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Índice

Prefacio

Sección 1: Hechizos

Sección 2: Bendiciones y maldiciones

Sección 3: Utensilios mágicos

 

 

Magia: Hechizos y Bendiciones

Sección 1: Hechizos


La bola de fuego

“‘El mundo exterior es peligroso’, le dijo a sus alumnos el Maestro Hechicero Gerauld hace alrededor de veinte años. Yo, un jovencito de quince abriles, era una de ellos; sentado en el último banco del auditorio oval, mientras me enredaba con mis apuntes al comienzo de la clase. ‘Puede que ahora no piensen así. Dudo que hayan visto algún enfrentamiento es su vida, y, con algo de suerte, todo seguirá así por un tiempo. Los muros de nuestra academia los protegen, y, cuando se hallaron fuera, seguramente confiaron en las fuerzas policiales de nuestra gran Cayaboré. Quizá, cuando sean adultos, permanezcan en Hallowton, o quizá vayan a vivir a las otras ciudades de nuestro reino, y sigan disfrutando del sosiego que les brinda un regazo que nunca abandonaron.”

Pero en ese caso apenas sí serían verdaderos hechiceros, ¿no es verdad?’”

“Esas últimas palabras retumbaron súbitamente en todo el salón, provocándome una fuerte impresión que hizo que se me cayeran los apuntes y mirara con estupor al maestro. Gerauld era de baja estatura, que se hallaba en el ocaso de su vida. Tenía hombros caídos, como si sucumbieran ante el peso de su blanca cabellera rizada. Sin embargo, en ese momento, había intensidad en su mirada, y su cuerpo parecía erguirse de repente.”

“‘El verdadero hechicero no desperdicia la vida en el estudio esquemático, leyendo textos antiguos como si fuera un fraile. El verdadero hechicero es una fuerza de la naturaleza, y la naturaleza no debe permanecer encapsulada —debe ser una explosión de vida—.’ Hizo una pausa, y nos miró a cada uno. Sentí ganas de bajar la vista cuando sus ojos se posaron sobre mí. La vida que me había imaginado era exactamente lo contrario de lo que él pregonaba; quería experimentar con la magia en paz y tranquilidad. ¿Por qué habría querido abandonar Hallowton? Nací y permanecí toda la vida en esta ciudad —excepto un verano que pasé en lo de mi tío en Kerrigan. Sea lo que fuera que yo quisiera, siempre lo hallaría en Hallowton.”

“Gerauld continuó, diciendo que ‘tendrán que recorrer el mundo para entender por completo lo que  significa la hechicería. Lo que adquieren aquí en la academia son meros conocimientos básicos —el esqueleto, nada más—. Es afuera donde encuentran la carne, músculos y la piel que conforman el cuerpo completo. Conozcan el mundo y a las personas —sepan cómo su magia se identifica con ellas—. Recién entonces serán verdaderos hechiceros.

¡Ay de nosotros!’, exclamó con un suspiro, encorvándose un poco más, ‘sí es peligroso. El hechicero debería saber defenderse. Con algo más que un puñal o espada.’ Gerauld se llevó al pecho la mano derecha, la abrió y algo, no muy visible, una suerte de niebla azul, comenzó a formarse en la palma.

“De pronto, eso se convirtió en una llama, una bola de fuego serpenteante que ardía en la mano de Gerauld —sin dañar al maestro—. Se le dibujó una sonrisa en el rostro al ver nuestro asombro. ‘Esto’, dijo, al tiempo que levantaba la esfera, ‘es la instrumento de defensa que necesitan dominar primero y mejor. Cuando tengan experiencia podrán dirigirlo contra un blanco ubicado a un kilómetro de distancia. La bola viajará en línea recta, y casi no existe nada que la detenga durante el trayecto. En cuanto al blanco…’”

“De repente, abrió la palma de la mano y soltó la bola de fuego. Surcó raudamente el aula, casi rozándonos la cabeza. Nos dimos vuelta para ver que la bola hacía blanco en un muñeco de tamaño natural ubicado al fondo del auditorio. Siempre me pregunté por qué estaba allí.”

“Entonces me dí cuenta. Pareció que una bola acuosa le había dado en la cabeza, cual líquido ígneo que empapó al muñeco y le prendió fuego, el que ardió sólo unos instantes; cuando se extinguió, la parte superior se había convertido en una masa negra e irreconocible, una suerte de colilla encima de piernas intactas.

“‘Con eso deberían poder deshacerse de la mayoría de sus enemigos’, dijo Gerauld en voz baja. Podría haber susurrado; con el silencio que había en el auditorio igualmente habríamos entendido cada palabra. ‘Claro que sólo puede atacarse un objetivo a la vez, y dudo que en los primeros años puedan realizar este conjuro más de una vez por enfrentamiento. Sin perjuicio de ello, confío en que comprendan la importancia de aprender este hechizo.’”

“Claro que sí.”

Evradd Gavalan,
Maestro de Hechicería Experimental, Hallowton, Cayaboré
(de la obra “Mi vida, o el experimento permanente”, 3166 d.D.)