
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
El
mayor problema con el que al rato se enfrentaba Barandas era el peso de
Cornell. Sylasa y él lo lo arrastraban entre ambos, y el hechicero comenzó
a darse cuenta de que no podía seguir así mucho tiempo. Ya sentía
tirones, y eso que apenas llegaban al primer piso. ¿Pero cuánto pesaba
Cornell? ¿Una tonelada?
En
lo que hacía a los guardias, bueno… Las pilas de rescoldos rara vez le
molestaban al hechicero. Los que aparecían siempre estaban armados sólo
con espadas, y Sylasa los bajaba de lejos con su bastón del dragón. Tenía
una certeza mortal; por suerte, con acento en mortal.
Ya
debería venir fácil la mano, se dijo a sí mismo. Sólo se trataba de
llevar a Cornell hasta ese segundo piso. Pero Barandas estaba demasiado
cansado. Exhausto. Tenía el rostro cubierto de sudor, y el cuerpo era un
solo dolor. Todo por ese peso que llevaba en los hombros, todo por…
“¡Cállate!”,
tronó esa pequeña voz irritante del fondo del alma. “Aunque
sea una vez vas a ayudar a alguien”.
Tan
endemoniadamente cansado… Se sintió caer en un momento, y le costaba
respirar. Sylasa se detuvo y lo miró fijo, mas no lo notó. Todo lo que
quería era tirarse al piso y abandonar toda esta farsa. “No
soy un maldito héroe”, le contestó a la voz.
No.
Eres apenas un miserable hechicero que sólo quiere figurar y que defrauda
siempre a su amigo. ¿Sí?
No. Una expresión socarrona apareció en él; respiró hondo y se lanzó hacia
adelante.
—Estoy
tomando un poco más de aire, nada más —le dijo a Sylasa—. No hay por
qué preocuparse.
Barandas
lo iba a hacer. Iba a hacer caso omiso al dolor, al quejido de sus músculos.
Cornell ya regresaba. Él no lo haría volver.
Paso
a paso fueron subiendo a Cornell por la escalera en espiral. No había
guardias por ahora, mas ellos
seguro iba a cambiar al llegar al segundo piso, donde se hallaban los
aposentos de Tangrain, y siempre estaba repleto de guardias. Barandas se
preguntaba cuántos había en total. Más de una docena, que en su mayoría
habían sido víctimas del bastón del dragón Sylasa o sus otras armas. O
su bola de fuego. El hechicero todavía estaba maravillado por haber
producido una. No, dos. Nunca antes había sido capaz de generar tanta
energía. Tal vez se debió a la intervención divina, pensó sonriente. “Sí,
claro”.
—Agárralo
—susurró Sylasa—.
Barandas
suspiró, y apoyóse contra la pared curvada, aferrándose al cuerpo de
Cornell con toda la fuerza. Se hallaban en el segundo piso. Justo delante
de ellos estaba el pasadizo hacia los corredores, sin que hubiera puerta.
La luz amarilla de las antorchas mágicas dibujaba un rectángulo perfecto
en la pared, al tiempo que Sylasa se acercaba sigilosamente y se asomaba
con cuidado por el rincón.
Una
fracción de segundo después, retrocedió como un rayo para que nadie la
viera. Una saeta de ballesta le pasó por al lado y pegó
contra la pared. Se escucharon gritos de alarma en el salón.
Sylasa
sonrió con maldad.
—¿Lo
quieren a las malas? Lo tendrán a las malas, no se aflijan, bonitos.
Reculó
hacia la escalera con el brazo derecho, en el que tenía el bastón, por
encima de la cabeza, y, cual serpiente, lánguidamente se deslizó hacia
la abertura. El bastón dio la vuelta primero, después la cabeza de ella,
y, acto seguido, pulsó el gatillo. De nuevo salió despedido un rayo, que
surcó el corredor y dio en el blanco.
Barandas
oyó el alarido de alguien que se moría de dolor. De todas formas, no
podría haber visto nada con todo el sudor que le caía en los ojos.
Esperaba oír otro alarido, mas, en cambio, lo que oyó fue la queja de
Sylasa.
