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(1) "El llamado del dragón, Parte I" (2) "El llamado del dragón, Parte II" (3) "Doncella broquelera" "Algien común" |
Alguien comúnpor Marc H. Wyman (traductor: Guillermo Luis Pereyra)El
presente relato se escribió en 1996, a lo largo de una clase de la
universidad tremendamente pesada. El texto original quedó casi intacto;
las únicas modificaciones se realizaron a fin de ajustarlo al mundo de
Gushémal. La
oscuridad caía en el parque. La noche iluminada de luna se extendía
haciendo sombras en la hierba, fantasmales contornos de arbustos y árboles.
Las movía una ligera brisa, que le agregaba su murmullo sibilante al
sonido del silencio. En
ese momento, una de las sombras se incorporó.
Seymon
Kesryll era empleado de una pequeña empresa naviera en la que se
encargaba de los aspectos financieros de las múltiples operaciones
comerciales de la compañía. En realidad, alguien común. Tras haber
prestado cinco años de servicio, su empleador todavía no había percatádose
de él. Tampoco sus colegas lo habían tenido presente. A lo sumo, tenía
una única seña particular: se hacía notar tan poco que se desvanecía
por completo en el fondo. En la oficina todos sabían que de algún modo
el trabajo se hacía. Cada mes se dejaba aparte cierto dinero, el que
pronto desaparecía, aunque nadie estaba seguro para qué era esa suma. Seymon
lo disfrutaba. Al fin de cuentas, andaba en lo suyo sin preocuparse del
patrón. Si llegaba a equivocarse, el jefe no tendría las más pálida
idea de quién fue el culpable. Gastaba las suelas en los pasillos de la
oficinas gritando epítetos, ninguno de los cuales, sin embargo, estaba
dirigido a Seymon. Su jefe ni siquiera recordaba que era él quien se
ocupaba de estos asuntos. Por
otra parte, Seymon no necesitaba aliento o halagos; el resolver un intríngulis
financiero más era suficiente estímulo para él. Hacer malabares con lo
números para que dieran bien, la belleza de su prolijidad, en ello
consistía la felicidad. El salario le alcanzaba sencillamente para la
comida y el sustento del cuerpo, mientras que la mente se elevaba al cielo
de los números. Así las cosas, era, tal vez, la persona más realizada
del mundo. En
este momento, Seymon paseaba por el Parque Sackenshire, disfrutando la
tranquila noche. Había sido un buen día; a la mañana había estallado
una pequeña crisis al desplomarse los precios de madera duéndica, lo que
implicaba una pérdida neta en el embarque que esperaban de Chazevo.
Seymon se pasó unas horas estudiando la situación, para después
arreglar el atraso del mencionado embarque vía magiesquela: ahora llegaría
dos semanas después de la fecha primitiva, y por instinto dedujo que los
precios se elevarían en esa época. Invertir estratégicamente el dinero
de la copañía en los lugares correctos haría que los números siguieran
ese camino inexorable. Bastante
satisfecho estaba con su trabajo, y no se percató de la sombra que se
cernía en medio de los arbustos que tenía por delante.
Teladon
Nomahr era ladrón. Tarea sencilla si las había, que, incluso, a veces,
daba satisfacciones. Era sencillo golpear en la cabeza a algún tipo
indefenso; y vaciarle los bolsillos, eso sí que daba satisfacciones: la
satisfacción de llenar el bolsillo propio. A
Teladon no le importaba robar a los pobres. Sí, claro, el habría
preferido pegarla con un rico: noble o mercader con los bolsillos llenos
de monedones de oro que le permitieran a Teladon retirarse a una vida de
lujo y ocio. Pero, por desgracia, los ricos jamás arriesgaban la fortuna
(y, de paso, la vida) en el Parque Sackenshire, el coto de caza preferido
de Teladon. Si llegaban a aparecer por allí, era inevitable que fueran
con hombres bien armados, cuya tarea consistía en alejar a gentuza como
él, tarea que cumplían a la perfección, hay que agregar. Así
que unos cobres por día era todo lo que esperaba Teladon; agréguese a
ello el gozo de aplasar el cráneo de otro y ya se obtiene su idea de la
vida perfecta. Esta
noche no había dejado muchas satisfacciones hasta ahora. Dos monedas
compartían la gran soledad de su bolsillo, restos que le quedaban del
marinero de la última noche que había celebrado su franco en tierra con
sus mejores compañeros: cerveza y bebidas espirituosas. Ninguno de ellos
andaba cerca al momento en que su fiesta individual concluyó,
literalmente, de golpe; una gran decepción se apoderó de Teladon al
encontrar dinero que apenas alcanzaba para una comida decente. (Jamás
soñó con robarles alimentos a los vendedores del lugar. Lamentablemente,
todos tenían cierta pasión por las ballestas y muy buena puntería.
