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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

(3) "Doncella broquelera"

(4) "El eterno guerrero"

(5) "Promesa solemne"

"Algien común"

 

El llamado del dragón, Parte II

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3 / Sección 4 / Sección 5


—Lo lamento mucho, ilustre sabio —dijo Tangrain, reclinándose sobre la silla ubicada sobre el pedestal al final del Gran Salón, y que a su derecha, al lado de la estatua que representaba al dios Darawk, contaba con la presencia de Boragger, con su bastón de dragón pegado al brazo gracias a apéndices retorcidos cual esqueléticos dedos metálicos, en tanto que, enfrente, Leur C’traeh, inerme, sonreía complacido, lo que ya era bastante amenazante—. Sus dos… amigos entraron sin autorización a mi hogar, y estoy en todo mi derecho, según la ley de la ciudad, en hacerles lo que me plazca.

Parados frente al estrado había dos sacerdotes de Darawk, reconocibles por las chaquetas marrón claro idénticas que usaban. Uno era un cincuentón muy avanzado, con el cabello y barba color gris entrecano y ojos azules brillantes y acerados. La otra era una joven avispada, que apenas superaba los veinte, tenía ojos celestes que destellaban cual zafiros en su hermoso rostro de cutis claro al que enmarcaba una cabellera ensortijada y castaña no muy larga.

El primero, el sabio Demercur Ylvain, apenas pudo contener su ira cuando dijo:

—Estimado Ceravin, si bien estás en lo cierto, no recuerdo que jamás se haya aplicado esa parte de la constitución de la ciudad. No existen precedentes.

—Oh, hay precedentes —retrucó tranquilo Tangrain, y, con su típico tic en los ojos más pronunciado, se dirigió al duende—. ¿El salvaje ha brindado alguna pista?

—En absoluto, me temo —respondió C’traeh con el hilo de voz monocorde que caracteriza el acento de su lengua nativa—. Desconcertaba la carencia de información útil de sus respuestas. Me gustaría poder interrogar al hechicero; puede que se muestre más abierto mediante la correspondiente estimulación.

El mercader giró sobre su silla, y le dirigió una mirada de soslayo al acólito de Darawk.

—¿El bárbaro resistió tu… estimulación, C’traeh? Me indigna oír eso. Quizá te haz hecho demasiada fama para tu habilidad.

—Señorito Tangrain —dijo el duende en tono amable—, mi fama no es mi preocupación. Sí lo es darle respuestas. Y no me agradan sus juegos. Si desea que interrogue de nuevo al bárbaro, sus deseos son órdenes. Mas necesitará unas horas para recuperarse de la primera sesión, por lo que puede aprovecharse el tiempo en investigar al hechicero. Salvo que a usted no le importe que Nych muera antes de responder sus preguntas.

Todo ese rato el rostro de Ylvain se fue poniendo más tenso, y se le empalidecían las mejillas.

—¡Andas torturando a esta gente! —exclamó y dio un paso al frente—. Ceravin, te exhorto a que detengas esto y los entregues a las autoridades. No hay razón para reacción así ante un simple hurto.

—¿Hurto? —preguntó Tangrain, y arqueó una ceja—. Considerando que uno de los dos ladrones lo acompañaba a usted ayer, cuando solicitó un objeto de mi propiedad, me parece que hay algo más. Oh, a propósito, cómo se ha enterado que a los supuestos ladrones los mantienen en cautiverio aquí? No tengo por costumbre andar divulgando los arrestos que se hacen en mi hogar. ¿Y bien, ilustre sabio?

Las últimas dos palabras resumaban un sarcasmo que hirieron a Ylvain como un cuchillo, al igual que la insinuación de que el erudito había enviado a Nych y Barandas en incursión ladronesca. Mas si Tangrain había pensado en contrariar a Ylvain, la jugada le salió mal. Su rostro se compuso de repente, y asintió ligeramente con la cabeza.

