órdenes. Había soldados para protegerlos, y tres de
mis compañeros con más edad me sirvieron de consejeros. Puede que
peinaran tantas canas como yo, pero contaban con la misma agudeza de
siempre. Al respecto, no podía sentirme más seguro”. “Ello
si no hubiera sido por el hecho de que Armyron insistía en estar presente
todo el tiempo. En todo momento me distraía con su fulgor dorado que le
brotaba del rostro, y también con una expresión extraña e inesperada
que se dibujaba en él. No era el llanto de la hora en que le dije lo de
sus padres. En cambio, miraba con atención, observándome… Tenía sólo
trece años, y, sin embargo, su pose y su rostro me recordaban el aspecto
de sabio y monarca de su padre”. “Después
de un rato, mientras yo leía un informe magiesquelar proveniente de la
frontera del norte, Armyron súbitamente dijo ‘¿puede ser todo una
casualidad? Me refiero al hecho de que los forúnculos hayan atacado a los
hechiceros y a los pilotos dragontinos al mismo tiempo que a los
habitantes del castillo’” “Traté
de concentrarme en el informe al tiempo que le respondí ‘mi señor, por
favor, tenga la seguridad de que haré todo para...’” “La
voz de Armyron hizo trizas mi concentración: ‘¡Va a escucharme,
regente del reino! ¡Y va a contestar mi pregunta!’” “Lo
primero que pensé fue que se trataba solamente de un niño petulante que
quería llamar la atención. De pronto, tomé conciencia de lo que decía,
y recordé la ominosa sospecha que se me cruzó por la cabeza en la
entrada del aposento de Rychaleu. ‘Perdone, su alteza, yo… no volverá
a ocurrir.’” “‘Muy bien. Por favor, dame una respuesta, tío Hendro.’” “Sentí
un escalofrío al escuchar ese agregado final. No me llamaba tío desde
los diez años, y ahora lo empleaba conmigo conscientemente como
“anestesia” al dar las órdenes. ‘Mi respuesta es… que no ha
tenido mucho tiempo para nada salvo encargarme de las cuestiones urgentes.
Pero tiene razón. Los ataques de la enfermedad fueron metódicos y
arrasaron con nuestras fuerzas de defensa de un plumazo. No parece obra de
la casualidad.’” “Armyron
asintió con gesto adusto. ‘Eso significa que alguien nos ataca, ¿no es
verdad?’ “Le
confirmé con un ‘sí, señor’, y comencé a redactar órdenes en
magiesquelas frenéticamente. ‘Pero este no es el centro del ataque. Es
sólo para distraernos.’” “Puede
que el muchacho haya crecido bastante en las últimas cuarenta y ocho
horas, pero todavía no era un adulto. ‘Cómo te atreves… ¡La gente
se muere a tu alrededor! ¡Cientos han muerto, entre ellos mi padre, mi
madre! ¡¿Cómo te atreves a decir que se trata de una
distracción?!’” “Le
entregué la magiesquela a un sacerdote que la envió a los diferentes
lugares que le había indicado. Me dirigí a Armyron con calma: ‘Señor,
en la guerra las personas mueren. Mueren miles. Muchos miles. Más aún,
el sólo hecho de dejar inoperante nuestra cadena de mando no sirve para
nada —a menos que se intente una invasión al país con el ejército
regular—. No podemos coordinar nuestras fuerzas armadas como corresponde
—eso cree el enemigo— y, por lo tanto, resultará sencillo tomar
Cayaboré. Señor, las muertes son
una distracción.’” “Armyron
tragó saliva e intentó aplacar su furia. ‘Pero… ¿Quién es el enemigo? ¿Y qué podemos hacer? ¿Tú puedes coordinar las fuerzas armadas?’ Al fin de cuentas,
terminó hablando en tono pragmático, lo que no era algo menor para un
muchachito.” “Le
sonreí. ‘Esperemos y roguemos para que podamos
hacerlo.’” “Armyron
asintió con los dientes apretados. ‘Bien. Tío Hendro, tú sabes quién
hizo esto. Dímelo.’” “‘Una
persona común y corriente no puede dirigir los forúnculos contra ciertas
personas en particular. No que sea mortal,
y que, probablemente, moriría a causa de la enfermedad mucho antes de que
llegue a su destino.’” “Armyron
entrecerró los ojos y con voz delgada susurró ‘Rek’atrednu’.
