Gushémal: Indice

Página principal

Archivos para bajar

Boletín

Enlaces

Envíanos mensajes


Los relatos

El mundo

El juego


(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

(3) "Doncella broquelera"

(4) "El eterno guerrero"

(5) "Promesa solemne"

"Algien común"

 

El eterno guerrero

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3


—¿Qué haces? —susurró Cornell de Cayaboré a su compañero bárbaro, Gabe—.

Ambos estaban agazapados en la cima de una colina observando sus laderas, ocultos tras espinosos arbustos de la vista de quienes se hallaban en el valle inferior.

Eran los tonomai, hombres de piel verde oliva ataviados en ropajes amplios que se acampanaban al viento. Entre ellos había algunas mujeres, sacerdotisas del Dios Único, reconocibles por su toga roja con bordados dorados y la tiara plateada. Los hombres eran guerreros que usaban cimitarras y protecciones de cuero ligeras encima de camisas color arena y medias faldas azules.

En total, Cornell contó veintiséis guerreros que formaban un círculo irregular alrededor de las cuatro sacerdotisas. Dos hombres más se hallaban de pie cerca de ellas y las observaban con atención. Deberían ser los comandantes, supuso Cornell, al juzgar por el ornato de sus hombreras. A su lado se ubicaba un altar de piedra circular de alrededor de un metro de alto y un metro y 20 centímetros de diámetro, en el que había algo con la extraña apariencia de grilletes.

—Se me hace —musitó Gabe para señalar la carpa que estaba fuera del círculo— que habrá un sacrificio ritual.

En este momento salió de la carpa una quinta sacerdotisa, que arrastraba una criatura diminuta y esmirriada. El hombrecillo tenía cerca de un metro de altura, cabello ocre cuyas puntas iban hacia todos lados y brillantes ojos bien abiertos de asombro y temor. Estaba maniatado con tiras de cuero, precaución al parecer innecesaria: en los tobillos le sangraban heridas, cortes que le dificultaban tanto caminar que la sacerdotisa lo llevaba prácticamente en vilo.

—Un alreu —asintió ceñudo Cornell—.

Rápidamente miró hacia sus espaldas, hacia la otra falda de la colina, donde Flink se hallaba cuidando los caballos. El hombrecillo de su propia partida no parecía muy feliz, según al parecer le contaba a la yegua de Cornell. Estaría menos feliz aún si supiera lo que sucedía en el valle; o peor: saldría corriendo hacia el grupo de tonomai para salvar a su congénere.

La quinta sacerdotisa subió al alreu al altar. Las otras cuatro se reunieron alrededor de la piedra tomándose de la mano para formar un círculo. La que estaba en el medio con calma le colocó los grilletes al hombrecillo.

—Veintiocho guerreros, cinco sacerdotisas —dijo Cornell—. ¿Qué piensas?

Gabe sacó de la espalda su gran hacha de factura enaniense.

Bwyell y yo nos encargaremos de los guerreros; tú, de las sacerdotisas.

El cayaboreano puso mala cara, mas antes de poder decir una palabra una voz de mujer salió del broquel que llevaba en el brazo izquierdo:

—Seré de ayuda, escudero. Mi borde es más filoso que una espada, por lo que puedo atravesar a los tonomai si me lanzas.

—Vale la pena hacer el intento —gruñó Cornell, que le dio el visto bueno a Gabe con la cabeza—. Vamos.

 

 

La sacerdotisa que se hallaba en el altar blandía una daga de unos 30 centímetros de largo, cuya empuñadura de marfil tenía tallados exquisitamente diminutos detalles que representaban escenas de adoración religiosa. Todos los ojos de los tonomai estaban puestos en ella al tiempo que levantaba la daga al grito de “Señor, oídme, oh Verdadero Dios Único! Recibe esta ofrenda y...”

Sus palabras se vieron interrumpidas abruptamente cuando un disco de madera duéndica apareció dando vueltas por el aire para atravesarle la garganta. Le saltaban los ojos en una expresión que se aferraba a la vida apenas un instante, antes de que la cabeza cayera despegada del cuerpo, que la siguió un momento después nomás. El escudo de madera duéndica rebotó en el altar a apenas unos centímetros del alreu objeto del sacrificio y sus alaridos; a toda velocidad iba y no podía detenerse cuando atravesó a uno de los comandantes por el pecho antes de que pudiera comprender lo que ocurría.

