
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
Para
la partida que hacía galopar horas a los caballos la tierra pasaba de
largo a una velocidad enloquecedora. Las colinas que la rodeaban se iban
haciendo más altas y rocosas; eran el prolegómeno de las Montañas
Alquibrianas, alrededor de las cuales fluía el río Cheselain, cuyas
aguas brindaban el sustento necesario para que crecieran plantas con más
vida, para que fueran algo más que los arbustos espinosos que no se
habían cansado de acompañar a sus integrantes los días previos. Había
arboledas en sitios aislados, y la hierba formaba una alfombra verde sobre
la cual pasaban raudamente los cascos de los equinos.
A
medida que se acercaba la noche, Cornell se percató que no podría seguir
mucho más. A su yegua —ser de una flacura ridícula que le había
vendido un beduino del sueño en el desierto— la cubría un sudor
espumoso. Ella todavía podía galopar a la velocidad que él le exigía,
pero, pensó, se tumbaría en cualquier momento.
Y
Geschwind parecía que iba a seguir el mismo destino en un momento más.
El alreu murmuraba constantemente, temblaba como si se muriera de frío, y
estaba tan pálido que parecía azul.
El
cayaboreano escudriñó los alrededores para ver si hallaba un sitio donde
acampar. Estaba seguro que los tonomai todavía estaban tras ellos, aunque
no había vuelto a verlos. Si habían dejado de seguir a la partida
paralelamente, todo lo que tendrían que hacer era seguir las huellas que
dejaban.
Siempre
que, claro está, continuaran persiguiendo a la partida de noche. Mas a
Cornell se le hacía que eran bastante fanáticos: gente así rara vez se
dejaba abrumar por detalles menores como la oscuridad o la muerte de sus
caballos.
Ninguno
de los lugares que vio le parecieron los ideales: ninguno era fácil de
defender ni ofrecía buena visión. Finalmente, levantó la mano con
exasperación y dijo a los demás que se detuvieran:
—Tenemos
que acampar —explicó—.
—¡Pero,
señor! —exclamó Flink—. ¡Tenemos que llevar a Geschwind a Obrosvek,
eso es lo que usted dijo!
Gabe
se paró sobre su montura, usando toda la extensión de su altura para
mirar los alrededor.
—Por
allá parece un lugar decente —dijo, y señaló hacia una arboleda
delante de la roca de una colina—.
Esa
colina no era muy alta, pero podría ser de algún resguardo. Las otras
laderas tenían una suave inclinación en distintos ángulos. No había
defensa allí, pensó Cornell, pero si acampaban entre los árboles
serviría para el caso. Igualmente, fue su amarga conclusión, era mejor
que acampar a cielo abierto.
Flink
durmió mal esa noche. Todas las frazadas que se había puesto encima
—como de costumbre, fueran altas o bajas las temperaturas— no
parecían cubrir del frío. Y Geschwind, acostado a medio metro de él,
seguía dando vueltas, murmurando cada tanto cosas descabelladas como el
asunto de los perros de la guerra. A Flink le preocupaba el otro alreu;
las pesadillas asaltaban sus sueños: recuerdos del pasado que se
entrelazaban con los compañeros de hoy —nada que asegurara una buena
noche, con seguridad—.
Finalmente,
los gritos lo despertaron, y el alreu salió rápidamente de debajo de las
frazadas.
—¿Vuelven
por más? —exclamó Gabe—. ¡Sientan a bwyell,
imbéciles!
—¡Deja
de gritar y empieza a pelear! —respondió la voz de Cornell a corta
distancia, tapada por le ruido de los aceros que chocaban
unos con otros, gritos de guerra de los tonomai, gruñidos y alaridos de
intenso dolor—.
—¡Pero
está oscuro! —se quejó Flink, mirando con los ojos entrecerrados la
escena que se desarrollaba a su alrededor: sombras a las que apenas
iluminaba la luna menguante—. ¿No podrían haber esperado hasta la
mañana, así yo podía ver lo que sucede?