Teladon tenía para sí que, con seguridad, su disfrute de la vida se vería
reducido si, de pronto, se encontrara con que la faltaban órganos
internos, por lo que prefería, con creces, oblar con su dinero, tan
arduamente obtenido, y conservar el cuerpo intacto.) Se
oyeron pisadas en la noche; automáticamente, Teladon se metió en las
sombras, pues por instinto “calculó”
el sonido: era de alguien con poder y confianza, mas carecía del
peso de una persona fuerte. Alguien
que prometía, concluyó.
La
vida de Seymon padecía una gran carencia de sucesos; se podría decir,
incluso, que era aburrida. Libre, según su propia descripción. A los niños
del barrio los dominaban esas inclementes criaturas
llamadas madres, que no permitían a nadie vagar libremente por las
calles. En cambio, siempre había listo un regaño para quien se
aventurara a atravesar los limitados confines que ellas estimaban seguros. La
madre de Seymon rara vez se percataba del regreso del hijo, ni siquiera
entrada la noche, al dejar sus ropas y zapatos embarrados una estela de
suciedad en el piso hacia su habitación. A la mañana, ella sencillamente
limpiaba la tierra para continuar después con sus quehaceres domésticos.
No era que no le importaba; los hermanos de Seymon recibían la misma
atención que los demás chicos que él conocía; era él solamente el que
era diferente. Carecía
completa y absolutamente de importancia. Cada fibra de su cuerpo emitía
una sensación de que no valía la pena tratar con él. O quizá no
“valer la pena”. Era, tal vez, más bien como si lo redeara un agujero
en la realidad: se le aparecía traslúcido a quien lo mirara, cual se
ignora una mosca. (Una mosca muy silenciosa, hay que admitir.) Sólo al
buscar atención, la mosca (o Seymon), se hacía “visible”. Por
esa razón, él siempre había tenido la libertad de hacer lo que quisiera
donde quisiera. De niño frecuentaba con regularidad las obras que se
presentaban en el teatro local sin jamás pagar la entrada. Ya que nadie
le preguntaba al respecto, lo consideraba un servicio especial que se le
prestaba a él solamente. Por supuesto, al crecer y leer más, maduró y
decidió que era su obligación comprar la entrada y contribuir a que
dieran los números. Los
libros le enseñaron mucho. Más que la escuela, a la que, sin embargo,
rara vez concurría. Parecía, sencillamente, una pérdida de tiempo, pues
los libros atesoraban mucho más conocimiento, al que presentaban con fría
tranquilidad. A menudo iba a las librerías del lugar y se llevaba un
ejemplar de cada libro nuevo. En casa los leía con sumo cuidado, para que
siguieran conservando ese aspecto de nuevos. Al terminarlos, los volvía a
colocar en la misma ubicación que tenían en la librería, a fin de que
se los vendiera como correspondía. Puesto que los había tomado
prestados, no le parecía que hiciera falta pagar nada. Era
una buena vida la que llevaba, si bien carente de amigos y familia. ¿Cómo
iba a haber amigos si nadie jamás lo recordaba? De
todas formas, a Seymon nunca le habían interesado los seres humanos;
prefería andar con lo que se consideraba insignificante: los números,
por ejemplo. Constituían amigos mucho mejores y más confiables que los
humanos. Los números eran todos iguales, ninguno era más importante que
los demás. Y,
por supuesto, los números jamás se olvidaban. Sí,
Seymon habría dicho que era buena su vida .
Las
pisadas se hacían más fuertes. Teladon
levantó ligeramente su garrote al tiempo que atravesaba con los ojos el
muro de hojas que tenía delante de sí: la sombra del caminante nocturno
se paseaba por la hierba. Era claro que no se trataba de una persona de
gran tamaño. Era hombre, coligió; y no peligroso. Realmente
prometía. En
una abrir y cerrar de ojos, se pusieron en movimiento sus poderosos músculos
al tiempo que salía de un salto de los arbustos. —¡Alto!
—exclamó al hombre que... …
que era… ¿delgado? ¿O…
acaso era… Quién? De
pronto, Teladon se sintió muy tonto: ahí estaba él en el parque, con su
mejor pose de “hacer reventar del susto al idiota que me salga al
paso”, ¡y sin nadie a quien asustar! Por
suerte, reflexionó Teladon, ello también significaba que no había nadie
que presenciara su vergüenza. Algo ofendido, volvió a su escondite.
Seymon
apenas hubo detenídose un momento al aparecer Teladon. El hombre de gran
tamaño debe haber dirigido el grito a otra persona, por lo que continuó
con el paseo tras su perplejidad inicial. Sí,
era una buena vida. F
I N
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