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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

(3) "Doncella broquelera"

(4) "El eterno guerrero"

(5) "Promesa solemne"

"Algien común"

El llamado del dragón, Parte II

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3 / Sección 4 / Sección 5


 El mayor problema con el que al rato se enfrentaba Barandas era el peso de Cornell. Sylasa y él lo lo arrastraban entre ambos, y el hechicero comenzó a darse cuenta de que no podía seguir así mucho tiempo. Ya sentía tirones, y eso que apenas llegaban al primer piso. ¿Pero cuánto pesaba Cornell? ¿Una tonelada?

En lo que hacía a los guardias, bueno… Las pilas de rescoldos rara vez le molestaban al hechicero. Los que aparecían siempre estaban armados sólo con espadas, y Sylasa los bajaba de lejos con su bastón del dragón. Tenía una certeza mortal; por suerte, con acento en mortal.

Ya debería venir fácil la mano, se dijo a sí mismo. Sólo se trataba de llevar a Cornell hasta ese segundo piso. Pero Barandas estaba demasiado cansado. Exhausto. Tenía el rostro cubierto de sudor, y el cuerpo era un solo dolor. Todo por ese peso que llevaba en los hombros, todo por…

“¡Cállate!”, tronó esa pequeña voz irritante del fondo del alma. “Aunque sea una vez vas a ayudar a alguien”.

Tan endemoniadamente cansado… Se sintió caer en un momento, y le costaba respirar. Sylasa se detuvo y lo miró fijo, mas no lo notó. Todo lo que quería era tirarse al piso y abandonar toda esta farsa. “No soy un maldito héroe”, le contestó a la voz.

No. Eres apenas un miserable hechicero que sólo quiere figurar y que defrauda siempre a su amigo. ¿Sí?

No. Una expresión socarrona apareció en él; respiró hondo y se lanzó hacia adelante.

—Estoy tomando un poco más de aire, nada más —le dijo a Sylasa—. No hay por qué preocuparse.

Barandas lo iba a hacer. Iba a hacer caso omiso al dolor, al quejido de sus músculos. Cornell ya regresaba. Él no lo haría volver.

Paso a paso fueron subiendo a Cornell por la escalera en espiral. No había guardias  por ahora, mas ellos seguro iba a cambiar al llegar al segundo piso, donde se hallaban los aposentos de Tangrain, y siempre estaba repleto de guardias. Barandas se preguntaba cuántos había en total. Más de una docena, que en su mayoría habían sido víctimas del bastón del dragón Sylasa o sus otras armas. O su bola de fuego. El hechicero todavía estaba maravillado por haber producido una. No, dos. Nunca antes había sido capaz de generar tanta energía. Tal vez se debió a la intervención divina, pensó sonriente. “Sí, claro”.

—Agárralo —susurró Sylasa—.

Barandas suspiró, y apoyóse contra la pared curvada, aferrándose al cuerpo de Cornell con toda la fuerza. Se hallaban en el segundo piso. Justo delante de ellos estaba el pasadizo hacia los corredores, sin que hubiera puerta. La luz amarilla de las antorchas mágicas dibujaba un rectángulo perfecto en la pared, al tiempo que Sylasa se acercaba sigilosamente y se asomaba con cuidado por el rincón.

Una fracción de segundo después, retrocedió como un rayo para que nadie la viera. Una saeta de ballesta le pasó por al lado y pegó contra la pared. Se escucharon gritos de alarma en el salón.

Sylasa sonrió con maldad.

—¿Lo quieren a las malas? Lo tendrán a las malas, no se aflijan, bonitos.

Reculó hacia la escalera con el brazo derecho, en el que tenía el bastón, por encima de la cabeza, y, cual serpiente, lánguidamente se deslizó hacia la abertura. El bastón dio la vuelta primero, después la cabeza de ella, y, acto seguido, pulsó el gatillo. De nuevo salió despedido un rayo, que surcó el corredor y dio en el blanco.

