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Magia

Índice

Prefacio

Sección 1: Hechizos

Sección 2: Bendiciones y maldiciones

Sección 3: Utensilios mágicos

 

 

Magia: Hechizos y Bendiciones

Prefacio


Introducción

La “magia”.

Nada más que una palabra, que, sin embargo, significa tantas cosas. Es belleza, es bajeza. La creación de lo nuevo, la destrucción de lo viejo. Hace la vida más sencilla, y trae tribulaciones a nuestra  existencia.

Todavía recuerdo al primer profesor que tuve en esta regia institución —hace ya muchos años de esto—, un hechicero robusto de mejillas agraciadas, que disfrutaba de la vida en todo su esplendor. “Muchacha” —me dijo— “pensarás que la magia es la respuesta a todos tus interrogantes. No lo niegues, se te ve en los ojos. El problema es que, justamente, no es así. La respuesta que te ofrece la magia sólo te planteará nuevos interrogantes para los que no hay contestación. Así que, antes de realizar hechizos, fíjate que cuentes con una solución terrena para resolverlos.”

Era muy sabio, y tantas veces he visto sus enseñanzas reflejadas en la realidad. Hechiceros que se valen en forma permanente de su magia y que terminan atrapados en las redes que tejieron gracias a sus propios hechizos. Clérigos tan seguros de la confianza que Dios deposita en ellos que pierden de vista a quienes deberían proteger. Buenas personas para quienes la magia implica su perdición.

Todos los años, en oportunidad de la presentación de una nueva camada de estudiantes en la academia, les repito la advertencia de mi maestro, que ha sido la esencia de mi filosofía respecto de la magia, y que me ha sido muy útil. Espero que les haya servido a mis alumnos tanto como a mí, y es esa misma esperanza la que me mueve a incluir dicha advertencia en el prefacio de este libro.

La presente obra tiene por objeto reunir todo el conocimiento referente a hechizos, bendiciones y maldiciones existentes en Gushémal. Por su propia naturaleza, es una tarea que quizás nunca llegue a su fin; a menudo, se desarrollan nuevos hechizos, o, si no, se les da un nuevo uso. Por lo tanto debo confiar en los hechiceros de nuestro mundo para obtener información, ya sea en lo que hace a tales modificaciones, hechizos que he pasado por alto, o descubrimientos de antiguos utensilios mágicos. Si llegaran a saber de tales hechos, no tienen más que enviarme una magiesquela.

 

De la naturaleza de la magia

Lo sobrenatural no es una fuerza fácil de manejar. Resulta difícil explicarle a aquéllos cuya ductilidad para estos menesteres es escasa o que no han recibido formación la sensación que provoca la magia; hay quienes han establecido un vínculo entre ella y las aguas de un océano de proporciones gigantescas  que quedó atrapado dentro de una burbuja situada más allá del mundo que conocemos. El hechicero o sacerdote hacen que aparezcan fisuras en la superficie de la burbuja, a través de las que fluye la magia, y es la habilidad de quien la maneja la que controla el flujo y hace que sirva al uso que corresponde.

Cada forma de vida de nuestro mundo cuenta con la capacidad para provocar tal fisura, aunque la mayoría no puede obtener más que unas pocas partículas de magia, lo que está muy por debajo del nivel mínimo que se necesita para realizar hechizos sencillos. Por lo tanto, es como si esta persona no con aptitud alguna para la magia. Aquéllos que cuentan con mayores aptitudes pero que jamás han recibido ninguna formación respecto de la magia provocan fisuras sin querer, y la magia que fluye hacia ellos se hace difícil de controlar. (Y en caso de que no exista ningún —o, si existe, es escaso— control, resulta dudoso que tenga algún efecto perceptible. A menos que, claro está, lo que haya es control subconsciente, que es lo que a menudo ocurre con quienes tienen poder pero que no han recibido instrucción, y es así que por lo general los resultados son catastróficos.)

