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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

(3) "Doncella broquelera"

(4) "El eterno guerrero"

(5) "Promesa solemne"

"Algien común"

 

El llamado del dragón, Parte II

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3 / Sección 4 / Sección 5


Sylasa iba al frente; elección natural, ya que se encontraba descansada y sana, sin mencionar que sabía moverse en la casa mejor que Cornell y mejor aún que Barandas. El hechicero la seguía de cerca, observando cada uno de sus movimientos (con deleite, esa es la verdad). Una voz, que venía desde lo más recóndito de su alma, le recordó que ése no era el momento, mas él le respondió a la voz que cuidara de los enemigos por sí misma.

También era natural la ubicación de Cornell a la zaga. En su delicado estado, no se hallaba en condiciones de enfrentarse al enemigo que podría toparse con ellos. Además, tenía que concentrarse en caminar sin hacer ruido; el resto de su atención la dedicaba a seguir a sus compañeros, que iban delante de él.

Dolía verse tan inútil. Más que las heridas que le había infligido C’traeh. Cornell de Cayaboré estaba acostumbrado a mandar, a ser el que iba al frente, limpiando el camino a sus compañeros. Y le gustaba. No ser a quien los demás ven como conductor lo hacía sentir… mal. Sobre todo si todavía no se había decidido a confiar la actual jefa. ¿Por qué los había dejado salir? ¿Por qué no lo había ayudado antes en la sala de torturas de C’traeh?

Habían salido del pasillo de las celdas sin tener problema alguno. Sylasa rápidamente se percató de la presencia del guardia y se dirigió abiertamente hacia él con el sensual andar de sus caderas que se contoneaban hipnotizantes. No había desaparecido su efecto sobre el guardia, que seguía sonriendo insípido después de que ella le rompiera la cabeza con la lanza.

Tras ello, se dirigieron hacia la escalera que iba para la planta baja. Las antorchas vacilaban en el hueco de la escalera, cuya luz mortecina daba un aspecto de lobreguez. Mas la planta baja esta bien iluminada, merced a las antorchas mágicas modayreanas cuya extraña luz amarillenta no dejaba rincón a la sombra.

—Parece que estuviéramos en una galería de tiro —murmuró Barandas—.

Sylasa le dirigió una mirada de advertencia y se llevó un dedo a los labios. Y el hechicero se calló. Ella se alejó de la escalera y miró hacia ambos lados del pasillo. No había nadie a la vista, pero el corredor era corto, y doblaba de forma pronunciada a unos pocos metros a la derecha, en tanto que a la izquierda conducía a una puertas. Por allí había un gran salón, y la escalera a los pisos superiores, que Cornell creía llenos de guardias. Por desgracia, la salida también estaba en esa dirección.

Pero doblando el pasillo hacia la derecha se llegaba al depósito. No el que contenía las valiosas mercancías de Modayre, sino cajones con encendedores de lumbre y otros utensilios mundanos. También estaba custodiado, mas en general no tanto como la otra parte de la casa. Cornell había hecho guardia allí unas veces, por lo que sabía que se asignaba allí a los hombres menos experimentados de Tangrain.

Le tocó el hombro a Sylasa, que le prestó atención, y señaló el depósito. Ella levantó dubitativa una ceja, por lo que él le hizo señas de que había cajones y del típico movimiento vacilante de los encendedores de lumbre. Ella respondió encogiéndose de hombros, como diciendo “eso no nos va a servir de nada”.

—Hay un portón afuera —susurró él impaciente—.

Ella negó con la cabeza.

—Está trabado con un hechizo, lo sabes. No se abre sin la palabra clave.

—Bueno —dijo Cornell conteniendo la tos—. ¿Acaso no tenemos un mago con nosotros?

Sylasa no parecía convencida para nada.

—¿Con el poder para quebrar ese hechizo?

Cornell sabía que era un buen punto. En lo que hacía a la magia, Barandas jamás había sido el más ducho de la partida. Quizá debido a que se había pasado la mayoría del tiempo en la academia de hechicería persiguiendo chicas o yendo tras el dinero en vez de estudiar. Mas sí tenía facilidad para quebrar hechizos de seguridad.