Barandas oyó el alarido de alguien que se moría de dolor. De todas formas, no podría haber visto nada con todo el sudor que le caía en los ojos. Esperaba oír otro alarido, mas, en cambio, lo que oyó fue la queja de Sylasa.

—¿Qué… pasa?

Volvió hacia la escalera y estampó al bastón contra la pared.

—¡Este bastón de porquería no funciona!

Y otra vez lo estampó contra la roca, agregando un insulto que habría hecho enrojecer al hechicero si no fuera porque estaba ocupado en otra cosa.

—¿Y si se trabó? —sugirió Barandas—. ¡Prueba otra vez!

—Es lo que voy a hacer —murmuró, para después volver a la abertura y disparar, mas esta vez no sólo se oyó el silbido al que estaban acostumbrados, sino también un sonido de regüeldo, como si el artefacto tuviera algo encajado en las quijadas—. ¡Despejado! ¡Vamos! —dijo, y volvió a pasarle el brazo alrededor del hombro a Cornell, y se encaminaron una vez más—.

El corredor estaba lleno de humo. A Barandas le llevó un momento darse cuenta de que provenía no sólo de los montículos de cenizas que hasta hacía un instante habían sido guardias, sino también del bastón de Sylasa.

—El bastón —se quejó—.

Ella negó con la cabeza.

—Ya sé.

El hechicero siguió parpadeando todo el tiempo. El sudor y el humo se le iban a los ojos, lo que tornaba borrosa su visión, a la vez que esperaba él que Sylasa viera con claridad; no tenía ninguna intención de toparse arrebatadamente con otro grupo de guardias. Y de veras deseaba que Cornell estuviera vivo para lanzarse cual tromba hacia tal grupo con su destellante espada y hacerlos pedazos.

De pronto, volvió a oír el regüeldo y silbido del bastón del dragón.

—Uno menos —comentó secamente Sylasa—.

Al parecer, todavía veía con claridad, reflexionó Barandas.

Siguió a los tumbos, pensando en que una curación sacerdotal podría renovarle las fuerzas y así poder llevar a Cornell con facilidad.

—Nunca hay un sacerdote cuando se lo necesita —murmuró—.

—¡Eso tiene solución, mi joven amigo! —gritó una voz detrás de ellos—.

De repente, Barandas sintió que todo el peso de Cornell se le vino encima, no lo pudo aguantar y se desplomó rodando para ver, apenas, dos figuras negras en el pasillo.

—¡No disparen! —gritó uno, por lo que Barandas se dio cuenta de que Sylasa debe haberles apuntado con el bastón—.

—¿Por qué no? —les espetó ella—.

—Estamos para ayudarlos —dijo la figura pequeña, una mujer—. ¡Señorita, usted nos conoce!

El hechicero rápidamente se restregó los ojos con las mangas. Sylasa bajó el bastón, y las negras figuras se acercaron. Creyó que estaba loco, dado que estaba seguro que el hombre era Demercur Ylvain, reconocible a pesar del rostro negro. Y la otra era una de sus asistentes, ¿o no? Aurylen… no sé qué… Ella se hincó a su lado, sacó un frasco y con su contenido le salpicó la cara a Barandas. Resultaba extraña la sensación de frescura del líquido, y fue más extraña cuando la sacerdotisa susurró algo. El líquido ardió un instante, y después él volvió a sentirse más fuerte y sano. No mucho, mas alcanzaba para tener la mente despejada.

—¿Estás bien? —preguntó Aurylen, que respiraba con dificultad tras el esfuerzo—.

Barandas estuvo a punto de asentir con la cabeza, pero se detuvo.

—No. Tenemos que conseguir el guantelete para Cornell. ¿Y Sylasa?

Miró alrededor y vio que la guerrera había recibido una dosis de curación por parte de Ylvain. Ella no necesitó mucha, por lo que Ylvain quedó en buen estado. La curación siempre exigía a los sacerdotes, y los de Darawk era de los peores que había en ese campo. Sylasa miró de cerca de los recién llegados.

—¿Tienen armas?

