
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
Sylasa
iba al frente; elección natural, ya que se encontraba descansada y sana,
sin mencionar que sabía moverse en la casa mejor que Cornell y mejor aún
que Barandas. El hechicero la seguía de cerca, observando cada uno de sus
movimientos (con deleite, esa es la verdad). Una voz, que venía desde lo
más recóndito de su alma, le recordó que ése no era el momento, mas él
le respondió a la voz que cuidara de los enemigos por sí misma.
También
era natural la ubicación de Cornell a la zaga. En su delicado estado, no
se hallaba en condiciones de enfrentarse al enemigo que podría toparse
con ellos. Además, tenía que concentrarse en caminar sin hacer ruido; el
resto de su atención la dedicaba a seguir a sus compañeros, que iban
delante de él.
Dolía
verse tan inútil. Más que las heridas que le había infligido C’traeh.
Cornell de Cayaboré estaba acostumbrado a mandar, a ser el que iba al
frente, limpiando el camino a sus compañeros. Y le gustaba. No ser a
quien los demás ven como conductor lo hacía sentir… mal. Sobre todo si
todavía no se había decidido a confiar la actual jefa. ¿Por qué los
había dejado salir? ¿Por qué no lo había ayudado antes en la sala de
torturas de C’traeh?
Habían
salido del pasillo de las celdas sin tener problema alguno. Sylasa rápidamente
se percató de la presencia del guardia y se dirigió abiertamente hacia
él con el sensual andar de sus caderas que se contoneaban hipnotizantes.
No había desaparecido su efecto sobre el guardia, que seguía sonriendo
insípido después de que ella le rompiera la cabeza con la lanza.
Tras
ello, se dirigieron hacia la escalera que iba para la planta baja. Las
antorchas vacilaban en el hueco de la escalera, cuya luz mortecina daba un
aspecto de lobreguez. Mas la planta baja esta bien iluminada, merced a las
antorchas mágicas modayreanas cuya extraña luz amarillenta no dejaba
rincón a la sombra.
—Parece
que estuviéramos en una galería de tiro —murmuró Barandas—.
Sylasa
le dirigió una mirada de advertencia y se llevó un dedo a los labios. Y
el hechicero se calló. Ella se alejó de la escalera y miró hacia ambos
lados del pasillo. No había nadie a la vista, pero el corredor era corto,
y doblaba de forma pronunciada a unos pocos metros a la derecha, en tanto
que a la izquierda conducía a una puertas. Por allí había un gran salón,
y la escalera a los pisos superiores, que Cornell creía llenos de
guardias. Por desgracia, la salida también estaba en esa dirección.
Pero
doblando el pasillo hacia la derecha se llegaba al depósito. No el que
contenía las valiosas mercancías de Modayre, sino cajones con
encendedores de lumbre y otros utensilios mundanos. También estaba
custodiado, mas en general no tanto como la otra parte de la casa. Cornell
había hecho guardia allí unas veces, por lo que sabía que se asignaba
allí a los hombres menos experimentados de Tangrain.
Le
tocó el hombro a Sylasa, que le prestó atención, y señaló el depósito.
Ella levantó dubitativa una ceja, por lo que él le hizo señas de que
había cajones y del típico movimiento vacilante de los encendedores de
lumbre. Ella respondió encogiéndose de hombros, como diciendo “eso
no nos va a servir de nada”.
—Hay
un portón afuera —susurró él impaciente—.
Ella
negó con la cabeza.
—Está
trabado con un hechizo, lo sabes. No se abre sin la palabra clave.
—Bueno
—dijo Cornell conteniendo la tos—. ¿Acaso no tenemos un mago con
nosotros?
Sylasa
no parecía convencida para nada.
—¿Con
el poder para quebrar ese
hechizo?
Cornell
sabía que era un buen punto. En lo que hacía a la magia, Barandas jamás
había sido el más ducho de la partida. Quizá debido a que se había
pasado la mayoría del tiempo en la academia de hechicería persiguiendo
chicas o yendo tras el dinero en vez de estudiar. Mas sí tenía facilidad
para quebrar hechizos de seguridad.
—Sólo
nos queda tener esperanza —insistió él, ganándose una mirada de
reproche por parte de Barandas—.