‘Los cadáveres vivientes nos atacan. Pero no se registró movimiento de tropas en
la frontera con ellos, ¿no es así? Las aeronaves que patrullan el Cruce
de la Muerte no informaron nada.’” “‘No,
su alteza. Nos informaron de un aumento de la cantidad de humo que se
eleva desde las grietas del yermo. Ello podría ser —literalmente— una
cortina de humo para ocultar un ejército tras ella. Acabo de dar la orden
para que la aeronave real Luz
Cenital investigue, con máximo prelado de Darawk a bordo. Águila
y Fuego Celestial transportarán
hechiceros de alta jerarquía al Cruce de la Muerte para hacer detonar una
línea de saquillos de gas entre el humo y nuestras fuerzas. Con eso ganaríamos
algo de tiempo.’” “La
tensión se apoderó del rostro del futuro rey. Mientras pensaba comenzó
a tener un tic nervioso en los ojos. Finalmente, dijo ‘me parece bien. Tío
Hendro, puede que intenten infectar también a nuestros soldados con los
forúnculos. Los sacerdotes de Decalleigh deben aplicarles hechizos de
protección, en especial a los de la fuerza aérea.’” “Esbocé
una sonrisa. ‘Ya me ocupé de ello. No será suficiente, ya que no
contamos con tantos sacerdotes, pero de todos modos haremos lo mejor que
podamos, señor.’” “‘Sí,
tío Hendro’, fue la respuesta de Armyron. ‘Y venceremos.’” “Hoy
me llena de orgullo decir que el reinado de Armyron IV comenzó realmente
con una victoria. No fue sencilla ni inmediata, pero Cayaboré sí ganó.
Y, desde entonces, Armyron ha resultado ser un rey al que vale la pena
servir; un rey que ha comprendido lo que significa arriesgar todas las
vidas, un rey que ha asumido la tarea de conocer cada detalle sobre
nuestra defensa y nuestros enemigos. Quise abandonar el cargo de regente
del reino cuando cumplió dieciocho años, pero por pedido de él permanecí
siete años más. Tuve el deber de conducir el reino mientras él
estudiaba en la academia de Darawk y, de hecho, optó (¡él mismo!) por
servir como soldado raso en todas las fuerzas de nuestra milicia. Si lo único
que alcancé en esos doce años como regente fue brindarle a Armyron
tiempo para que aprendiera lo necesario, se trata de un logro que me
llevaré orgulloso a la otra vida.” Hendrostezhan de Cayaboré, De
la estructura del reino
“Puede
afirmarse con total seguridad que el reino de Cayaboré se halla entre las
naciones más poderosas de Gushémal. Y es poderosa por necesidad, ya que
se halla rodeada de potencias que siempre se han sentido inclinadas al
expansionismo. Aun así, a lo largo de muchos siglos Cayaboré ha sido una
nación próspera, a pesar de la presencia de las Mil Islas en aguas del
Mar de Shane y limitar al sur con Kraznyczar, al este con Ibrollene, y al
norte con lo que hoy es Rek’atrednu. (Aun antes de que el norte cayera
bajo el dominio de los brastoks y nigromantes Keroull había sido un rival
fuerte y que jamás fue de fiar.)” “Al
contar con tantos enemigos, los cayaboreanos han cerrado filas con gran
fuerza. Cada persona forma parte del esquema de defensa del reino, cada
persona es eslabón de una cadena de mando ininterrumpida, ya sea soldado,
sacerdote, hechicero, comerciante o granjero. Todos saben el sitio que
ocupan, todos reciben órdenes del rey, todos forman verdaderamente parte
del entramado del reino.” “A
la edad de dieciocho años, toda persona sana debe ingresar a las fuerzas
armadas y permanecer tres años, período en el que se recibe un
