
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
—¿Qué
haces? —susurró Cornell de Cayaboré a su compañero bárbaro, Gabe—.
Ambos
estaban agazapados en la cima de una colina observando sus laderas,
ocultos tras espinosos arbustos de la vista de quienes se hallaban en el
valle inferior.
Eran
los tonomai, hombres de piel verde oliva ataviados en ropajes amplios que
se acampanaban al viento. Entre ellos había algunas mujeres, sacerdotisas
del Dios Único, reconocibles por su toga roja con bordados dorados y la
tiara plateada. Los hombres eran guerreros que usaban cimitarras y
protecciones de cuero ligeras encima de camisas color arena y medias
faldas azules.
En
total, Cornell contó veintiséis guerreros que formaban un círculo
irregular alrededor de las cuatro sacerdotisas. Dos hombres más se
hallaban de pie cerca de ellas y las observaban con atención. Deberían
ser los comandantes, supuso Cornell, al juzgar por el ornato de sus
hombreras. A su lado se ubicaba un altar de piedra circular de alrededor
de un metro de alto y un metro y 20 centímetros de diámetro, en el que
había algo con la extraña apariencia de grilletes.
—Se
me hace —musitó Gabe para señalar la carpa que estaba fuera del círculo—
que habrá un sacrificio ritual.
En
este momento salió de la carpa una quinta sacerdotisa, que arrastraba una
criatura diminuta y esmirriada. El hombrecillo tenía cerca de un metro de
altura, cabello ocre cuyas puntas iban hacia todos lados y brillantes ojos
bien abiertos de asombro y temor. Estaba maniatado con tiras de cuero,
precaución al parecer innecesaria: en los tobillos le sangraban heridas,
cortes que le dificultaban tanto caminar que la sacerdotisa lo llevaba prácticamente
en vilo.
—Un
alreu —asintió ceñudo Cornell—.
Rápidamente
miró hacia sus espaldas, hacia la otra falda de la colina, donde Flink se
hallaba cuidando los caballos. El hombrecillo de su propia partida no
parecía muy feliz, según al parecer le contaba a la yegua de Cornell.
Estaría menos feliz aún si supiera lo que sucedía en el valle; o peor:
saldría corriendo hacia el grupo de tonomai para salvar a su congénere.
La
quinta sacerdotisa subió al alreu al altar. Las otras cuatro se reunieron
alrededor de la piedra tomándose de la mano para formar un círculo. La
que estaba en el medio con calma le colocó los grilletes al hombrecillo.
—Veintiocho
guerreros, cinco sacerdotisas —dijo Cornell—. ¿Qué piensas?
Gabe
sacó de la espalda su gran hacha de factura enaniense.
—Bwyell
y yo nos encargaremos de los guerreros; tú, de las sacerdotisas.
El
cayaboreano puso mala cara, mas antes de poder decir una palabra una voz
de mujer salió del broquel que llevaba en el brazo izquierdo:
—Seré
de ayuda, escudero. Mi borde es más filoso que una espada, por lo que
puedo atravesar a los tonomai si me lanzas.
—Vale
la pena hacer el intento —gruñó Cornell, que le dio el visto bueno a
Gabe con la cabeza—. Vamos.
La
sacerdotisa que se hallaba en el altar blandía una daga de unos 30 centímetros
de largo, cuya empuñadura de marfil tenía tallados exquisitamente
diminutos detalles que representaban escenas de adoración religiosa.
Todos los ojos de los tonomai estaban puestos en ella al tiempo que
levantaba la daga al grito de “Señor, oídme, oh Verdadero Dios Único!
Recibe esta ofrenda y...”
Sus
palabras se vieron interrumpidas abruptamente cuando un disco de madera duéndica
apareció dando vueltas por el aire para atravesarle la garganta. Le
saltaban los ojos en una expresión que se aferraba a la vida apenas un
instante, antes de que la cabeza cayera despegada del cuerpo, que la siguió
un momento después nomás. El escudo de madera duéndica rebotó en el
altar a apenas unos centímetros del alreu objeto del sacrificio y sus
alaridos; a toda velocidad iba y no podía detenerse cuando atravesó a
uno de los comandantes por el pecho antes de que pudiera comprender lo que
ocurría.