—No
te preocupes —dijo Geschwind tranquilo, arrastrando las palabras por la
falta de costumbre al idioma—. Ya te bastará con lo que verás,
pequeño.
—¿Estás
levantado de nuevo? —exclamó Flink, y se arrojó hacia el otro
alreu—.
Apenas
podía distinguir a su congénere en la penumbra; sólo alcanzaba a ver
que Geschwind estaba sentado, y con los ojos… Bueno, sí que era
extraño. ¿O acaso no lo era que brillaran? Flink estaba seguro de que
jamás nadie en su tierra natal —Tieferbau— tuvo ese aspecto, mas, por
otra parte, cada uno es como es, o no?
—No
va a pasar nada, ¿sí, querido amigo? ¿Helfen
wir meinen Freunden jetzt?
Geschwind
tosió. Flink se preguntaba si realmente se había levantado. Parecía
algo más alto que un momento atrás.
—No
—dijo el segundo alreu con una voz iba ganando en gravedad con cada
sílaba—. Nadie salvará a tus amigos.
—Pero…
¡si están peleando! Querido amigo, los malvados han regresado y...
—¡Ruhig,
kleiner Mann!
—espetó Geschwind con una voz que rompió en la noche cual trueno—.
Atónito,
Flink se llamó a silencio, y se percató de que ya no se oía el ruido
del combate. Se dio vuelta y vio con asombro que Cornell y Gabe
permanecían de pie y en silencio entre los guerreros tonomai. Sus amigos
todavía blandían las armas, pero no se movían. ¡Ni un centímetro! Mas
los tonomai caían de rodillas mirando hacia donde estaban Flink y
Geschwind, y comenzando a entonar un canto en tono bajo que rápidamente
fue en crescendo.
—¿Por
qué veo todo tan claro? —se preguntó Flink—.
—Porque
deseo la luz —dijo
la voz a su lado—.
De
pronto, no estaba muy seguro de si, al fin y al cabo, se trataba de la voz
de Geschwind; al alreu no le correspondía hablar como si midiera tres
metros y su boca fuera de espinas y rocas. Por otra parte, pensó Flink,
esa era una descripción que le calzaba perfecto al aspecto actual de
Geschwind. Sin contar las negras escamas entrelazadas, las prolongadas
zarpas en las cuatro manos, alas delgadas como papel dobladas en la
espalda, ¡y ese maravilloso colgante que pendía de una cadena! Era de
oro, platino o un metal por el estilo, de forma octagonal; una joya de
oscura hematites ubicada en el centro cuya lustrosa superficie reflejaba
la luz.
—¿Sientes
miedo, hombrecillo? —dijo
Geschwind, clavando los brillantes ojos verdes en el alreu, al tiempo que
le temblaban las agudas y retorcidas espinas que tenía alrededor de la
boca—.
—¿Tendría
que sentir miedo?
Lo
que había sido Geschwind volvió la cabeza, y largó una carcajada que
parecía un huracán que se venía encima.
—Sí,
tendrías que sentir miedo —dijo la voz tranquila de Halla Valfrey desde
el escudo que llevaba Cornell—. Ése es el demonio que ha poseído a tu
amigo. Es del Abismo de Arye, creo.
La
criatura dejó de reírse abruptamente, bajando la vista rápido hacia el
broquel.
—Alégrate
de que estés encerrada en madera duéndica, si no, consumiría tu alma de
inmediato.
Confundido,
Flink miró del escudo al demonio:
—Pero…
tú eres Geschwind, ¿o no?
—Soy
Thennisgar —anunció
la criatura levantando un brazo—. El
que conoces ya no existe, hombrecillo. Thennisgar ha tomado su lugar. ¡Y
Thennisgar reinará!