—¿Qué…
pasa?
Volvió
hacia la escalera y estampó al bastón contra la pared.
—¡Este
bastón de porquería no funciona!
Y
otra vez lo estampó contra la roca, agregando un insulto que habría
hecho enrojecer al hechicero si no fuera porque estaba ocupado en otra
cosa.
—¿Y
si se trabó? —sugirió Barandas—. ¡Prueba otra vez!
—Es
lo que voy a hacer —murmuró, para después volver a la abertura y
disparar, mas esta vez no sólo se oyó el silbido al que estaban
acostumbrados, sino también un sonido de regüeldo, como si el artefacto
tuviera algo encajado en las quijadas—. ¡Despejado! ¡Vamos! —dijo, y
volvió a pasarle el brazo alrededor del hombro a Cornell, y se
encaminaron una vez más—.
El
corredor estaba lleno de humo. A Barandas le llevó un momento darse
cuenta de que provenía no sólo de los montículos de cenizas que hasta
hacía un instante habían sido guardias, sino también del bastón de
Sylasa.
—El
bastón —se quejó—.
Ella
negó con la cabeza.
—Ya
sé.
El
hechicero siguió parpadeando todo el tiempo. El sudor y el humo se le
iban a los ojos, lo que tornaba borrosa su visión, a la vez que esperaba
él que Sylasa viera con claridad; no tenía ninguna intención de toparse
arrebatadamente con otro grupo de guardias. Y de veras deseaba que Cornell
estuviera vivo para lanzarse cual tromba hacia tal grupo con su
destellante espada y hacerlos pedazos.
De
pronto, volvió a oír el regüeldo y silbido del bastón del dragón.
—Uno
menos —comentó secamente Sylasa—.
Al
parecer, todavía veía con claridad, reflexionó Barandas.
Siguió
a los tumbos, pensando en que una curación sacerdotal podría renovarle
las fuerzas y así poder llevar a Cornell con facilidad.
—Nunca
hay un sacerdote cuando se lo necesita —murmuró—.
—¡Eso
tiene solución, mi joven amigo! —gritó una voz detrás de ellos—.
De
repente, Barandas sintió que todo el peso de Cornell se le vino encima,
no lo pudo aguantar y se desplomó rodando para ver, apenas, dos figuras
negras en el pasillo.
—¡No
disparen! —gritó uno, por lo que Barandas se dio cuenta de que Sylasa
debe haberles apuntado con el bastón—.
—¿Por
qué no? —les espetó ella—.
—Estamos
para ayudarlos —dijo la figura pequeña, una mujer—. ¡Señorita,
usted nos conoce!
El
hechicero rápidamente se restregó los ojos con las mangas. Sylasa bajó
el bastón, y las negras figuras se acercaron. Creyó que estaba loco,
dado que estaba seguro que el hombre era Demercur Ylvain, reconocible a
pesar del rostro negro. Y la otra era una de sus asistentes, ¿o no?
Aurylen… no sé qué… Ella se hincó a su lado, sacó un frasco y con
su contenido le salpicó la cara a Barandas. Resultaba extraña la sensación
de frescura del líquido, y fue más extraña cuando la sacerdotisa susurró
algo. El líquido ardió un instante, y después él volvió a sentirse más
fuerte y sano. No mucho, mas alcanzaba para tener la mente despejada.
—¿Estás
bien? —preguntó Aurylen, que respiraba con dificultad tras el
esfuerzo—.
Barandas
estuvo a punto de asentir con la cabeza, pero se detuvo.
—No.
Tenemos que conseguir el guantelete para Cornell. ¿Y Sylasa?
Miró
alrededor y vio que la guerrera había recibido una dosis de curación por
parte de Ylvain. Ella no necesitó mucha, por lo que Ylvain quedó en buen
estado. La curación siempre exigía a los sacerdotes, y los de Darawk era
de los peores que había en ese campo. Sylasa miró de cerca de los recién
llegados.
—¿Tienen
armas?
Sin
decir palabra alguna, Ylvain desenvainó un gladius
romano, en tanto que Aurylen sacó una cimitarra tonomai. Ambos objetos
estaban manchados de rojo.
