|



“Un
truco de salón, eso es esta bendición. Se vierte la magia sobre una piedra
común, la que, acto seguido, se transforma en un líquido verdoso, y que
permanece en ese estado mientras se mantenga la bendición. ¿Para qué sirve
sino para sorprender a gente sencilla que observa boquiabierta el supuesto poder
del sacerdote?
“¡Ay
Señor! Nunca entenderé cómo algún
sacerdote puede estar dispuesto a gastar tiempo y energía en aprender a dominar
esta bendición —¡y a solicitarles a su dios que les dé su aprobación!—.
¿Existe algún dios que
verdaderamente vea con buenos ojos que sus seguidores pierden el tiempo en
semejantes tonterías? Seguro que los dioses nunca dejan de sorprenderse de la
estupidez de los mortales. ¡Trucos de salón, nada más!”
“¿Qué
somos los sacerdotes? ¿Sólo un montón de hechiceros con hechizos
diferentes?”
“Mirando
a algunos de mis supuestos hermanos de sotana, siento la tentación de decir que
sí. ¡Con esas actitudes manchan su consagración a un dios! Utiliza tus
poderes y tu fe para la causa divina —se supone que eso es lo que corresponde
al sacerdote. ¡Para eso nació!”
Awld Fuhrt,
Sacerdote de Deswellyn, Mondleu, Península Arrufat