—¡Peguemos
la vuelta, Halla! —se escuchó decir a una voz masculina desde el escudo
al tiempo que ensartaba otro guerrero mientras regresaba hacia Cornell—.
El
cayaboreano y Gabe corrían ladera abajo con las armas prestas para el
combate. El broquel enfiló hacia Cornell, quien fácilmente lo atrapó al
vuelo introduciendo el brazo izquierdo en las agarraderas al instante.
—Bueno,
escudado —dijo la voz femenina del broquel—, hagamos estragos.
No
hizo falta que dijera más, pues ambos guerreros ya enfrentaban al primer
tonomai. Cornell bajó a un sorprendido primer enemigo, en tanto que Gabe
daba con alegría su grito de guerra y de un hachazo le arrancaba la
cabeza a un tonomai. La mirada del hombre todavía tenía impresa la
sorpresa mientras la cabeza caía rodando en el arenoso suelo.
—¡Al
ataque! —gritó un tonomai, como si hubiera hecho falta—.
El
siguiente contrincante de Cornell ya había desenvainado la cimitarra y
evitado la estocada, al tiempo que quienes tenía a ambos lados cargaban
los aceros contra el cayaboreano. Cornell golpeó la primera espada con el
escudo: el borde de la madera duéndica partió la cimitarra en dos;
mientras, contuvo el ataque del segundo tonomai con la espada mágica que
Sylasa le había dado dos meses antes, y que apenas tembló ante el
impacto.
Cornell
se sacó de encima a puntapiés las piernas de su anterior contrincante,
que no lo dejaban maniobrar. El tonomai más cercano maldijo al ver su
espada rota. Del lado opuesto, el tonomai arremetió con renovada furia, sólo
para toparse con el sonriente cayaboreano, que lo esquivó y le clavó la
espada en el pecho.
—Si
sirvió con un duende, sirve contigo también —espetó—.
Acto
seguido, Cornell brincó hacia atrás, ya que más guerreros se le venían
encima.
Y
se quedó helado en estado de conmoción al ver que el aire, de repente,
se volvía sólido alrededor de los tonomai con los que acababa de pelear.
Estaban encerrados en un bloque de diamante destellante, resplandeciente y
mortal.
—¡Las
sacerdotisas! —gritó la voz masculina desde el escudo—. ¡Es uno de
sus hechizos!
—Yo
me las tomo —anunció otra voz desde el broquel—.
Cornell
se quedó mirando al tiempo que los restantes tonomai súbitamente
detuvieron su ataque. Las cimitarras parecían congeladas en el aire
mientras los guerreros miraban alrededor frenéticamente, como si ya no
pudiesen ver a sus oponentes.
—El
que no ve no lastima —dijo altiva la segunda voz del escudo, a quien
siguió rápidamente la voz de Halla Valfrey—: ¡Escudado, Nev nos ha
vuelto invisibles! ¡El cobarde cree que así va a escapar! ¡Aprovéchalo,
rápido, escudado!
Como
no era de los que dejaban pasar una oportunidad, Cornell corrió hacia
delante y arremetió contra el tonomai más próximo. El guerrero, claro
está, no vio venir la estocada, por lo que no se defendió: la espada
atravesó su protección de cuero como si fuera manteca al hundirse el
acero en la carne que estaba debajo. Los otros gritaban alarmados, mas
Cornell volteó la mirada hacia las sacerdotisas para ver que una
levantaba las manos hacia él.
También
vio que otra de ellas estaba de pie junto al alreu, empuñando la daga de
la suma sacerdotisa, lista para continuar con el ritual.
La
defensa propia era lo primero, por lo que Cornell se hizo a un lado, justo
a tiempo para eludir el bloque de diamante que se había formado detrás
de él, atrapando tanto a los tonomai que había acabado de matar como al
desafortunado guerrero que estaba a su lado.
—¡Demonio!
¡Demonio! —gritó un tonomai, a quien Gabe bajó de un hachazo—.
—¿Estás
bien, Cornell? —gritó el bárbaro en la cargada atmósfera del
lugar—.
De
pie a su lado, el cayaboreano musitó:
—¡Estoy
bien, dale con todo!
