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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

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"Algien común"

El llamado del dragón, Parte II

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3 / Sección 4 / Sección 5


 —Desagradecido de m... —dijo Barandas a voz en cuello, riéndose a la vez—.

—¡Cállate! —vociferó Sylasa—. ¡Han dejado de golpear la puerta!

Cornell parpadeó y se preguntó qué diablos sucedía. Allí estaba Barandas con un guantelete rarísimo, con una loca risita tonta. A su lado se hallaba Ylvain acababa de sacarse de la espalda un paquete envuelto en cuero y comenzaba a desenvolverlo a toda prisa. Un poco más lejos, casetas de exhibición hechas trizas y objetos tirados en absoluto desorden. Vio una puerta, y allí estaban Sylasa y una mujer que no conocía, ambas armadas y con la vista fija en esa puerta, que estaba trabada con una vitrina.

¡No nos apresuremos! Sí que conocía a la mujer. ¿No era esa erudita avispada que había conocido ayer en la academia?

A propósito, ¿no se estaba muriendo mientras iba camino al depósito?

Se oyó un silbido y un ruido fuerte detrás de la puerta.

—¡Cúbranse! —exclamó Sylasa, y se arrojó al piso—.

Instintivamente, todos siguieron la indicación. Justo a tiempo.

Una llamarada brillante atravesó la puerta y la vitrina, surcó la habitación como un rayo y dejó una mancha negra en el otro extremo. De lo que había sido la entrada se desprendían cenizas y una nube de humo, para después verse atravesada por una figura oscura.

—Vaya, vaya, vaya —dijo Leur C’traeh, con su tembleque en las orejas—. No me digan que no es una reunión encantadora. ¿Prefieren permanecer en el piso o morir de pie? —en ese momento, justo detrás de él había otro guardia con un bastón de dragón cuyas fauces destellaban furibundas, y que estaba a punto de seguir al duende cuando C’traeh rápidamente levantó la mano—. ¡No dispares! ¡A ver si le das al tesoro!

Cornell fue el primero en incorporarse.

—¡C’traeh! —gritó, recordando todo el dolor que el duende le había infligido con sus condenadas agujas envenenadas—.

—¡Ah, te has recuperado! —exclamó sonriente el duende—. ¡Estaba seguro de que habías muerto! Con todo lo... —dijo, e interrumpió sus palabras al notar que Barandas tenía colocado el guantelete, para después levantar una ceja—. Oh, al fin y al cabo creo que tenía razón. Retrocedan, por favor, queridos amigos —dijo, dirigiéndose al corredor donde esperaban otros guardias, de los cuales ninguno había seguido al duende, ni se habría atrevido a desobedecerle; acto seguido, C’traeh negó con la cabeza y desenvainó una espada de madera encantada—. Bueno, mi querido Nych, ¿quieres escoger un arma de la colección?

En ese instante Sylasa dio un salto, lista para utilizar su lanza, mas Cornell le gritó:

—¡No! ¡Es mío!

Ella lo miró enojada, y, por algún motivo, aceptó lo dicho y retrocedió. Aurylen se alejó sigilosamente de la escena y se acercó a donde estaba Ylvain, que seguía ocupado con el paquete. Una madera encendida le había dado a la sacerdotisa en la espalda, lo que le provocó una quemadura.

—Gracias —dijo C’traeh—. Un encuentro de campeones, algo tan… caballeresco. Una de esas ideas fascinantes que los humanos han inventado. En lo personal, creo que a mi pueblo le haría bien aprender de ti sobre el particular, ¿tú no, Nych?

El cayaboreano gruñó:

—Igualmente, no me importa. Y me llamo Cornell. Cornell de Cayaboré.

—¿Sí? Ello lo hace aún más interesante. Me había creído tu cuento del bárbaro. —dijo, e hizo una gran reverencia—. Eres un hombre impresionante, estimado Cornell. Será un gran honor superarte. Ahora bien, ¿tomas un arma, por favor?

Cornell recorrió con la vista los objetos esparcidos por la habitación; eran demasiados. A la mayoría de ellos no los identificaría aun si tuviera meses de tiempo para estudiarlos. ¿Cuáles serían armas, armas que le fueran útiles?