El
canto de los tonomai se volvió súbitamente frenético; los guerreros se
levantaron de un salto, elevaron las armas y comenzaron a bailar como
locos. No es un espectáculo digno
de ver, reflexionó Flink, y volvió la cabeza. Con
un poco más de ritmo y mucha
más práctica podrían haber llegado a algo. No les vendría mal una
ayuda…
Halla
carraspeó.
—¿Sabe
el poderoso guerrero que estos tonomai son unos granujas sin influencia en
el país?
—No
importa. Thennisgar hará trizas todos los enemigos. Todos agacharán la
cabeza ante Thennisgar, o dejarán de tenerla en su lugar; lo cual me
lleva a ti y a estos dos imbéciles
—dijo el demonio y se adelantó apartando a Flink con sorprendente
suavidad, para detenerse a observar a Gabe y Cornell con atención—.
—Por
favor, no les hagas nada, Thane... Thenn... —exclamó Flink,
trabándosele la lengua ante la dificultad del nombre—. ¡Por favor, sé
bueno, por favor!
El
demonio volteó la cabeza lentamente, cual avalancha que va ganando
velocidad. Los ojos le brillaban en la noche, a pesar de la extraña luz
sin origen visible como dos fuegos.
—¿Ser
bueno?
—repitió Thennisgar, sopesando cuidadosamente las palabras, los labios
haciéndosele sonrisa—. No los lastimaré, hombrecillo, si tú lo dices. En cambio, hagamos un
juego. ¿Qué te parece?
—Bueno,
a mí me fascinan los juegos
—dijo Flink, y se acercó a saltitos al demonio, que tuvo que inclinar
la cabeza hasta lo imposible para observar al diminuto alreu—. Pero, es
que a Gabe, la verdad, no le agradan, y Cornell… No sé por qué, pero
nunca está contento con los juegos que yo propongo. ¿Qué ideas tienes?
—Algo
muy entretenido. Pero… ¿adónde lo hacemos? Tiene que haber un
desafío, algo emocionante, algo que complazca a las masas —carcajeó
Thennisgar—. O sólo nosotros dos, hombrecillo.
Ah, ya está. Apenas a tres kilómetros de aquí, hacia el este. Y a la
mañana dará comienzo nuestro juego.
Flink
miró con el ceño fruncido a sus dos amigos.
—¿Seguro
que les agradará a ellos?
—En
absoluto —aseguró Halla, a quien siguió la voz temerosa de Nev con
súplicas de misericordia—.
—Les agradará. Muchísimo —dijo el demonio, y sonrió—.
El
sol arañaba lentamente la tierra, al que obstruían montones de
nubarrones que se había acumulado de la noche a la mañana. Había una
niebla grisácea que parecía reducir la visual, hacer que el paisaje
fuera menos que la agradable zona montañosa que la partida había
recorrido el día anterior. Ahora la cubrían prolongadas sombras:
árboles y arbustos que se retorcían en sus funestos reflejos de ellos
mismos.
Los
soldados tonomai habían levantado carpas en forma de media luna alrededor
del lugar en el que se hallaba de pie el demonio, que sobresalía sobre el
pequeño ejército de granujas y Flink. Ni Cornell ni Gabe estaban a la
vista, salvo sus caballos, que todavía tenían encima los arreos y
estaban en un corral con los equinos tonomai.
Los
dos guerreros habían llegado con el resto, caminando cual marionetas a
las que tiraba un titiritero demasiado apresurado. En vano Flink había
corrido en círculos alrededor de ellos intentando sacarles alguna
respuesta. Tras alcanzar el lugar, ambos habían permanecido de pie como
dos estatuas de cera mientras se armaba el campamento. Después Thennisgar
los miró fijamente y los dos salieron caminando en direcciones opuestas.
Sentado
desanimado en una roca, Flink jugueteaba sin entusiasmo con unos objetos
de su mochila.
—¿Comienza
pronto el juego? —preguntó—.
Thennisgar
observó cómo habían dispuesto los tonomai tres espejos ante él, cada
uno de los cuales tenía casi medio metro de diámetro y estaba sobre un
pie de acero casi tan alto como el mismo Flink.