—Sólo nos queda tener esperanza —insistió él, ganándose una mirada de reproche por parte de Barandas—.

Sylasa se encogió de hombros, y fueron hacia la derecha. Ella les hizo señas de que esperaran mientras doblaba el pasillo.

—No hay nadie —susurró al rato—.

Siguieron por el corredor un poco más hasta llegar a una encrucijada. De nuevo, Sylasa revisó primero el lugar, pero esta vez les indicaba sin preocupación que siguieran adelante.

—¡Hola, muchachos! —exclamó, y recibió una ruidosa respuesta—. ¡Bueno, bueno, no tan rápido! —contestó ella y se estiró lentamente—. Tengo que pensar si tengo ganas de hablar con ustedes hoy…

Barandas y Cornell se hallaban hechizados con los movimientos de ella. Sin dudas los guardias que estaban el pasillo eran los mismos, y tal vez ya se acercaban. ¿Tenía que llamarlos?, se preguntó Cornell. ¿Realmente podían confiar en ella?

—Ten lista tu espada, bonito —susurró Sylasa mientras estiraba la pierna arqueando el torso hacia atrás: una vista magnífica; tanto, que le llevó un buen rato a Cornell entender lo que le había dicho—.

Cuando ya era casi era demasiado tarde, vio de repente el destello de la lanza, que daba contra uno de los guardias y lo hacía caer. Sorprendido, el hombre dio un grito lastimero, al tiempo que su compañero bramaba, mas quedó silenciado con un lanzazo en la ingle.

—¡Al otro! —gritó Sylasa a la vez que volvía a golpear al segundo—.

El que estaba en el suelo, atontado por el ataque repentino, ya se levantaba. Cornell ya lo conocía. Udeshta era enjuto, fuerte, joven y no tenía experiencia. En condiciones normales era una cuestión de minutos. Ahora no había seguridad. Igualmente, dio una estocada con toda la fuerza.

Udeshta se percató de él justo antes de recibir el acero, y se hizo a un lado. A lo único que le dio la espada de Cornell fue al aire. El cayaboreano sentía que perdía el equilibrio, se tropezó, y estiró los brazos para poder agarrarse de algo, lo que fuera.

Eso le dio a Udeshta mucho tiempo para recomponerse y desenvainar la espada.

—¡Voy a matarte, desgraciado! —gritó y dio la estocada—.

Cornell no la vio, mas en realidad no hacía falta, pues en ese momento perdió el equilibrio y cayó al suelo.

Ahora era la espada de Udeshta la que estaba en el aire, y Cornell tenía al joven prácticamente encima de él. Al cayaboreano le daba vueltas la cabeza. Vio la espada, la mano que la empuñaba, el pecho, y su propio acero, que instintivamente apuntó hacia arriba. Era bueno el acero, y lo clavó con suerte, pues atravesó con facilidad la armadura de cadenas, penetrando la carne con un ruido tal que parecía chupar la hoja. La mirada de Udeshta se volvió vidriosa, los labios le quedaron cubiertos de sangre, y se desplomó encima de Cornell.

El peso muerto de hombre y armadura le comprimía los pulmones y las costillas, lo que hacía que respirar le costara un triunfo.

—Quítenmelo… de encima… —imploró Cornell, al tiempo que el pecho se transformaba en una jaula ígnea que quemaba todo el aire que contenía allí—.

Tras un momento que pareció una eternidad, el peso desapareció, y Barandas se arrodilló a su lado.

—Me tuviste preocupado un instante —murmuró—. ¿Te levantas de nuevo?

—¿Y Sylasa? —balbuceó Cornell—.

La respuesta la dio suavemente su delicada voz:

—Estoy aquí. El otro también está muerto. Y tú no pareces estar muy lejos.

—Disculpa… Es que perdí el equilibrio, nada… más.

Tomó las manos que le ofrecían Barandas y Sylasa y con esfuerzo se puso de pie nuevamente. Le volvió a dar un ataque de náusea, pero esta vez no se le iba a pasar. La bilis le subió a la boca, se atragantó, y en ese momento Sylasa rápidamente se inclinó hacia delante, justo cuando vomitó Cornell. Parecía una eternidad, una eternidad de dolor que le desgarraba el torso.