Con una sonrisa forzada, Sylasa se agachó y recogió un acero que arrojó a Cornell.

—Toma esto, Cornell de Cayaboré. Y espero que el cayaboreano me guste tanto como el bárbaro.

Él sonrió de inmediato al tiempo que atrapaba la espada en el aire. Era una imitación de espada, igual a la que estaba acostumbrado, mas esta estaba mejor forjada; el peso le iba perfecto, como el que correspondía a todo acero. Le calzaba bien la empuñadura, barra semicircular enjoyada que le protegía los dedos. Y parecía que hubieran hecho el acero justo para él.

—¿Comenzamos? —preguntó Cornell al duende—.

C’traeh asintió cordial.

—Por supuesto.

Ambos hombres se acercaron hasta quedar a un metro y medio de distancia. C’traeh empuñaba la espada con comodidad; se notaba a las claras que le era conocida. Y Cornell ya conocía la madera encantada, por lo que no la subestimaba. Era tan filosa que cortaba el acero. Estaba sin armadura, conque tenía que confiar en su propia espada si quería evitar las estocadas… y, de pronto, se percató de lo poco que serviría, a menos que la hubieran hechizado para hacerla más resistente.

Formaron un círculo mirándose de cerca para ver quién hacía el primer movimiento. Cornell sabía que tenía que ser veloz, y esquivar al duende todo lo posible. “¡No te arriesgues con la espada!” La combinación de velocidad y destreza era la única estrategia que le quedaba.

Acto seguido, comenzaron a lidiar. De repente, C’traeh se lanzó hacia delante y blandió su espada con una curva cerrada; Cornell se agachó y respondió con su acero el ataque furibundo de C’traeh. El duende giró y volvió a su posición primitiva, mas Cornell no había terminado: desde abajo saltó hacia adelante, y la emprendió con todo contra C’traeh.

Chocaron con tal fuerza que perdieron el equilibrio y fueron a parar en un cajón. Ambos rodaron al mismo tiempo hacia el costado, dieron sendas estocadas que colisionaron justo en medio de ellos.

El acero de Cornell no se quebró.

En ese instante, se le escapó un grito de alegría, y, de inmediato, se recuperó para atacar de nuevo al duende, que apenas blandió la espada en un movimiento defensivo muy pobre. Los aceros volvieron a chocar, mas Cornell tajeó al duende en el brazo con la punta de la espada.

—Muy bien —comentó C’traeh, para después intentar una estocada hacia adelante—.

Cornell retrocedió de un salto y bajó la espada para conjurar el ataque. Esta vez fue muy lento, y la madera encantada le rasguñó el vientre.

—¡Mátalo! —gritó Barandas—.

Cornell estaba tan concentrado que no alcanzó a comprenderlo del todo.

Convirtió su conato de defensa en una estocada, que se vio bloqueada por el duende, que contraatacó para verse a su vez conjurado por el cayaboreano. Rápidamente comenzó a desarrollarse una danza mortal de briosos bailarines de acero, que chocaban metálicos todo el tiempo y que, cada tanto, bebían la sangre del oponente.

Ninguno dominaba al otro, hecho respecto del que poco a poco el duende fue cayendo en la cuenta. Su aire de superioridad se iba desmoronando, y en su lugar apareció un deseo obstinado de destruir al contrincante.

Y ello, pensó Cornell, sería su perdición.

Los movimientos del duende se hicieron más apresurados y menos elegantes; pasó más al ataque en vez de dejar que Cornell se agotara. Después de unos instantes, era Cornell quien obstruía la mayoría de las estocadas. Alguna que otra vez amagaba con atacar, amagues que al final deglutía con fruición C’traeh con toda sus fuerzas.

Al principio, Cornell no aprovechó los espacios momentáneos. En honor a la verdad, no estaba seguro de si no se trataba de una treta del duende. Mas al aumentar la velocidad de C’traeh tuvo la certeza de que no era así.

