
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
—¡Atrápame!
¡Flink!
El
alreu jamás recordaría mucho más que las palabras que repentinamente se
abrieron paso como fuego entre el terror y las lágrimas. Debe habérselas
arreglado para detenerse justo a tiempo y estirarse para atrapar las
agarraderas del interior del broquel. De lo contrario, ¿cómo se entiende
que se haya lanzado más de siete metros por el suelo hasta que el escudo
quedó medio encajado en una roca grotesca?
Flink
dejó su postura acurrucada, contuvo el ansia de restregarse donde le
dolía y dirigió la vista hacia sus amigos. Cornell y Gabe chocaban sus
armas, profiriéndose insultos, rechazando cada movimiento y danzando. De
no haber sido tan en serio, habría sido un magnífico espectáculo. Una
danza de la muerte, cuya elegante ejecución estaba a cargo de dos
maestros en el arte de bailar.
Así
las cosas, sólo sirvió para que aumentaran las lágrimas sobre las
mejillas del alreu.
—Nooooo,
esto está mal… —gritó—. Se supone que es apenas un juego, no
deben… ¡Cornell! ¡Gabe! ¡No
peleen!
—No
te escucharán —dijo Halla—. Para ayudarlos, la única forma es matar
al demonio.
Flink
se secó las lágrimas, acto inútil ante el incesante llanto.
—Yo
no… mato —musitó impotente—.
En
ese momento, Halla carraspeó:
—No
parece que hayas tenido inconvenientes con las otras cabezas del holnesh.
—Eso
fue… distinto…
—¿Cómo?
—se sorprendió Halla—. Flink, dos buenas personas están a punto de
matarse entre ellas. ¡Dos amigos! ¡Tú eres su única
esperanza!
El
alreu giró y enfrentó al broquel.
—¡Yo
no mato alreus! —ya la locura le brotaba de los ojos, constituyendo una
imagen que habría hecho detener a Gabe o Cornell, aun atrapados por
completo en el hipnotismo del demonio—.
Halla
se quedó un momento en silencio, con idéntica perplejidad, para después
decir:
—Flink,
es un demonio, no un alreu.
—¡Es
Geschwind! —exclamó—. ¡No me importa su apariencia! Sé que ése es Geschwind,
¡y no voy a matar un alreu! No…
Detrás
de ellos, a apenas unos cientos de metros, Cornell asestó un golpe
cortando el brazo izquierdo de Gabe con la espada. Al alarido del bárbaro
por la herida le siguió un ataque de su parte que casi le arranca el
acero de las manos al cayaboreano.
—Flink
—dijo Halla lentamente—, ¿acaso pretendes que tus amigos mueran?
El
alreu miró con ira al escudo. Con el rostro desencajado, poco se parecía
a la criatura curiosa e inocente que todos veían. Una expresión
diferente, por completo distinta de la de los alreus, se había adueñado
de él. Habiendo tomado su decisión, Flink prendió las agarraderas del
escudo, cuidándose de mantener distancia del filoso borde.
—Qué
curioso
—comentó sonriente Thennisgar, al tiempo que el espejo del medio
mostraba que Flink recogía el escudo, a la vez que los dos espejos que
estaban a los costados entregaban ángulos diferentes de la batalla entre
Cornell y Gabe—. Parece
que hay algo más de emoción para mi amiguito de la que había pensado.
—Eh,
señor —pidió un guerrero tonomai, cuidadosamente de pie ante el
demonio, y cuyas exquisitas hombreras lo sindicaban como oficial de grado,
cosa que no importaba a Thennisgar—. ¿No le interesaría saber del
estado actual de la nación? Tenemos que planear cómo someter a Tonomat a
nuestra justa causa. ¡La fe del Dios Único necesita que la vuelvan a
llevar a los mundos paganos!
—¿En serio?
