
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
—Desagradecido
de m... —dijo Barandas a voz en cuello, riéndose a la vez—.
—¡Cállate!
—vociferó Sylasa—. ¡Han dejado de golpear la puerta!
Cornell
parpadeó y se preguntó qué diablos sucedía. Allí estaba Barandas con
un guantelete rarísimo, con una loca risita tonta. A su lado se hallaba
Ylvain acababa de sacarse de la espalda un paquete envuelto en cuero y
comenzaba a desenvolverlo a toda prisa. Un poco más lejos, casetas de
exhibición hechas trizas y objetos tirados en absoluto desorden. Vio una
puerta, y allí estaban Sylasa y una mujer que no conocía, ambas armadas
y con la vista fija en esa puerta, que estaba trabada con una vitrina.
¡No
nos apresuremos! Sí que conocía a la mujer. ¿No era esa erudita
avispada que había conocido ayer en la academia?
A
propósito, ¿no se estaba muriendo mientras iba camino al depósito?
Se
oyó un silbido y un ruido fuerte detrás de la puerta.
—¡Cúbranse!
—exclamó Sylasa, y se arrojó al piso—.
Instintivamente,
todos siguieron la indicación. Justo a tiempo.
Una
llamarada brillante atravesó la puerta y la vitrina, surcó la habitación
como un rayo y dejó una mancha negra en el otro extremo. De lo que había
sido la entrada se desprendían cenizas y una nube de humo, para después
verse atravesada por una figura oscura.
—Vaya,
vaya, vaya —dijo Leur C’traeh, con su tembleque en las orejas—. No
me digan que no es una reunión encantadora. ¿Prefieren permanecer en el
piso o morir de pie? —en ese momento, justo detrás de él había otro
guardia con un bastón de dragón cuyas fauces destellaban furibundas, y
que estaba a punto de seguir al duende cuando C’traeh rápidamente
levantó la mano—. ¡No dispares! ¡A ver si le das al tesoro!
Cornell
fue el primero en incorporarse.
—¡C’traeh!
—gritó, recordando todo el dolor que el duende le había infligido con
sus condenadas agujas envenenadas—.
—¡Ah,
te has recuperado! —exclamó sonriente el duende—. ¡Estaba seguro de
que habías muerto! Con todo lo... —dijo, e interrumpió sus palabras al
notar que Barandas tenía colocado el guantelete, para después levantar
una ceja—. Oh, al fin y al cabo creo que tenía razón. Retrocedan, por
favor, queridos amigos —dijo, dirigiéndose al corredor donde esperaban
otros guardias, de los cuales ninguno había seguido al duende, ni se habría
atrevido a desobedecerle; acto seguido, C’traeh negó con la cabeza y
desenvainó una espada de madera encantada—. Bueno, mi querido Nych, ¿quieres
escoger un arma de la colección?
En
ese instante Sylasa dio un salto, lista para utilizar su lanza, mas
Cornell le gritó:
—¡No!
¡Es mío!
Ella
lo miró enojada, y, por algún motivo, aceptó lo dicho y retrocedió.
Aurylen se alejó sigilosamente de la escena y se acercó a donde estaba
Ylvain, que seguía ocupado con el paquete. Una madera encendida le había
dado a la sacerdotisa en la espalda, lo que le provocó una quemadura.
—Gracias
—dijo C’traeh—. Un encuentro de campeones, algo tan… caballeresco.
Una de esas ideas fascinantes que los humanos han inventado. En lo
personal, creo que a mi pueblo le haría bien aprender de ti sobre el
particular, ¿tú no, Nych?
El
cayaboreano gruñó:
—Igualmente,
no me importa. Y me llamo Cornell. Cornell de Cayaboré.
—¿Sí?
Ello lo hace aún más interesante. Me había creído tu cuento del bárbaro.
—dijo, e hizo una gran reverencia—. Eres un hombre impresionante,
estimado Cornell. Será un gran honor superarte. Ahora bien, ¿tomas un
arma, por favor?
Cornell
recorrió con la vista los objetos esparcidos por la habitación; eran
demasiados. A la mayoría de ellos no los identificaría aun si tuviera
meses de tiempo para estudiarlos. ¿Cuáles serían armas, armas que le
fueran útiles?
