Compendio sobre países y regiones de renombre

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Países y regiones

Índice

Prefacio

Sección 1: Países

Sección 2: Regiones

 

La Península Arrufat


En general

Quizá no resulte acertado incluir a la Península Arrufat en la sección “Regiones de renombre”, mas tampoco correspondería denominarla “país”, ya que se ha desintegrado en cientos de ducados, reinos menores y zonas en las que no puede hallarse su gobernante, salvo, tal vez, el jefe de una banda de delincuentes o algún jefe militar que mantiene al pueblo aterrorizado.

Incluiré más adelante información que eche más luz sobre este proceso de desintegración. Por ahora baste decir que la Península Arrufat fue en una época un país único y unificado.

La península se halla ubicada en el extremo oriente de nuestro continente, constituyendo una saliente de la costa sur que conforma un lado de la angostura que separa el Mar de Shane del Océano Blanco. Esa angostura, cuya parte norte la conforma Tonomat, se denomina Los Estrechos de Stevereev, en honor a un héroe legendario de gran fuerza que, se dice, unió la tierra que había quedado separada tras la creación del Mar de Shane por parte del vengativo Dios Mannannan.

La península se ve atravesada por los Montes Secula, una cordillera con forma de hoz, sólo penetrable a través de  algunos pasos que, desde tiempos muy remotos han estado bajo el control de nobles y sus ejércitos que exigen altos peajes para cruzarlos. Las montañas son el hogar de muchas especies no humanas, entre las que se destaca un buen número de enanienses. Sin embargo, sus clanes por lo general se abstienen de participar en las cuestiones que afectan al resto del país —y, debido a lo difícil del acceso a su hogar, cumplieron con su cometido incluso durante el Ataque Impío—. Ya que en las Seculas también viven numerosas tribus de roedoreantes y ogros, los enanienses en absoluto llevan una vida tranquila.

Los únicos puntos conflictivos en donde se cruzan intereses humanos y enanos son los pasos, causa de muchas batallas sangrientas, libradas con el objeto de mantener su control. Una de las más conocidas es la Batalla de Alguarnadón (2618 d. D.), en la que una fuerza conjunta compuesta de humanos y enanienses, sobrevivientes del Ataque Impío, repelió la embestida de un gran ejército tonomai. Se dice que miembros de la célebre familia Falken participaron en este acontecimiento, y que sus descendientes todavía poseen la fortaleza a ambos extremos del paso Alguarnadón.

Debe asimismo resaltarse que los tonomai han rebautizado a los Seculas: para ellos son los Montes del Innominado —uno de los títulos del Dios Único—. Los Seculas poseen para los tonomai una importancia religiosa, aunque hasta ahora razón exacta de ello me ha sido esquiva.

Como dije antes, los Seculas dividen la península: con su forma de hoz de clava en el medio de su faz. Casi en la mitad de su trayecto, comienza su curso el Río Orbé, y, junto al temido Pantano Negro, la mayor parte de la Península Arrufat queda aislada. Hoy se conoce a esta zona como la Costa Salvaje —sin duda, debido a la naturaleza indómita tanto de la tierra como de los habitantes—. Hace unos siglos parece que sólo las almas más resistentes se han adentrado en esta región: las de los bandidos, las de quienes huyen de alguien o las de los que tienen sed de aventuras. La Costa Salvaje es tan diferente y única que le dediqué un capítulo especial.

El resto de la Península Arrufat también cuenta con divisiones naturales, siendo la primera la mayor parte del territorio que va desde al unión con el continente hasta los Estrechos de Stevereev. Es una zona ubérrima —y debe decirse que floreció durante el gobierno tonomai, en tanto que hoy gran parte de su riqueza se ha arruinado merced a los conflictos y guerras constantes entre los nuevos —y antiguos— señores. Igualmente, hay suficientes campesinos y buenas tierras cultivables para alimentar al pueblo sin mayores sobresaltos —¡pero ni se piense en la riqueza que hay debajo del suelo!