El
comandante tonomai asintió con seriedad mientras se le secaba la boca al
hacer el esfuerzo de mirar fijamente la escamosa cabeza ubicada bien
arriba de él.
—Para
ello lo hemos llamado, señor. Deberá conducir nuestros ejércitos a fin
de conquistar los mundos para el Dios Único; ¡alabado sea El Que No
Tiene Nombre! Ése es su objetivo, señor, no observar estos infieles.
Thennisgar
asintió lentamente. Acto seguido, sacó un golpe con la mano inferior
derecha, separando prolijamente con las zarpas la cabeza del resto del
cuerpo del oficial. Las mismas garras prendieron la cabeza y se la
entregaron como alimento a las fauces del demonio.
—Lo
lamento, mi viejo —expresó
Thennisgar dirigiéndose al cadáver decapitado—, tengo mis propios planes.
¿Alguien más está en contra?
Ningún
tonomai abrió la boca, lo cual no era realmente sorpresa, teniendo en
cuenta que se les acababa de helar la sangre y que no pocos dudaban de la
sabiduría de la decisión sus jefes de convocar un demonio.
A
Thennisgar no le preocupaba; se apoltronó y miró los espejos con obvio
regocijo mientras arrancaba trozos del cadáver del comandante y los
devoraba sin cuidado alguno.
—Ahora
sí que esto se pone bueno.
—¡Flink,
escúchame! —exclamó Halla—. ¡Tengo que decirte cómo se combate al
demonio!
El
alreu no le prestó atención al escudo que llevaba a sus espaldas con
ambos brazos bien afirmados en las agarraderas. Andaba con paso pesado por
las colinas arenosas esquivando con facilidad los arbustos; seguía con la
mirada llena de lágrimas —y decisión—.
—Es
grandioso que te ignoren todo el día, ¿no, Halla? —murmuró Nev—.
Magnífica elección hiciste con esta condenada criatura. Igual vamos a
morir.
Los
acariciaba un aire cálido y que traía los perfumes del Río Cheselain.
El corazón de Flink ardía con la misma intensidad que ese aire.
Subió
a duras penas por una colina, bajó por la ladera y volvió a subir por
otra, con tanta prisa que se creería que se había estado perdido mucho
tiempo. Pero, de pronto, apareció el campamento, con la mirada expectante
que Thennisgar les regalaba.
—¡Por
mil demonios! —chilló Nev—. ¡Todos estos años en el condenado
holnesh, y ahora nos devora un demonio!
—¡Cállate!
—dijo Halla con voz calma, mas con un aire a peligro—. ¡Flink! ¡Escucha!
De
repente, el alreu detuvo su correteo, y quedó mirándose con Thennisgar.
El demonio sonreía, apenas superando a su diminuto alimento. Más allá
se habían reunido los soldados tonomai, sin saber si se debían molestar
en atacar a la pequeña criatura.
—¿Flink?
—preguntó Halla—.
—Ya
sé —dijo con tono extraño, por lo calmo, desprovisto de la nerviosa
inseguridad habitual—. Sé cómo hacer esto.
—¡Amiguito
mío!
—gritó Thennisgar, cuya voz atravesó la distancia que los
separaba con tal facilidad que el demonio bien podría haber susurrado—.
¡Tú también juegas! ¡Esto es maravilloso!
Flink
respiraba con dificultad. Se secó con las manos nuevamente las lágrimas
de la frente, esta vez en vano, pues no había ninguna, sino apenas gotas
de sudor.
—Maravilloso
—repitió con la angustia que le ahogaba las palabras—. Perdóname,
querido Geschwind.
Un
momento después, se echó a correr de nuevo. Un guerrero tonomai avanzó
cimitarra en mano a fin de bajar a la criatura antes de que siquiera se
acercase al demonio. Thennisgar se rió, hizo un ligero ademán y una bola
de fuego envolvió al tonomai, que lo redujo a cenizas en segundos. Sus
compañeros se apartaron al instante un par de metros del demonio; tres o
cuatro ya corrían hacia los caballos y una huida fácil.