Blandió la espada abiertamente hacia adelante. C’traeh levantó la suya para contrarrestar el ataque, dando él mismo un giro, para verse sorprendido cuando Cornell le estampó la bota en el pecho y lo tiró hacia atrás. El duende tambaleó y, automáticamente, dio una estocada hacia donde estaba el cayaboreano, quien se agachó para esquivarla, y arremetió con su acero contra la carne del duende. Sangre azulada comenzó a manar de la herida infligida, y, de los labios de C’traeh, salió un quejido balbuceante impregnado de líquido al bajar la vista y contemplar la espada con una extraña tranquilidad:

—Ah, esto es… la muerte —susurró—. Siempre me había preguntado qué se sentiría. Espero… volver… a… verte.

C’traeh escupió sangre. La hoja de madera encantada se le cayó de las manos, y pronto la siguió en su camino al suelo.

—No cuentes con ello, azulado —murmuró Cornell—. Por ahora no tengo pensado morirme. De nuevo.

Súbitamente, Sylasa apareció a su lado y lo tomó de los hombros.

—Los guardias que están afuera tienen otros planes para ti. ¡Por aquí! —dijo, y lo tiró hacia atrás—.

Se volvió y de repente se dio cuenta que Sylasa y él eran los únicos de la partida que seguían en el cuarto. En el rincón donde habían estado Barandas e Ylvain se hallaba un espejo que resplandecía tenuemente, y cuyos bordes despedían chispas color verde que bañaban toda la superficie.

Los guardias de Tangrain ya caían en la cuenta de que el duende había perdido el combate y comenzaron a bramar. El primero en entrar recibió un lanzazo de Sylasa en la cabeza y lo dejó inconsciente.

—¡Corre! —le ordenó, y volvió a empujarlo—.

Como no era de los que discutían las órdenes inteligentes, Cornell corrió hacia el espejo. Para sus adentros se decía que resultaba absurdo pensar que esto una salida. ¿No sería peor saltar al espejo y apenas romperlo? Los guardias pronto le quitarían el miedo al ridículo.

Se arrojó hacia el espejo.

Se vio envuelto en la luz verde del marco; acto seguido, sintió un tirón hacia adelante, y sin rasguño, apareció tendido por completo en un piso de una increíble extensión. Y en ese momento…

 

 

—Agradeced al Gran Señor del Conocimiento que la Academia cuente también con una impresionante colección de utensilios mágicos —dijo Ylvain con una sonrisa burlona al tiempo que ayudaba a Cornell a incorporarse—.

Detrás, Sylasa caía rodando en el piso de un pequeño laboratorio. No bien ingresó por completo a la habitación, Aurylen pronunció una orden y la luz verde dejó de parpadear en el espejo que era una copia idéntica del de la mansión de Tangrain.

—Si bien —prosiguió Ylvain con el ceño fruncido— supongo que ahora Ceravin también tiene parte de éste. Y creo que se daría cuenta de que yo también estuve allí si le llegara a solicitar que me devuelva el espejo.

Todos estaban aquí, notó Cornell al mirar en derredor. Barandas se hallaba de pie a unos metros, al lado de uno de varios estantes que, de punta a punta, estaban llenos de copas, frascos y tarros de vidrio. Sonreía el hechicero mientras con cuidado y suavidad acariciaba el guantelete plateado que tenía puesto.

Y aquí parecía ser un sitio seguro, bien lejos de la mansión y los furiosos guardias de Tangrain. Lo que le dejaba a Cornell un solo interrogante, si bien bastante importante:

—¿Alguien sería tan amable de decirme que sucedió?

—¡Oh, claro que sí! —dijo Barandas sonriendo con maldad y ganándose miradas de reproche por su apresuramiento, cuya desaprobación aumentó cuando procedió a relatarle todo lo ocurrido tras la pelea en el corredor, regodeándose sobre todo en el momento de la muerte de Cornell—.

La mirada del cayaboreano era para ponerla en un cuadro: pasó de la incredulidad a una repentina consternación al percatarse de que el hechicero hablaba en serio.