Con
una sonrisa forzada, Sylasa se agachó y recogió un acero que arrojó a
Cornell.
—Toma
esto, Cornell de Cayaboré. Y
espero que el cayaboreano me guste tanto como el bárbaro.
Él
sonrió de inmediato al tiempo que atrapaba la espada en el aire. Era una
imitación de espada, igual a la que estaba acostumbrado, mas esta estaba
mejor forjada; el peso le iba perfecto, como el que correspondía a todo
acero. Le calzaba bien la empuñadura, barra semicircular enjoyada que le
protegía los dedos. Y parecía que hubieran hecho el acero justo para él.
—¿Comenzamos?
—preguntó Cornell al duende—.
C’traeh
asintió cordial.
—Por
supuesto.
Ambos
hombres se acercaron hasta quedar a un metro y medio de distancia.
C’traeh empuñaba la espada con comodidad; se notaba a las claras que le
era conocida. Y Cornell ya conocía la madera encantada, por lo que no la
subestimaba. Era tan filosa que cortaba el acero. Estaba sin armadura,
conque tenía que confiar en su propia espada si quería evitar las
estocadas… y, de pronto, se percató de lo poco que serviría, a menos
que la hubieran hechizado para hacerla más resistente.
Formaron
un círculo mirándose de cerca para ver quién hacía el primer
movimiento. Cornell sabía que tenía que ser veloz, y esquivar al duende
todo lo posible. “¡No te
arriesgues con la espada!” La combinación de velocidad y destreza
era la única estrategia que le quedaba.
Acto
seguido, comenzaron a lidiar. De repente, C’traeh se lanzó hacia
delante y blandió su espada con una curva cerrada; Cornell se agachó y
respondió con su acero el ataque furibundo de C’traeh. El duende giró
y volvió a su posición primitiva, mas Cornell no había terminado: desde
abajo saltó hacia adelante, y la emprendió con todo contra C’traeh.
Chocaron
con tal fuerza que perdieron el equilibrio y fueron a parar en un cajón.
Ambos rodaron al mismo tiempo hacia el costado, dieron sendas estocadas
que colisionaron justo en medio de ellos.
El
acero de Cornell no se quebró.
En
ese instante, se le escapó un grito de alegría, y, de inmediato, se
recuperó para atacar de nuevo al duende, que apenas blandió la espada en
un movimiento defensivo muy pobre. Los aceros volvieron a chocar, mas
Cornell tajeó al duende en el brazo con la punta de la espada.
—Muy
bien —comentó C’traeh, para después intentar una estocada hacia
adelante—.
Cornell
retrocedió de un salto y bajó la espada para conjurar el ataque. Esta
vez fue muy lento, y la madera encantada le rasguñó el vientre.
—¡Mátalo!
—gritó Barandas—.
Cornell
estaba tan concentrado que no alcanzó a comprenderlo del todo.
Convirtió
su conato de defensa en una estocada, que se vio bloqueada por el duende,
que contraatacó para verse a su vez conjurado por el cayaboreano. Rápidamente
comenzó a desarrollarse una danza mortal de briosos bailarines de acero,
que chocaban metálicos todo el tiempo y que, cada tanto, bebían la
sangre del oponente.
Ninguno
dominaba al otro, hecho respecto del que poco a poco el duende fue cayendo
en la cuenta. Su aire de superioridad se iba desmoronando, y en su lugar
apareció un deseo obstinado de destruir al contrincante.
Y
ello, pensó Cornell, sería su perdición.
Los
movimientos del duende se hicieron más apresurados y menos elegantes; pasó
más al ataque en vez de dejar que Cornell se agotara. Después de unos
instantes, era Cornell quien obstruía la mayoría de las estocadas.
Alguna que otra vez amagaba con atacar, amagues que al final deglutía con
fruición C’traeh con toda sus fuerzas.
Al
principio, Cornell no aprovechó los espacios momentáneos. En honor a la
verdad, no estaba seguro de si no se trataba de una treta del duende. Mas
al aumentar la velocidad de C’traeh tuvo la certeza de que no era así.