—¡Eso!
—dijo Thennisgar sonriendo—. ¡Ninguno
amigo me lo va creer! ¡Vamos, hombrecillo, enfréntame!
Cien
metros separaban al alreu del demonio. Ochenta. Setenta. Al llegar a casi
cincuenta metros, Flink gruñó por lo bajo:
—¡Halla,
vuela!
Y
el escudo obedeció. Un instante Flink había estado en el suelo pateando
como loco y sosteniendo el broquel encima de la cabeza, y al siguiente ya
no tenía tierra dónde patear e intentaba como loco aferrarse a las
agarraderas.
Escudo
y alreu navegaban por sobre la superficie, ganando altura cada segundo.
Flink recorría con la vista el paisaje y no pudo evitar soltar un
“¡yuuupiiiii!” de emoción.
Thennisgar
frunció el ceño al obsersar al broquel que se aproximaba.
—Lo
lamento, hombrecillo, pero se me regeneran las partes en que me hieran.
El
demonio
preparó las garras para atrapar a Flink cuando él y el escudo lo
alcanzaran. Al fin y al cabo, aunque el filoso borde del broquel le
atravesara el pecho, Thennisgar igualmente podría pelear.
El
escudo no sólo le pegó en el pecho. Flink le había apuntado a algo, y
Halla guió el vuelo del disco de madera duéndica en la dirección
correcta.
El
borde se clavó en la cadena que sostenía el colgante de hematites en el
pecho de Thennisgar. Los eslabones de la cadena salieron volando, quedando
el acero hecho trizas y desparramado al tiempo que la expresión del
demonio se hizo adusta. Escudo y alreu impactaron contra la enorme mole de
tres metros. Flink rebotó contra el cuero escamoso, se le soltaron las
agarraderas y cayó al suelo. El broquel continuó su vuelo, para
atravesar la cadena y el cuerpo, y salir por los aires.
El
colgante de hematites también cayó.
El
escudo dio un giro en el aire; la madera duéndica destellaba en la niebla
para volver Flink, perdiendo altura rápidamente y rozando el suelo hasta
detenerse cerca del alreu.
Thennisgar
miraba sin entender. Los ojos ya no le brillaban tanto:
—No puede… ser…
Un
escalofrío recorrió al demonio, que gritó de dolor un brevísimo
instante, para dejar de temblar y caer de bruces. El pesado cuerpo se
estrelló contra el suelo levantando una nube de arena que lo dejo oculto.
—¡Lo
pudiste hacer! —exclamó Halla—.
—¿Es
el día de los Dioses o qué? —fue el seco comentario de Nev—.
Flink
se restregó los ojos con ganas para ver qué sucedía. La nube se
disipó. Tiene que estar el cadáver de demonio, y...
Todo
lo que se veía era la diminuta figura de un alreu, con una herida abierta
en el pecho y que sangraba a borbotones merced a los últimos latidos del
corazón. Tenía la mirada perdida y hacia el cielo, y también una
sonrisa de alivio dibujada en los labios.
—Geschwind…
—dijo Flink en voz baja—. No… otra
vez… no...
—Por
el amor de Cachemir, ¿qué…? —exclamó Gabe consternado al casi
encajar el hacha en el flanco libre de Cornell; justo en el último
instante alcanzó a torcer el brazo hacia un costado enterrando a bwyell
y levantando arena, que se desparramaba alegremente por el sangriento
rostro del cayaboreano—.
—Mi…
¿hermana…? —musitó Cornell, desapareciéndole de la mente en un
instante toda la furia—.
Gabe
lentamente recogió el hacha del suelo mirando con el ceño fruncido a su
amigo:
—¡Creí
que habías violado y asesinado a mi mujer! —exclamó—.
