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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

(3) "Doncella broquelera"

(4) "El eterno guerrero"

"Algien común"

El eterno guerrero

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3


Para la partida que hacía galopar horas a los caballos la tierra pasaba de largo a una velocidad enloquecedora. Las colinas que la rodeaban se iban haciendo más altas y rocosas; eran el prolegómeno de las Montañas Alquibrianas, alrededor de las cuales fluía el río Cheselain, cuyas aguas brindaban el sustento necesario para que crecieran plantas con más vida, para que fueran algo más que los arbustos espinosos que no se habían cansado de acompañar a sus integrantes los días previos. Había arboledas en sitios aislados, y la hierba formaba una alfombra verde sobre la cual pasaban raudamente los cascos de los equinos.

A medida que se acercaba la noche, Cornell se percató que no podría seguir mucho más. A su yegua —ser de una flacura ridícula que le había vendido un beduino del sueño en el desierto— la cubría un sudor espumoso. Ella todavía podía galopar a la velocidad que él le exigía, pero, pensó, se tumbaría en cualquier momento.

Y Geschwind parecía que iba a seguir el mismo destino en un momento más. El alreu murmuraba constantemente, temblaba como si se muriera de frío, y estaba tan pálido que parecía azul.

El cayaboreano escudriñó los alrededores para ver si hallaba un sitio donde acampar. Estaba seguro que los tonomai todavía estaban tras ellos, aunque no había vuelto a verlos. Si habían dejado de seguir a la partida paralelamente, todo lo que tendrían que hacer era seguir las huellas que dejaban.

Siempre que, claro está, continuaran persiguiendo a la partida de noche. Mas a Cornell se le hacía que eran bastante fanáticos: gente así rara vez se dejaba abrumar por detalles menores como la oscuridad o la muerte de sus caballos.

Ninguno de los lugares que vio le parecieron los ideales: ninguno era fácil de defender ni ofrecía buena visión. Finalmente, levantó la mano con exasperación y dijo a los demás que se detuvieran:

—Tenemos que acampar —explicó—.

—¡Pero, señor! —exclamó Flink—. ¡Tenemos que llevar a Geschwind a Obrosvek, eso es lo que usted dijo!

Gabe se paró sobre su montura, usando toda la extensión de su altura para mirar los alrededor.

—Por allá parece un lugar decente —dijo, y señaló hacia una arboleda delante de la roca de una colina—.

Esa colina no era muy alta, pero podría ser de algún resguardo. Las otras laderas tenían una suave inclinación en distintos ángulos. No había defensa allí, pensó Cornell, pero si acampaban entre los árboles serviría para el caso. Igualmente, fue su amarga conclusión, era mejor que acampar a cielo abierto.

 

 

Flink durmió mal esa noche. Todas las frazadas que se había puesto encima —como de costumbre, fueran altas o bajas las temperaturas— no parecían cubrir del frío. Y Geschwind, acostado a medio metro de él, seguía dando vueltas, murmurando cada tanto cosas descabelladas como el asunto de los perros de la guerra. A Flink le preocupaba el otro alreu; las pesadillas asaltaban sus sueños: recuerdos del pasado que se entrelazaban con los compañeros de hoy —nada que asegurara una buena noche,  con seguridad—.

Finalmente, los gritos lo despertaron, y el alreu salió rápidamente de debajo de las frazadas.

—¿Vuelven por más? —exclamó Gabe—. ¡Sientan a bwyell, imbéciles!

—¡Deja de gritar y empieza a pelear! —respondió la voz de Cornell a corta distancia, tapada por le ruido de los aceros que chocaban unos con otros, gritos de guerra de los tonomai, gruñidos y alaridos de intenso dolor—.

—¡Pero está oscuro! —se quejó Flink, mirando con los ojos entrecerrados la escena que se desarrollaba a su alrededor: sombras a las que apenas iluminaba la luna menguante—. ¿No podrían haber esperado hasta la mañana, así yo podía ver lo que sucede?

—No te preocupes —dijo Geschwind tranquilo, arrastrando las palabras por la falta de costumbre al idioma—. Ya te bastará con lo que verás, pequeño.

—¿Estás levantado de nuevo? —exclamó Flink, y se arrojó hacia el otro alreu—.

Apenas podía distinguir a su congénere en la penumbra; sólo alcanzaba a ver que Geschwind estaba sentado, y con los ojos… Bueno, sí que era extraño. ¿O acaso no lo era que brillaran? Flink estaba seguro de que jamás nadie en su tierra natal —Tieferbau— tuvo ese aspecto, mas, por otra parte, cada uno es como es, o no?

—No va a pasar nada, ¿sí, querido amigo? ¿Helfen wir meinen Freunden jetzt?

Geschwind tosió. Flink se preguntaba si realmente se había levantado. Parecía algo más alto que un momento atrás.

