
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
—Lo
lamento mucho, ilustre sabio —dijo Tangrain, reclinándose sobre la
silla ubicada sobre el pedestal al final del Gran Salón, y que a su
derecha, al lado de la estatua que representaba al dios Darawk, contaba
con la presencia de Boragger, con su bastón de dragón pegado al brazo
gracias a apéndices retorcidos cual esqueléticos dedos metálicos, en
tanto que, enfrente, Leur C’traeh, inerme, sonreía complacido, lo que
ya era bastante amenazante—. Sus dos… amigos entraron sin autorización
a mi hogar, y estoy en todo mi derecho, según la ley de la ciudad, en
hacerles lo que me plazca.
Parados
frente al estrado había dos sacerdotes de Darawk, reconocibles por las
chaquetas marrón claro idénticas que usaban. Uno era un cincuentón muy
avanzado, con el cabello y barba color gris entrecano y ojos azules
brillantes y acerados. La otra era una joven avispada, que apenas superaba
los veinte, tenía ojos celestes que destellaban cual zafiros en su
hermoso rostro de cutis claro al que enmarcaba una cabellera ensortijada y
castaña no muy larga.
El
primero, el sabio Demercur Ylvain, apenas pudo contener su ira cuando
dijo:
—Estimado
Ceravin, si bien estás en lo cierto, no recuerdo que jamás se haya
aplicado esa parte de la constitución de la ciudad. No existen
precedentes.
—Oh,
hay precedentes —retrucó tranquilo Tangrain, y, con su típico tic en
los ojos más pronunciado, se dirigió al duende—. ¿El salvaje ha
brindado alguna pista?
—En
absoluto, me temo —respondió C’traeh con el hilo de voz monocorde que
caracteriza el acento de su lengua nativa—. Desconcertaba la carencia de
información útil de sus respuestas. Me gustaría poder interrogar al
hechicero; puede que se muestre más abierto mediante la correspondiente
estimulación.
El
mercader giró sobre su silla, y le dirigió una mirada de soslayo al acólito
de Darawk.
—¿El
bárbaro resistió tu… estimulación, C’traeh? Me indigna oír eso.
Quizá te haz hecho demasiada fama para tu habilidad.
—Señorito
Tangrain —dijo el duende en tono amable—, mi fama no es mi preocupación.
Sí lo es darle respuestas. Y no me agradan sus juegos. Si desea que
interrogue de nuevo al bárbaro, sus deseos son órdenes. Mas necesitará
unas horas para recuperarse de la primera sesión, por lo que puede
aprovecharse el tiempo en investigar al hechicero. Salvo que a usted no le
importe que Nych muera antes de responder sus preguntas.
Todo
ese rato el rostro de Ylvain se fue poniendo más tenso, y se le empalidecían
las mejillas.
—¡Andas
torturando a esta gente! —exclamó y dio un paso al frente—. Ceravin,
te exhorto a que detengas esto y los entregues a las autoridades. No hay
razón para reacción así ante un simple hurto.
—¿Hurto?
—preguntó Tangrain, y arqueó una ceja—. Considerando que uno de los
dos ladrones lo acompañaba a usted ayer, cuando solicitó un objeto de mi
propiedad, me parece que hay algo más. Oh, a propósito, cómo se ha
enterado que a los supuestos ladrones los mantienen en cautiverio aquí?
No tengo por costumbre andar divulgando los arrestos que se hacen en mi
hogar. ¿Y bien, ilustre sabio?
Las
últimas dos palabras resumaban un sarcasmo que hirieron a Ylvain como un
cuchillo, al igual que la insinuación de que el erudito había enviado a
Nych y Barandas en incursión ladronesca. Mas si Tangrain había pensado
en contrariar a Ylvain, la jugada le salió mal. Su rostro se compuso de
repente, y asintió ligeramente con la cabeza.
—Una
pregunta acertada, Ceravin. Por desgracia para ti, es fácil de contestar.