Blandió
la espada abiertamente hacia adelante. C’traeh levantó la suya para
contrarrestar el ataque, dando él mismo un giro, para verse sorprendido
cuando Cornell le estampó la bota en el pecho y lo tiró hacia atrás. El
duende tambaleó y, automáticamente, dio una estocada hacia donde estaba
el cayaboreano, quien se agachó para esquivarla, y arremetió con su
acero contra la carne del duende. Sangre azulada comenzó a manar de la
herida infligida, y, de los labios de C’traeh, salió un quejido
balbuceante impregnado de líquido al bajar la vista y contemplar la
espada con una extraña tranquilidad:
—Ah,
esto es… la muerte —susurró—. Siempre me había preguntado qué se
sentiría. Espero… volver… a… verte.
C’traeh
escupió sangre. La hoja de madera encantada se le cayó de las manos, y
pronto la siguió en su camino al suelo.
—No
cuentes con ello, azulado —murmuró Cornell—. Por ahora no tengo
pensado morirme. De nuevo.
Súbitamente,
Sylasa apareció a su lado y lo tomó de los hombros.
—Los
guardias que están afuera tienen otros planes para ti. ¡Por aquí!
—dijo, y lo tiró hacia atrás—.
Se
volvió y de repente se dio cuenta que Sylasa y él eran los únicos de la
partida que seguían en el cuarto. En el rincón donde habían estado
Barandas e Ylvain se hallaba un espejo que resplandecía tenuemente, y
cuyos bordes despedían chispas color verde que bañaban toda la
superficie.
Los
guardias de Tangrain ya caían en la cuenta de que el duende había
perdido el combate y comenzaron a bramar. El primero en entrar recibió un
lanzazo de Sylasa en la cabeza y lo dejó inconsciente.
—¡Corre!
—le ordenó, y volvió a empujarlo—.
Como
no era de los que discutían las órdenes inteligentes, Cornell corrió
hacia el espejo. Para sus adentros se decía que resultaba absurdo pensar
que esto una salida. ¿No sería peor saltar al espejo y apenas romperlo?
Los guardias pronto le quitarían el miedo al ridículo.
Se
arrojó hacia el espejo.
Se
vio envuelto en la luz verde del marco; acto seguido, sintió un tirón
hacia adelante, y sin rasguño, apareció tendido por completo en un piso
de una increíble extensión. Y en ese momento…
—Agradeced
al Gran Señor del Conocimiento que la Academia cuente también con una
impresionante colección de utensilios mágicos —dijo Ylvain con una
sonrisa burlona al tiempo que ayudaba a Cornell a incorporarse—.
Detrás,
Sylasa caía rodando en el piso de un pequeño laboratorio. No bien ingresó
por completo a la habitación, Aurylen pronunció una orden y la luz verde
dejó de parpadear en el espejo que era una copia idéntica del de la
mansión de Tangrain.
—Si
bien —prosiguió Ylvain con el ceño fruncido— supongo que ahora
Ceravin también tiene parte de éste. Y creo que se daría cuenta de que
yo también estuve allí si le llegara a solicitar que me devuelva el
espejo.
Todos
estaban aquí, notó Cornell al mirar en derredor. Barandas se hallaba de
pie a unos metros, al lado de uno de varios estantes que, de punta a
punta, estaban llenos de copas, frascos y tarros de vidrio. Sonreía el
hechicero mientras con cuidado y suavidad acariciaba el guantelete
plateado que tenía puesto.
Y
aquí parecía ser un sitio
seguro, bien lejos de la mansión y los furiosos guardias de Tangrain. Lo
que le dejaba a Cornell un solo interrogante, si bien bastante importante:
—¿Alguien
sería tan amable de decirme que
sucedió?
—¡Oh,
claro que sí! —dijo Barandas sonriendo con maldad y ganándose miradas
de reproche por su apresuramiento, cuya desaprobación aumentó cuando
procedió a relatarle todo lo ocurrido tras la pelea en el corredor,
regodeándose sobre todo en el momento de la muerte de Cornell—.
La
mirada del cayaboreano era para ponerla en un cuadro: pasó de la
incredulidad a una repentina consternación al percatarse de que el
hechicero hablaba en serio.
Poco
tiempo le dio Barandas para reflexionar sobre el hecho de que había
estado muerto, mas se apresuró a contarle sobre la bola de fuego, su
primera bola de fuego; cómo se le había ocurrido obtener el guantelete,
cómo él solo llevó a Cornell a la sala de los tesoros para después
resucitarlo. Ah, sí, claro, los otros ayudaron un poco. Un poco nomás.