“No
pasa un día sin que me arrodille para agradecer a los dioses por tener la
facultad de convertir la piedra en líquido. ¡Por toda la santidad del mundo,
habría muerto una docena de veces si no huera sido por esta bendición!
También un par de mis mejores amigos.”
“Déjame
que te cuente ¿está bien? Voy a darte sólo un ejemplo, eso será más que
suficiente. Un día, hace cerca de dos años, nos hallábamos en el sur, en
Robhovard. Lugar horrible si los hay: frío, helado, y lleno de salvajes que
cortan cabezas como quien cambia de camisa. Zhona nos había llevado hacia allí
con el cuento de que había un gran tesoro escondido cerca de la Garganta.
Ninguno tenía nada mejor que hacer, así que le hicimos caso y fuimos —y,
grandísimo Nash’geo, si hubiéramos tenido idea del frío de ese lugar, nos
habría convenido haber gastado lo que nos quedase de dinero—.”
“Claro
que viajar es una actividad disfruto mucho —¿por qué
otra razón habría aceptado servir a Nash’geo?—. Pero bien sabe el
Señor que existen montones de lugares mejores. ¡Antes prefiero Kraznyczar! Por
más desagradable que sea, es mucho mejor que Robhovard.”
“Así
que allí estábamos, envueltos en pieles gruesas que apenas nos protegían del
frío. Levkiel, un semiduende, casi se cae del caballo de tanto tiritar. Y Zhona
continuaba hablando de este maravilloso tesoro del que había escuchado. Oro y
joyas escondidos en una fortaleza que construyó Uldivion el Terrible tras ser
expulsado de Ibrollene. Seguro que Uldivion había amasado una gran fortuna en
su época de dictador, y todos los registros del siglo veintinueve que se
conservan concuerdan en que se llevó una parte importante en su huida de las
tropas rebeldes. Se han tejido muchas historias acerca de dónde fue y qué le
ocurrió después —incluso hay quienes afirman que todavía está vivo y que
un día volverá para asolar de nuevo a Ibrollene y vengarse—.”
“En
otras palabras, había buenas razones para seguir a Zhona. Siempre había tenido
facilidad para descubrir secretos, y esta vez —parecía— no ser la
excepción cuando realmente hallamos una fortaleza. No era lo que habíamos
esperado, no era el gran castillo que uno se imagina. Por el contrario, estaba
tallada en la roca de una pequeña colina, y tenía un frente de ladrillo que a
primera vista no se veía muy imponente. Las defensas eran menos obvias —pero
no menos sólidas—. En ningún caso me gustaría atacar un lugar como ése.”
“Pero
parecía abandonada, y no hallamos signos de vida en los primeros cuartos que
recorrimos. Sólo encontramos los restos de lo que habían sido los muebles, un
montón de polvo y algo de maleza, esa bien fuerte que necesita poca luz.
Abundaban los arácnidos, y en cuestión de un par de minutos Zhona estaba toda
cubierta de telas de araña. Bueno, esa es otra de sus cualidades. Ella
encuentra telas de araña, suciedad o barro en los sitios más limpios.”
“Tampoco
había signo de ningún tesoro. ‘Quizá si nos adentramos un poco más’,
dijo Levkiel. Con una sonrisa le contesté: ‘¡apuesta tus orejas azules a que
sí!’”
“Nos
equivocamos varias veces tratando de hallar el camino hacia las entrañas de la
fortaleza. Los pasillos parecían muy rectos, pero pronto resultaron
laberínticos. Fue recién dos horas después que encontramos la escalera
correcta, encendimos las antorchas que habíamos llevado y descendimos.”
“Y
en ese momento se complicó la cuestión. Los primeros signos fueron ruidos
extraños, como de algo que escarbaba y se iba arrastrando —son ratas, fue lo
primero que pensamos—. En ese instante, la puerta que estaba detrás de
nosotros se cerró de golpe, y la luz que nos iluminaba comenzó a ondularse.
Nos hallábamos en una gran sala, dividida en el medio por una roca triangular,
a la que apenas se le había dado algo de forma, y que tenía inscripciones
rúnicas.”
“Y
a ambos lados de la roca había criaturas pequeñas y feroces, vestidas con
pieles, que empuñaban hachas y emitían gritos también feroces. ¡Enanos
salvajes! Decenas de cúchulain, preparados para atacar.”
“Apenas
si tuvimos tiempo de desenfundar nuestras armas antes de que se arrojaran sobre
nosotros. Si has enfrentado a los cúchulain, sabrás que son una de las razas
guerreras más duras que hay. Se les podrá dar un golpe de hacha o hacerles un
tajo con la espada, pero es muy probable que se reirán de perder un brazo. Si
hubieran tenido un poco más de disciplina, nos habrían matado a todos en
cuestión de segundos.”
“Así
las cosas, sobrevivimos esos segundos, y un poco más también. Tengo un
recuerdo borroso del hecho. Estoy seguro que les provoqué heridas graves, pero
ninguno de ellos murió. Por un momento nos dedicamos a esquivar sus ataques
—pero nosotros éramos apenas tres contra decenas de cúchulain—. El
resultado se veía venir; en ese instante recordé el hechizo de la licuación.
“‘¡Cúbranme!’,
grité, agazapado detrás de mis compañero y esperando que fueran rápidos para
cerrarse. Así fue, aunque Levkiel recibió un corte profundo en la pierna.
“Apunté
a la roca triangular, y le eché toda mi magia. Tembló sólo un instante, y
pensé que el poder no alcanzaba. Justo cuando iba a dejar de intentar, un río
comenzó a bajar de la parte superior de esa roca. El líquido se derramó por
todo el piso, cubriendo a los cúchulain —y pronto más cantidad siguió
descendiendo.”
“El
corazón me latía fuerte por el esfuerzo, pero mantuve la bendición lo más
que pude, licuando casi un tercio de la roca. No transcurrió más de medio
minuto, que prácticamente todos los enanos salvajes habían quedado empapados.
Todos menos los que se encontraban más cerca de nosotros —y, por suerte,
apenas unas pocas gotas nos habían caído encima—. En ese momento corté la
bendición.”
“De
inmediato, lo que había sido líquido recobró su estado sólido. Algunos
cúchulain se transformaron en estatuas de piedra, otros cayeron dando vueltas
—los que sin darse cuenta tragaron el líquido y por ello tenían piedra en la
garganta y el estómago. Y otros quedaron pegados al piso allí donde estaban,
atrapados con una suerte de grillos de roca.”
“De
repente, quedaban sólo cuatro cúchulain en condiciones de agredirnos
—aterrados por lo que les había ocurrido a sus compañeros. Zhona y Levkiel
se deshicieron de dos con un segundo de diferencia, tras lo que me les uní para
atacar al último par.”
“Al
minuto también les habíamos dado muerte, para después dirigir nuestra
atención en los sobrevivientes, los que no podían mover los pies. Por suerte,
apenas tenían un poco más de movilidad en los brazos, ya que tenían piedras
encima que los aplastaban. No podían más que gritarnos con fiereza, y
comenzamos a pensar en la posibilidad de explorar más la fortaleza.”
“‘Debe
haber más por ahí’, dijo Zhona.”
“Levkiel
se vendó provisoriamente la pierna, mientras me dirigía una mirada expresiva.
Asentí con la cabeza. ‘¿Y
vamos a dejar que llenen de tajos por nada?’”
“Ella
sonrió levemente. ‘Fue sólo un comentario’, agregó, encogiéndose de
hombros, y seguimos adelante.”
“Bueno,
habría sido una historia mejor si hubiéramos hallado el tesoro de Uldivion el
Terrible. Sólo encontramos un par más de cúchulain —unos pocos, por
suerte— y unas gemas que habían robado de donde sólo los dioses saben. No
era mucho, pero al menos era algo que mostrar después de las molestias que nos
tomamos.”
“Por
eso, amigos, que nadie les diga que esta bendición de la licuación de la
piedra no sirve para nada. ¡Les puede salvar la vida!”
Tewbold Ligaw,
Sacerdote de Nash’geo, actualmente en Eboracum Novum

|