—Una pregunta acertada, Ceravin. Por desgracia para ti, es fácil de contestar. El joven hechicero pidió prestado de nuestra biblioteca un artículo que tiene un sello mágico, cuya resonancia se halla ubicada en tu hogar, por lo que es probable que Barandas se halle aquí también, lo que, a propósito, has terminado demostrando.

Ninguno de los hombres del pedestal reaccionó. Tangrain sonrió sornástico.

—¿O sea que él le robó a usted también? “Pedir prestado” es un término muy vago. Pero me temo que no tengo más tiempo para esta agradable conversación, ilustre sabio. Como ya sabe, hay cosas de las que ocuparse. ¿Quién sabe? ¿Quizá más adelante tengamos una mejor oportunidad para volver a charlar? Sylasa, por favor, acompaña al ilustre sabio y su encantadora compañera hasta la puerta.

La guerrera salió de una zona a media luz y de penumbras al costado de la estatua de Alyssa. Ylvain negó con la cabeza.

—No hace falta, Ceravin, conozco la salida.

—Igual, insisto —dijo Tangrain, y le hizo señas a Sylasa—. Ah, otra cosa, ilustre sabio. Da gracia verlo venir con un nuevo acompañante todos los días, mas espero de todo corazón que la próxima vez que vea a su actual compañera, usted todavía esté a su lado.

El erudito entrecerró los ojos al resoplar y girar sobre los talones.

—Vamos, Aurelyn. No queda nada por decir.

La sacerdotisa asintió secamente para después seguir al anciano sacerdote hacia la salida del salón, mirando intrigada a la plateada Sylasa, que caminaba al lado de ellos. Ninguno dijo una palabra mientras transitaban los pasillos hacia la entrada. Al ver a Sylasa, un guardia se puso firme de sobresalto, y se tragó algo rápidamente mientras abría la pesada puerta de roble.

Ylvain ya estaba a punto de atravesara a toda prisa e internarse en el dulce aire vespertino de Chazevo, cuando la sacerdotisa se detuvo y miró a la guerrera ibrolleniana.

—¿Estás muy lejos de casa, no? —inquirió ella—. En más de un sentido.

Sylasa se cruzó de brazos, y con un grotesco ademán le señaló la puerta con la cabeza.

—El Señorito dijo que se fueran, y se irán.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Aurelyn.

—Sí, señorita, nos iremos —dijo al tiempo que disfrutaba la repentina expresión adusta de Sylasa—. Mas hay una razón para su presencia. Espero que sea la correcta, a pesar de las apariencias.

—Hago lo que debo, Aurelyn Mutean —respondió Sylasa con una delicadeza sorprendente—. De eso puede estar segura.

La sacerdotisa asintió con seriedad.

—Ello me da un gran alivio, señorita.

Tras decir eso, giró, tomó de la mano al atónito Ylvain y lo llevó hacia la calle. La puerta se cerró de un golpe detrás de ellos.

—Por todos los Dioses, ¿qué fue todo eso? —susurró Ylvain impaciente, siempre con cuidado para que no los escucharan—. ¡¿Acaso te olvidas de que hay dos muchachos allí a punto de ser torturados hasta morir?!

Aurelyn negó ligeramente con la cabeza, se sacó de la túnica polvillo que nadie veía y indicó que siguieran caminando hacia delante, cosa que hicieron en silencio sobre los caminos marmolados. Al sol lo tapaba una fina capa de nubes, que dibujaba sombras en el mármol pulido. Al rato, la sacerdotisa se detuvo y, tras una reverencia hacia el anciano clérigo, dijo:

—Perdóneme, ilustre sabio. No era lugar para que yo hablase; terminé socavando su autoridad.

—Hablas con acertijos, hija —dijo Ylvain pasándose la mano sobre la frente y dando un suspiro—. Si crees que había un motivo para hablar, estuvo bien. Ya es algo que deberías haber aprendido de mí. No estoy tan viejo y grosero como para amar la autoridad más que la verdad. ¿O acaso lo crees?

