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En
general
Quizá
no resulte acertado incluir a la Península Arrufat en la sección
“Regiones de renombre”, mas tampoco correspondería denominarla “país”,
ya que se ha desintegrado en cientos de ducados, reinos menores y zonas en
las que no puede hallarse su gobernante, salvo, tal vez, el jefe de una
banda de delincuentes o algún jefe militar que mantiene al pueblo
aterrorizado. Incluiré
más adelante información que eche más luz sobre este proceso de
desintegración. Por ahora baste decir que la Península Arrufat fue en
una época un país único y unificado. La
península se halla ubicada en el extremo oriente de nuestro continente,
constituyendo una saliente de la costa sur que conforma un lado de la
angostura que separa el Mar de Shane del Océano Blanco. Esa angostura,
cuya parte norte la conforma Tonomat, se denomina Los
Estrechos de Stevereev, en honor a un héroe legendario de gran fuerza
que, se dice, unió la tierra que había quedado separada tras la creación
del Mar de Shane por parte del vengativo Dios Mannannan. La
península se ve atravesada por los Montes
Secula, una cordillera con forma
de hoz, sólo penetrable a través de
algunos pasos que, desde tiempos muy remotos han estado bajo el
control de nobles y sus ejércitos que exigen altos peajes para cruzarlos.
Las montañas son el hogar de muchas especies no humanas, entre las que se
destaca un buen número de enanienses. Sin embargo, sus clanes por lo
general se abstienen de participar en las cuestiones que afectan al resto
del país —y, debido a lo difícil del acceso a su hogar, cumplieron con
su cometido incluso durante el Ataque Impío—. Ya que en las Seculas
también viven numerosas tribus de roedoreantes y ogros, los enanienses en
absoluto llevan una vida tranquila. Los
únicos puntos conflictivos en donde se cruzan intereses humanos y enanos
son los pasos, causa de muchas batallas sangrientas, libradas con el
objeto de mantener su control. Una de las más conocidas es la Batalla
de Alguarnadón (2618 d. D.), en la que una fuerza conjunta compuesta
de humanos y enanienses, sobrevivientes del Ataque Impío, repelió la
embestida de un gran ejército tonomai. Se dice que miembros de la célebre
familia Falken participaron en este acontecimiento, y que sus
descendientes todavía poseen la fortaleza a ambos extremos del paso
Alguarnadón. Debe
asimismo resaltarse que los tonomai han rebautizado a los Seculas: para
ellos son los Montes del Innominado —uno de los títulos del Dios Único—.
Los Seculas poseen para los tonomai una importancia religiosa, aunque
hasta ahora razón exacta de ello me ha sido esquiva. Como
dije antes, los Seculas dividen la península: con su forma de hoz de
clava en el medio de su faz. Casi en la mitad de su trayecto, comienza su
curso el Río Orbé,
y, junto al temido Pantano Negro,
la mayor parte de la Península Arrufat queda aislada. Hoy se conoce a
esta zona como la Costa Salvaje —sin duda,
debido a la naturaleza indómita tanto de la tierra como de los
habitantes—. Hace unos siglos parece que sólo las almas más
resistentes se han adentrado en esta región: las de los bandidos, las de
quienes huyen de alguien o las de los que tienen sed de aventuras. La
Costa Salvaje es tan diferente y única que le dediqué un capítulo
especial. El
resto de la Península Arrufat también cuenta con divisiones naturales,
siendo la primera la mayor parte del territorio que va desde al unión con
el continente hasta los Estrechos de Stevereev. Es una zona ubérrima —y
debe decirse que floreció durante el gobierno tonomai, en tanto que hoy
gran parte de su riqueza se ha arruinado merced a los conflictos y guerras
constantes entre los nuevos —y antiguos— señores. Igualmente, hay
suficientes campesinos y buenas tierras cultivables para alimentar al
pueblo sin mayores sobresaltos —¡pero ni se piense en la riqueza que
hay debajo del suelo! Es
en este lugar donde se encuentra la ciudad más importante, Faithold, que en la antigüedad se conocía como Diram, el hogar del
Rey de Reyes de Arrufat, y, bajo dominio tonomai, se denominó a su vez
Meraic. Faithold es una ciudad irregular situada a las orillas del río Cidel,
un curso fluvial relativamente pequeño al que se ha rectificado mediante
embalses. Al tiempo de llamarse Meraic, Faithold fue capital de una
provincia tonomai de escasa importancia; la Reconquista la devastó y a lo
largo de más de un siglo nadie habitó sus ruinas. Pero cuando la
Revolution Ibrolleniana hizo dejar al Divino Sacerdote Supremo, el más
alto de los clérigos, su trono tradicional de Sirap, eligió esta ciudad
como sitio para su nuevo templo. En apenas una década, la ciudad entera
de Faithold fue un estallido de vida, devorando las ruinas para construir
nuevos edificios y arrancándole toneladas de piedras a los Montes Secula,
no contentándose con las primeras. Los príncipes de Arrufat iban allí a
reverenciar al Divino Sacerdote Supremo, pagar sus tributos e instalar