En
el suelo, despojado del acero, se sentó Cornell; se restregó la frente y
dijo:
—Hace
un minuto estaba convencido de que eso era lo que le habías hecho a mi
hermana —explicó, momento en que lo asaltó una idea, y volvió a
encenderse en su mirada el fuego de la ira—. ¡El demonio! ¡Por todos
los Dioses, por el Gran Dragón Rector de Cayaboré, Gabe, el demonio hizo
que nos odiáramos el uno al otro!
—Oh
—gruñó el bárbaro, mientras, sin darse cuenta, tanteaba el filo de bwyell fijándose si había sufrido algún daño—. Odiémoslo y
matémoslo a él.
—Justo
lo que pensaba —asintió Cornell, que recogió su espada y se incorporó
jadeante; ahí fue cuando volvió a abrírsele un tajo en la pierna
izquierda del que comenzó a manar sangre—. No bien me ponga un vendaje
en esto.
Gabe
asintió con un murmullo, se arrancó un trozo de la camisa que llevaba
debajo del abrigo de piel y procedió a asistir a su amigo. Sus propias
heridas comenzaron a hacerse sentir apenas unos instantes después, por lo
que la camisa se convirtió en otro torniquete más.
Flink
estuvo por tocar el pálido rostro de Geschwind, tratando de cerrar los
ojos abiertos. A un centímetro de la reseca y fría piel retiró la mano
como un rayo:
—¿Qué
he hecho? ¡Oh, ihr Götter, vergebt
mir!
—Todavía
no terminó —advirtió Halla Valfrey—. Están los tonomai.
El
desatento Flink levantó la vista y vio a los granujas que se acercaban.
Algunos estaban rezagados, preguntándose cómo un simple alreu pudo haber
destruido un poderoso demonio; la mayoría, entretanto, había decidido
descargar la ira de su desilusión en un blanco tan fácil como ése.
No
quedaba mucho en Flink que hiciera pensar lo contrario. Había asesinado a
otro alreu. Sí, claro, de paso había destruido un demonio, pero…
La
primera hilera de tonomai estaba a una distancia suficiente para atacar
con las cimitarras, cuando, de pronto, ¡el alreu se levantó y no paró
de levantarse! Flink parecía de dos metros y medio de altura: su
contextura diminuta se hizo masa muscular, y su rostro era dueño de todos
los rasgos de la nobleza; en ese momento, de su boca salió una voz que
dijo:
—Idos
de aquí, imbéciles. Eso es lo que mando.
Del
espanto se les cayeron las cimitarras contra el suelo. El terror se
apoderó del rostro de todos los tonomai, y los altivos guerreros se
echaron a correr si mirar atrás.
De
haberlo hecho, quizá habrían cambiado de parecer, pues Flink —ya de
vuelta a su común y corriente metro de altura— se miraba con asombro:
—Dije…
¿dije eso recién?
El
broquel, a una ínfima distancia del alreu, tembló. Siguió un poco más
hasta que apareció la voz de Halla:
—¿Ana?
¿Ana, fuiste tú?
Otra
voz, de larga ausencia, intervino cuando Phindar suspiró de alivio. Dijo
el sacerdote de Decalleigh:
—Parece
que sí, Halla, ¿o no? ¡Oh, dulce Vencedor de la Enfermedad, es bueno
estar de vuelta! Madre mía, jamás habría imaginado que un alreu
derrotaría a un demonio. ¡Por
los Dioses, Flink, eres uno de los héroes!
—¿Fui…
alto? —susurró sorpendido Flink—.
—No,
fue sólo una ilusión —dijo carcajeando Phindar—. Aquí nuestra
querida Ana te hizo aparecer como un noble guerrero, eso es lo que ella
hace.
—¿Ana?
—¿Cómo?
—exclamó Phindar—. ¿Has olvidado que tu amigo el escudado cortó cuatro cabezas del holnesh? Ana es un poco tímida, pero también
está aquí. ¡Oh, vamos, muchacha, háblale a nuestro héroe!