Llamamos nivel taumatúrgico —o NT— a esta capacidad que tiene una persona para conservar partículas de magia. No es un don de nacimiento, pero se puede ir modificando y desarrollando si se recibe instrucción y se adquiere experiencia. El entendimiento por parte del hechicero respecto del fluido de la magia le es útil a efectos de manejar mejor el influjo, a la vez que la utilización constante de esa facultad de conservación lo hace más sólido. Respecto de esto último, el NT es similar a la fortaleza muscular: la ejercitación regular aumenta la fuerza física, de la misma manera que la ejercitación de las facultades mágicas aumenta el NT.

Cuanto mayor sea el NT, más poderosos son los hechizos que puedan realizarse. Resulta evidente que cada hechizo implica la pérdida de las partículas de magia que se tienen, de tal forma que el hechicero  tendrá que reponer sus reservas. Por desgracia, para ello se necesita tiempo y estar descansado; en condiciones de suma presión, resulta difícil hallar la calma necesaria para la realización controlada de la fisura exacta.

Así, si bien en teoría el hechicero tiene la capacidad de reponer las energías mágicas cada vez que consuma una porción, en el común de los casos se torna imposible debido a factores externos.

Vale aquí hacer el siguiente comentario: según registros históricos, estamos en condiciones de afirmar que en ciertas épocas de la antigüedad resultaba más sencilla la obtención de poderes mágicos; y, en ocasiones,  ello era mucho más sencillo. Asimismo, otros registros indican que hubo un tiempo en que implicaba una tarea más dificultosa que en nuestra época. Existen numerosas teorías que explican por qué ello es así, aunque he encontrado puntos flojos en la mayoría. Algunas, por ejemplo, plantean que la piel que recubre la burbuja de la magia aumenta su grosor con el paso del tiempo, lo que aumenta o disminuye el grado de dificultad para realizar fisuras en ella.

Sin embargo, en mi querida Cayaboré contamos con registros que datan de tiempos muy remotos, y es en ellos en los que hemos realizado mediciones del NT de gran cantidad de hechiceros y sacerdotes, como así también de las fisuras que realizaron en la superficie de la burbuja. Según los datos estadísticos, el ancho de las rupturas era igual en todos los casos analizados, si bien el flujo de magia en bruto presentaba variaciones, siendo a veces mayor o menor. Por lo tanto, la piel, para seguir utilizando la metáfora, conserva igual espesor todo el tiempo.

No presenta modificaciones, y aun así las cantidades son diferentes. ¿Por qué ello es así? Tengo para mí que la teoría se relaciona con aquella idea del océano que se halla en el interior de la burbuja, el que se hallaría sujeto a las variaciones de las mareas, bajamar y pleamar, las que se producen conforme a una suerte de ciclo cósmico. Los hechiceros y sacerdotes de Gushémal se hallan en la costa, esforzándose por recoger las aguas sobrenaturales de dicho océano. En la pleamar, se llenan las manos con ellas, en tanto que en bajamar deben contentarse con apenas unas pocas gotas.

Supongo que en esta época nos encontramos en el nivel intermedio; quizás vivamos lo suficiente para ver un cambio a nuestro favor de las mareas de la magia.

 

Comparación entre los hechizos y las bendiciones

Es un error de concepto creer que no existen diferencias entre los hechiceros y los sacerdotes. Si bien es cierto que ambos echan mano del mismo recurso sobrenatural, no lo utilizan de la idéntica manera. Jeyahrar  —¡alabado sea el dios de la magia!— nos ha dado el don de la creación. La magia que fluye a través de nosotros puede llegar a crear algo de la nada; su energía se corporiza en el mundo físico, sea formando una bola de fuego o una estatuilla de oro.

Los sacerdotes reciben sus poderes taumatúrgicos de los dioses a quienes sirven, de lo que se colige que el NT que poseían previamente a su ordenación es insignificante. Es por intermedio de sus dioses que consiguen elevar su NT, aun en casos en que éste fuera prácticamente nulo con anterioridad. Sin embargo, no pueden crear nada. Pero pueden modificar lo que ya existe. Echan una bendición —o una maldición—, y el efecto mágico se produce. Por ejemplo, suya es la facultad de sanar, algo que ningún hechicero puede hacer.