—¡Peguemos la vuelta, Halla! —se escuchó decir a una voz masculina desde el escudo al tiempo que ensartaba otro guerrero mientras regresaba hacia Cornell—.

El cayaboreano y Gabe corrían ladera abajo con las armas prestas para el combate. El broquel enfiló hacia Cornell, quien fácilmente lo atrapó al vuelo introduciendo el brazo izquierdo en las agarraderas al instante.

—Bueno, escudado —dijo la voz femenina del broquel—, hagamos estragos.

No hizo falta que dijera más, pues ambos guerreros ya enfrentaban al primer tonomai. Cornell bajó a un sorprendido primer enemigo, en tanto que Gabe daba con alegría su grito de guerra y de un hachazo le arrancaba la cabeza a un tonomai. La mirada del hombre todavía tenía impresa la sorpresa mientras la cabeza caía rodando en el arenoso suelo.

—¡Al ataque! —gritó un tonomai, como si hubiera hecho falta—.

El siguiente contrincante de Cornell ya había desenvainado la cimitarra y evitado la estocada, al tiempo que quienes tenía a ambos lados cargaban los aceros contra el cayaboreano. Cornell golpeó la primera espada con el escudo: el borde de la madera duéndica partió la cimitarra en dos; mientras, contuvo el ataque del segundo tonomai con la espada mágica que Sylasa le había dado dos meses antes, y que apenas tembló ante el impacto.

Cornell se sacó de encima a puntapiés las piernas de su anterior contrincante, que no lo dejaban maniobrar. El tonomai más cercano maldijo al ver su espada rota. Del lado opuesto, el tonomai arremetió con renovada furia, sólo para toparse con el sonriente cayaboreano, que lo esquivó y le clavó la espada en el pecho.

—Si sirvió con un duende, sirve contigo también —espetó—.

Acto seguido, Cornell brincó hacia atrás, ya que más guerreros se le venían encima.

Y se quedó helado en estado de conmoción al ver que el aire, de repente, se volvía sólido alrededor de los tonomai con los que acababa de pelear. Estaban encerrados en un bloque de diamante destellante, resplandeciente y mortal.

—¡Las sacerdotisas! —gritó la voz masculina desde el escudo—. ¡Es uno de sus hechizos!

—Yo me las tomo —anunció otra voz desde el broquel—.

Cornell se quedó mirando al tiempo que los restantes tonomai súbitamente detuvieron su ataque. Las cimitarras parecían congeladas en el aire mientras los guerreros miraban alrededor frenéticamente, como si ya no pudiesen ver a sus oponentes.

—El que no ve no lastima —dijo altiva la segunda voz del escudo, a quien siguió rápidamente la voz de Halla Valfrey—: ¡Escudado, Nev nos ha vuelto invisibles! ¡El cobarde cree que así va a escapar! ¡Aprovéchalo, rápido, escudado!

Como no era de los que dejaban pasar una oportunidad, Cornell corrió hacia delante y arremetió contra el tonomai más próximo. El guerrero, claro está, no vio venir la estocada, por lo que no se defendió: la espada atravesó su protección de cuero como si fuera manteca al hundirse el acero en la carne que estaba debajo. Los otros gritaban alarmados, mas Cornell volteó la mirada hacia las sacerdotisas para ver que una levantaba las manos hacia él.

También vio que otra de ellas estaba de pie junto al alreu, empuñando la daga de la suma sacerdotisa, lista para continuar con el ritual.

La defensa propia era lo primero, por lo que Cornell se hizo a un lado, justo a tiempo para eludir el bloque de diamante que se había formado detrás de él, atrapando tanto a los tonomai que había acabado de matar como al desafortunado guerrero que estaba a su lado.

—¡Demonio! ¡Demonio! —gritó un tonomai, a quien Gabe bajó de un hachazo—.

—¿Estás bien, Cornell? —gritó el bárbaro en la cargada atmósfera del lugar—.

De pie a su lado, el cayaboreano musitó:

—¡Estoy bien, dale con todo!