—Pronto
—dijo el
demonio, y les hizo señas a sus seguidores para que se fueran—.
Levantó
el brazo inferior derecho, hizo unos complicados movimientos sobre cada
espejo y aparecieron imágenes en ellos, mostrando el del medio el preciso
lugar en el que estaban de pie, en tanto que los otros dos exhibían
sitios tan retorcido y yermado como éste. De pronto Flink se animó al
ver a Cornell en un espejo y a Gabe en el otro, todavía como estatuas,
¡pero los veía!
—Bien
—comentó el
demonio—, los
espejos siguen bien alineados. La sólida ingeniería mágica tiene que
durar siglos.
—¿Tan
antiguos son? —inquirió Flink, que observaba con curiosidad los espejos
exteriores de a uno, intentando discernir exactamente dónde se hallaban
sus amigos—.
—¿Siglos?
Han permanecido milenios en este mundo, hombrecillo. Desde la primera vez
que pisé este suelo. Por suerte para los tonomai los trajeron consigo.
—¿Por
qué por suerte?
El
demonio sonrió sin compasión:
—No
te preocupes por ellos. El juego está por comenzar.
Con
las zarpas dibujó un símbolo en el aire; las estatuas de cera de Cornell
y Gabe que estaban en los espejos cobraron vida, para dirigirse miradas de
ira y cólera.
—¡Te
mataré, salvaje! —gritó Cornell, que se apresuró a desenvainar la
espada, se acomodó el escudo, y salió corriendo por el montañoso
paisaje, como Gabe, tras gritar el nombre de su tribu—.
Flink
se quedó atónito y boquiabierto:
—Pero…
Thennisgar, ¡son amigos! ¿Por qué iban a... matarse? Esto no es diversión.
El
demonio se rascó con cuidado la espinosa quijada:
—Tienes
razón —admitió después de un momento—. No hay motivación en esta pelea.
Así es tonta y aburrida … Bueno, no podemos tener eso, ¿o sí,
amiguito?
Hizo
un ligero ademán con los brazos superiores: diminutos símbolos que
parecían dibujados en el aire y que traspasaban los espejos. Los
guerreros no se detuvieron en su carrera; a lo sumo, su esfuerzo cobraba
más vigor e impulso.
—Motivación —asintió
feliz el demonio—. ¡Eso es todo lo que necesitamos!
—¡Amigos
míos! —gritó Flink, para después volverse hacia el demonio y comenzar
a golpear con los puños las piernas llenas de escamas—. ¡Esto ya no es
un juego! ¡Basta, no es divertido! ¡Por favor!
Thennisgar
no mostró reacción alguna.
El
alreu dejó de golpear tras un rato, se secó las primeras lágrimas y, de
pronto, se echó a correr por las colinas. Uno de los tonomai salió tras
él para atraparlo, pero se detuvo en seco al ver el ademán en contrario
y la sonrisa de satisfacción del demonio:
—Ah,
sí —dijo—. Me había olvidado de la
comicidad para variar. Faltaba eso todavía.
—¿Dónde
te escondes, condenado bárbaro? —gritó Cornell al subir corriendo una
colina para ver mejor, mientras se le clavaban en las piernas los arbustos
espinosos, de cuyos pinchazos hacía caso omiso, concentrándose en su
única gran tarea—.
—¡Esto
es una ilusión! —dijo impaciente Halla Valfrey desde su posición
privilegiada en el brazo izquierdo de Cornell—. El demonio te hizo creer
que...
—¡El
único demonio es el salvaje que asesinó a mi hermana!
—¡Escudado!
—exclamó Halla—. ¡Tu hermana está a salvo en Cayaboré!
—El
imbécil del bárbaro nos va a aplastar —musitó Nev—, yo sé lo que
digo, así va a ser…
—¡Escudado,
escúchame! —insistió Halla, mas Cornell sólo escudriñaba el paisaje
de pesadilla a su alrededor buscando una señal de Gabe; por todas partes
había niebla, que apenas ocultaba las colinas que iban apareciendo,
convirtiéndolas en imágenes sacadas directamente del abismo—. Gabe es
tu amigo! Han peleado juntos y...