—Asqueroso... —exclamó Barandas—.

“Desalmado hijo de puta”, dijo Cornell para sus adentros, que de pronto se alegró de no haber hablado en voz alta al ver líneas rojas en el vómito que estaba en el suelo. Era un verdadero asco.

—Hay que llevarlo rápido a alguien que lo cure —dijo Sylasa—. Mejor que te las ingenies para echar un hechizo, o Nych se muere.

El hechicero no respondió. En cambio, tomó a Cornell por las axilas nuevamente, sirviéndole todo lo que podía de apoyo al pesado cayaboreano. Sylasa asintió secamente, y lo tomó del otro brazo, y los tres volvieron a encaminarse hacia el depósito.

No quedaba lejos; sólo había que atravesar dos habitaciones, que, misericordiosamente, se hallaban desprovistas de guardias. Cornell no tenía idea del tiempo que les llevó llegar. Todavía con los efectos de la náusea, se atragantaba cada tanto con una tos seca, y lentamente iba perdiendo el sentido. En un momento creyó estar de regreso en casa, que volaba con Tempestad intentando una de esas maniobras temerarias que le habían traído problemas con Hyrochyll. Pero le encantaban, y Tempestad siempre daba roncos gritos de triunfo en cada una de esas cabriolas de locura.

Después ya regresó a la casa de Tangrain. Ante ellos esta la puerta del depósito. Era de roble, fuerte, pero sin tranca. Todo lo que había que hacer era empujar para abrirla, atravesar el cuarto e ir hacia el portón exterior, que Barandas abriría con magia, y quedaban libres. ¿Acaso era mucho pedir?

Sylasa soltó a Cornell, viendo si el hechicero tenía fuerza para aguantar al guerrero el sólo, y se dirigió a la puerta, la abrió del todo y…

… Boragger, jefe de guardia, los recibió con una sonrisa burlona y cruel. Les apuntaba con el bastón del dragón en el brazo derecho, cuyas quijadas destellaban con el fuego que estaba por escupir.

—Acá termina tu huida, Nych —dijo, y se detuvo al reconocer a Sylasa—. ¿Qué haces aquí? —exclamó— ¡No te muevas, muchacha, sé lo rápida que eres con esa lanza!

—No —dijo Sylasa cautelosa, con la mirada ineluctablemente hacia las fauces del bastón—.

Detrás de ella, Cornell sentía los últimos gramos de fuerza lo abandonaban. “Otra vez no, no de nuevo en manos de Boragger”. Eso era todo lo que podía pensar, absurdas frases repetidas. Barandas lo agarraba con desesperación; de no ser así, el guerrero se hubiera caído de un resbalón.

El guardia se acercó poco a poco, siempre con el bastón apuntado hacia Sylasa.

—Me equivoqué contigo, muchacha. ¡Maldita sea, creía que eras de los nuestros! —espetó con expresión desencajada de ira—. Podrías haberte dado una gran vida aquí. Mejor que en cualquier otra parte, de eso yo me habría asegurado.

De repente, Sylasa dibujó su sonrisa dulce y embriagadora.

—¿Sí? Yo nunca... pero, Boragger… —guiñó los ojos, tartamudeó, y dio un paso al frente, para verse detenida abruptamente al levantar Boragger el bastón del dragón—.

—No intentes eso conmigo, muchacha —tronó él—. Jamás te fijaste en mí. Todo lo que te importa son los bobos como ese salvaje… Y ahora lo vas a acompañar a la muerte. Ya mismo.

Ella abrió bien los ojos al acercarse los dedos de Boragger al gatillo de su palma.

Cornell había permanecido un rato debatiéndose entre la pérdida y la recuperación del conocimiento. Mas la imagen de Boragger y Sylasa habían alcanzado a penetrarle medianamente la conciencia. Vio el bastón, los dedos que se movían, oyó las amenazas, y un rugido salióle de la garganta. Sus músculos se quejaban de dolor al zafarse él de las manos de Barandas. No sintió dolor, todo se había vuelto un mar rojo de insignificancia. Todo lo que importaba era Sylasa, todo lo que importaba era arrojarse hacia adelante y...