Sylasa
se encogió de hombros, y fueron hacia la derecha. Ella les hizo señas de
que esperaran mientras doblaba el pasillo.
—No
hay nadie —susurró al rato—.
Siguieron
por el corredor un poco más hasta llegar a una encrucijada. De nuevo,
Sylasa revisó primero el lugar, pero esta vez les indicaba sin preocupación
que siguieran adelante.
—¡Hola,
muchachos! —exclamó, y recibió una ruidosa respuesta—. ¡Bueno,
bueno, no tan rápido! —contestó ella y se estiró lentamente—. Tengo
que pensar si tengo ganas de hablar con ustedes hoy…
Barandas
y Cornell se hallaban hechizados con los movimientos de ella. Sin dudas
los guardias que estaban el pasillo eran los mismos, y tal vez ya se
acercaban. ¿Tenía que llamarlos?, se preguntó Cornell. ¿Realmente podían
confiar en ella?
—Ten
lista tu espada, bonito —susurró Sylasa mientras estiraba la pierna
arqueando el torso hacia atrás: una vista magnífica; tanto, que le llevó
un buen rato a Cornell entender lo que le había dicho—.
Cuando
ya era casi era demasiado tarde, vio de repente el destello de la lanza,
que daba contra uno de los guardias y lo hacía caer. Sorprendido, el
hombre dio un grito lastimero, al tiempo que su compañero bramaba, mas
quedó silenciado con un lanzazo en la ingle.
—¡Al
otro! —gritó Sylasa a la vez que volvía a golpear al segundo—.
El
que estaba en el suelo, atontado por el ataque repentino, ya se levantaba.
Cornell ya lo conocía. Udeshta era enjuto, fuerte, joven y no tenía
experiencia. En condiciones normales era una cuestión de minutos. Ahora
no había seguridad. Igualmente, dio una estocada con toda la fuerza.
Udeshta
se percató de él justo antes de recibir el acero, y se hizo a un lado. A
lo único que le dio la espada de Cornell fue al aire. El cayaboreano sentía
que perdía el equilibrio, se tropezó, y estiró los brazos para poder
agarrarse de algo, lo que fuera.
Eso
le dio a Udeshta mucho tiempo para recomponerse y desenvainar la espada.
—¡Voy
a matarte, desgraciado! —gritó y dio la estocada—.
Cornell
no la vio, mas en realidad no hacía falta, pues en ese momento perdió el
equilibrio y cayó al suelo.
Ahora
era la espada de Udeshta la que estaba en el aire, y Cornell tenía al
joven prácticamente encima de él. Al cayaboreano le daba vueltas la
cabeza. Vio la espada, la mano que la empuñaba, el pecho, y su propio
acero, que instintivamente apuntó hacia arriba. Era bueno el acero, y lo
clavó con suerte, pues atravesó con facilidad la armadura de cadenas,
penetrando la carne con un ruido tal que parecía chupar la hoja. La
mirada de Udeshta se volvió vidriosa, los labios le quedaron cubiertos de
sangre, y se desplomó encima de Cornell.
El
peso muerto de hombre y armadura le comprimía los pulmones y las
costillas, lo que hacía que respirar le costara un triunfo.
—Quítenmelo…
de encima… —imploró Cornell, al tiempo que el pecho se transformaba
en una jaula ígnea que quemaba todo el aire que contenía allí—.
Tras
un momento que pareció una eternidad, el peso desapareció, y Barandas se
arrodilló a su lado.
—Me
tuviste preocupado un instante —murmuró—. ¿Te levantas de nuevo?
—¿Y
Sylasa? —balbuceó Cornell—.
La
respuesta la dio suavemente su delicada voz:
—Estoy
aquí. El otro también está muerto. Y tú no pareces estar muy lejos.
—Disculpa…
Es que perdí el equilibrio, nada… más.
Tomó
las manos que le ofrecían Barandas y Sylasa y con esfuerzo se puso de pie
nuevamente. Le volvió a dar un ataque de náusea, pero esta vez no se le
iba a pasar. La bilis le subió a la boca, se atragantó, y en ese momento
Sylasa rápidamente se inclinó hacia delante, justo cuando vomitó
Cornell. Parecía una eternidad, una eternidad de dolor que le desgarraba
el torso.