Es en este lugar donde se encuentra la ciudad más importante, Faithold, que en la antigüedad se conocía como Diram, el hogar del Rey de Reyes de Arrufat, y, bajo dominio tonomai, se denominó a su vez Meraic. Faithold es una ciudad irregular situada a las orillas del río Cidel, un curso fluvial relativamente pequeño al que se ha rectificado mediante embalses. Al tiempo de llamarse Meraic, Faithold fue capital de una provincia tonomai de escasa importancia; la Reconquista la devastó y a lo largo de más de un siglo nadie habitó sus ruinas. Pero cuando la Revolution Ibrolleniana hizo dejar al Divino Sacerdote Supremo, el más alto de los clérigos, su trono tradicional de Sirap, eligió esta ciudad como sitio para su nuevo templo. En apenas una década, la ciudad entera de Faithold fue un estallido de vida, devorando las ruinas para construir nuevos edificios y arrancándole toneladas de piedras a los Montes Secula, no contentándose con las primeras. Los príncipes de Arrufat iban allí a reverenciar al Divino Sacerdote Supremo, pagar sus tributos e instalar embajadas —y, casi de inmediato, Faithold se convirtió en un enclave comercial, sin mencionar el ser obviamente sede de las negociaciones de paz—.

Al sur se halla el río Victoria, que en su pronunciado y prolongado serpenteo separa a Costabrigo de la región principal. A Costabrigo se la conoce también como Costa de la Libertad o Lugar de la Suerte, ya que fue la única parte de Arrufat que jamás conquistaron los tonomai. Lo notable es que este sitio estaba dividido en un gran número de provincias hasta hace quinientos años, y recién pasó a tener una denominación genérica desde el inicio de tal período.

El Victoria también recibe otros nombres, los que se derivan de los diferentes grupos que han combatido o vivido en sus márgenes: el nombre primitivo del río era Manantial de Plata, no por su tonalidad sino a raíz de un número inusitado de minas de plata ubicadas cerca de sus orillas; los conquistadores tonomai lo denominaron Ellarny (que, a grandes rasgos puede traducirse a la lengua común como “Volveremos”); en los tiempos de la Gran Reconquista a este curso a menudo se lo denominaba el Río Rojo o Río de la Sangre, al parecer por la gran cantidad que de ella se derramó en su caudal. Este última nombre todavía se oye con frecuencia en Arrufat; parece que la más agradable denominación oficial no ha podido borrar los recuerdos del combate.

En las cercanías de Costabrigo hay un pequeño número de islas de los tamaños más variados, que a menudo sufren el castigo de las tormentas del Océano Blanco. La mayor de ellas es la célebre Isla de los Duendes, Milonisi. Es la única que mantiene una población numerosa y constante, dado que se halla protegida por las otras islas, que parecen desviar los vientos. (Ello también parece ser obra de la magia duéndica; por desgracia, los Chara de Milonisi no son muy generosos con la información al respecto.)

Confieso que esta información, según parece, se halla bastante dispersa —en particular, aquéllos que han recorrido la Península Arrufat se apresurarán a señalar que faltan datos y a indicar lo poco que permanecí en cada sitio—. Digamos que el presente es una visión general, y, cuando cuente con el tiempo, agregaré más datos en mis próximos artículos.

Demercur Ylvain,
Sacerdote de Darawk,
Sagrada Academia de Chazevo

 

 

El Ataque Impío

“Sus buques cruzaron los Estrechos de Stevereev a la mañana, con las velas asaz infladas, surcando las blancas crestas de las olas. Su intención quedó clara desde el momento mismo en que divisamos esas velas. Los infieles jamás negociaron en paz con nosotros: su furor impío y su falso credo asesinan embajadores y mercaderes por igual. Ahora vienen a combatir.