Por
suerte, Gabe hizo lo que se le pidió, yéndose de cabeza hacia el
siguiente grupo de guerreros tonomai. Cornell ojeó el altar: tres
sacerdotisas formaban un círculo improvisado, en tanto que la cuarta se
aprestaba a sacrificar al alreu. Una luz azul las envolvía al tiempo que
descargas destellantes danzaban alrededor de las cuatro.
Cornell
se echó a correr hacia el altar, haciendo a un lado a un guerrero tonomai
con el escudo, para agazaparse apenas vio que una de las sacerdotisas
miraba para donde él se hallaba. No le sobró ni un segundo, ya que justo
en ese instante un rayo le pasó al lado de la cabeza.
—¡Maldición!
—gritó Halla desde el escudo—. ¡Las sacerdotisas sí nos ven!
Y
claro que las demás sacerdotisas vieron que Cornell se precipitaba sobre
ellas: disolvieron el círculo en instantes y levantaron las manos para
echar su hechizo. El cayaboreano se arrojó al suelo y, tras maldecir, rodó
hacia un costado al tiempo que las descargas de magia le surcaban el aire
por encima de él.
—Halla,
¿podrás con ellas?
—Sí,
—respondió con calma la voz de mujer—.
Cornell
levantó el torso lo justo para poder lanzar el escudo, que salió
despedido con suavidad, girando frenéticamente en una trayectoria medio
errática al momento de bajar a la primera sacerdotisa, para después
rebotar en el altar de piedra y atacar a otro comandante tonomai. Las
mujeres estaban atónitas, lo cual era entendible y, además, permitió a
Cornell incorporarse rápidamente y darle una estocada a otra de las
sacerdotisas, que pegó un alarido lastimero y apagado, para después
caer; entretanto, el cayaboreano estiró el brazo para calzarse nuevamente
las agarraderas del escudo.
Sólo
quedaban dos sacerdotisas.
En
eso pensaba Cornell cuando estaba a punto de avanzar. En ese preciso
momento una sacerdotisa soltó otro hechizo. Una corriente ígnea penetró
al cayaboreano por un costado, quemándole el brazo derecho. Perdió la
espada, cayó de rodillas e, instintivamente, intentó tomar el brazo dañado
con el izquierdo. Mas todavía tenía allí el escudo, lo que hizo que la
madera duéndica tocara la lastimadura.
No
sabía lo que ocurría. En un momento sentía que un ardor sofocante le
recorría el brazo; de pronto, tenía la sensación de que le volvían las
fuerzas, y que físicamente estaba tan saludable como si no hubiera
librado una batalla en absoluto.
Sorprendido
y todo, las sacerdotisas se quedaron estupefactas al ver a su oponente
levantarse como si tal cosa, recoger su acero y renovar su ataque. Ambas
cayeron rápidamente, incapaces de echar otro hechizo.
Con
ceño profundo y atención Cornell observó los cadáveres.
—Basta
para los tonomai —espetó la primera voz masculina—. Corren como
liebres.
Los
ojos de Cornell le decían que así era: por el valle huían unos quince
guerreros que habían sobrevivido a la carnicería. A unos metros del
cayaboreano se hallaba Gabe con bwyell
encima de la cabeza:
—¿Qué
hacen? —les gritó a los tonomai—. La pelea todavía no terminó, por
Cachemir. ¡Regresen!
—Gabe,
déjalos —dijo Cornell y se dirigió al altar, donde estaba el alreu con
grilletes, que lo miraba con una mezcla de espanto y curiosidad—.
Tranquilo —lo calmó Cornell—, ya nadie te va a lastimar.
—¿Ich
bin frei?
—preguntó el alreu en el idioma de su pueblo—.
—Tú...
—amagó Cornell, mas se percató de que la criatura tal vez no entendería
sus palabras—.
No
tendría que haberse preocupado, pues una voz finita se coló desde atrás:
—¡Ihr
seid gerettet, werter Freund! ¡Es gibt keine Gefahr mehr! —exclamó
Flink, su propio alreu, que fue raudo al altar, se subió encima de la
piedra y comenzó a abrir los grilletes; no sin dirigirle una mirada de
reproche, inquirió a Cornell—: Bueno, señor, ¿por qué no me dijo que
iba a haber una pelea? ¡Fue de muy mala educación, señor, de veras!
—Lo
recordaré para la próxima —dijo Cornell—.