Por suerte, Gabe hizo lo que se le pidió, yéndose de cabeza hacia el siguiente grupo de guerreros tonomai. Cornell ojeó el altar: tres sacerdotisas formaban un círculo improvisado, en tanto que la cuarta se aprestaba a sacrificar al alreu. Una luz azul las envolvía al tiempo que descargas destellantes danzaban alrededor de las cuatro.

Cornell se echó a correr hacia el altar, haciendo a un lado a un guerrero tonomai con el escudo, para agazaparse apenas vio que una de las sacerdotisas miraba para donde él se hallaba. No le sobró ni un segundo, ya que justo en ese instante un rayo le pasó al lado de la cabeza.

—¡Maldición! —gritó Halla desde el escudo—. ¡Las sacerdotisas sí nos ven!

Y claro que las demás sacerdotisas vieron que Cornell se precipitaba sobre ellas: disolvieron el círculo en instantes y levantaron las manos para echar su hechizo. El cayaboreano se arrojó al suelo y, tras maldecir, rodó hacia un costado al tiempo que las descargas de magia le surcaban el aire por encima de él.

—Halla, ¿podrás con ellas?

—Sí, —respondió con calma la voz de mujer—.

Cornell levantó el torso lo justo para poder lanzar el escudo, que salió despedido con suavidad, girando frenéticamente en una trayectoria medio errática al momento de bajar a la primera sacerdotisa, para después rebotar en el altar de piedra y atacar a otro comandante tonomai. Las mujeres estaban atónitas, lo cual era entendible y, además, permitió a Cornell incorporarse rápidamente y darle una estocada a otra de las sacerdotisas, que pegó un alarido lastimero y apagado, para después caer; entretanto, el cayaboreano estiró el brazo para calzarse nuevamente las agarraderas del escudo.

Sólo quedaban dos sacerdotisas.

En eso pensaba Cornell cuando estaba a punto de avanzar. En ese preciso momento una sacerdotisa soltó otro hechizo. Una corriente ígnea penetró al cayaboreano por un costado, quemándole el brazo derecho. Perdió la espada, cayó de rodillas e, instintivamente, intentó tomar el brazo dañado con el izquierdo. Mas todavía tenía allí el escudo, lo que hizo que la madera duéndica tocara la lastimadura.

No sabía lo que ocurría. En un momento sentía que un ardor sofocante le recorría el brazo; de pronto, tenía la sensación de que le volvían las fuerzas, y que físicamente estaba tan saludable como si no hubiera librado una batalla en absoluto.

Sorprendido y todo, las sacerdotisas se quedaron estupefactas al ver a su oponente levantarse como si tal cosa, recoger su acero y renovar su ataque. Ambas cayeron rápidamente, incapaces de echar otro hechizo.

Con ceño profundo y atención Cornell observó los cadáveres.

—Basta para los tonomai —espetó la primera voz masculina—. Corren como liebres.

Los ojos de Cornell le decían que así era: por el valle huían unos quince guerreros que habían sobrevivido a la carnicería. A unos metros del cayaboreano se hallaba Gabe con bwyell encima de la cabeza:

—¿Qué hacen? —les gritó a los tonomai—. La pelea todavía no terminó, por Cachemir. ¡Regresen!

—Gabe, déjalos —dijo Cornell y se dirigió al altar, donde estaba el alreu con grilletes, que lo miraba con una mezcla de espanto y curiosidad—. Tranquilo —lo calmó Cornell—, ya nadie te va a lastimar.

—¿Ich bin frei? —preguntó el alreu en el idioma de su pueblo—.

—Tú... —amagó Cornell, mas se percató de que la criatura tal vez no entendería sus palabras—.

No tendría que haberse preocupado, pues una voz finita se coló desde atrás:

—¡Ihr seid gerettet, werter Freund! ¡Es gibt keine Gefahr mehr! —exclamó Flink, su propio alreu, que fue raudo al altar, se subió encima de la piedra y comenzó a abrir los grilletes; no sin dirigirle una mirada de reproche, inquirió a Cornell—: Bueno, señor, ¿por qué no me dijo que iba a haber una pelea? ¡Fue de muy mala educación, señor, de veras!