El joven hechicero pidió prestado de nuestra biblioteca un artículo que
tiene un sello mágico, cuya resonancia se halla ubicada en tu hogar, por
lo que es probable que Barandas se halle aquí también, lo que, a propósito,
has terminado demostrando.
Ninguno
de los hombres del pedestal reaccionó. Tangrain sonrió sornástico.
—¿O
sea que él le robó a usted también? “Pedir prestado” es un término
muy vago. Pero me temo que no tengo más tiempo para esta agradable
conversación, ilustre sabio. Como ya sabe, hay cosas de las que ocuparse.
¿Quién sabe? ¿Quizá más adelante tengamos una mejor oportunidad para
volver a charlar? Sylasa, por favor, acompaña al ilustre sabio y su
encantadora compañera hasta la puerta.
La
guerrera salió de una zona a media luz y de penumbras al costado de la
estatua de Alyssa. Ylvain negó con la cabeza.
—No
hace falta, Ceravin, conozco la salida.
—Igual,
insisto —dijo Tangrain, y le hizo señas a Sylasa—. Ah, otra cosa,
ilustre sabio. Da gracia verlo venir con un nuevo acompañante todos los días,
mas espero de todo corazón que la próxima vez que vea a su actual compañera,
usted todavía esté a su lado.
El
erudito entrecerró los ojos al resoplar y girar sobre los talones.
—Vamos,
Aurelyn. No queda nada por decir.
La
sacerdotisa asintió secamente para después seguir al anciano sacerdote
hacia la salida del salón, mirando intrigada a la plateada Sylasa, que
caminaba al lado de ellos. Ninguno dijo una palabra mientras transitaban
los pasillos hacia la entrada. Al ver a Sylasa, un guardia se puso firme
de sobresalto, y se tragó algo rápidamente mientras abría la pesada
puerta de roble.
Ylvain
ya estaba a punto de atravesara a toda prisa e internarse en el dulce aire
vespertino de Chazevo, cuando la sacerdotisa se detuvo y miró a la
guerrera ibrolleniana.
—¿Estás
muy lejos de casa, no? —inquirió ella—. En más de un sentido.
Sylasa
se cruzó de brazos, y con un grotesco ademán le señaló la puerta con
la cabeza.
—El
Señorito dijo que se fueran, y se irán.
Una
sonrisa se dibujó en el rostro de Aurelyn.
—Sí,
señorita, nos iremos —dijo al tiempo que disfrutaba la repentina
expresión adusta de Sylasa—. Mas hay una razón para su presencia.
Espero que sea la correcta, a pesar de las apariencias.
—Hago
lo que debo, Aurelyn Mutean —respondió Sylasa con una delicadeza
sorprendente—. De eso puede estar segura.
La
sacerdotisa asintió con seriedad.
—Ello
me da un gran alivio, señorita.
Tras
decir eso, giró, tomó de la mano al atónito Ylvain y lo llevó hacia la
calle. La puerta se cerró de un golpe detrás de ellos.
—Por
todos los Dioses, ¿qué fue todo eso? —susurró Ylvain impaciente,
siempre con cuidado para que no los escucharan—. ¡¿Acaso te olvidas de
que hay dos muchachos allí a punto de ser torturados hasta morir?!
Aurelyn
negó ligeramente con la cabeza, se sacó de la túnica polvillo que nadie
veía y indicó que siguieran caminando hacia delante, cosa que hicieron
en silencio sobre los caminos marmolados. Al sol lo tapaba una fina capa
de nubes, que dibujaba sombras en el mármol pulido. Al rato, la
sacerdotisa se detuvo y, tras una reverencia hacia el anciano clérigo,
dijo:
—Perdóneme,
ilustre sabio. No era lugar para que yo hablase; terminé socavando su
autoridad.
—Hablas
con acertijos, hija —dijo Ylvain pasándose la mano sobre la frente y
dando un suspiro—. Si crees que había un motivo para hablar, estuvo
bien. Ya es algo que deberías haber aprendido de mí. No estoy tan viejo
y grosero como para amar la autoridad más que la verdad. ¿O acaso lo
crees?