—Realmente
espero que sí, señor. ¡Y lo mismo va para ti, Gabe! —aclaró Flink señalando
al bárbaro que se aproximaba—. ¡Me guardaré de permanecer con los
caballos cuando dices que sólo quieres echar una mirada sobre la colina!
¡Por todos los dioses, toda esta experiencia desperdiciada porque no me
avisaste!
—Lo
lamento —dijo Gabe, más para acallar al alreu que por verdadera
contrición—. Igual, ¿cómo se llama el pequeño?
Flink
giró la cabeza y miró al otro alreu:
—¿Werter
Freund, mögt Ihr mir mitteilen, wie Euer Name lautet?
—Ich
heiße... —comenzó
el hombrecillo, mas lo pensó mejor y, en tono vacilante, dijo—: Me
llamo Geschwind, soy de Kleineheimat, en la costa. Te agradezco noble krieger
por salvarme la vida.
—Me
alegro de haber sido útil —respondió Cornell sonriente—.
A
lo lejos se oyó una trompeta. El cayaboreano frunció el ceño:
—Parece
que hay más tonomai por ahí. Mejor que montemos y nos vayamos.
Geschwind
y Flink compartían el caballo enano del último en la continuación de la
cabalgata de la partida. Ambos hablaban animadamente en su idioma, aunque
ninguno controlaba mucho las riendas; empero, el caballo había decidido
seguir a los corceles de los dos guerreros, que rumbeaban hacia el mismo
lado.
—Nos
siguen —anunció Gabe, prestándole escasa atención al camino, desviándosele
la mirada cada tanto por la montañosa zona que los rodeaba—.
—Ya
los vi —asintió Cornell señalando hacia el sudeste—. Hay destellos
de metal a casi dos kilómetros de distancia. Los vi entre las colinas.
Cabalgan paralelamente a nosotros. La pregunta es ¿por qué no atacan?
Gabe
se encogió de hombros:
—Los
tonomai le tomaron miedo a bwyell; les
conviene.
—Bueno,
los rebanamos de punta a punta —concluyó Cornell, negando con la cabeza
y bajando la mirada hacia el escudo—. ¿Qué otros poderes tienes
guardados allí, Halla?
Había
hallado el broquel de madera duéndica en un templo abandonado en el límite
del Desierto Elfadil mientras combatía a un holnesh —una criatura de
varias cabezas, cada una de las cuales poseía el alma del ser inteligente
que había devorado—. Las almas hablaban, mas el monstruo dominaba su
accionar. Cornell logró liberar algunas merced al escudo; sin embargo,
ahora estaban atrapadas en la madera duéndica. Allí estaban Phindar,
mercader y sacerdote de Decalleigh, Nev, un contador cobarde, que justo
tenía que ser de Cayaboré. Y también Halla Valfrey, llamada doncella
broquelera. Supuestamente, el broquel le había pertenecido hace mucho
tiempo —tal vez había pasado décadas en el interior del holnesh, no un
año y medio como los otros dos—.
—Por
cada alma viva que hay dentro de la madera duéndica —respondió
Halla—, el escudo da un poder similar al del alma. Así, Nev pudo
hacerte invisible, y Phindar te curó el brazo que te había quemado el
hechizo. Yo puedo controlar hasta cierto punto la trayectoria del escudo.
Eso es todo con lo que podemos ayudarte, escudado.
—Parece
muy bueno —dijo Gabe riéndose—.
Eh, Cornell, si te cansas de ese broquel, lo uso yo.
—¡No! —gritó Halla, haciendo vibrar el escudo con la voz—. El escudado es el
que nos lleva.
—No
intenten disuadirla, Halla es bastante testaruda —agregó Phindar—.
Siguieron
viaje un rato más. Cada tanto divisaban más destellos de metal a su
alrededor. Para Cornell se trataba de una partida de reconocimiento, de no
más de cuatro tonomai. Mayor era la cantidad de sobrevivientes; además,
se había oído toques de trompetas a lo lejos. Tal vez huestes tonomai se
hallaban en la zona, ¿a punto de emboscarlos? ¿O a la espera en la
ciudad más cercana?
—Quizá
deberíamos evitar Obrosvek —dijo—. A la gente del lugar la deben
haber informado mediante magiesquelas,
por lo que podríamos sufrir un desagradable recibimiento.