—Asqueroso...
—exclamó Barandas—.
“Desalmado
hijo de puta”,
dijo Cornell para sus adentros, que de pronto se alegró de no haber
hablado en voz alta al ver líneas rojas en el vómito que estaba en el
suelo. Era un verdadero asco.
—Hay
que llevarlo rápido a alguien que lo cure —dijo Sylasa—. Mejor que te
las ingenies para echar un hechizo, o Nych se muere.
El
hechicero no respondió. En cambio, tomó a Cornell por las axilas
nuevamente, sirviéndole todo lo que podía de apoyo al pesado
cayaboreano. Sylasa asintió secamente, y lo tomó del otro brazo, y los
tres volvieron a encaminarse hacia el depósito.
No
quedaba lejos; sólo había que atravesar dos habitaciones, que,
misericordiosamente, se hallaban desprovistas de guardias. Cornell no tenía
idea del tiempo que les llevó llegar. Todavía con los efectos de la náusea,
se atragantaba cada tanto con una tos seca, y lentamente iba perdiendo el
sentido. En un momento creyó estar de regreso en casa, que volaba con
Tempestad intentando una de esas maniobras temerarias que le habían traído
problemas con Hyrochyll. Pero le encantaban, y Tempestad siempre daba
roncos gritos de triunfo en cada una de esas cabriolas de locura.
Después
ya regresó a la casa de Tangrain. Ante ellos esta la puerta del depósito.
Era de roble, fuerte, pero sin tranca. Todo lo que había que hacer era
empujar para abrirla, atravesar el cuarto e ir hacia el portón exterior,
que Barandas abriría con magia, y quedaban libres. ¿Acaso era mucho
pedir?
Sylasa
soltó a Cornell, viendo si el hechicero tenía fuerza para aguantar al
guerrero el sólo, y se dirigió a la puerta, la abrió del todo y…
…
Boragger, jefe de guardia, los recibió con una sonrisa burlona y cruel.
Les apuntaba con el bastón del dragón en el brazo derecho, cuyas
quijadas destellaban con el fuego que estaba por escupir.
—Acá
termina tu huida, Nych —dijo, y se detuvo al reconocer a Sylasa—. ¿Qué
haces aquí? —exclamó— ¡No te muevas, muchacha, sé lo rápida que
eres con esa lanza!
—No
—dijo Sylasa cautelosa, con la mirada ineluctablemente hacia las fauces
del bastón—.
Detrás
de ella, Cornell sentía los últimos gramos de fuerza lo abandonaban. “Otra
vez no, no de nuevo en manos de Boragger”. Eso era todo lo que podía
pensar, absurdas frases repetidas. Barandas lo agarraba con desesperación;
de no ser así, el guerrero se hubiera caído de un resbalón.
El
guardia se acercó poco a poco, siempre con el bastón apuntado hacia
Sylasa.
—Me
equivoqué contigo, muchacha. ¡Maldita sea, creía que eras de los
nuestros! —espetó con expresión desencajada de ira—. Podrías
haberte dado una gran vida aquí. Mejor que en cualquier otra parte, de
eso yo me habría asegurado.
De
repente, Sylasa dibujó su sonrisa dulce y embriagadora.
—¿Sí?
Yo nunca... pero, Boragger… —guiñó los ojos, tartamudeó, y dio un
paso al frente, para verse detenida abruptamente al levantar Boragger el
bastón del dragón—.
—No
intentes eso conmigo, muchacha —tronó él—. Jamás te fijaste en mí.
Todo lo que te importa son los bobos como ese salvaje… Y ahora lo vas a
acompañar a la muerte. Ya mismo.
Ella
abrió bien los ojos al acercarse los dedos de Boragger al gatillo de su
palma.
Cornell
había permanecido un rato debatiéndose entre la pérdida y la recuperación
del conocimiento. Mas la imagen de Boragger y Sylasa habían alcanzado a
penetrarle medianamente la conciencia. Vio el bastón, los dedos que se
movían, oyó las amenazas, y un rugido salióle de la garganta. Sus músculos
se quejaban de dolor al zafarse él de las manos de Barandas. No sintió
dolor, todo se había vuelto un mar rojo de insignificancia. Todo lo que importaba
era Sylasa, todo lo que importaba era arrojarse hacia adelante y...