Poco tiempo le dio Barandas para reflexionar sobre el hecho de que había estado muerto, mas se apresuró a contarle sobre la bola de fuego, su primera bola de fuego; cómo se le había ocurrido obtener el guantelete, cómo él solo llevó a Cornell a la sala de los tesoros para después resucitarlo. Ah, sí, claro, los otros ayudaron un poco. Un poco nomás.

Sylasa lo miró de mala manera.

—No juegues con tu suerte, hechicero.

—Barandas el Magnífico no necesita... —respondió, para después detenerse ante el enojo de la ibrolleniana—. Está bien, ayudaron mucho. Pero igual fui yo quien te hizo volver, Cornell; estás en deuda conmigo —dijo sonriente—. Y en serio.

El cayaboreano sentía que la mente le daba vueltas. Necesitaba sentarse. Ahí nomás había una mesa, de la que justo a tiempo Aurylen sacó unos objetos.

—Creo —dijo con parsimonia— que estoy en deuda con todos ustedes.

—Pamplinas —le respondió risueño Ylvain mientras se pellizcaba la barba—. En lo que a mí respecta, valió la pena embaucar a Tangrain. El querido Ceravin venía zafando bastante últimamente.

Circunspecta y de pie a su lado, Aurylen asentía en silencio. (La circunspección, reflexionó Cornell, no le quedaba bien ni un ápice a la sacerdotisa, por lo que sospechó que no era más que una pose.)

Así, quedaba una persona más en el laboratorio. Cornell sintió que le brotaba sangre del rostro al girar hacia la ibrolleniana.

—Sylasa, eh… lamento haber tenido que mentirte. No podría haber usado mi verdadero nombre en lo de Tangrain, y tenía que seguir actuando, así que… —en ese momento se le quebró la voz, para después levantarse de la mesa e ir hacia la mujer—. Lo lamento —dijo, y arrodillado y mirándola a la cara, dueña de una increíble hermosura, le imploró—: Perdóname.

—¿Crees que es así de sencillo, Cornell de Cayaboré?

Su voz tenía la frialdad de siempre, cual hielo que chirría contra el acero y que lo carcome; sin embargo, había algo que lo hizo sonreír.

—Sí, por supuesto.

Ella asintió lentamente.

—Sí, es probable que lo creas.

Poco a poco, los labios de la mujer fuéronse arqueando hasta dejar asomar una sonrisa.

Antes de que pudiera aparecer por completo, Ylvain tosió amablemente.

—Ahora yo lamento interrumpir, pero me temo que no hemos terminado para nada. Tangrain es vengativo. Ya debe haber enviado a sus hombros a buscarte por la ciudad, y hay cantidad de informantes bien pagos. —informó, y se encogió de hombros—. Supongo que podrías quedarte unas semanas en la Academia, mas dudo que te interese. Cornell, ¿acaso no tienes que regresar a tu hogar?

La premura de las palabras del erudito impactaron al cayaboreano. Miró a Ylvain, después de nuevo a Sylasa, y notó que ella todavía portaba el bastón del dragón.

—Tiene razón, ilustre sabio —dijo con una sonrisa ahogada, para levantarse cual resorte y tomar el bastón—. Me lo das, mi..., eh, Sylasa?

La mujer negó con la cabeza.

—Se rompió. ¿De qué te serviría?

—En mi tierra hay amigos que igualmente pueden aprender de él. ¿Quizá —preguntó deslizando la mano del bastón hacia el hombro de ella— quieras acompañarme?

De los ojos de la mujer salieron chispas al sentir que la tocaba.

—Quizá —dijo sacándose de encima la mano de él— necesites aprender algo más sobre la paciencia. Te vendría bien —aconsejó Sylasa dando un paso al costado, sacándose el bastón para dárselo a Cornell—. Nos volveremos a ver, Cornell de Cayaboré. Te doy mi palabra; hasta entonces… Voy a seguirte de cerca.

Su mirada permaneció ígnea un momento, para derramar su fuego a los labios que por fin se iluminaron con una sonrisa de oreja a oreja. Sin decir palabra, giró sobre sus talones y abandonó el salón.

El silencio siguió su salida. Cornell se calzó el bastón en el brazo, recogió su espada y se volvió hacia Ylvain.

—Gracias, ilustre sabio. Por todo.