Sylasa
lo miró de mala manera.
—No
juegues con tu suerte, hechicero.
—Barandas
el Magnífico no necesita... —respondió, para después detenerse ante
el enojo de la ibrolleniana—. Está bien, ayudaron mucho. Pero igual fui
yo quien te hizo volver, Cornell; estás en deuda conmigo —dijo
sonriente—. Y en serio.
El
cayaboreano sentía que la mente le daba vueltas. Necesitaba sentarse. Ahí
nomás había una mesa, de la que justo a tiempo Aurylen sacó unos
objetos.
—Creo
—dijo con parsimonia— que estoy en deuda con todos ustedes.
—Pamplinas
—le respondió risueño Ylvain mientras se pellizcaba la barba—. En lo
que a mí respecta, valió la pena embaucar a Tangrain. El querido Ceravin
venía zafando bastante últimamente.
Circunspecta
y de pie a su lado, Aurylen asentía en silencio. (La circunspección,
reflexionó Cornell, no le quedaba bien ni un ápice a la sacerdotisa, por
lo que sospechó que no era más que una pose.)
Así,
quedaba una persona más en el laboratorio. Cornell sintió que le brotaba
sangre del rostro al girar hacia la ibrolleniana.
—Sylasa,
eh… lamento haber tenido que mentirte. No podría haber usado mi
verdadero nombre en lo de Tangrain, y tenía que seguir actuando, así
que… —en ese momento se le quebró la voz, para después levantarse de
la mesa e ir hacia la mujer—. Lo lamento —dijo, y arrodillado y mirándola
a la cara, dueña de una increíble hermosura, le imploró—: Perdóname.
—¿Crees
que es así de sencillo, Cornell de Cayaboré?
Su
voz tenía la frialdad de siempre, cual hielo que chirría contra el acero
y que lo carcome; sin embargo, había algo que lo hizo sonreír.
—Sí,
por supuesto.
Ella
asintió lentamente.
—Sí,
es probable que lo creas.
Poco
a poco, los labios de la mujer fuéronse arqueando hasta dejar asomar una
sonrisa.
Antes
de que pudiera aparecer por completo, Ylvain tosió amablemente.
—Ahora
yo lamento interrumpir, pero me
temo que no hemos terminado para nada. Tangrain es vengativo. Ya debe
haber enviado a sus hombros a buscarte por la ciudad, y hay cantidad de
informantes bien pagos. —informó, y se encogió de hombros—. Supongo
que podrías quedarte unas semanas en la Academia, mas dudo que te
interese. Cornell, ¿acaso no tienes
que regresar a tu hogar?
La
premura de las palabras del erudito impactaron al cayaboreano. Miró a
Ylvain, después de nuevo a Sylasa, y notó que ella todavía portaba el
bastón del dragón.
—Tiene
razón, ilustre sabio —dijo con una sonrisa ahogada, para levantarse
cual resorte y tomar el bastón—. Me lo das, mi..., eh, Sylasa?
La
mujer negó con la cabeza.
—Se
rompió. ¿De qué te serviría?
—En
mi tierra hay amigos que igualmente pueden aprender de él. ¿Quizá
—preguntó deslizando la mano del bastón hacia el hombro de ella—
quieras acompañarme?
De
los ojos de la mujer salieron chispas al sentir que la tocaba.
—Quizá
—dijo sacándose de encima la mano de él— necesites aprender algo más
sobre la paciencia. Te vendría bien —aconsejó Sylasa dando un paso al
costado, sacándose el bastón para dárselo a Cornell—. Nos volveremos
a ver, Cornell de Cayaboré. Te doy mi palabra; hasta entonces… Voy a
seguirte de cerca.
Su
mirada permaneció ígnea un momento, para derramar su fuego a los labios
que por fin se iluminaron con una sonrisa de oreja a oreja. Sin decir
palabra, giró sobre sus talones y abandonó el salón.
El
silencio siguió su salida. Cornell se calzó el bastón en el brazo,
recogió su espada y se volvió hacia Ylvain.
—Gracias,
ilustre sabio. Por todo.