—¡En
absoluto, ilustre sabio! —se apresuró a contestar la sacerdotisa—. ¡Apenas
lleguemos a la academia me pondré a escribir un ensayo al respecto, y lo
tendrá en su escritorio a la mañana!
Ylvain
la miró perplejo. Ella tenía los ojos bien abiertos: dos lagos azules
que rebosaban de temor; de repente, el sabio rió sin desternillarse,
momento en que se desmoronó la fachada de terror.
—Gran
señor del Conocimiento, quizá lo necesite.
—Quizá
—consintió Aurelyn—. Usted era
un dictador en todas las clases a las que asistí. Y sí tenía motivo para hablar. No sé si sirvió de algo pero… ¿Qué
planes tiene, ilustre sabio?
Él
frunció el ceño y se rascó el mentón.
—Buena
pregunta. No puedo dejar que mueran estos muchachos. Deben haber tenido un
buen motivo para violar la casa de Ceravin, y Darawk sabe que mi querido
“amigo” no es más que un ciudadano celoso de la ley. Bueno…
—No
queda mucho tiempo para decidirse —interrumpió la sacerdotisa—. Según
el duende, va a volver a torturar al bárbaro en unas pocas horas. Así
que, ¿qué haremos, ilustre sabio?
—¿Haremos?
Aurelyn
asintió sincera.
—He
tomado los votos, ¿no es verdad? Ello significa que tengo tanto derecho
como usted a elegir qué camino tomar. Aunque resulte ser el camino del
peligro.
La
frente del viejo erudito se vio surcada por arrugas mientras volvía a
suspirar. El tiempo pasaba muy rápido. Aurelyn ya no era la niña con
coletas de la clase de historia, la que no podía estarse quieta y se hacía
la tonta, sólo para confundir al profesor cuando en realidad sabía todas
las respuestas.
—Esperemos
que pueda hallar otro camino —dijo él, y siguieron rumbo a la
academia—.
La
humedad y el frío le calaban el cuerpo a Cornell. Tenía la sensación de
que los músculos eran de otro, mas respondían a sus órdenes. Con
tirones, pero respondían.
—A
veces —murmuró Barandas mientras ayudaba al cayaboreano a sentarse en
la cama—, tengo ganas de que haya un sacerdote cerca cuando se lo
necesita.
Boragger
no había hecho llevar al hechicero al torturador duéndico. Sus hombres sólo
arrojaron a Cornell en la celda, la cerraron de un portazo y se fueron.
Deben haber transcurrido varias horas desde entonces, a juzgar por la luz
crepuscular que entraba por la rendija. La mayoría del tiempo, Cornell
había permanecido tendido en la cama, lidiando con las olas de dolor que
rompían en él, mientras
Barandas se sentaba preocupado a su lado. Cada tanto el hechicero se había
arrimado a los barrotes, mirado con atención hacia el exterior y probado
en vano la fuerza de la cerradura.
Al
menos eso es lo que le había parecido a Cornell. De alguna parte de su
dolorido cerebro había surgido la idea de que no era la conducta más
probable, no para Barandas, al menos. Sin embargo, la mayor parte de su
atención estaba volcada hacia Sylasa. ¿Cómo una mujer tan hermosa podía
ser tan fría? ¡Tenía que darse cuenta que ayudar a Cornell y Barandas
era lo que correspondía! Los tenían en cautiverio, los torturaban y los
estaban por matar. Mas ella hizo caso omiso de eso; ¡quizá lo
disfrutaba!
—¿Te
puedes levantar?
Cornell
se encogió de hombros y negó con la cabeza, sólo para lamentar haberse
movido al momento que una sensación de náusea se apoderó de él.
—Tengo
que probar —dijo despacio—.
Barandas
sonrió, le pasó un brazo debajo de las axilas a su amigo y lo levantó
con cuidado. Entre ambos alcanzaron a poner de pie al cayaboreano. Un par
de instantes estuvo Cornell viendo si podía mantenerse firme, tratando de
hallar equilibrio, hasta que, por fin, le hizo señas al hechicero para
que lo soltara. El apoyo del brazo fue desapareciendo de a poco, y Cornell
casi se cae de espaldas. La pierna derecha se balanceó hacia delante cual
péndulo y pegó contra la cama, mas pudo mantenerse derecho.