—Lo recordaré para la próxima —dijo Cornell—.

—Realmente espero que sí, señor. ¡Y lo mismo va para ti, Gabe! —aclaró Flink señalando al bárbaro que se aproximaba—. ¡Me guardaré de permanecer con los caballos cuando dices que sólo quieres echar una mirada sobre la colina! ¡Por todos los dioses, toda esta experiencia desperdiciada porque no me avisaste!

—Lo lamento —dijo Gabe, más para acallar al alreu que por verdadera contrición—. Igual, ¿cómo se llama el pequeño?

Flink giró la cabeza y miró al otro alreu:

—¿Werter Freund, mögt Ihr mir mitteilen, wie Euer Name lautet?

—Ich heiße... —comenzó el hombrecillo, mas lo pensó mejor y, en tono vacilante, dijo—: Me llamo Geschwind, soy de Kleineheimat, en la costa. Te agradezco noble krieger por salvarme la vida.

—Me alegro de haber sido útil —respondió Cornell sonriente—.

A lo lejos se oyó una trompeta. El cayaboreano frunció el ceño:

—Parece que hay más tonomai por ahí. Mejor que montemos y nos vayamos.

 

 

Geschwind y Flink compartían el caballo enano del último en la continuación de la cabalgata de la partida. Ambos hablaban animadamente en su idioma, aunque ninguno controlaba mucho las riendas; empero, el caballo había decidido seguir a los corceles de los dos guerreros, que rumbeaban hacia el mismo lado.

—Nos siguen —anunció Gabe, prestándole escasa atención al camino, desviándosele la mirada cada tanto por la montañosa zona que los rodeaba—.

—Ya los vi —asintió Cornell señalando hacia el sudeste—. Hay destellos de metal a casi dos kilómetros de distancia. Los vi entre las colinas. Cabalgan paralelamente a nosotros. La pregunta es ¿por qué no atacan?

Gabe se encogió de hombros:

—Los tonomai le tomaron miedo a bwyell; les conviene.

—Bueno, los rebanamos de punta a punta —concluyó Cornell, negando con la cabeza y bajando la mirada hacia el escudo—. ¿Qué otros poderes tienes guardados allí, Halla?

Había hallado el broquel de madera duéndica en un templo abandonado en el límite del Desierto Elfadil mientras combatía a un holnesh —una criatura de varias cabezas, cada una de las cuales poseía el alma del ser inteligente que había devorado—. Las almas hablaban, mas el monstruo dominaba su accionar. Cornell logró liberar algunas merced al escudo; sin embargo, ahora estaban atrapadas en la madera duéndica. Allí estaban Phindar, mercader y sacerdote de Decalleigh, Nev, un contador cobarde, que justo tenía que ser de Cayaboré. Y también Halla Valfrey, llamada doncella broquelera. Supuestamente, el broquel le había pertenecido hace mucho tiempo —tal vez había pasado décadas en el interior del holnesh, no un año y medio como los otros dos—.

—Por cada alma viva que hay dentro de la madera duéndica —respondió Halla—, el escudo da un poder similar al del alma. Así, Nev pudo hacerte invisible, y Phindar te curó el brazo que te había quemado el hechizo. Yo puedo controlar hasta cierto punto la trayectoria del escudo. Eso es todo con lo que podemos ayudarte, escudado.

—Parece muy bueno —dijo Gabe riéndose—. Eh, Cornell, si te cansas de ese broquel, lo uso yo.

—¡No! —gritó Halla, haciendo vibrar el escudo con la voz—. El escudado es el que nos lleva.

—No intenten disuadirla, Halla es bastante testaruda —agregó Phindar—.

Siguieron viaje un rato más. Cada tanto divisaban más destellos de metal a su alrededor. Para Cornell se trataba de una partida de reconocimiento, de no más de cuatro tonomai. Mayor era la cantidad de sobrevivientes; además, se había oído toques de trompetas a lo lejos. Tal vez huestes tonomai se hallaban en la zona, ¿a punto de emboscarlos? ¿O a la espera en la ciudad más cercana?

—Quizá deberíamos evitar Obrosvek —dijo—. A la gente del lugar la deben haber informado mediante magiesquelas, por lo que podríamos sufrir un desagradable recibimiento.