Ylvain
lo saludó con la cabeza.
—Eres
bienvenido, joven. Pero lamento darte esto de sopetón —dijo estirándose
hacia la mesa para recoger un papel—. Ayer llegó esta magiesquela.
Alguien pagó una fortuna para enviar este mensaje a más de cien templos
de Darawk ubicados a lo largo y lo ancho del continente, con la esperanza
de que te llegara.
—¿Para
mí? —inquirió Cornell frunciendo el entrecejo—.
No
podía ser un mensaje de sus superiores. Ante todo, sabían dónde estaba;
por otra parte, jamás lo habrían enviado. No en una misión. Tomó el
papel con curiosidad y lo miró. Apenas había unas pocas palabras. Es
obvio, reflexionó. Al enviar magiesquelas había que pagar por palabra y
por cada estación receptora. Al fin de cuentas, el remitente prefirió
llegar a todos los templos posibles.
El
mensaje decía lo siguiente:
A
Cornell de Cayaboré,
Nos
vemos en el oasis Siddig, al sur del Desierto Elfadil. Urgente.
Gabe
de ryelneyd
—Urgente
—balbuceó Cornell y leyó el mensaje una vez más a fin de hallar algún
indicio de por qué Gabe, el amigo que le había enseñado sobre la tribu
ryelneyd, le había escrito; mas, en tan escueto mensaje habría sido difícil
ocultar algo—. Bueno —dijo negando con la cabeza—, eso quiere decir
que viajaré por el Elfadil. Barandas, ¿vienes?
—¿Quién,
yo? —inquirió el hechicero poniéndose verde—. ¿Voy a atravesar el
desierto? ¿Con mi frágil constitución? ¡Hombre, los dragones del
desierto me devorarían en un par de minutos! No, voy a aceptar el
ofrecimiento para quedarme aquí un tiempito que me hizo el bueno del
sabio. ¿Si no es molestia, ilustre sabio? —preguntó Barandas inclinándose
con modestia—.
Ylvain
se encogió de hombros.
—En
absoluto, joven. Puedes seguir en la habitación en la que has vivido
hasta ahora. A propósito, podrías devolver el ídolo alreu.
—Espléndido
—contestó risueño Barandas, que hizo caso omiso al último comentario
y, en cambio, le hizo una reverencia aún mayor a Aurylen—. ¿Y a usted, reverenda sacerdotisa? ¿Le importa si me quedo?
Al
otro lado de la mesa Aurylen levantó una ceja; al parecer, no se la veía
impresionada ante la conducta del hechicero. Negó con la cabeza, se
despidió de Ylvain y Cornell inclinándola y también se fue. Todavía
vestía la túnica negra que le acentuaba la figura; de inmediato, el
cayaboreano se dio cuenta de que el desierto no había sido el motivo del
rechazo de Barandas hacia su oferta.
—No
cambias más, mal nacido —murmuró—.
Barandas
se encogió de hombros y sonrió.
—¡Te
conviene medir tus palabras! Recuerda que estás en deuda conmigo —dijo,
y lo despidió con la mano—. Sigue adelante, haz tu viaje por el
desierto, y que te diviertas al sol.
—Así
será —asintió Cornell, que negó de nuevo con la cabeza, para después
solicitarle a Ylvain que lo acompañara hasta la salida—.
Ambos
se fueron. Uno, feliz de haber tenido una noche plagada de éxitos y
aventuras; el otro, ya a la espera de lo que le depararía el desierto.
Detrás
de ellos, Barandas se acercó lentamente a la puerta y la cerró.
—El
aguafiestas del honrado cayaboreano —dijo sonriendo—. Seguro que me
harías entregar todo esto a Ylvain, ¿eh? —y, con su sonrisa, se quitó
el guantelete y lo colocó respetuoso en la mesa para después hurgar en
los bolsillos de su toga y sacar uno a uno cinco objetos de los tamaños
y, ciertamente, las formas más variadas—. Tendrá que perdonarme,
estimada sacerdotisa —susurró contemplando el botín del que se había
hecho en lo de Tangrain, justo antes de lanzarse por la puerta espejo—.
No tendré tanto tiempo para usted como el que hubiera querido. Primero
tendré que averiguar para qué sirven estas cositas…

FIN

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