—Está
… bien —dijo jadeando, al notar la mirada recelosa de Barandas—.
Respiró
hondo, y retrocedió desde la cama hacia el medio de la celda. Parecía
que no tenía la cabeza puesta y que andaba errante por cualquier lado, al
tiempo que el dolor se hacía sentir en cada vez que se movía. Pero se
mantuvo de pie.
—Estoy
bien.
—Bien
—dijo sonriente el hechicero—. Igual, no tenía ganas de llevarte
desde aquí hasta la salida.
—¡¿Cómo?!
¿Es que… hallaste una salida?
—Te
dije que habíamos estado en trampas peores, ¿o no? ¿Cuándo vas a
aprender a confiar en tu viejo amigo Barandas?
A
Cornell le dio otro ataque de mareos, mientras refunfuñando contestaba:
—Aproximadamente
después de diez semanas de haberte enterrado. Si es que no vuelves a
salir haciendo un túnel.
—Me
siento insultado.
No
parecía estarlo en absoluto al acercarse de nuevo a los barrotes y sacar
de su túnica algo que Cornell reconoció. El ídolo metálico que
representaba a un alreu de manos grandes. Barandas había traído el
objeto desde la academia de Darawk y lo había usado para crear guantes
que se adherían a cualquier superficie.
—Hay
que agradecerles a las mareas de la magia que tus compinches de aquí no
nos hayan cateado muy a fondo —dijo el hechicero, lleno de satisfacción—.
Sin esta pequeña belleza, nos quedaríamos clavados aquí —tras lo cual
miró rápido entre los barrotes para ver si había guardias, y pulsó un
botón oculto del ídolo, para mostrárselo con un floreo a Cornell: el
fondo se había abierto y de él salía un racimo de pequeñas ganzúas—.
¡Ah!
Cornell
frunció el ceño, y lentamente se dirigió hacia el hechicero. Por suerte
el trecho era muy corto, mas sentía que la náusea de a poco cedía.
—¿Por
qué… —se detuvo, y se tragó la bilis antes de proseguir—, por qué
no lo usaste antes? Podríamos haber salido antes...
—Había
alarmas mágicas —contestó Barandas encogiéndose de hombros—. Me fijé
en ellas desde que entramos aquí. Hay una en el agujero al que le dicen
ventana, y hay un par aquí adentro. Mejor dicho, había. Desarmé la
mayoría cuando te llevaron y del resto me ocupé mientras tratabas de
mantener el último almuerzo en el estómago.
—Estupendo
—gruñó el cayaboreano—. Abre la puerta.
—¿Seguro
que puedes correr? Es posible que lo tengamos que hacer.
—Ábrela.
“Correr es mejor que estar tendido
en una mesa de granito con C’traeh. Morir peleando es mejor que otra
sesión con ese duende”.
La
ganzúa brillaba a la débil luz que entraba por la rendija al tiempo que
Barandas lo hacía pasar entre los barrotes y lo introducía en la
cerradura con cuidado. Cornell se recostó pesadamente sobre los barrotes
agarrándose fuerte a ellos. Podría haberse mantenido en equilibrio por sí
mismo, pero, ¿por qué gastar las fuerzas si no había necesidad?
Barandas
giró varias veces la ganzúa, y después tocó unos pequeños mecanismos
para cambiar la combinación del dispositivo. Parecía que el ídolo alreu
le sonreía orgulloso al hechicero. De ser así, apenas se comparaba a la
sonrisa perversa de Barandas.
—Un
poquito más, mi amor… ¡Eso, ya… está!
Ante
la última exclamación, algo hizo un clic dentro de la cerradura, el
cerrojo se corrió, y Barandas tiró con cuidado la puerta hacia atrás,
tratando de evitar chirridos traicioneros. Con ademanes grandilocuentes señaló
hacia la puerta.