—¡En
absoluto! —exclamó Gabe—. ¡Mira, tenemos todo el botín del templo
encima! Lo quiero cambiar por dinero para así poder cabalgar más rápido.
¿O acaso tienes miedo de los tonomai, con ese
escudo?
—No
hay que preocuparse por eso —consintió Phindar—. Los tonomai no
conocen el secreto de la magiesquela.
—Por
lo que la única preocupación es ese ejército tonomai —refunfuñó
Cornell—.
—Sin
mencionar que son granujas que no cuentan con ninguna ayuda externa. Las
autoridades de Tonomat prohibieron hace quince años las ceremonias para
llamar demonios.
—¿Cómo? —exclamaron al unísono Cornell, Gabe y Halla—.
—Oh
—musitó Phindar, que uno se imaginaba mirando asombrado—. ¿No sabían
que mediante el ritual iban a llamar a un demonio? Lo lamento, me pareció
obvio. Bueno, es que por el círculo ritual de sacerdotisas y la daga se
hacía evidente. Al fin y al cabo, los tonomai, en general, no sacrifican
seres inteligentes. Si bien es discutible si los alreu son...
—¿Qué
más sabes del ritual? ¿Lo podrían repetir? —interrumpió Halla
abruptamente—.
—Bueno,
las sacerdotisas están todas muertas. A menos que haya otras, y que
hallen otro más a quien sacrificar… No, no es probable.
—Bien
—dijo Cornell con enojoso alivio, antes de que se lo asaltara otro
idea—; Phindar, tú los llamaste granujas. ¿Tienes algún otro dato
guardado?
El
escudo experimentó un silencioso temblor un instante, tras lo cual volvió
la voz del mercader:
—Apenas
rumores, y todos viejos. Hace tiempo que ando ausente, por lo del holnesh
y, bueno, todo lo demás. Pero cuando yo andaba en caravanas por esos
lares, había un grupo de personas —revolucionarios, si usted
prefiere— bastante contrariados por la disminución permanente de
Tonomat. Mire, hace un par de siglos parecía que el imperio se iba a
tragar todo Gushémal y extender el dominio del Dios Único por todo el
mundo. ¿Y qué pasó desde entonces? No sólo perdieron la mayoría de la
Península Arrufat, sino que sus posesiones en esta orilla del Mar
de Shane han disminuido permanentemente. ¡Si hasta Leahcim cayó ante un
ataque por parte de guerreros santos bajo el mando directo del Supremo
Sacerdote hace ciento treinta años! Leahcim es una ciudad santa de su
religión, ¿sabe? No sirvió mucho para levantar la moral por estos
lares.
Así
que para estos granujas su gobierno no sabe un bledo de lo que es luchar.
Quizá tengan razón. Los gobernantes se han vuelto gordos y
complacientes; ya nada queda de aquél celo religioso de los primeros
tiempos. Lo que creen los granujas se cae de maduro, de veras. Para mí
que trataban de llamar a un demonio para que encabezara su ejército. O
algo así sería.
Cornell
frunció el entrecejo.
—Y
nosotros detuvimos ese ritual. Si estás en lo cierto, Phindar, estos
granujas tendrían que estar encima de nosotros, no mirando tranquilos
desde lejos.
Se
oyó el chasquido de los labios de Phindar:
—Perdón,
joven, leer la mente no es uno de mis fuertes. Soy sacerdote de
Decalleigh; yo curo, nada más.
—Ah,
disculpe —pidió una voz finita desde atrás, con tanta timidez que
Cornell tardó en reconocer a Flink—. Si puede curar, ¿atiende por
favor a Geschwind? Creo que se enfermó o tiene algo.
Geschwind
estaba pálido, y tenía la vista nublada y se le hacía imposible mirar
fijo algo a su alrededor. Temblaba y de los labios le salían palabras sin
sentido. Algunas se entendían, y la mayoría eran en el propio idioma del
alreu.
Habían
hallado un claro para descansar, en el que había una pequeña charca
rodeada de palmeras, a corta distancia de donde les había dicho Flink.
Cornell juntó agua para tirársela al alreu, pero de poco sirvió. Al
menos los caballos gozaron de la oportunidad de beber agua y agarrar algo
de sombra.