“Mi señor, el Archiduque Leugim, había estado preparándose para esto y reunido fuerzas desde que la loca religión del Dios Único comenzó a extenderse más allá del mar. Pero sus preparativos no sirvieron de nada merced a años de esperar el ataque tonomai. Eran tantos los guerreros que se habían retirado o sido descartados durante el servicio que el ejército reunido aquella mañana en la costa contaba con unos pocos que superaban los veinte años, siendo la mayoría veteranos cuyas armaduras apenas eran de su talle.

“Vi la batalla. Del más puro odio es de lo que hablaré, pues eran predecibles esas terribles escenas en las que los sables curvos de los tonomai atravesaban a nuestros soldados anunciándole a su falso dios con gritos salvajes la muerte de cada enemigo. El  Archiduque, su familia y yo, su sirviente, dejamos la escena del combate, regresando a palacio en nuestros carruajes a toda prisa, mientras los últimos defensores que quedaban seguían peleando.

“El hijo de Leugim le preguntó si no correspondía pelear al lado de los defensores. ‘Hijo mío’, le respondió el Archiduque, ‘la ciudad y su pueblo se perdieron, pero son sólo edificios y campesinos. Somos nosotros los que llevamos el espíritu de nuestro terruño en la sangre, eso es lo que significa la nobleza. Saliéndonos de este sitio le arrebatamos la victoria a nuestro enemigo.’

“Se me ordenó que rápidamente preparara caballos frescos, provisiones y los mejores y más leales guerreros de la guardia de palacio. Me llevó más de lo que había pensado, ya que muchos de los otros sirvientes habían abandonado el palacio, y a los que quedaban los tenían que obligar a cumplir con sus tareas los guardias de nuestra confianza.

“Al saber de las dificultades, una mirada fría se instaló en el rostro del Archiduque. ‘Considero enemigos a estos sirvientes desgraciados’, le comunicó al jefe de la guardia. ‘Haga con ellos lo que corresponda.’

“Habíamos oído los sonidos del combate en la zona portuaria cuando los carruajes nuevos y el séquito de caballeros abandonaron el palacio. Los campesinos colmaban las calles, corriendo y cerrándonos el paso. No era necesario que Leugim ordenara a la guardia cómo proceder.

“Nos llevó poco tiempo salir de la ciudad. Leugim le dijo a su séquito que se dirigiera a Diram para él poder brindar un informe al Rey de Reyes. Sentado en el último carro, donde me hallaba al cuidado de la cubertería de plata y variados objetos de valor del palacio, volteé la cabeza. El humo se elevaba de la ciudad, era una nube negra hija del incendio que devoraba el palacio. Había sido mi hogar toda la vida, excepto por las  ocasionales excursiones al lado de mi señor. Todo lo que conocía se encontraba en llamas, pero me llenaba de júbilo saber que mi verdadero hogar, el verdadero espíritu de nuestra tierra había escapado de las garras impías de los tonomai.”

Odraude Kelarhiz,
Sirviente del Archiduque Leugim de Radlarbig
(de una carta escrita en 2527 d. D., dos años después del comienzo del Ataque Impío)

 

“Comienzo a sentir temor por nuestro amado terruño. Según noticias que llegaron ayer a Diram, otra provincia más cayó ante los infieles tonomai —creo que se trataba de Nagralón, o algún otro pequeño ducado—. Desde luego que esa gente cuenta con bastante poca instrucción respecto del arte de la espada, y se durmieron en los laureles, convenidos de que los tonomai jamás les darían batalla.

“El Archiduque Leugim me recordó esto al leer el mensaje. ‘Odraude, esta gente le da tanta libertad a los campesinos que es un milagro que el Rey de Reyes no haya enviado a sus huestes para corregir esto de entrada’. Acto seguido, pidió otro vaso de vino, tan necesitado de él está hoy.