—¡En absoluto! —exclamó Gabe—. ¡Mira, tenemos todo el botín del templo encima! Lo quiero cambiar por dinero para así poder cabalgar más rápido. ¿O acaso tienes miedo de los tonomai, con ese escudo?

—No hay que preocuparse por eso —consintió Phindar—. Los tonomai no conocen el secreto de la magiesquela.

—Por lo que la única preocupación es ese ejército tonomai —refunfuñó Cornell—.

—Sin mencionar que son granujas que no cuentan con ninguna ayuda externa. Las autoridades de Tonomat prohibieron hace quince años las ceremonias para llamar demonios.

—¿Cómo? —exclamaron al unísono Cornell, Gabe y Halla—.

—Oh —musitó Phindar, que uno se imaginaba mirando asombrado—. ¿No sabían que mediante el ritual iban a llamar a un demonio? Lo lamento, me pareció obvio. Bueno, es que por el círculo ritual de sacerdotisas y la daga se hacía evidente. Al fin y al cabo, los tonomai, en general, no sacrifican seres inteligentes. Si bien es discutible si los alreu son...

—¿Qué más sabes del ritual? ¿Lo podrían repetir? —interrumpió Halla abruptamente—.

—Bueno, las sacerdotisas están todas muertas. A menos que haya otras, y que hallen otro más a quien sacrificar… No, no es probable.

—Bien —dijo Cornell con enojoso alivio, antes de que se lo asaltara otro idea—; Phindar, tú los llamaste granujas. ¿Tienes algún otro dato guardado?

El escudo experimentó un silencioso temblor un instante, tras lo cual volvió la voz del mercader:

—Apenas rumores, y todos viejos. Hace tiempo que ando ausente, por lo del holnesh y, bueno, todo lo demás. Pero cuando yo andaba en caravanas por esos lares, había un grupo de personas —revolucionarios, si usted prefiere— bastante contrariados por la disminución permanente de Tonomat. Mire, hace un par de siglos parecía que el imperio se iba a tragar todo Gushémal y extender el dominio del Dios Único por todo el mundo. ¿Y qué pasó desde entonces? No sólo perdieron la mayoría de la  Península Arrufat, sino que sus posesiones en esta orilla del Mar de Shane han disminuido permanentemente. ¡Si hasta Leahcim cayó ante un ataque por parte de guerreros santos bajo el mando directo del Supremo Sacerdote hace ciento treinta años! Leahcim es una ciudad santa de su religión, ¿sabe? No sirvió mucho para levantar la moral por estos lares.

Así que para estos granujas su gobierno no sabe un bledo de lo que es luchar. Quizá tengan razón. Los gobernantes se han vuelto gordos y complacientes; ya nada queda de aquél celo religioso de los primeros tiempos. Lo que creen los granujas se cae de maduro, de veras. Para mí que trataban de llamar a un demonio para que encabezara su ejército. O algo así sería.

Cornell frunció el entrecejo.

—Y nosotros detuvimos ese ritual. Si estás en lo cierto, Phindar, estos granujas tendrían que estar encima de nosotros, no mirando tranquilos desde lejos.

Se oyó el chasquido de los labios de Phindar:

—Perdón, joven, leer la mente no es uno de mis fuertes. Soy sacerdote de Decalleigh; yo curo, nada más.

—Ah, disculpe —pidió una voz finita desde atrás, con tanta timidez que Cornell tardó en reconocer a Flink—. Si puede curar, ¿atiende por favor a Geschwind? Creo que se enfermó o tiene algo.

 

 

Geschwind estaba pálido, y tenía la vista nublada y se le hacía imposible mirar fijo algo a su alrededor. Temblaba y de los labios le salían palabras sin sentido. Algunas se entendían, y la mayoría eran en el propio idioma del alreu.

Habían hallado un claro para descansar, en el que había una pequeña charca rodeada de palmeras, a corta distancia de donde les había dicho Flink. Cornell juntó agua para tirársela al alreu, pero de poco sirvió. Al menos los caballos gozaron de la oportunidad de beber agua y agarrar algo de sombra.