—¡En absoluto, ilustre sabio! —se apresuró a contestar la sacerdotisa—. ¡Apenas lleguemos a la academia me pondré a escribir un ensayo al respecto, y lo tendrá en su escritorio a la mañana!

Ylvain la miró perplejo. Ella tenía los ojos bien abiertos: dos lagos azules que rebosaban de temor; de repente, el sabio rió sin desternillarse, momento en que se desmoronó la fachada de terror.

—Gran señor del Conocimiento, quizá lo necesite.

—Quizá —consintió Aurelyn—. Usted era un dictador en todas las clases a las que asistí. Y tenía motivo para hablar. No sé si sirvió de algo pero… ¿Qué planes tiene, ilustre sabio?

Él frunció el ceño y se rascó el mentón.

—Buena pregunta. No puedo dejar que mueran estos muchachos. Deben haber tenido un buen motivo para violar la casa de Ceravin, y Darawk sabe que mi querido “amigo” no es más que un ciudadano celoso de la ley. Bueno…

—No queda mucho tiempo para decidirse —interrumpió la sacerdotisa—. Según el duende, va a volver a torturar al bárbaro en unas pocas horas. Así que, ¿qué haremos, ilustre sabio?

—¿Haremos?

Aurelyn asintió sincera.

—He tomado los votos, ¿no es verdad? Ello significa que tengo tanto derecho como usted a elegir qué camino tomar. Aunque resulte ser el camino del peligro.

La frente del viejo erudito se vio surcada por arrugas mientras volvía a suspirar. El tiempo pasaba muy rápido. Aurelyn ya no era la niña con coletas de la clase de historia, la que no podía estarse quieta y se hacía la tonta, sólo para confundir al profesor cuando en realidad sabía todas las respuestas.

—Esperemos que pueda hallar otro camino —dijo él, y siguieron rumbo a la academia—.

 

 

 

 

La humedad y el frío le calaban el cuerpo a Cornell. Tenía la sensación de que los músculos eran de otro, mas respondían a sus órdenes. Con tirones, pero respondían.

—A veces —murmuró Barandas mientras ayudaba al cayaboreano a sentarse en la cama—, tengo ganas de que haya un sacerdote cerca cuando se lo necesita.

Boragger no había hecho llevar al hechicero al torturador duéndico. Sus hombres sólo arrojaron a Cornell en la celda, la cerraron de un portazo y se fueron. Deben haber transcurrido varias horas desde entonces, a juzgar por la luz crepuscular que entraba por la rendija. La mayoría del tiempo, Cornell había permanecido tendido en la cama, lidiando con las olas de dolor que rompían en él, mientras Barandas se sentaba preocupado a su lado. Cada tanto el hechicero se había arrimado a los barrotes, mirado con atención hacia el exterior y probado en vano la fuerza de la cerradura.

Al menos eso es lo que le había parecido a Cornell. De alguna parte de su dolorido cerebro había surgido la idea de que no era la conducta más probable, no para Barandas, al menos. Sin embargo, la mayor parte de su atención estaba volcada hacia Sylasa. ¿Cómo una mujer tan hermosa podía ser tan fría? ¡Tenía que darse cuenta que ayudar a Cornell y Barandas era lo que correspondía! Los tenían en cautiverio, los torturaban y los estaban por matar. Mas ella hizo caso omiso de eso; ¡quizá lo disfrutaba!

—¿Te puedes levantar?

Cornell se encogió de hombros y negó con la cabeza, sólo para lamentar haberse movido al momento que una sensación de náusea se apoderó de él.

—Tengo que probar —dijo despacio—.

Barandas sonrió, le pasó un brazo debajo de las axilas a su amigo y lo levantó con cuidado. Entre ambos alcanzaron a poner de pie al cayaboreano. Un par de instantes estuvo Cornell viendo si podía mantenerse firme, tratando de hallar equilibrio, hasta que, por fin, le hizo señas al hechicero para que lo soltara. El apoyo del brazo fue desapareciendo de a poco, y Cornell casi se cae de espaldas. La pierna derecha se balanceó hacia delante cual péndulo y pegó contra la cama, mas pudo mantenerse derecho.