—No —dijo el segundo alreu con una voz iba ganando en gravedad con cada sílaba—. Nadie salvará a tus amigos.

—Pero… ¡si están peleando! Querido amigo, los malvados han regresado y...

—¡Ruhig, kleiner Mann! —espetó Geschwind con una voz que rompió en la noche cual trueno—.

Atónito, Flink se llamó a silencio, y se percató de que ya no se oía el ruido del combate. Se dio vuelta y vio con asombro que Cornell y Gabe permanecían de pie y en silencio entre los guerreros tonomai. Sus amigos todavía blandían las armas, pero no se movían. ¡Ni un centímetro! Mas los tonomai caían de rodillas mirando hacia donde estaban Flink y Geschwind, y comenzando a entonar un canto en tono bajo que rápidamente fue en crescendo.

—¿Por qué veo todo tan claro? —se preguntó Flink—.

—Porque deseo la luz —dijo la voz a su lado—.

De pronto, no estaba muy seguro de si, al fin y al cabo, se trataba de la voz de Geschwind; al alreu no le correspondía hablar como si midiera tres metros y su boca fuera de espinas y rocas. Por otra parte, pensó Flink, esa era una descripción que le calzaba perfecto al aspecto actual de Geschwind. Sin contar las negras escamas entrelazadas, las prolongadas zarpas en las cuatro manos, alas delgadas como papel dobladas en la espalda, ¡y ese maravilloso colgante que pendía de una cadena! Era de oro, platino o un metal por el estilo, de forma octagonal; una joya de oscura hematites ubicada en el centro cuya lustrosa superficie reflejaba la luz.

—¿Sientes miedo, hombrecillo? —dijo Geschwind, clavando los brillantes ojos verdes en el alreu, al tiempo que le temblaban las agudas y retorcidas espinas que tenía alrededor de la boca—.

—¿Tendría que sentir miedo?

Lo que había sido Geschwind volvió la cabeza, y largó una carcajada que parecía un huracán que se venía encima.

—Sí, tendrías que sentir miedo —dijo la voz tranquila de Halla Valfrey desde el escudo que llevaba Cornell—. Ése es el demonio que ha poseído a tu amigo. Es del Abismo de Arye, creo.

La criatura dejó de reírse abruptamente, bajando la vista rápido hacia el broquel.

Alégrate de que estés encerrada en madera duéndica, si no, consumiría tu alma de inmediato.

Confundido, Flink miró del escudo al demonio:

—Pero… tú eres Geschwind, ¿o no?

—Soy Thennisgar —anunció la criatura levantando un brazo—. El que conoces ya no existe, hombrecillo. Thennisgar ha tomado su lugar. ¡Y Thennisgar reinará!

El canto de los tonomai se volvió súbitamente frenético; los guerreros se levantaron de un salto, elevaron las armas y comenzaron a bailar como locos. No es un espectáculo digno de ver, reflexionó Flink, y volvió la cabeza. Con un poco más de ritmo y mucha más práctica podrían haber llegado a algo. No les vendría mal una ayuda…

Halla carraspeó.

—¿Sabe el poderoso guerrero que estos tonomai son unos granujas sin influencia en el país?

—No importa. Thennisgar hará trizas todos los enemigos. Todos agacharán la cabeza ante Thennisgar, o dejarán de tenerla en su lugar; lo cual me lleva a ti y a estos dos imbéciles —dijo el demonio y se adelantó apartando a Flink con sorprendente suavidad, para detenerse a observar a Gabe y Cornell con atención—.

—Por favor, no les hagas nada, Thane... Thenn... —exclamó Flink, trabándosele la lengua ante la dificultad del nombre—. ¡Por favor, sé bueno, por favor!

El demonio volteó la cabeza lentamente, cual avalancha que va ganando velocidad. Los ojos le brillaban en la noche, a pesar de la extraña luz sin origen visible como dos fuegos.

—¿Ser bueno? —repitió Thennisgar, sopesando cuidadosamente las palabras, los labios haciéndosele sonrisa—. No los lastimaré, hombrecillo, si tú lo dices. En cambio, hagamos un juego. ¿Qué te parece?

—Bueno, a me fascinan los juegos —dijo Flink, y se acercó a saltitos al demonio, que tuvo que inclinar la cabeza hasta lo imposible para observar al diminuto alreu—. Pero, es que a Gabe, la verdad, no le agradan, y Cornell… No sé por qué, pero nunca está contento con los juegos que yo propongo. ¿Qué ideas tienes?

—Algo muy entretenido. Pero… ¿adónde lo hacemos? Tiene que haber un desafío, algo emocionante, algo que complazca a las masas —carcajeó Thennisgar—. O sólo nosotros dos, hombrecillo. Ah, ya está. Apenas a tres kilómetros de aquí, hacia el este. Y a la mañana dará comienzo nuestro juego.

