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Índice

Prefacio

Sección 1: Hechizos

Sección 2: Bendiciones y maldiciones

Sección 3: Utensilios mágicos

 

 

Magia: Hechizos y Bendiciones

Sección 2: Bendiciones y maldiciones


Licuación de la piedra

“Un truco de salón, eso es esta bendición. Se vierte la magia sobre una piedra común, la que, acto seguido, se transforma en un líquido verdoso, y que permanece en ese estado mientras se mantenga la bendición. ¿Para qué sirve sino para sorprender a gente sencilla que observa boquiabierta el supuesto poder del sacerdote?

“¡Ay Señor! Nunca entenderé cómo algún sacerdote puede estar dispuesto a gastar tiempo y energía en aprender a dominar esta bendición —¡y a solicitarles a su dios que les dé su aprobación!—. ¿Existe algún dios que verdaderamente vea con buenos ojos que sus seguidores pierden el tiempo en semejantes tonterías? Seguro que los dioses nunca dejan de sorprenderse de la estupidez de los mortales. ¡Trucos de salón, nada más!”

“¿Qué somos los sacerdotes? ¿Sólo un montón de hechiceros con hechizos diferentes?”

“Mirando a algunos de mis supuestos hermanos de sotana, siento la tentación de decir que sí. ¡Con esas actitudes manchan su consagración a un dios! Utiliza tus poderes y tu fe para la causa divina —se supone que eso es lo que corresponde al sacerdote. ¡Para eso nació!”

Awld Fuhrt,
Sacerdote de Deswellyn, Mondleu, Península Arrufat

 

“No pasa un día sin que me arrodille para agradecer a los dioses por tener la facultad de convertir la piedra en líquido. ¡Por toda la santidad del mundo, habría muerto una docena de veces si no huera sido por esta bendición! También un par de mis mejores amigos.”

“Déjame que te cuente ¿está bien? Voy a darte sólo un ejemplo, eso será más que suficiente. Un día, hace cerca de dos años, nos hallábamos en el sur, en Robhovard. Lugar horrible si los hay: frío, helado, y lleno de salvajes que cortan cabezas como quien cambia de camisa. Zhona nos había llevado hacia allí con el cuento de que había un gran tesoro escondido cerca de la Garganta. Ninguno tenía nada mejor que hacer, así que le hicimos caso y fuimos —y, grandísimo Nash’geo, si hubiéramos tenido idea del frío de ese lugar, nos habría convenido haber gastado lo que nos quedase de dinero—.”

“Claro que viajar es una actividad disfruto mucho —¿por qué  otra razón habría aceptado servir a Nash’geo?—. Pero bien sabe el Señor que existen montones de lugares mejores. ¡Antes prefiero Kraznyczar! Por más desagradable que sea, es mucho mejor que Robhovard.”

“Así que allí estábamos, envueltos en pieles gruesas que apenas nos protegían del frío. Levkiel, un semiduende, casi se cae del caballo de tanto tiritar. Y Zhona continuaba hablando de este maravilloso tesoro del que había escuchado. Oro y joyas escondidos en una fortaleza que construyó Uldivion el Terrible tras ser expulsado de Ibrollene. Seguro que Uldivion había amasado una gran fortuna en su época de dictador, y todos los registros del siglo veintinueve que se conservan concuerdan en que se llevó una parte importante en su huida de las tropas rebeldes. Se han tejido muchas historias acerca de dónde fue y qué le ocurrió después —incluso hay quienes afirman que todavía está vivo y que un día volverá para asolar de nuevo a Ibrollene y vengarse—.”

“En otras palabras, había buenas razones para seguir a Zhona. Siempre había tenido facilidad para descubrir secretos, y esta vez —parecía— no ser la excepción cuando realmente hallamos una fortaleza. No era lo que habíamos esperado, no era el gran castillo que uno se imagina. Por el contrario, estaba tallada en la roca de una pequeña colina, y tenía un frente de ladrillo que a primera vista no se veía muy imponente. Las defensas eran menos obvias —pero no menos sólidas—. En ningún caso me gustaría atacar un lugar como ése.”

“Pero parecía abandonada, y no hallamos signos de vida en los primeros cuartos que recorrimos. Sólo encontramos los restos de lo que habían sido los muebles, un montón de polvo y algo de maleza, esa bien fuerte que necesita poca luz. Abundaban los arácnidos, y en cuestión de un par de minutos Zhona estaba toda cubierta de telas de araña. Bueno, esa es otra de sus cualidades. Ella encuentra telas de araña, suciedad o barro en los sitios más limpios.”

“Tampoco había signo de ningún tesoro. ‘Quizá si nos adentramos un poco más’, dijo Levkiel. Con una sonrisa le contesté: ‘¡apuesta tus orejas azules a que sí!’”