“Igualmente, los infieles siguen su paso por nuestra gran y maravillosa tierra, arrasando y quemando todo a su paso, o profanándolo —he oído a muchos refugiados decir que los tonomai han arrancado los símbolos sagrados que había en los templos de las ciudades y han colocado en su lugar los símbolos blancos que representan a su falso dios—. Quienes sobreviven a las matanzas son hechos esclavos, todos excepto aquéllos horribles traidores que imploran a los gritos poder unirse a los conquistadores. Sí, por más difícil de creer que sea para alguien como yo, que forma parte de las más altas esferas de la realeza y que puede afirmar que por sus venas corre sangre noble, ¡los campesinos son capaces de echar por tierra con nuestra gran religión y abrazar el falso y demoníaco santuario del dios tonomai! ¡Qué poco confiables son los campesinos!

“Por todos nuestros grandes dioses, esto es lo que en verdad infunde temor en mi alma, pues, ¿cuántos de nuestros soldados que salen al encuentro de los infieles son nobles de nacimiento? ¿Cuántos son campesinos? La respuesta es demasiados. Si cada una de nuestras provincias estuviera organizada como mi Archiduque sabía gobernar la suya, yo estaría apenas preocupado. Nos afectó más el tiempo que la falta de liderazgo —del cual estoy más que seguro—. ¡Mi señor siempre se ha asegurado de que los campesinos sepan cuál es el lugar que les corresponde!

“Pero en lugares tales como este Nagralón, donde a los campesinos se les concede una libertad de acción rayana en lo sacrílego —¿acaso los dioses nos les han asignado su baja condición social?—, ¿los nobles todavía siguen al mando de sus fuerzas? ¿O los campesinos traidores mandan a los nobles?”

Odraude Kelarhiz,
Sirviente del Archiduque Leugim de Radlarbig
(de una carta escrita en 2529 d. D.)

 

“Querido amigo, dispénsame por lo breve y poco legible de estas líneas, pero la premura se apodera de mi pluma, y temo que pronto mi señor y yo tendremos que ir a otro sitio nuevamente. La batalla contra los tonomai ha tenido muy malos resultados: se ha informado que ha caído el Rey de Reyes. Ello le resulta difícil de creer a mi señor. ‘¡Significaría que el espíritu de nuestra tierra está muerto!’, exclamó hace apenas una hora. Después me ordenó empacar, tarea que ya terminé. Quizá fue el temor lo que me hizo hacer los arreglos para nuestro viaje ya hace una semana, ¿o fue una premonición?

“No sé adónde se encaminará mi señor. Si nuestra nación ha caído junto al Rey de Reyes, ¿dónde podemos ir? ¿Dónde podemos hallar refugio?

“En caso de que llegara a ser Ibrollene, lo que me encantaría pues disfrutaría dialogar contigo una vez más, intentaré enviarte otra misiva, siempre que estén tan corrompidos por la guerra.”

 Odraude Kelarhiz,
Sirviente del Archiduque Leugim de Radlarbig
(de una carta escrita en 2530 d. D.)

 

“Por orden de Maroud Afa’uk, bendito por el Verdadero Dios Único, comandante de las Fuerzas Santas del Imperio Tonomai, las siguientes personas han sido designados para trabajar como esclavos por flagrante sacrilegio contra Verdadero el Dios Único.

“Se destina a las minas de Kera Ilac a Terash Geroud, ex jefe de la guardia de Leugim de Radlarbig, como así también a los cuatro guardias bajo arresto.

“Se destina para su venta en bloque en el puerto de Refugio Divino (ex Radlarbig) al Archiduque Leugim de Radlarbig, su esposa y dos hijas.

“Se destina al Templo del Verdadero Dios Único en Rauret a Odraude Kelarhix, ex sirviente de Leugim de Radlarbig.

“Que el Dios Único se apiade de sus almas.”

De un documento hallado en los Archivos Imperiales de Rauret (capital tonomai de Arrufat),
redactado en 2530 d. D.,
archivado en la actualidad en la Sagrada Academia de Darawk en Faithold