—Y
después me traicionó —respondió con frialdad Cornell—. Lo dejé
solo con mi hermana. Confié en él. Debería haberme dado cuenta de que
jamás se confía en los salvajes. La violó y asesinó a sangre fría.
¿Así se porta un amigo, doncella broquelera?
Ella
se quedó sin responder, y Cornell elevó triunfante la espada:
—¡Esto
es para ti, asesino! —gritó apenas avistó al bárbaro envuelto en
pieles que iba hacia él—.
A
casi trescientos metros, tras precipitarse por el valle cubierto de densa
vegetación, Gabe se detuvo. Tenía encendida la mirada azul y levantada
sobre la cabeza a bwyell:
—Por
el honor y la gloria —exclamó, tras lo cual sus ojos pasaron a despedir
un fuego de horno encendido—. ¡Por Caeryl!
¡Muere, expoliador!
—No
peleen —susurró Halla mientras los dos combatientes corrían el uno
hacia el otro con las armas prestas y con una sed de sangre que les
dominaba la mente—.
Cornell
no se dio por enterado de las palabras provenientes del escudo; toda su
atención se centraba en la imagen de Gabe, que se dirigía hacia él.
Tenía todas las intenciones de vengarse: el delgado resto de cerebro que
le quedaba eran los más bajos instintos que se dedicaban a ponderar la
mejor forma de encarar el combate. Gabe era hábil peleador; ya lo sabía
él, mas el enorme salvaje confiaba demasiado en su fuerza y los golpes de
su hacha. Hay que ser rápido y ágil, hay que cubrirse de los hachazos con la
espada. Es mágica, recuérdalo. ¡Hay que tratar de cortar el mango de bwyell!
Ninguno
de los guerreros se percató de una pequeña persona que corría por las
colinas hacia ellos con una mochila que le saltaba frenéticamente sobre
la espalda. Ninguno la oyó gritar el nombre de ambos y rogándoles que se
detuvieran, al tiempo que se le llenaban los ojos de lágrimas, que le
recorrían las mejillas y le apagaban la mitad de las palabras.
—¡Escudado!
—exclamó de pronto Halla— ¡Arrójame! ¡Al igual que hiciste con los
Tonomai, que voy a matar al bárbaro!
En
el rostro de Cornell se dibujó una sonrisa:
—¿Haz
recobrado la razón al fin de cuentas? —musitó lanzando una mirada
victoriosa hacia el bárbaro al tiempo que tiró el brazo izquierdo hacia
atrás para ganar fuerza—.
—Sí
—afirmó Halla con voz calma cuando Cornell impulsó hacia delante el
brazo con toda la fuerza de sus músculos—.
El
escudo salió con soltura por las agarraderas y giró por los aires hacia
el bárbaro.
—¡Toma,
asesino desgraciado! —exclamó Cornell a los cuatro vientos—.
La
última palabra se vio ahogada por ira de desilusión por el cambio de
dirección del escudo. En vez de dirigirse hacia la cabeza de Gabe,
enfiló haciendo un ángulo casi recto hacia el alreu que se les acercaba.
—¡Atrápame!
—gritó Halla—. ¡Flink!
Cornell
se arrojó furioso tras el broquel:
—¡Traidor!
—exclamó dando inútiles estocadas al aire—. ¡Te haré trizas!
—¡Primero
métete con bwyell, expoliador!
—gritó Gabe casi encima del cayaboreano—.
Recién
a último momento recobró Cornell la presencia de ánimo para evitar el
feroz ataque del hacha.
—Muere
—dijo con frialdad y le encajó un rodillazo al bárbaro—.
Gabe
brincó hacia atrás, se relamió y sonrió:
—Tú
primero.


|