Gabe
se había trepado a una palmera para ver si alcanzaba a divisar a los
tonomai. Asombraba cómo un hombre que superaba los dos metros había
llegado a la punta, y casi daba miedo de sólo pensar en estar debajo de
él si se llegaba a caer.
—¿Puede
curarlo, estimado sacerdote, puede? —exclamó Flink, que estaba de pie
delante de Cornell y se dirigía al escudo como si se tratara de una
persona de carne y hueso—.
—Puedo
probar —dijo Phindar con calma, haciendo pensar en un anciano sacerdote
amable y de barba gris—. Escudado, por favor pon el escudo sobre el
alreu. Al estar en contacto puedo escudriñar qué mal atacó a nuestro
pequeño amigo.
Cornell
suavemente hizo a un lado a Flink, se hincó al lado de Geschwind e hizo
lo que le pidieron.
En
el preciso instante en que el escudo tocó al doliente alreu, éste abrió
súbitamente los ojos, y miró para todos lados frenéticamente; trató de
incorporarse empujando el escudo que tenía contra el pecho mientras
agitaba los brazos. Comenzó a salirle espuma por la boca al tiempo que
gritaba:
—¡Schreit
‘Verheerung’ und lasst frei die Hunde des Krieges!
—¡Sáquenme!
¡Sáquenme! ¡Sáquenme! —gritó el escudo, junto a otras tres voces
que daban alaridos de dolor—.
Rápidamente
Cornell arrancó el escudo, y vio con asombro que Geschwind volvió a
recostarse, cerró los ojos y que todo signo de movimiento había
desaparecido:
—¿Qué
sucedió?
Flink
corrió al lado de Geschwind, y, con cuidado, le pasó la mano sobre la cálida
frente, negando desesperado con la cabeza:
—¿Qué
te ocurre, querido amigo? ¿Por qué dices estas locuras? ¡No hay perros
de guerra!
—¡Estamos
condenados! ¡Oh, dulce Maidoyú, estamos condenados! —gritó el cobarde
de Nev desde el escudo, y a Cornell se le ponían ligeramente de punta
todos los pelos del cuerpo—.
—Vuélvenos
visibles, Nev —dijo Halla con firmeza—. Ya pasó el dolor, no hay
peligro.
—¿Cómo
que no hay peligro? ¿No lo sentiste recién? ¡Como si fuera aceite
hirviendo, así fue!
—¿Qué
sucedió? ¿?Phindar? —exclamó Cornell con exasperación—.
El
escudo se silenció un momento, y cuando habló fue con el tono calmo y
decidido de Halla Valfrey en vez del sacerdote:
—No
responde, escudado. Siento su presencia junto a nosotros en el escudo,
pero no hay respuesta. El mal del alreu debe haber sido demasiado grave
para él.
—Sí,
claro —comentó ácidamente Nev—.
Cornell
se sentía pésimo por estar de acuerdo: tenía parados los pelos de la
nuca y un escalofrío le recorría el cuerpo. Algo pasaba con el alreu,
algo más que una enfermedad común.
—¡Gabe!
¡Nos vamos! —avisó, para después colocar con cuidado a Geschwind en
su caballo—.
La
yegua gimoteó por tener que abandonar tan rápido la sombra, y Flink
comenzó a tironear impaciente los pantalones de Cornell:
—Señor,
¿no podemos probar otra cosa? Pobre Geschwind, tenemos que ayudarlo; ¡tiene
que haber algo que podamos hacer: una poción, una pomada, un té, algo!
Siempre hay algo que cura la enfermedad, eso decía siempre mi madre. Oh,
más bien era algo como “Un día no sabré cómo curar todo lo que traes
aquí”, pero no es una muy buena traducción, así que...
El
cayaboreano le puso con fuerza la mano en el hombro a Flink:
—Tendremos
que apresurarnos para llegar a Obrosvek. Quizá haya un sacerdote que sepa
lo que ocurre. ¿Está bien?
—¿Cree
que un tonomai sabe cómo curar a mi querido amigo? —exclamó contento
el alreu—. ¡A cabalgar, rápido! —dijo a los gritos mientras se
montaba a su caballo enano, volvía a tomar las riendas con su clásica
precariedad y palmeaba su corcel para que comenzara la marcha—.
—Espero
que lo curen —musitó Cornell, y miró a la figura temblorosa que iba
sobre el caballo delante de él—. De lo contrario…


|