El
bastón del dragón se disparó. El rayo brillante surcó los pocos metros
que los separaban de Boragger, encendió el aire y, llameante, atravesó
el pecho de Cornell. De dónde sacó las fuerzas para saltar y ponerse
delante de Sylasa es algo que nadie podría decir. Momentos antes había
sido un montón de carne y huesos tembloroso, que apenas podía tenerse a
sí mismo. Después, sólo un instante, quedó en el aire, cual espíritu
salvador.
Ahora
yacía en el piso, con un rescoldo que le agujereaba el pecho, cuyos
bordes estaban claramente marcados. En el rostro, que todavía expresaba,
había una sonrisa. Les había hecho ganar algo de tiempo a sus amigos. Y
eso alcanzaba para que morir valiera la pena.
Un
líquido rezumaba de las piedras que rodeaban la pequeña rendija. Era
verde oscuro, con rayas azuladas, casi como el profundo océano. No había
una fuente; parecía mas bien que la piedra sangraba. Cada vez más
fuerte, para ser precisos.
O
tal vez no sangraba para nada, sino que cambiaba. A medida que el líquido
seguía en aumento, parecía que la piedra sufría un encogimiento, que se
dilataba, que se derretía.
Tras
unos instantes, la piedra que sostenía los barrotes de la ventana se
disolvió, los que cayeron con un ruido metálico. Al rato nomás, se había
licuado tanto que, donde antes estaba la rendija, ahora había quedado un
boquete. El líquido dejó de manar, y, poco a poco, dejó ese estado. El
verde azulado se volvió roca grisácea. ¿De nuevo?
—Ya
está seguro —dijo una voz de mujer—. Puedes salir.
No
hubo respuesta.
Acto
seguido, apareció una cabeza por el orificio, envuelta en una negra
capucha ajustada, que enmarcaba un rostro pintado de color oscuro.
—Se
fueron —salió de la capucha—.
—En
tal caso —dijo una voz de hombre—, tendremos que ir a buscarlos. Ayúdame
con el paquete, por favor.
La
capucha desapareció un instante, y después hizo su aparición un cuerpo
todo ataviado de negro que velozmente se introdujo en la celda. La mujer
extendió los brazos hacia el agujero y recibió un paquete rectangular
envuelto en cuero oscuro, que colocó sobre una de las camas, para después
ayudar a entrar a la celda a un hombre. Él usaba ropa similar a la de
ella, negra como la noche.
El
hombre tomó el paquete y se lo puso en la espalda. No calzaba del todo
bien, mas se dijo que iba a andar.
Entretanto,
la mujer susurró algo en un lenguaje arcano, frunció el ceño y miró
hacia un rincón vacío.
—La
resonancia viene de ahí.
—Bien
—asintió con la cabeza el hombre, y suspiró mientras se acomodaba
nuevamente el paquete en la espalda—. Oh, madre mía, en los problemas
que me meto…
—¡¡¡NOOOO!!!
El
grito de Barandas cortó el silencio que había dejado el silbido del
disparo del bastón del dragón. Sylasa miraba el cadáver que tenía ante
sí, la herida en el pecho del hombre. Extrañaba su mirada inexpresiva,
mas llena de fuego.
—Dio
la vida por mí —susurró ella—.
A
lo que Boragger espetó:
—A
él le tocó primero, eso es todo. Lo acompañarán en este pequeño viaje
hacia el encuentro con los dioses— dijo con una risotada, y comenzó a
apuntar el bastón a uno y otro—. ¿Quién sigue?
Barandas
tenía el rostro desencajado por el dolor y las lágrimas, y los hombros
crispados.
—Por
Cornell —dijo sollozando, para levantar los brazos y doblar los dedos
cual garras—.
—¿Qué?
—dijo Boragger riéndose a carcajadas—. ¡C’traeh me dijo que no
eres hechicero de verdad! ¿Qué tratas de hacer? ¿Otra exhibición de
juego de luces?
—Bola
de fuego —dijo Barandas suavemente—.