Sylasa
asintió con la cabeza.
—Bien.
Vamos a necesitar eso.
Rápidamente
los puso al tanto de lo que había ocurrido y lo que tenían pensado
hacer. Los clérigos no hicieron comentario; en cambio, Ylvain tomó el
cadáver de Cornell e hizo señas a Barandas para que lo levantase de su
lado.
El
hechicero no estaba con ánimo de quejarse. Y se sentía bien como para
hacerlo.
¡Iban
a llegar! Ahora eran cuatro, y, en pocos minutos, Cornell estaría de
vuelta con ellos. “¡Cuidado,
Tangrain, desgraciado asqueroso! ¡Vamos a hacer que se te venga el mundo
abajo!”
Tirar
el mundo abajo tomaba bastante, percatóse Barandas cuando ubicaron el salón
de la colección privada de Tangrain. El bastón del dragón había
funcionado mal la mayoría del tiempo, y los guardias comenzaban a
amontonar. Tuvieron que echarse a correr más de una vez; sin los
sacerdotes y su curación, Barandas jamás habría tenido esperanzas de
llevar a Cornell lo rápido que hacía falta.
Sin
embargo, Sylasa y Aurylen contuvieron a los perseguidores unos momentos,
lo que les dio tiempo a Ylvain y Barandas para ir disparados a otro
corredor. Las dos mujeres conformaban una espléndida dupla de combate:
Sylasa, con su armadura de plata, y Aurylen, con su ajustada túnica; en
ese momento, el hechicero hubiera querido tener tiempo para disfrutar del
espectáculo como correspondía.
A
la media hora de habérseles unido los sacerdotes, por fin se abrieron
camino al cuarto de los tesoros. De inmediato Ylvain soltó a Cornell, y,
junto a las mujeres, cerró la puerta; acto seguido, tumbaron una vitrina
que estaba cerca y la colocaron contra ella.
Entretanto,
Barandas se veía sepultado nuevamente por el cadáver de su mejor amigo y
pugnaba por zafarse. Cuando pudo, su convicción de alcanzar la victoria
por fin comenzó a declinar. No había otra salida aparte de la puerta que
habían atravesado. Y la habitación era grande, con capacidad como para
albergar decenas de cajones y vitrinas a lo largo de las paredes, e
innumerables casetas de exhibición hábilmente distribuidas por todo el
cuarto.
¿Cómo
iba a encontrar el guantelete aquí? La salida estaba trabada, ¿mas cuánto
duraría así? Tantos guardias los habían estado tras ellos, y a tan
pocos habían podido matar o herir en combate. Sin duda, pronto tirarían
la puerta abajo, y después… Después qué?
—¡Querido
señor del conocimiento! —exclamó Ylvain—. ¡Miren todo esto! ¡Ese
hijo de mil de Tangrain ha coleccionado media Modayre!
—Empiecen
a buscar el guantelete —dijo con calma Sylasa, e hizo lo propio—.
Al
rato, Ylvain salió de su ensueño y se le unió. Aurylen hizo lo mismo,
al igual que Barandas, una vez que hubo recuperádose. Puede que el
sacerdote haya tenido razón, pensó después. Media Modayre, por lo
menos. No tenía idea qué era la mitad de los artículos que estaban en
exhibición aquí; sus raras estructuras e inscripciones eran un absoluto
misterio para él. De los que parecían conocidos, se preguntaba si
realmente servían para lo que él suponía.
Fuera
como fuere, sabía que había hallado un tesoro. ¡Utensilios mágicos por
todas partes! ¡Una fortuna increíble, lista para llevársela! ¡Oh,
por las Mareas de la Magia, ojalá hubiera podido llevar todo esto a un
sitio seguro para su propio deleite! El absoluto poder taumatúrgico que
se hallaba reunido solamente en la habitación lo estremeció cual tigre.
“No
hay tiempo”, se
quejó esa fastidiosa voz mental.
—No
hay tiempo —asintió con un suspiro, y apartó de golpe las casetas,
para dirigirse hacia las que todavía no había revisado—.