Gabe se había trepado a una palmera para ver si alcanzaba a divisar a los tonomai. Asombraba cómo un hombre que superaba los dos metros había llegado a la punta, y casi daba miedo de sólo pensar en estar debajo de él si se llegaba a caer.

—¿Puede curarlo, estimado sacerdote, puede? —exclamó Flink, que estaba de pie delante de Cornell y se dirigía al escudo como si se tratara de una persona de carne y hueso—.

—Puedo probar —dijo Phindar con calma, haciendo pensar en un anciano sacerdote amable y de barba gris—. Escudado, por favor pon el escudo sobre el alreu. Al estar en contacto puedo escudriñar qué mal atacó a nuestro pequeño amigo.

Cornell suavemente hizo a un lado a Flink, se hincó al lado de Geschwind e hizo lo que le pidieron.

En el preciso instante en que el escudo tocó al doliente alreu, éste abrió súbitamente los ojos, y miró para todos lados frenéticamente; trató de incorporarse empujando el escudo que tenía contra el pecho mientras agitaba los brazos. Comenzó a salirle espuma por la boca al tiempo que gritaba:

—¡Schreit ‘Verheerung’ und lasst frei die Hunde des Krieges!

—¡Sáquenme! ¡Sáquenme! ¡Sáquenme! —gritó el escudo, junto a otras tres voces que daban alaridos de dolor—.

Rápidamente Cornell arrancó el escudo, y vio con asombro que Geschwind volvió a recostarse, cerró los ojos y que todo signo de movimiento había desaparecido:

—¿Qué sucedió?

Flink corrió al lado de Geschwind, y, con cuidado, le pasó la mano sobre la cálida frente, negando desesperado con la cabeza:

—¿Qué te ocurre, querido amigo? ¿Por qué dices estas locuras? ¡No hay perros de guerra!

—¡Estamos condenados! ¡Oh, dulce Maidoyú, estamos condenados! —gritó el cobarde de Nev desde el escudo, y a Cornell se le ponían ligeramente de punta todos los pelos del cuerpo—.

—Vuélvenos visibles, Nev —dijo Halla con firmeza—. Ya pasó el dolor, no hay peligro.

—¿Cómo que no hay peligro? ¿No lo sentiste recién? ¡Como si fuera aceite hirviendo, así fue!

—¿Qué sucedió? ¿?Phindar? —exclamó Cornell con exasperación—.

El escudo se silenció un momento, y cuando habló fue con el tono calmo y decidido de Halla Valfrey en vez del sacerdote:

—No responde, escudado. Siento su presencia junto a nosotros en el escudo, pero no hay respuesta. El mal del alreu debe haber sido demasiado grave para él.

—Sí, claro —comentó ácidamente Nev—.

Cornell se sentía pésimo por estar de acuerdo: tenía parados los pelos de la nuca y un escalofrío le recorría el cuerpo. Algo pasaba con el alreu, algo más que una enfermedad común.

—¡Gabe! ¡Nos vamos! —avisó, para después colocar con cuidado a Geschwind en su caballo—.

La yegua gimoteó por tener que abandonar tan rápido la sombra, y Flink comenzó a tironear impaciente los pantalones de Cornell:

—Señor, ¿no podemos probar otra cosa? Pobre Geschwind, tenemos que ayudarlo; ¡tiene que haber algo que podamos hacer: una poción, una pomada, un té, algo! Siempre hay algo que cura la enfermedad, eso decía siempre mi madre. Oh, más bien era algo como “Un día no sabré cómo curar todo lo que traes aquí”, pero no es una muy buena traducción, así que...

El cayaboreano le puso con fuerza la mano en el hombro a Flink:

—Tendremos que apresurarnos para llegar a Obrosvek. Quizá haya un sacerdote que sepa lo que ocurre. ¿Está bien?

—¿Cree que un tonomai sabe cómo curar a mi querido amigo? —exclamó contento el alreu—. ¡A cabalgar, rápido! —dijo a los gritos mientras se montaba a su caballo enano, volvía a tomar las riendas con su clásica precariedad y palmeaba su corcel para que comenzara la marcha—.

—Espero que lo curen —musitó Cornell, y miró a la figura temblorosa que iba sobre el caballo delante de él—. De lo contrario…

  

SECCIÓN 2