—¡Y
una vez más Barandas el Magnífico cumple!
Afuera
no había indicios de guardias, ni gritos de alarma. Cornell sabía que
era difícil que todo permaneciera así mucho tiempo. Respiró hondo y,
mientras soltaba los barrotes, balbuceó:
—Vamos.
Barandas
salió de la celda, y pisó la primera piedra, que se hundió unos centímetros
haciendo un chasquido fuerte. Él miró hacia abajo automáticamente, ya
sin la sonrisa en el rostro. Apenas respiraron que dos portones bajaron
del techo y cayeron a 30 centímetros de la puerta de la celda: eran
barrotes de metal pesado que cerraban el corredor.
Cornell
no pudo evitar reírse, risa que lamentó dado que se le quedó
atragantada.
—Barandas
el Estúpido —dijo
tosiendo— revisó las trampas mágicas pero se olvidó de las físicas.
—Maldita
sea... —dijo el hechicero pateando la piedra sobre la que estaba parado,
que parecía no sufrir daño alguno—. ¿Cómo iba a saber? Los malditos
guardias se la han pasado pisándolas todo el tiempo, igual que nosotros,
por las Mareas de la Magia. No tendría que haber... —dijo, y se detuvo
de repente para mirar a lo largo del corredor—.
—¿Qué
pasa? —preguntó Cornell, siguiendo lentamente al hechicero hacia la
repentina segunda celda—. ¿Hay guardias?
—Casi
—respondió la voz de Sylasa—.
A
unos metros de ellos resplandecía ella en su armadura plateada. En las
manos tenía una espada, una imitación de espada con una hoja muy bien
trabajada y una empuñadura de marfil hecha de colmillos de thymbair. “Es mi espada”, notó
sobresaltado Cornell.
—Aquí
hay una palanca que hace volver la piedra a su lugar. No la ven desde
adentro, por eso las celdas están de un lado solamente.
Se
les acercó, y señaló la palanca ubicada bajo un portaantorchas.
No
había expresión en su rostro. “¿Qué
quiere ahora?”, se preguntaba Cornell, sin dejar de mirar su espada.
¿Los quería atacar con ella? ¡Qué humillante es sufrir un ataque con
la propia arma! ¡Y qué necio es
pensar en la humillación si se está por morir!”
—Bueno
—dijo inocentemente Barandas, y unió las manos—, eso fue muy
instructivo. Muchas gracias Señorita Sylasa. Volveremos a nuestra celda,
si le parece bien.
—No
—dijo ella con frialdad, y se dirigió a Cornell—. Te puedes tener de
pie. Bien. ¿Puedes sostener algo?
—¿Como
qué?
—Como
esto —respondió Sylasa, y dio vuelva la espada de tal forma que la empuñadura
pasara a través de los barrotes del portón—.
Cornell
la tomó de inmediato; la sensación familiar de empuñarla le daba una
extraña confianza. No bien la había agarrado cuando Sylasa bajó la
palanca, se introdujo en un agujero que había debajo y comenzó a jalar
algo, que se hallaba conectado al portón que estaba entre ellos que, poco
a poco, se elevaba del suelo deslizándose en las hendiduras a los lados
de ambos, que contemplaban incrédulos a la ibrolleniana.
El
portón alcanzó su altura máxima, y, de manera automática, las trabas
lo sujetaron en su lugar con un ruido metálico. Al hallarse en la parte
menos iluminada del corredor, había que saber que estaba allí para
notarla. “¡Qué ingenioso!”, reflexionó Cornell.
—¿Se
van a quedar parados toda la noche? —inquirió Sylasa al tiempo que
sacaba la lanza de la espalda—. El duende enviará a sus guardias aquí
en unos pocos minutos.
Cornell
negó con la cabeza.
—Para
entonces nos habremos ido —murmuró, y probó su espada con una estocada
al aire, que casi le hizo perder el equilibrio, e insultó a la nada: los
sentidos todavía no tenían la fuerza de antes, pero ya la iban
recuperando; faltaba un poco nomás…—.


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