entrenamiento intensivo. Tras la finalización de esta etapa, y a
intervalos regulares, se reincorporan a sus unidades para volver a
practicar, y en caso de que estalle una guerra, recobrarán de inmediato
su condición de activos.” “Pero
aun antes de ser reclutados ya reciben un entrenamiento amplio en el ámbito
escolar. En Cayaboré abundan los colegios, y la asistencia escolar es
obligatoria hasta los quince años de edad. Además de la lectura y la
escritura, la matemática, la historia y la realización de cursos básicos
de magia, existe una gran amplitud en el área de la educación física,
incluidos los ejercicios con espadas y lanzas imitación de las reales.” “A
quienes muestran aptitud para la magia se les exige que realicen cursos
complementarios a lo largo de un año, tras lo cual pueden decidir si
desean incursionar en la hechicería como carrera profesional, la que
siguen gran cantidad de individuos, ya que el estado brinda ayuda
financiera a los aspirantes a ingresar a las academias de hechicería
—en donde la enseñanza también incluye táctica y estrategia
militar—, y los hechiceros son empleados del estado de gran
prestigio.” “Puede
que resulte sorprendente a los ojos del extranjero que Cayaboré impulse
de esa forma la hechicería, dado que en otras naciones es bien conocida
la independencia de los hechiceros. Pero en el reino del dragón son de
hecho parte de las fuerzas armadas, aunque reciben de manera automática
el grado de oficial. Si bien gozan de un nivel
mayor de libertad que el de los militares (u oficiales comunes),
sin dudas forman parte de la gran maquinaria bélica que es Cayaboré.” “Otro
tanto ocurre con los sacerdotes. En lo fundamental, se permite todo tipo
de cultos —siempre que sus
sacerdotes y creyentes prometan solemnemente apoyo permanente al rey—.
Por ello no sorprende que una buena cantidad de creyentes en el dios
tonomai vivan en Cayaboré, ni que también se considere a sus clérigos
como sacerdotes de Haguen.” “Todos
los clérigos sirven no sólo al rey sino también al Santo Prelado
Supremo, el Sumo Sacerdote de Dicerius. (Resulta extraño que los
sacerdotes del dios tonomai deban responder ante un creyente de otra fe,
pero ello no hace más que confirmar la estrecha unión de la sociedad
cayaboreana.)” “Los
sacerdotes también sirven con regularidad en las fuerzas armadas, y puede
ordenárseles que realicen tareas especiales. Quienes revisten una
importancia especial y mantienen lazos muy estrechos con el Estado son los
sacerdotes de Darawk. Constituyen uno de los pilares de nuestra sociedad,
ya que de sus filas surgen los maestros de nuestros hijos; son los que
conservan y divulgan el conocimiento. Mantienen las grandes bibliotecas de
Hallowton y las otras ciudades, y trabajan muy de cerca con los sacerdotes
de otros cultos, hechiceros y eruditos en general para mejorar el reino
del dragón.” “Y
cumplen otra importante función, cual es la de estar a cargo de las
estaciones de magiesquelas ubicadas a lo largo y a lo ancho del país.
Cada localidad, sin importar su tamaño, cuenta con un templo de Darawk,
que, por más pequeño que sea, se halla comunicado con Hallowton mediante
magiesquelas, por lo que el contacto es permanente. Estos sacerdotes
cumplen idéntica función al servicio de las fuerzas armadas, permitiendo
que cada unidad esté en contacto con el cuartel general.” Dinam Aryl,
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