En ocasiones, el efecto de los hechizos o las bendiciones parecen idénticos, pero el proceso para alcanzar dicho efecto es muy diferente en uno y otro caso. A menudo el hechicero debe recurrir a componentes mágicos para que el hechizo tenga el efecto deseado, como cuando se aplica un ungüento que hace que la superficie de aplicación se torne pegajosa. Parecería que lo que se ha modificado es el ungüento o la superficie, pero ellos permanecen inalterados. ¡Lo que en realidad ocurre es que es que el ungüento transmite esa pegajosidad a la vez que es portador de ella!

Por otra parte, el sacerdote también utiliza componentes físicos, que modifica mediante su bendición a fin de que aparezcan como creados de la nada. La diferencia es fugaz, si bien ella existe.

(Nunca se ha brindado una respuesta clara al interrogante de si el uso de la magia por parte del sacerdote constituye una “bendición” o una “maldición”. Algunas órdenes han denominado a los hechizos por su nombre; otras consideran bendiciones a los hechizos que favorecen a quienes van dirigidos, y maldiciones a los que conllevan la destrucción o la decadencia; finalmente, hay algunas que han optado por utilizar únicamente el término “bendición”.)

 

Los utensilios mágicos (objetos)

Como se indicó en los párrafos anteriores, tanto hechiceros como sacerdotes tienen la capacidad de producir utensilios mágicos, si bien de forma diferente. El abanico de posibilidades es tan amplio  en este caso como el número de hechizos y bendiciones —que reconoce como límites sólo la imaginación y el NT—.

Existen ciertas categorías básicas que quisiera tratar:

Comenzaré tratando el instrumento que otorga poder mágico a quien no hace uso de él. El objeto se halla cargado para producir cierto efecto determinado, —digamos, un hechizo para detectar trampas tendidas—. Este efecto puede provocarse a través de procedimientos no mágicos, como pueden ser presionar un botón o pronunciar una palabra clave. La gran mayoría de ellos posee capacidad de uso limitada, aunque el hechicero o el sacerdote pueden recargarlos en todo momento.

(Esto último depende en gran medida de la naturaleza del efecto mágico específico. Es caso de tratarse de uno que exige gran cantidad de energía, no todo hechicero cuenta con el NT necesario para ello. Pero para seguir con el ejemplo anterior, un instrumento para detección de trampas no tendría que requerir recarga. Más aún, probablemente tal instrumento pueda utilizarse miles de veces antes de que sea necesario recargarlo.)

A propósito: son muchos los hechiceros y sacerdotes que hacen uso de estos objetos. Por un lado, su utilización no disminuye su NT; por el otro, no sufren el inconveniente de tener que recordar el hechizo con exactitud y hacer todo un procedimiento para realizarlo.

 

En segundo lugar, existen utensilios que realzan las aptitudes mágicas. De hecho, actúan como receptáculos adicionales de magia, aumentando así el NT del hechicero.

La mayoría de los utensilios que corresponden a esta categoría proveen su energía de NT por única vez. Pierden sus cualidades una vez que se los utiliza, para convertirse luego en objetos comunes y corrientes. Sin embargo, existen unos pocos y preciados utensilios que vuelven a cargarse de energía por sí mismos. Por ello puede considerárselos como objetos que posibilitan que el aumento del NT del hechicero sea permanente en vez de temporario. (La pérdida de tal instrumento, como resulta obvio, impide que tenga lugar un incremento de dicha naturaleza.)

No se recomienda el uso de los objetos correspondientes a la categoría en análisis a quienes no posean su manejo. Si bien pueden utilizarlos  —en última instancia, todos tienen determinada forma de NT—, no tienen idea de su modo de uso y pueden causar toda clase de efectos no deseados —contrarios a los que buscaban—. (La única alternativa razonable sería inclinarse por un instrumento que permita su propia recarga energética. Quien es lego en este arte pero porta de manera constante utensilios de tal naturaleza igualaría de inmediato al hechicero medio. Empero, necesita la misma instrucción antes de permitírsele utilizar el objeto en todo su potencial.)