—Está … bien —dijo jadeando, al notar la mirada recelosa de Barandas—.

Respiró hondo, y retrocedió desde la cama hacia el medio de la celda. Parecía que no tenía la cabeza puesta y que andaba errante por cualquier lado, al tiempo que el dolor se hacía sentir en cada vez que se movía. Pero se mantuvo de pie.

—Estoy bien.

—Bien —dijo sonriente el hechicero—. Igual, no tenía ganas de llevarte desde aquí hasta la salida.

—¡¿Cómo?! ¿Es que… hallaste una salida?

—Te dije que habíamos estado en trampas peores, ¿o no? ¿Cuándo vas a aprender a confiar en tu viejo amigo Barandas?

A Cornell le dio otro ataque de mareos, mientras refunfuñando contestaba:

—Aproximadamente después de diez semanas de haberte enterrado. Si es que no vuelves a salir haciendo un túnel.

—Me siento insultado.

No parecía estarlo en absoluto al acercarse de nuevo a los barrotes y sacar de su túnica algo que Cornell reconoció. El ídolo metálico que representaba a un alreu de manos grandes. Barandas había traído el objeto desde la academia de Darawk y lo había usado para crear guantes que se adherían a cualquier superficie.

—Hay que agradecerles a las mareas de la magia que tus compinches de aquí no nos hayan cateado muy a fondo —dijo el hechicero, lleno de satisfacción—. Sin esta pequeña belleza, nos quedaríamos clavados aquí —tras lo cual miró rápido entre los barrotes para ver si había guardias, y pulsó un botón oculto del ídolo, para mostrárselo con un floreo a Cornell: el fondo se había abierto y de él salía un racimo de pequeñas ganzúas—. ¡Ah!

Cornell frunció el ceño, y lentamente se dirigió hacia el hechicero. Por suerte el trecho era muy corto, mas sentía que la náusea de a poco cedía.

—¿Por qué… —se detuvo, y se tragó la bilis antes de proseguir—, por qué no lo usaste antes? Podríamos haber salido antes...

—Había alarmas mágicas —contestó Barandas encogiéndose de hombros—. Me fijé en ellas desde que entramos aquí. Hay una en el agujero al que le dicen ventana, y hay un par aquí adentro. Mejor dicho, había. Desarmé la mayoría cuando te llevaron y del resto me ocupé mientras tratabas de mantener el último almuerzo en el estómago.

—Estupendo —gruñó el cayaboreano—. Abre la puerta.

—¿Seguro que puedes correr? Es posible que lo tengamos que hacer.

—Ábrela. “Correr es mejor que estar tendido en una mesa de granito con C’traeh. Morir peleando es mejor que otra sesión con ese duende”.

La ganzúa brillaba a la débil luz que entraba por la rendija al tiempo que Barandas lo hacía pasar entre los barrotes y lo introducía en la cerradura con cuidado. Cornell se recostó pesadamente sobre los barrotes agarrándose fuerte a ellos. Podría haberse mantenido en equilibrio por sí mismo, pero, ¿por qué gastar las fuerzas si no había necesidad?

Barandas giró varias veces la ganzúa, y después tocó unos pequeños mecanismos para cambiar la combinación del dispositivo. Parecía que el ídolo alreu le sonreía orgulloso al hechicero. De ser así, apenas se comparaba a la sonrisa perversa de Barandas.

—Un poquito más, mi amor… ¡Eso, ya… está!

Ante la última exclamación, algo hizo un clic dentro de la cerradura, el cerrojo se corrió, y Barandas tiró con cuidado la puerta hacia atrás, tratando de evitar chirridos traicioneros. Con ademanes grandilocuentes señaló hacia la puerta.