Sin decir palabra alguna, Ylvain desenvainó un gladius romano, en tanto que Aurylen sacó una cimitarra tonomai. Ambos objetos estaban manchados de rojo.

Sylasa asintió con la cabeza.

—Bien. Vamos a necesitar eso.

Rápidamente los puso al tanto de lo que había ocurrido y lo que tenían pensado hacer. Los clérigos no hicieron comentario; en cambio, Ylvain tomó el cadáver de Cornell e hizo señas a Barandas para que lo levantase de su lado.

El hechicero no estaba con ánimo de quejarse. Y se sentía bien como para hacerlo.

¡Iban a llegar! Ahora eran cuatro, y, en pocos minutos, Cornell estaría de vuelta con ellos. “¡Cuidado, Tangrain, desgraciado asqueroso! ¡Vamos a hacer que se te venga el mundo abajo!”

 

 

Tirar el mundo abajo tomaba bastante, percatóse Barandas cuando ubicaron el salón de la colección privada de Tangrain. El bastón del dragón había funcionado mal la mayoría del tiempo, y los guardias comenzaban a amontonar. Tuvieron que echarse a correr más de una vez; sin los sacerdotes y su curación, Barandas jamás habría tenido esperanzas de llevar a Cornell lo rápido que hacía falta.

Sin embargo, Sylasa y Aurylen contuvieron a los perseguidores unos momentos, lo que les dio tiempo a Ylvain y Barandas para ir disparados a otro corredor. Las dos mujeres conformaban una espléndida dupla de combate: Sylasa, con su armadura de plata, y Aurylen, con su ajustada túnica; en ese momento, el hechicero hubiera querido tener tiempo para disfrutar del espectáculo como correspondía.

A la media hora de habérseles unido los sacerdotes, por fin se abrieron camino al cuarto de los tesoros. De inmediato Ylvain soltó a Cornell, y, junto a las mujeres, cerró la puerta; acto seguido, tumbaron una vitrina que estaba cerca y la colocaron contra ella.

Entretanto, Barandas se veía sepultado nuevamente por el cadáver de su mejor amigo y pugnaba por zafarse. Cuando pudo, su convicción de alcanzar la victoria por fin comenzó a declinar. No había otra salida aparte de la puerta que habían atravesado. Y la habitación era grande, con capacidad como para albergar decenas de cajones y vitrinas a lo largo de las paredes, e innumerables casetas de exhibición hábilmente distribuidas por todo el cuarto.

¿Cómo iba a encontrar el guantelete aquí? La salida estaba trabada, ¿mas cuánto duraría así? Tantos guardias los habían estado tras ellos, y a tan pocos habían podido matar o herir en combate. Sin duda, pronto tirarían la puerta abajo, y después… Después qué?

—¡Querido señor del conocimiento! —exclamó Ylvain—. ¡Miren todo esto! ¡Ese hijo de mil de Tangrain ha coleccionado media Modayre!

—Empiecen a buscar el guantelete —dijo con calma Sylasa, e hizo lo propio—.

Al rato, Ylvain salió de su ensueño y se le unió. Aurylen hizo lo mismo, al igual que Barandas, una vez que hubo recuperádose. Puede que el sacerdote haya tenido razón, pensó después. Media Modayre, por lo menos. No tenía idea qué era la mitad de los artículos que estaban en exhibición aquí; sus raras estructuras e inscripciones eran un absoluto misterio para él. De los que parecían conocidos, se preguntaba si realmente servían para lo que él suponía.

Fuera como fuere, sabía que había hallado un tesoro. ¡Utensilios mágicos por todas partes! ¡Una fortuna increíble, lista para llevársela! ¡Oh, por las Mareas de la Magia, ojalá hubiera podido llevar todo esto a un sitio seguro para su propio deleite! El absoluto poder taumatúrgico que se hallaba reunido solamente en la habitación lo estremeció cual tigre.

“No hay tiempo”, se quejó esa fastidiosa voz mental.

—No hay tiempo —asintió con un suspiro, y apartó de golpe las casetas, para dirigirse hacia las que todavía no había revisado—.