El bastón del dragón se disparó. El rayo brillante surcó los pocos metros que los separaban de Boragger, encendió el aire y, llameante, atravesó el pecho de Cornell. De dónde sacó las fuerzas para saltar y ponerse delante de Sylasa es algo que nadie podría decir. Momentos antes había sido un montón de carne y huesos tembloroso, que apenas podía tenerse a sí mismo. Después, sólo un instante, quedó en el aire, cual espíritu salvador.

Ahora yacía en el piso, con un rescoldo que le agujereaba el pecho, cuyos bordes estaban claramente marcados. En el rostro, que todavía expresaba, había una sonrisa. Les había hecho ganar algo de tiempo a sus amigos. Y eso alcanzaba para que morir valiera la pena.

 

 

Un líquido rezumaba de las piedras que rodeaban la pequeña rendija. Era verde oscuro, con rayas azuladas, casi como el profundo océano. No había una fuente; parecía mas bien que la piedra sangraba. Cada vez más fuerte, para ser precisos.

O tal vez no sangraba para nada, sino que cambiaba. A medida que el líquido seguía en aumento, parecía que la piedra sufría un encogimiento, que se dilataba, que se derretía.

Tras unos instantes, la piedra que sostenía los barrotes de la ventana se disolvió, los que cayeron con un ruido metálico. Al rato nomás, se había licuado tanto que, donde antes estaba la rendija, ahora había quedado un boquete. El líquido dejó de manar, y, poco a poco, dejó ese estado. El verde azulado se volvió roca grisácea. ¿De nuevo?

—Ya está seguro —dijo una voz de mujer—. Puedes salir.

No hubo respuesta.

Acto seguido, apareció una cabeza por el orificio, envuelta en una negra capucha ajustada, que enmarcaba un rostro pintado de color oscuro.

—Se fueron —salió de la capucha—.

—En tal caso —dijo una voz de hombre—, tendremos que ir a buscarlos. Ayúdame con el paquete, por favor.

La capucha desapareció un instante, y después hizo su aparición un cuerpo todo ataviado de negro que velozmente se introdujo en la celda. La mujer extendió los brazos hacia el agujero y recibió un paquete rectangular envuelto en cuero oscuro, que colocó sobre una de las camas, para después ayudar a entrar a la celda a un hombre. Él usaba ropa similar a la de ella, negra como la noche.

El hombre tomó el paquete y se lo puso en la espalda. No calzaba del todo bien, mas se dijo que iba a andar.

Entretanto, la mujer susurró algo en un lenguaje arcano, frunció el ceño y miró hacia un rincón vacío.

—La resonancia viene de ahí.

—Bien —asintió con la cabeza el hombre, y suspiró mientras se acomodaba nuevamente el paquete en la espalda—. Oh, madre mía, en los problemas que me meto…

 

 

—¡¡¡NOOOO!!!

El grito de Barandas cortó el silencio que había dejado el silbido del disparo del bastón del dragón. Sylasa miraba el cadáver que tenía ante sí, la herida en el pecho del hombre. Extrañaba su mirada inexpresiva, mas llena de fuego.

—Dio la vida por mí —susurró ella—.

A lo que Boragger espetó:

—A él le tocó primero, eso es todo. Lo acompañarán en este pequeño viaje hacia el encuentro con los dioses— dijo con una risotada, y comenzó a apuntar el bastón a uno y otro—. ¿Quién sigue?

Barandas tenía el rostro desencajado por el dolor y las lágrimas, y los hombros crispados.

—Por Cornell —dijo sollozando, para levantar los brazos y doblar los dedos cual garras—.

—¿Qué? —dijo Boragger riéndose a carcajadas—. ¡C’traeh me dijo que no eres hechicero de verdad! ¿Qué tratas de hacer? ¿Otra exhibición de juego de luces?

—Bola de fuego —dijo Barandas suavemente—.