 

Por último, se incluyen dentro de una tercera categoría aquellos objetos que tienen efectos mágicos constantes. Como ejemplo podemos citar los anillos de protección contra la magia cuya utilización se ha extendido bastante en la pagana Ibrollene. Tienen por efecto la formación de una esfera alrededor de quien los usa y que repele hechizos de toda clase (inclusive bendiciones sanadoras, lo que puede llegar a constituir un serio inconveniente). En razón de ello se los puede incluir en la primera categoría.

Sin embargo, poseen un NT propio que se repone en forma autónoma y constante, por lo que en general el efecto del instrumento no desaparece. (Hay ocasiones en que el uso que se le da es demasiado intenso: en el caso particular de los anillos de protección, si la magia que se dirige contra ellos es muy fuerte, se queman y pierden su poder. Si estuvieran bien fabricados, eso sería lo máximo que podría ocurrir. Pero si fueran de esas chapucerías que “cometen” los ibrollenianos de hoy, es más que seguro que exploten y le saquen la mano a quien los lleve puestos.)

Así que ellos quedan también encuadrados en la segunda categoría. Ambas categorías combinadas, la primera y la segunda, conforman un tercer tipo de características propias.

 

Método del libro y agradecimientos

El método que elegí para este libro fue dividirlo en tres secciones.

La primera versa sobre los hechizos, respecto de los cuales poseo mayor experiencia. Ha sido de gran ayuda la información pormenorizada sobre los hechizos que mis alumnos me brindaron, y que habían obtenido mediante sus experimentos —sin duda con la esperanza de mejorar sus calificaciones—. Mi otra principal fuente de información son los libros que se han conservado del maestro hechicero de la península Arrufat, Alwouldiss de Daeshael. ¡Intenso es mi deseo de que hubiera sabido de mi gratitud hacia él, y de que su sabiduría hubiese perdurado! ¡Qué dolor provocó su desaparición de la faz de Gushémal, hace ya más de cinco décadas! Todos los hechiceros lamentan grandemente que haya dejado este mundo.

La segunda parte trata de bendiciones y maldiciones sacerdotales. Para esta parte del libro he contado en particular con la colaboración de la Bendita Superiora Roshan, Suma Sacerdotisa de Dicerius en Cayaboré. Roshan ha tenido la enorme amabilidad de brindar un detalle de los hechizos de su orden, como así también de concretar entrevistas con sacerdotes de las órdenes reconocidas en Cayaboré. La información sobre los sacerdotes del deleznable Shenaumac en su mayoría la obtuve de quienes han padecido sus males, si bien una parte me la brindó uno de esos sacerdotes en persona, un ser desprovisto de toda humanidad, que se halla en una celda del cuartel general del cuerpo de pilotos dragontinos. Quisiera también hacer extensiva mi gratitud al Consiliario Barangor de Cayaboré por hacer posible la entrevista con el sacerdote de la oscuridad, a pesar de que el sólo recuerdo me hace temblar.

En la última sección pasaré revista de todos los utensilios mágicos de mi conocimiento o que o de cuya existencia fui informada. Para esta para me baso fundamentalmente en el “Libro de Artefactos”, de Alwouldiss, que ha sido una gran fuente de ilustración para mí. Asimismo, obtuve buena información de parte de los eruditos de Darawk, provenientes tanto de Cayaboré como de otro sitios, cuyas bibliotecas han brindado gran cantidad de material novedoso. Quisiera agradecer especialmente a los Ilustres Sabios Ylvain de Chazevo y Barbrat de Ucman.

Finalmente, para todas las secciones, he tenido la fortuna de contar con los datos vertidos en numerosas cartas que me enviaron colegas de todo el mundo, y espero poder seguir leyendo sus aportes a esta obra, a fin de alcanzar el objetivo final del libro: la visión abarcadora de la magia de Gushémal.

Arinesse Sol,
Real Academia de Hechicería,
Hallowton, Cayaboré