Flink miró con el ceño fruncido a sus dos amigos.

—¿Seguro que les agradará a ellos?

—En absoluto —aseguró Halla, a quien siguió la voz temerosa de Nev con súplicas de misericordia—.

—Les agradará. Muchísimo —dijo el demonio, y sonrió—.

 

 

El sol arañaba lentamente la tierra, al que obstruían montones de nubarrones que se había acumulado de la noche a la mañana. Había una niebla grisácea que parecía reducir la visual, hacer que el paisaje fuera menos que la agradable zona montañosa que la partida había recorrido el día anterior. Ahora la cubrían prolongadas sombras: árboles y arbustos que se retorcían en sus funestos reflejos de ellos mismos.

Los soldados tonomai habían levantado carpas en forma de media luna alrededor del lugar en el que se hallaba de pie el demonio, que sobresalía sobre el pequeño ejército de granujas y Flink. Ni Cornell ni Gabe estaban a la vista, salvo sus caballos, que todavía tenían encima los arreos y estaban en un corral con los equinos tonomai.

Los dos guerreros habían llegado con el resto, caminando cual marionetas a las que tiraba un titiritero demasiado apresurado. En vano Flink había corrido en círculos alrededor de ellos intentando sacarles alguna respuesta. Tras alcanzar el lugar, ambos habían permanecido de pie como dos estatuas de cera mientras se armaba el campamento. Después Thennisgar los miró fijamente y los dos salieron caminando en direcciones opuestas.

Sentado desanimado en una roca, Flink jugueteaba sin entusiasmo con unos objetos de su mochila.

—¿Comienza pronto el juego? —preguntó—.

Thennisgar observó cómo habían dispuesto los tonomai tres espejos ante él, cada uno de los cuales tenía casi medio metro de diámetro y estaba sobre un pie de acero casi tan alto como el mismo Flink.

—Pronto —dijo el demonio, y les hizo señas a sus seguidores para que se fueran—.

Levantó el brazo inferior derecho, hizo unos complicados movimientos sobre cada espejo y aparecieron imágenes en ellos, mostrando el del medio el preciso lugar en el que estaban de pie, en tanto que los otros dos exhibían sitios tan retorcido y yermado como éste. De pronto Flink se animó al ver a Cornell en un espejo y a Gabe en el otro, todavía como estatuas, ¡pero los veía!

—Bien —comentó el demonio—, los espejos siguen bien alineados. La sólida ingeniería mágica tiene que durar siglos.

—¿Tan antiguos son? —inquirió Flink, que observaba con curiosidad los espejos exteriores de a uno, intentando discernir exactamente dónde se hallaban sus amigos—.

—¿Siglos? Han permanecido milenios en este mundo, hombrecillo. Desde la primera vez que pisé este suelo. Por suerte para los tonomai los trajeron consigo.

—¿Por qué por suerte?

El demonio sonrió sin compasión:

No te preocupes por ellos. El juego está por comenzar.

Con las zarpas dibujó un símbolo en el aire; las estatuas de cera de Cornell y Gabe que estaban en los espejos cobraron vida, para dirigirse miradas de ira y cólera.

—¡Te mataré, salvaje! —gritó Cornell, que se apresuró a desenvainar la espada, se acomodó el escudo, y salió corriendo por el montañoso paisaje, como Gabe, tras gritar el nombre de su tribu—.

Flink se quedó atónito y boquiabierto:

—Pero… Thennisgar, ¡son amigos! ¿Por qué iban a... matarse? Esto no es diversión.

El demonio se rascó con cuidado la espinosa quijada:

Tienes razón —admitió después de un momento—. No hay motivación en esta pelea. Así es tonta y aburrida … Bueno, no podemos tener eso, ¿o sí, amiguito?

Hizo un ligero ademán con los brazos superiores: diminutos símbolos que parecían dibujados en el aire y que traspasaban los espejos. Los guerreros no se detuvieron en su carrera; a lo sumo, su esfuerzo cobraba más vigor e impulso.

—Motivación —asintió feliz el demonio—. ¡Eso es todo lo que necesitamos!

—¡Amigos míos! —gritó Flink, para después volverse hacia el demonio y comenzar a golpear con los puños las piernas llenas de escamas—. ¡Esto ya no es un juego! ¡Basta, no es divertido! ¡Por favor!

Thennisgar no mostró reacción alguna.

El alreu dejó de golpear tras un rato, se secó las primeras lágrimas y, de pronto, se echó a correr por las colinas. Uno de los tonomai salió tras él para atraparlo, pero se detuvo en seco al ver el ademán en contrario y la sonrisa de satisfacción del demonio:

Ah, sí —dijo—.  Me había olvidado de la comicidad para variar. Faltaba eso todavía.