Sus dedos comenzaron a tener un abundante sudor. Mas lo que al principio parecía ser sudor fluyó hacia el aire y prendióse fuego de repente. Dos bolas rojas que despedían fuego quedaron suspendidas un brevísimo instante encerradas entre los dedos del hechicero, para después salir disparadas directamente hacia el petrificado guardia. Boragger hizo a tiempo a cubrirse el rostro con los brazos, que era todo lo que le quedaba.

Las bolas de fuego impactaron en los brazos. Al instante, las vestiduras de Boragger envolviéronse en llamas, pero no fueron las únicas. La sustancia abrasadora se extendió rápido sobre todo el cuerpo, haciéndose más intensa, hasta que el guardaespaldas quedó hecho una sola llama que se retorcía. El fuego ardió unos segundos, y, de repente, se extinguió. El bastón del dragón cayó con estrépito al suelo, al parecer, intacto.

Los demás ni siquiera miraban para ese lado. Sylasa se arrodilló para cerrar los ojos sin vida de Cornell, y le cayó una lágrima. A los tropezones, más que caminando, se acercó Barandas, que se desplomó al lado de Cornell.

—Todo es culpa mía, todo —balbuceó—. Yo te convencí de meterte en este condenado enredo. Hemos estado en peores líos, ¿eh, Cornell? Todo es culpa mía…

—Shhh.

Sylasa le apoyó la mano en el hombro para consolarlo, mas él no la sintió, sino que cerró los ojos y dejó que fluyeran libremente las lágrimas, a la vez que oprimía las manos en el pecho de Cornell.

—¡Todo… es… mi maldita culpa! Creí que íbamos… a salir así nomás de aquí… como siempre, con ese condenado guantelete… y con lo que tú buscabas. ¡Ahora estás muerto, y ya no quiero ese maldito guantelete!

De repente, dejó de llorar y levantó la vista.

—¡¿Que no quiero el guantelete?! —se preguntó incrédulo—. ¡Por las Mareas de la Magia, soy un idiota! ¡Si es un endemoniado y asqueroso guantelete de la maldita resurrección!

—¿Cómo? —preguntó confundida Sylasa—.

Barandas se incorporó como un rayo, tomó a la mujer de los brazos y la levantó con fuerza.

—¡Lo podemos resucitar! —gritó—. ¡Hay un objeto modayreano en la colección privada de Tangrain que nos lo permitirá! ¡Podemos hacer volver a Cornell!

La ibrolleniana lo miró como si él hubiera perdido la razón. Quizá no estaba muy lejos, teniendo en cuenta los ojos desorbitados y la loca sonrisa del hechicero. Mas las palabras se hicieron eco en ella, merced al efecto que le causó la intensidad de Barandas.

—¿Resurrección?

—¡Sí! Es un guantelete; leí todo sobre él. Dentro de las tres o cuatro horas de producida la muerte, puede hacerse volver a la vida a quien la haya sufrido. Voy a subir, a llevar a Cornell hasta allí y lo voy a hacer volver aunque me cueste la vida. ¿Me acompañas?

De un tirón se liberó ella de las manos que sujetaban las suyas. Una expresión de desconcierto se apoderó de la mujer. Primero el bárbaro recibió el rayo del bastón para salvarla. Después, el hechicero, ese desgraciado egoísta y mujeriego del hechicero, de pronto había salido con la idea de salvar a su amigo, y no había nada en el mundo que lo aterrorizara.

Bajó la vista hacia el cadáver de Cornell, que todavía conservaba la expresión de satisfacción. Morir para salvar a otro, un pequeño precio para él. Eso es lo que distingue a un gran hombre.

¿Y quién era Sylasa, guerrera de Ibrollene, sino una gran mujer?

—Dos pisos hacia arriba —dijo ella, y se dirigió a donde estaba el bastón del dragón—.

Con soltura se inclinó, lo recogió y se lo colocó en el brazo. Las almohadillas del gatillo le calzaban bien en la palma. Lo probó presionándolo con dos dedos y haciendo fuego sobre uno de los cajones. El rayo salió silbando de las fauces del dragón, y encendió una chispa en el cajón, haciéndole un agujero profundo y humeante. Todavía funcionaba.

—Por ahí hay una escalera. Vamos.

 

 

SECCIÓN 4