A
su alrededor todo era el mismo ruido de destrucción: espadas que abrían
cerraduras, personas que revisaban el contenido y gruñidos de decepción
al no aparecer ningún guantelete.
La
desesperación ya cundía en Barandas cuando, de pronto, vio el
guantelete.
Era
hermoso. Le habían reservado una caseta solamente para él, cuya parte
superior tenía la forma de una mano para exhibir el objeto a la perfección.
Estaba fabricado con metal plateado, no diferente del de la armadura de
Sylasa, mas tenía impresas una inscripciones oscuras en el envés, y
donde nacían los dedos había una joya engastada. Tres tenían un
destello brillante, de un rojo maravilloso, en tanto que las otras dos
eran de un suave color rubí, cual sangre que se seca.
—¡Lo
encontré! —gritó, y salió a la carrera a hacerse de él—.
El
metal era frío, frío como el hielo, pero no le importó. Se lo calzó lo
más rápido que pudo, y dobló los dedos un instante para asegurarse de
que le iba bien.
Después
volvió a toda prisa hacia donde estaba el cadáver de Cornell cruzando la
ringlera de casetas destrozadas y utensilios que había dejado a su paso.
—Me
vas a agradecer esto mucho tiempo, amigo —dijo sonriendo, y señaló al
cadáver con el guantelete—. ¡Resucita de entre los muertos! —dijo a
voz en cuello con toda su fuerza de voluntad—.
Nada
ocurrió.
A
esta altura, los demás ya se habían reunido a su alrededor.
—¿Qué
problema hay? —preguntó furiosa Sylasa—. ¡¿No me digas que no
tienes idea de cómo funciona esto?!
—Es
que yo...
Ylvain
dio un paso al frente y tomó a Barandas de la mano envuelta en el
guantelete.
—Las
inscripciones —explicó— son instrucciones en idioma modayreano. Un
momento…
Se
puso a descifrar las letras en el objeto frunciendo el ceño, al tiempo
que salía un ruido de la puerta, el estrépito de algo que la golpeaba
con insistencia.
—Ya
vienen —le indicó Sylasa a Aurylen, haciéndole señas con la cabeza,
tras lo cual las mujeres fueron hacia la puerta, con la lanza y la
cimitarra prestas—.
Barandas
tragó saliva. El ruido se hacía más fuerte.
—Apresúrese
—instó al erudito—.
Ylvain
no contestó. Fruncía cada vez más el ceño; acto seguido, una sonrisa
radiante se le dibujó en el rostro.
—¡Madre
mía, qué sencillo es esto! Barandas, las joyas de los dedos indican la
cantidad de cargas le quedan al guantelete. Se elige cuál utilizar
sencillamente presionándola. Una de las oscuras sigue lista desde la última
vez que hizo resucitar a alguien. ¡Sólo presiona otra y colócalo en el
pecho de Cornell!
El
hechicero ni siquiera perdió tiempo en maldecir al presionar la joya del
medio lo más que pudo. Se hundió ligeramente sin dificultades, quedó en
su lugar con un clic y comenzó a brillar más que antes. Comenzó a arder
un fuego azul fantasmagórico, y sintió que el guantelete entero
comenzaba a entibiarse. A calentarse, mejor dicho. Se hincó rápidamente
y colocó la mano sobre el cadáver del cayaboreano.
No
bien tocó la carne muerta, sintió que el calor se disipaba. Comenzó a
descender hacia el cuerpo. Y cada vez se producía más. De los dedos del
guantelete salían resplandores azules, que pegaban cual rayos en el cadáver,
que se hacían más numerosos a cada instante, que Cornell quedó envuelto
en millares de retorcidos haces de energía, que destellaban y danzaban de
forma sobrenatural, y que llenaban el aire con un hedor acre.
De
golpe, el hedor se volvió dulce, al mismo tiempo que desapareció la luz
azul y la joya del medio del guantelete se apagó.
—¡Quítame
tu asquerosa mano, Barandas! —se quejó Cornell, y se sacó los dedos de
encima con suma violencia—. ¡Robarle a un amigo!, ¿tan bajo has caído?


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