 

 

—¿Dónde te escondes, condenado bárbaro? —gritó Cornell al subir corriendo una colina para ver mejor, mientras se le clavaban en las piernas los arbustos espinosos, de cuyos pinchazos hacía caso omiso, concentrándose en su única gran tarea—.

—¡Esto es una ilusión! —dijo impaciente Halla Valfrey desde su posición privilegiada en el brazo izquierdo de Cornell—. El demonio te hizo creer que...

—¡El único demonio es el salvaje que asesinó a mi hermana!

—¡Escudado! —exclamó Halla—. ¡Tu hermana está a salvo en Cayaboré!

—El imbécil del bárbaro nos va a aplastar —musitó Nev—, yo sé lo que digo, así va a ser…

—¡Escudado, escúchame! —insistió Halla, mas Cornell sólo escudriñaba el paisaje de pesadilla a su alrededor buscando una señal de Gabe; por todas partes había niebla, que apenas ocultaba las colinas que iban apareciendo, convirtiéndolas en imágenes sacadas directamente del abismo—. Gabe es tu amigo! Han peleado juntos y...

—Y después me traicionó —respondió con frialdad Cornell—. Lo dejé solo con mi hermana. Confié en él. Debería haberme dado cuenta de que jamás se confía en los salvajes. La violó y asesinó a sangre fría. ¿Así se porta un amigo, doncella broquelera?

Ella se quedó sin responder, y Cornell elevó triunfante la espada:

—¡Esto es para ti, asesino! —gritó apenas avistó al bárbaro envuelto en pieles que iba hacia él—.

A casi trescientos metros, tras precipitarse por el valle cubierto de densa vegetación, Gabe se detuvo. Tenía encendida la mirada azul y levantada sobre la cabeza a bwyell:

—Por el honor y la gloria —exclamó, tras lo cual sus ojos pasaron a despedir un fuego de horno encendido—. ¡Por Caeryl! ¡Muere, expoliador!

—No peleen —susurró Halla mientras los dos combatientes corrían el uno hacia el otro con las armas prestas y con una sed de sangre que les dominaba la mente—.

Cornell no se dio por enterado de las palabras provenientes del escudo; toda su atención se centraba en la imagen de Gabe, que se dirigía hacia él. Tenía todas las intenciones de vengarse: el delgado resto de cerebro que le quedaba eran los más bajos instintos que se dedicaban a ponderar la mejor forma de encarar el combate. Gabe era hábil peleador; ya lo sabía él, mas el enorme salvaje confiaba demasiado en su fuerza y los golpes de su hacha. Hay que ser rápido y ágil, hay que cubrirse de los hachazos con la espada. Es mágica, recuérdalo. ¡Hay que tratar de cortar el mango de bwyell!

Ninguno de los guerreros se percató de una pequeña persona que corría por las colinas hacia ellos con una mochila que le saltaba frenéticamente sobre la espalda. Ninguno la oyó gritar el nombre de ambos y rogándoles que se detuvieran, al tiempo que se le llenaban los ojos de lágrimas, que le recorrían las mejillas y le apagaban la mitad de las palabras.

—¡Escudado! —exclamó de pronto Halla— ¡Arrójame! ¡Al igual que hiciste con los Tonomai, que voy a matar al bárbaro!

En el rostro de Cornell se dibujó una sonrisa:

—¿Haz recobrado la razón al fin de cuentas? —musitó lanzando una mirada victoriosa hacia el bárbaro al tiempo que tiró el brazo izquierdo hacia atrás para ganar fuerza—.

—Sí —afirmó Halla con voz calma cuando Cornell impulsó hacia delante el brazo con toda la fuerza de sus músculos—.

El escudo salió con soltura por las agarraderas y giró por los aires hacia el bárbaro.

—¡Toma, asesino desgraciado! —exclamó Cornell a los cuatro vientos—.

La última palabra se vio ahogada por ira de desilusión por el cambio de dirección del escudo. En vez de dirigirse hacia la cabeza de Gabe, enfiló haciendo un ángulo casi recto hacia el alreu que se les acercaba.

—¡Atrápame! —gritó Halla—. ¡Flink!

Cornell se arrojó furioso tras el broquel:

—¡Traidor! —exclamó dando inútiles estocadas al aire—. ¡Te haré trizas!

—¡Primero métete con bwyell, expoliador! —gritó Gabe casi encima del  cayaboreano—.

Recién a último momento recobró Cornell la presencia de ánimo para evitar el feroz ataque del hacha.

—Muere —dijo con frialdad y le encajó un rodillazo al bárbaro—.

Gabe brincó hacia atrás, se relamió y sonrió:

—Tú primero.

 

  

SECCIÓN 3