Ylvain lo saludó con la cabeza.

—Eres bienvenido, joven. Pero lamento darte esto de sopetón —dijo estirándose hacia la mesa para recoger un papel—. Ayer llegó esta magiesquela. Alguien pagó una fortuna para enviar este mensaje a más de cien templos de Darawk ubicados a lo largo y lo ancho del continente, con la esperanza de que te llegara.

—¿Para mí? —inquirió Cornell frunciendo el entrecejo—.

No podía ser un mensaje de sus superiores. Ante todo, sabían dónde estaba; por otra parte, jamás lo habrían enviado. No en una misión. Tomó el papel con curiosidad y lo miró. Apenas había unas pocas palabras. Es obvio, reflexionó. Al enviar magiesquelas había que pagar por palabra y por cada estación receptora. Al fin de cuentas, el remitente prefirió llegar a todos los templos posibles.

El mensaje decía lo siguiente:

A Cornell de Cayaboré,

Nos vemos en el oasis Siddig, al sur del Desierto Elfadil. Urgente.

Gabe de ryelneyd

—Urgente —balbuceó Cornell y leyó el mensaje una vez más a fin de hallar algún indicio de por qué Gabe, el amigo que le había enseñado sobre la tribu ryelneyd, le había escrito; mas, en tan escueto mensaje habría sido difícil ocultar algo—. Bueno —dijo negando con la cabeza—, eso quiere decir que viajaré por el Elfadil. Barandas, ¿vienes?

—¿Quién, yo? —inquirió el hechicero poniéndose verde—. ¿Voy a atravesar el desierto? ¿Con mi frágil constitución? ¡Hombre, los dragones del desierto me devorarían en un par de minutos! No, voy a aceptar el ofrecimiento para quedarme aquí un tiempito que me hizo el bueno del sabio. ¿Si no es molestia, ilustre sabio? —preguntó Barandas inclinándose con modestia—.

Ylvain se encogió de hombros.

—En absoluto, joven. Puedes seguir en la habitación en la que has vivido hasta ahora. A propósito, podrías devolver el ídolo alreu.

—Espléndido —contestó risueño Barandas, que hizo caso omiso al último comentario y, en cambio, le hizo una reverencia aún mayor a Aurylen—. ¿Y a usted, reverenda sacerdotisa? ¿Le importa si me quedo?

Al otro lado de la mesa Aurylen levantó una ceja; al parecer, no se la veía impresionada ante la conducta del hechicero. Negó con la cabeza, se despidió de Ylvain y Cornell inclinándola y también se fue. Todavía vestía la túnica negra que le acentuaba la figura; de inmediato, el cayaboreano se dio cuenta de que el desierto no había sido el motivo del rechazo de Barandas hacia su oferta.

—No cambias más, mal nacido —murmuró—.

Barandas se encogió de hombros y sonrió.

—¡Te conviene medir tus palabras! Recuerda que estás en deuda conmigo —dijo, y lo despidió con la mano—. Sigue adelante, haz tu viaje por el desierto, y que te diviertas al sol.

—Así será —asintió Cornell, que negó de nuevo con la cabeza, para después solicitarle a Ylvain que lo acompañara hasta la salida—.

Ambos se fueron. Uno, feliz de haber tenido una noche plagada de éxitos y aventuras; el otro, ya a la espera de lo que le depararía el desierto.

Detrás de ellos, Barandas se acercó lentamente a la puerta y la cerró.

—El aguafiestas del honrado cayaboreano —dijo sonriendo—. Seguro que me harías entregar todo esto a Ylvain, ¿eh? —y, con su sonrisa, se quitó el guantelete y lo colocó respetuoso en la mesa para después hurgar en los bolsillos de su toga y sacar uno a uno cinco objetos de los tamaños y, ciertamente, las formas más variadas—. Tendrá que perdonarme, estimada sacerdotisa —susurró contemplando el botín del que se había hecho en lo de Tangrain, justo antes de lanzarse por la puerta espejo—. No tendré tanto tiempo para usted como el que hubiera querido. Primero tendré que averiguar para qué sirven estas cositas…

 

 

 

FIN