embajadas —y, casi de inmediato, Faithold se convirtió en un enclave
comercial, sin mencionar el ser obviamente sede de las negociaciones de
paz—. Al
sur se halla el río Victoria,
que en su pronunciado y prolongado serpenteo separa a Costabrigo
de la región principal. A Costabrigo
se la conoce también como Costa de la Libertad o Lugar de la Suerte, ya
que fue la única parte de Arrufat que jamás conquistaron los tonomai. Lo
notable es que este sitio estaba dividido en un gran número de provincias
hasta hace quinientos años, y recién pasó a tener una denominación genérica
desde el inicio de tal período. El
Victoria también recibe otros nombres, los que se derivan de los
diferentes grupos que han combatido o vivido en sus márgenes: el nombre
primitivo del río era Manantial de Plata, no por su tonalidad sino a raíz
de un número inusitado de minas de plata ubicadas cerca de sus orillas;
los conquistadores tonomai lo denominaron Ellarny (que, a grandes rasgos
puede traducirse a la lengua común como “Volveremos”); en los tiempos
de la Gran Reconquista a este curso a menudo se lo denominaba el Río Rojo
o Río de la Sangre, al parecer por la gran cantidad que de ella se derramó
en su
caudal. Este última nombre todavía se oye con frecuencia en Arrufat;
parece que la más agradable denominación
oficial no ha podido borrar los recuerdos del combate. En
las cercanías de Costabrigo hay un pequeño número de islas de los tamaños
más variados, que a menudo sufren el castigo de las tormentas del Océano
Blanco. La mayor de ellas es la célebre Isla
de los Duendes, Milonisi. Es la única que mantiene una población numerosa y
constante, dado que se halla protegida por las otras islas, que parecen
desviar los vientos. (Ello también parece ser obra de la magia duéndica;
por desgracia, los Chara de Milonisi no son muy generosos con la información
al respecto.) Confieso
que esta información, según parece, se halla bastante dispersa —en
particular, aquéllos que han recorrido la Península Arrufat se apresurarán
a señalar que faltan datos y a indicar lo poco que permanecí en cada
sitio—. Digamos que el presente es una visión general, y, cuando cuente
con el tiempo, agregaré más datos en mis próximos artículos. Demercur Ylvain, El
Ataque Impío
“Sus
buques cruzaron los Estrechos de Stevereev a la mañana, con las velas
asaz infladas, surcando las blancas crestas de las olas. Su intención
quedó clara desde el momento mismo en que divisamos esas velas. Los
infieles jamás negociaron en paz con nosotros: su furor impío y su falso
credo asesinan embajadores y mercaderes por igual. Ahora vienen a
combatir. “Mi
señor, el Archiduque Leugim, había estado preparándose para esto y
reunido fuerzas desde que la loca religión del Dios Único comenzó a
extenderse más allá del mar. Pero sus preparativos no sirvieron de nada
merced a años de esperar el ataque tonomai. Eran tantos los guerreros que
se habían retirado o sido descartados durante el servicio que el ejército
reunido aquella mañana en la costa contaba con unos pocos que superaban
los veinte años, siendo la mayoría veteranos cuyas armaduras apenas eran
de su talle. “Vi
la batalla. Del más puro odio es de lo que hablaré, pues eran
predecibles esas terribles escenas en las que los sables curvos de los
tonomai atravesaban a nuestros soldados anunciándole a su falso dios con
gritos salvajes la muerte de cada enemigo. El
Archiduque, su familia y yo, su sirviente, dejamos la escena del
combate, regresando a palacio en nuestros carruajes a toda prisa, mientras
los últimos defensores que quedaban seguían peleando. “El
hijo de Leugim le preguntó si no correspondía pelear al lado de los
defensores. ‘Hijo mío’, le respondió el Archiduque, ‘la ciudad y
su pueblo se perdieron, pero son sólo edificios y campesinos. Somos
nosotros los que llevamos el espíritu de nuestro terruño en la sangre,
eso es lo que significa la nobleza. Saliéndonos de este sitio le
arrebatamos la victoria a nuestro enemigo.’ “Se
me ordenó que rápidamente preparara caballos frescos, provisiones y los
mejores y más leales guerreros de la guardia de palacio. Me llevó más
de lo que había pensado, ya que muchos de los otros sirvientes habían
abandonado el palacio, y a los que quedaban los tenían que obligar a
cumplir con sus tareas los guardias de nuestra confianza. “Al
saber de las dificultades, una mirada fría se instaló en el rostro del
Archiduque. ‘Considero enemigos a estos sirvientes desgraciados’, le
comunicó al jefe de la guardia. ‘Haga con ellos lo que corresponda.’ “Habíamos
oído los sonidos del combate en la zona portuaria cuando los carruajes
nuevos y el séquito de caballeros abandonaron el palacio. Los campesinos
colmaban las calles, corriendo y cerrándonos el paso. No era necesario
que Leugim ordenara a la guardia cómo proceder. “Nos
llevó poco tiempo salir de la ciudad. Leugim le dijo a su séquito que se
dirigiera a Diram para él poder brindar un informe al Rey de Reyes.