No
hubo respuesta.
Flink
se quedó mirando al escudo un buen rato, para después levantar la vista
y mirar fijo la ladera más lejana de la colina, donde dos hombres venían
corriendo, si es que se le podía decir “correr” al pesado
andar que les permitían las heridas.
Mas
Flink sonrió, remplazando con absoluta felicidad todos los tremebundos
pensamientos. El alreu se incorporó en un segundo, y salió de inmediato
corriendo al encuentro de los dos hombres.
—¡Señores!
¡Gabe, Cornell! ¡Tengo una historia que contarles! ¡Maté un demonio!
¡Yo solo! ¡Excepto por la ayuda de mis amigos en el escudo, que
estuvieron grandiosos, realmente maravillosos! ¡Tienen que escuchar esto!
Seguirá
siendo un misterio por siempre cómo una criatura pudo hablar tanto
mientras corría a toda velocidad. Obviamente, jamás ha sido un a
problema para ningún alreu, en particular, no para Flink.
—¿Siempre
me encajarán este caballo? —musitó Cornell al montar la yegua que
había comprado en el Desierto Elfadil, criatura que parecía poco
afectada por el encuentro con un demonio; para sorpresa, no se habían
robado las alforjas; era ese enjuto e innoble equino lo que en serio
detestaba Cornell—. ¿Los tonomai no podrían haber robado este caballo?
A los de ellos los separa un abismo de éste!
Gabe
estaba demasiado ocupado sacando las últimas joyas de las cimitarras que
habían dejado los tonomai como para responder. Para él, eran muy escasos
los tontos guerreros que habían comprado joyas para embellecer las
espadas. La mayoría tenía sencillos mangos de madera que no valían casi
nada. ¿Acaso esos idiotas no tenían ningún
respeto por los buenos muchachos que los vencían y deseaban lucrar con
ello?
—¿Alguien
todavía está conmigo? —inquirió Cornell al aire—.
—Bueno
—dijo Phindar desde el escudo—, eso sí que fue una buena
demostración, muchachos. Si no les importa que lo diga, me recuerda el
momento en que mi caravana se topó con la guarida de los bandidos en el
Páramo Hierkana. Zona muy mala esa, y esos bandidos...
—Oh,
cállate, ¿me haces el favor? —murmuró Cornell—. Flink, vuelve a
subir a tu caballo, y pongámonos en marcha. ¡De veras, de
veras que quiero llegar a un pueblo decente y darme un baño!
El
alreu no respondió. Estaba de pie en la tumba en que habían enterrado el
destrozado cadáver de Geschwind, un diminuto montículo de tierra que
pronto sería víctima del viento y las plantas. Habían clavado en el
suelo uno de los postes de las carpas, y en él habían inscripto el
nombre del alreu caído; un único recordatorio que difícilmente duraría
mucho.
—Vergebt
mir, teuerster Freund
—susurró Flink—. Ich schwor einen Eid, daß es nie wieder geschieht. Ich habe versagt,
und Ihr musstet den Preis zahlen. Bitte vergebt mir.
—¿Y
eso qué fue? —musitó Cornell—.
—Nada
—dijo Flink negando con la cabeza y sacándose de ella los malos
pensamientos, para después encaminarse hacia su caballo enano—. ¡Estoy
listo para cabalgar! ¿Vamos a ver algunos monstruos más en el camino?
Cornell
largó un insulto:
—¡Claro
que espero que no! Gabe, ¿vienes, o te has olvidado de más gemas?
Después
que el bárbaro hubo arrancado de todos los aceros los objetos preciosos y
cargado los últimos en sus alforjas, montó, y la partida dejó el lugar.
Quedaron
las carpas de los tonomai, como también los tres espejos que había
colocado Thennisgar y la solitaria tumba de un alreu que perdió la vida
en una batalla de la que jamás se enteró.
FIN


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