—¡Y una vez más Barandas el Magnífico cumple!

Afuera no había indicios de guardias, ni gritos de alarma. Cornell sabía que era difícil que todo permaneciera así mucho tiempo. Respiró hondo y, mientras soltaba los barrotes, balbuceó:

—Vamos.

Barandas salió de la celda, y pisó la primera piedra, que se hundió unos centímetros haciendo un chasquido fuerte. Él miró hacia abajo automáticamente, ya sin la sonrisa en el rostro. Apenas respiraron que dos portones bajaron del techo y cayeron a 30 centímetros de la puerta de la celda: eran barrotes de metal pesado que cerraban el corredor.

Cornell no pudo evitar reírse, risa que lamentó dado que se le quedó atragantada.

—Barandas el  Estúpido —dijo tosiendo— revisó las trampas mágicas pero se olvidó de las físicas.

—Maldita sea... —dijo el hechicero pateando la piedra sobre la que estaba parado, que parecía no sufrir daño alguno—. ¿Cómo iba a saber? Los malditos guardias se la han pasado pisándolas todo el tiempo, igual que nosotros, por las Mareas de la Magia. No tendría que haber... —dijo, y se detuvo de repente para mirar a lo largo del corredor—.

—¿Qué pasa? —preguntó Cornell, siguiendo lentamente al hechicero hacia la repentina segunda celda—. ¿Hay guardias?

—Casi —respondió la voz de Sylasa—.

A unos metros de ellos resplandecía ella en su armadura plateada. En las manos tenía una espada, una imitación de espada con una hoja muy bien trabajada y una empuñadura de marfil hecha de colmillos de thymbair. “Es mi espada”, notó sobresaltado Cornell.

—Aquí hay una palanca que hace volver la piedra a su lugar. No la ven desde adentro, por eso las celdas están de un lado solamente.

Se les acercó, y señaló la palanca ubicada bajo un portaantorchas.

No había expresión en su rostro. “¿Qué quiere ahora?”, se preguntaba Cornell, sin dejar de mirar su espada. ¿Los quería atacar con ella? ¡Qué humillante es sufrir un ataque con la propia arma! ¡Y qué necio es pensar en la humillación si se está por morir!”

—Bueno —dijo inocentemente Barandas, y unió las manos—, eso fue muy instructivo. Muchas gracias Señorita Sylasa. Volveremos a nuestra celda, si le parece bien.

—No —dijo ella con frialdad, y se dirigió a Cornell—. Te puedes tener de pie. Bien. ¿Puedes sostener algo?

—¿Como qué?

—Como esto —respondió Sylasa, y dio vuelva la espada de tal forma que la empuñadura pasara a través de los barrotes del portón—.

Cornell la tomó de inmediato; la sensación familiar de empuñarla le daba una extraña confianza. No bien la había agarrado cuando Sylasa bajó la palanca, se introdujo en un agujero que había debajo y comenzó a jalar algo, que se hallaba conectado al portón que estaba entre ellos que, poco a poco, se elevaba del suelo deslizándose en las hendiduras a los lados de ambos, que contemplaban incrédulos a la ibrolleniana.

El portón alcanzó su altura máxima, y, de manera automática, las trabas lo sujetaron en su lugar con un ruido metálico. Al hallarse en la parte menos iluminada del corredor, había que saber que estaba allí para notarla. “¡Qué ingenioso!”, reflexionó Cornell.

—¿Se van a quedar parados toda la noche? —inquirió Sylasa al tiempo que sacaba la lanza de la espalda—. El duende enviará a sus guardias aquí en unos pocos minutos.

Cornell negó con la cabeza.

—Para entonces nos habremos ido —murmuró, y probó su espada con una estocada al aire, que casi le hizo perder el equilibrio, e insultó a la nada: los sentidos todavía no tenían la fuerza de antes, pero ya la iban recuperando; faltaba un poco nomás…—.

 

 

 

SECCIÓN 3