Sus
dedos comenzaron a tener un abundante sudor. Mas lo que al principio parecía
ser sudor fluyó hacia el aire y prendióse fuego de repente. Dos bolas
rojas que despedían fuego quedaron suspendidas un brevísimo instante
encerradas entre los dedos del hechicero, para después salir disparadas
directamente hacia el petrificado guardia. Boragger hizo a tiempo a
cubrirse el rostro con los brazos, que era todo lo que le quedaba.
Las
bolas de fuego impactaron en los brazos. Al instante, las vestiduras de
Boragger envolviéronse en llamas, pero no fueron las únicas. La
sustancia abrasadora se extendió rápido sobre todo el cuerpo, haciéndose
más intensa, hasta que el guardaespaldas quedó hecho una sola llama que
se retorcía. El fuego ardió unos segundos, y, de repente, se extinguió.
El bastón del dragón cayó con estrépito al suelo, al parecer, intacto.
Los
demás ni siquiera miraban para ese lado. Sylasa se arrodilló para cerrar
los ojos sin vida de Cornell, y le cayó una lágrima. A los tropezones, más
que caminando, se acercó Barandas, que se desplomó al lado de Cornell.
—Todo
es culpa mía, todo —balbuceó—. Yo te convencí de meterte en este
condenado enredo. Hemos estado en peores líos, ¿eh, Cornell? Todo es
culpa mía…
—Shhh.
Sylasa
le apoyó la mano en el hombro para consolarlo, mas él no la sintió,
sino que cerró los ojos y dejó que fluyeran libremente las lágrimas, a
la vez que oprimía las manos en el pecho de Cornell.
—¡Todo…
es… mi maldita culpa! Creí que íbamos… a salir así nomás de aquí…
como siempre, con ese condenado guantelete… y con lo que tú buscabas.
¡Ahora estás muerto, y ya no quiero ese maldito guantelete!
De
repente, dejó de llorar y levantó la vista.
—¡¿Que
no quiero el guantelete?! —se preguntó incrédulo—. ¡Por las Mareas
de la Magia, soy un idiota! ¡Si es un endemoniado y asqueroso guantelete
de la maldita resurrección!
—¿Cómo?
—preguntó confundida Sylasa—.
Barandas
se incorporó como un rayo, tomó a la mujer de los brazos y la levantó
con fuerza.
—¡Lo
podemos resucitar! —gritó—. ¡Hay un objeto modayreano en la colección
privada de Tangrain que nos lo permitirá! ¡Podemos hacer volver a
Cornell!
La
ibrolleniana lo miró como si él hubiera perdido la razón. Quizá no
estaba muy lejos, teniendo en cuenta los ojos desorbitados y la loca
sonrisa del hechicero. Mas las palabras se hicieron eco en ella, merced al
efecto que le causó la intensidad de Barandas.
—¿Resurrección?
—¡Sí!
Es un guantelete; leí todo sobre él. Dentro de las tres o cuatro horas
de producida la muerte, puede hacerse volver a la vida a quien la haya
sufrido. Voy a subir, a llevar a Cornell hasta allí y lo voy a hacer
volver aunque me cueste la vida. ¿Me acompañas?
De
un tirón se liberó ella de las manos que sujetaban las suyas. Una
expresión de desconcierto se apoderó de la mujer. Primero el bárbaro
recibió el rayo del bastón para salvarla. Después, el hechicero, ese
desgraciado egoísta y mujeriego del hechicero, de pronto había salido
con la idea de salvar a su amigo, y no había nada en el mundo que lo
aterrorizara.
Bajó
la vista hacia el cadáver de Cornell, que todavía conservaba la expresión
de satisfacción. Morir para salvar a otro, un pequeño precio para él.
Eso es lo que distingue a un gran hombre.
¿Y
quién era Sylasa, guerrera de Ibrollene, sino una gran mujer?
—Dos
pisos hacia arriba —dijo ella, y se dirigió a donde estaba el bastón
del dragón—.
Con
soltura se inclinó, lo recogió y se lo colocó en el brazo. Las
almohadillas del gatillo le calzaban bien en la palma. Lo probó presionándolo
con dos dedos y haciendo fuego sobre uno de los cajones. El rayo salió
silbando de las fauces del dragón, y encendió una chispa en el cajón,
haciéndole un agujero profundo y humeante. Todavía funcionaba.
—Por
ahí hay una escalera. Vamos.


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