Sentado en el último carro, donde me hallaba al cuidado de la cubertería
de plata y variados objetos de valor del palacio, volteé la cabeza. El
humo se elevaba de la ciudad, era una nube negra hija del incendio que
devoraba el palacio. Había sido mi hogar toda la vida, excepto por las
ocasionales excursiones al lado de mi señor. Todo lo que conocía
se encontraba en llamas, pero me llenaba de júbilo saber que mi verdadero
hogar, el verdadero espíritu de nuestra tierra había escapado de las
garras impías de los tonomai.” Odraude Kelarhiz, “Comienzo
a sentir temor por nuestro amado terruño. Según noticias que llegaron
ayer a Diram, otra provincia más cayó ante los infieles tonomai —creo
que se trataba de Nagralón, o algún otro pequeño ducado—. Desde luego
que esa gente cuenta con bastante poca instrucción respecto del arte de
la espada, y se durmieron en los laureles, convenidos de que los tonomai
jamás les darían batalla. “El
Archiduque Leugim me recordó esto al leer el mensaje. ‘Odraude, esta
gente le da tanta libertad a los campesinos que es un milagro que el Rey
de Reyes no haya enviado a sus huestes para corregir esto de entrada’.
Acto seguido, pidió otro vaso de vino, tan necesitado de él está hoy. “Igualmente,
los infieles siguen su paso por nuestra gran y maravillosa tierra,
arrasando y quemando todo a su paso, o profanándolo —he oído a muchos
refugiados decir que los tonomai han arrancado los símbolos sagrados que
había en los templos de las ciudades y han colocado en su lugar los símbolos
blancos que representan a su falso dios—. Quienes sobreviven a las
matanzas son hechos esclavos, todos excepto aquéllos horribles traidores
que imploran a los gritos poder unirse a los conquistadores. Sí, por más
difícil de creer que sea para alguien como yo, que forma parte de las más
altas esferas de la realeza y que puede afirmar que por sus venas corre
sangre noble, ¡los campesinos son capaces de echar por tierra con nuestra
gran religión y abrazar el falso y demoníaco santuario del dios tonomai!
¡Qué poco confiables son los campesinos! “Por
todos nuestros grandes dioses, esto es lo que en verdad infunde temor en
mi alma, pues, ¿cuántos de nuestros soldados que salen al encuentro de
los infieles son nobles de nacimiento? ¿Cuántos son campesinos? La
respuesta es demasiados. Si cada una de nuestras provincias estuviera
organizada como mi Archiduque sabía gobernar la suya, yo estaría apenas
preocupado. Nos afectó más el tiempo que la falta de liderazgo —del
cual estoy más que seguro—. ¡Mi señor siempre se ha asegurado de que
los campesinos sepan cuál es el lugar que les corresponde! “Pero
en lugares tales como este Nagralón, donde a los campesinos se les
concede una libertad de acción rayana en lo sacrílego —¿acaso los
dioses nos les han asignado su baja condición social?—, ¿los nobles
todavía siguen al mando de sus fuerzas? ¿O los campesinos traidores
mandan a los nobles?” Odraude Kelarhiz, “Querido
amigo, dispénsame por lo breve y poco legible de estas líneas, pero la
premura se apodera de mi pluma, y temo que pronto mi señor y yo tendremos
que ir a otro sitio nuevamente. La batalla contra los tonomai ha tenido
muy malos resultados: se ha informado que ha caído el Rey de Reyes. Ello
le resulta difícil de creer a mi señor. ‘¡Significaría que el espíritu
de nuestra tierra está muerto!’, exclamó hace apenas una hora. Después
me ordenó empacar, tarea que ya terminé. Quizá fue el temor lo que me
hizo hacer los arreglos para nuestro viaje ya hace una semana, ¿o fue una
premonición? “No
sé adónde se encaminará mi señor. Si nuestra nación ha caído junto
al Rey de Reyes, ¿dónde podemos ir? ¿Dónde podemos hallar refugio? “En
caso de que llegara a ser Ibrollene, lo que me encantaría pues disfrutaría
dialogar contigo una vez más, intentaré enviarte otra misiva, siempre
que estén tan corrompidos por la guerra.” Odraude Kelarhiz, “Por
orden de Maroud Afa’uk, bendito por el Verdadero Dios Único, comandante
de las Fuerzas Santas del Imperio Tonomai, las siguientes personas han
sido designados para trabajar como esclavos por flagrante sacrilegio
contra Verdadero el Dios Único. “Se
destina a las minas de Kera Ilac a Terash Geroud, ex jefe de la guardia de
Leugim de Radlarbig, como así también a los cuatro guardias bajo
arresto. “Se
destina para su venta en bloque en el puerto de Refugio Divino (ex
Radlarbig) al Archiduque Leugim de Radlarbig, su esposa y dos hijas. “Se
destina al Templo del Verdadero Dios Único en Rauret a Odraude Kelarhix,
ex sirviente de Leugim de Radlarbig. “Que
el Dios Único se apiade de sus almas.” De un documento hallado en
los Archivos Imperiales de Rauret (capital tonomai de Arrufat),
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