“Nos equivocamos varias veces tratando de hallar el camino hacia las entrañas de la fortaleza. Los pasillos parecían muy rectos, pero pronto resultaron laberínticos. Fue recién dos horas después que encontramos la escalera correcta, encendimos las antorchas que habíamos llevado y descendimos.”

“Y en ese momento se complicó la cuestión. Los primeros signos fueron ruidos extraños, como de algo que escarbaba y se iba arrastrando —son ratas, fue lo primero que pensamos—. En ese instante, la puerta que estaba detrás de nosotros se cerró de golpe, y la luz que nos iluminaba comenzó a ondularse. Nos hallábamos en una gran sala, dividida en el medio por una roca triangular, a la que apenas se le había dado algo de forma, y que tenía inscripciones rúnicas.”

“Y a ambos lados de la roca había criaturas pequeñas y feroces, vestidas con pieles, que empuñaban hachas y emitían gritos también feroces. ¡Enanos salvajes! Decenas de cúchulain, preparados para atacar.”

“Apenas si tuvimos tiempo de desenfundar nuestras armas antes de que se arrojaran sobre nosotros. Si has enfrentado a los cúchulain, sabrás que son una de las razas guerreras más duras que hay. Se les podrá dar un golpe de hacha o hacerles un tajo con la espada, pero es muy probable que se reirán de perder un brazo. Si hubieran tenido un poco más de disciplina, nos habrían matado a todos en cuestión de segundos.”

“Así las cosas, sobrevivimos esos segundos, y un poco más también. Tengo un recuerdo borroso del hecho. Estoy seguro que les provoqué heridas graves, pero ninguno de ellos murió. Por un momento nos dedicamos a esquivar sus ataques  —pero nosotros éramos apenas tres contra decenas de cúchulain—. El resultado se veía venir; en ese instante recordé el hechizo de la licuación.

“‘¡Cúbranme!’, grité, agazapado detrás de mis compañero y esperando que fueran rápidos para cerrarse. Así fue, aunque Levkiel recibió un corte profundo en la pierna.

“Apunté a la roca triangular, y le eché toda mi magia. Tembló sólo un instante, y pensé que el poder no alcanzaba. Justo cuando iba a dejar de intentar, un río comenzó a bajar de la parte superior de esa roca. El líquido se derramó por todo el piso, cubriendo a los cúchulain —y pronto más cantidad siguió descendiendo.”

“El corazón me latía fuerte por el esfuerzo, pero mantuve la bendición lo más que pude, licuando casi un tercio de la roca. No transcurrió más de medio minuto, que prácticamente todos los enanos salvajes habían quedado empapados. Todos menos los que se encontraban más cerca de nosotros —y, por suerte, apenas unas pocas gotas nos habían caído encima—. En ese momento corté la bendición.”

“De inmediato, lo que había sido líquido recobró su estado sólido. Algunos cúchulain se transformaron en estatuas de piedra, otros cayeron dando vueltas —los que sin darse cuenta tragaron el líquido y por ello tenían piedra en la garganta y el estómago. Y otros quedaron pegados al piso allí donde estaban, atrapados con una suerte de grillos de roca.”

“De repente, quedaban sólo cuatro cúchulain en condiciones de agredirnos —aterrados por lo que les había ocurrido a sus compañeros. Zhona y Levkiel se deshicieron de dos con un segundo de diferencia, tras lo que me les uní para atacar al último par.”

“Al minuto también les habíamos dado muerte, para después dirigir nuestra atención en los sobrevivientes, los que no podían mover los pies. Por suerte, apenas tenían un poco más de movilidad en los brazos, ya que tenían piedras encima que los aplastaban. No podían más que gritarnos con fiereza, y comenzamos a pensar en la posibilidad de explorar más la fortaleza.”

“‘Debe haber más por ahí’, dijo Zhona.”

“Levkiel se vendó provisoriamente la pierna, mientras me dirigía una mirada expresiva. Asentí con la cabeza. ¿Y vamos a dejar que llenen de tajos por nada?’”

“Ella sonrió levemente. ‘Fue sólo un comentario’, agregó, encogiéndose de hombros, y seguimos adelante.”

“Bueno, habría sido una historia mejor si hubiéramos hallado el tesoro de Uldivion el Terrible. Sólo encontramos un par más de cúchulain —unos pocos, por suerte— y unas gemas que habían robado de donde sólo los dioses saben. No era mucho, pero al menos era algo que mostrar después de las molestias que nos tomamos.”

“Por eso, amigos, que nadie les diga que esta bendición de la licuación de la piedra no sirve para nada. ¡Les puede salvar la vida!”

Tewbold Ligaw,
Sacerdote de Nash’geo, actualmente en Eboracum Novum