A su alrededor todo era el mismo ruido de destrucción: espadas que abrían cerraduras, personas que revisaban el contenido y gruñidos de decepción al no aparecer ningún guantelete.

La desesperación ya cundía en Barandas cuando, de pronto, vio el guantelete.

Era hermoso. Le habían reservado una caseta solamente para él, cuya parte superior tenía la forma de una mano para exhibir el objeto a la perfección. Estaba fabricado con metal plateado, no diferente del de la armadura de Sylasa, mas tenía impresas una inscripciones oscuras en el envés, y donde nacían los dedos había una joya engastada. Tres tenían un destello brillante, de un rojo maravilloso, en tanto que las otras dos eran de un suave color rubí, cual sangre que se seca.

—¡Lo encontré! —gritó, y salió a la carrera a hacerse de él—.

El metal era frío, frío como el hielo, pero no le importó. Se lo calzó lo más rápido que pudo, y dobló los dedos un instante para asegurarse de que le iba bien.

Después volvió a toda prisa hacia donde estaba el cadáver de Cornell cruzando la ringlera de casetas destrozadas y utensilios que había dejado a su paso.

—Me vas a agradecer esto mucho tiempo, amigo —dijo sonriendo, y señaló al cadáver con el guantelete—. ¡Resucita de entre los muertos! —dijo a voz en cuello con toda su fuerza de voluntad—.

Nada ocurrió.

A esta altura, los demás ya se habían reunido a su alrededor.

—¿Qué problema hay? —preguntó furiosa Sylasa—. ¡¿No me digas que no tienes idea de cómo funciona esto?!

—Es que yo...

Ylvain dio un paso al frente y tomó a Barandas de la mano envuelta en el guantelete.

—Las inscripciones —explicó— son instrucciones en idioma modayreano. Un momento…

Se puso a descifrar las letras en el objeto frunciendo el ceño, al tiempo que salía un ruido de la puerta, el estrépito de algo que la golpeaba con insistencia.

—Ya vienen —le indicó Sylasa a Aurylen, haciéndole señas con la cabeza, tras lo cual las mujeres fueron hacia la puerta, con la lanza y la cimitarra prestas—.

Barandas tragó saliva. El ruido se hacía más fuerte.

—Apresúrese —instó al erudito—.

Ylvain no contestó. Fruncía cada vez más el ceño; acto seguido, una sonrisa radiante se le dibujó en el rostro.

—¡Madre mía, qué sencillo es esto! Barandas, las joyas de los dedos indican la cantidad de cargas le quedan al guantelete. Se elige cuál utilizar sencillamente presionándola. Una de las oscuras sigue lista desde la última vez que hizo resucitar a alguien. ¡Sólo presiona otra y colócalo en el pecho de Cornell!

El hechicero ni siquiera perdió tiempo en maldecir al presionar la joya del medio lo más que pudo. Se hundió ligeramente sin dificultades, quedó en su lugar con un clic y comenzó a brillar más que antes. Comenzó a arder un fuego azul fantasmagórico, y sintió que el guantelete entero comenzaba a entibiarse. A calentarse, mejor dicho. Se hincó rápidamente y colocó la mano sobre el cadáver del cayaboreano.

No bien tocó la carne muerta, sintió que el calor se disipaba. Comenzó a descender hacia el cuerpo. Y cada vez se producía más. De los dedos del guantelete salían resplandores azules, que pegaban cual rayos en el cadáver, que se hacían más numerosos a cada instante, que Cornell quedó envuelto en millares de retorcidos haces de energía, que destellaban y danzaban de forma sobrenatural, y que llenaban el aire con un hedor acre.

De golpe, el hedor se volvió dulce, al mismo tiempo que desapareció la luz azul y la joya del medio del guantelete se apagó.

—¡Quítame tu asquerosa mano, Barandas! —se quejó Cornell, y se sacó los dedos de encima con suma violencia—. ¡Robarle a un amigo!, ¿tan bajo has caído?

 

 

SECCIÓN 5