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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

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(4) "El eterno guerrero"

(5) "Promesa solemne"

"Algien común"

 

El llamado del dragón Parte I

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3


  —Estás en deuda conmigo —dijo Cornell cuando regresaron a la pequeña habitación que le habían dado en la academia a Barandas—, y por partida doble.

Mientras volvían, habían pasado delante de la sacerdotisa, que seguía estudiando el manuscrito, y que los miró con atención, mas, al notar que Barandas le devolvía sin disimulo una mirada lasciva, se puso seria y volvió de inmediato al papiro.

Pero ahora el hechicero se dejaba caer en una silla de mimbre que estaba cerca de la ventana, protegida con barrotes, estirando las piernas con comodidad.

 —Una vez, seguro, ¿pero dos? Vamos, Cornell, no es tan difícil contar hasta tanto.

—Dos —insistió el cayaboreano, y se paró amenazante delante del hechicero—. Por lo del santuario y, además, me hiciste echar de lo de Tangrain. Y ahora vas a decirme qué haces aquí. Vas a contarme exactamente por qué estás tras ese guantelete, y qué es.

Barandas se encogió de hombros.

—Es mágico, ¿no alcanza con eso? Los modayreanos fabrican cosas excelentes. Por eso estás aquí, ¿no es verdad? ¿Buscas una nueva espada mágica, que esta vez no tenga atrapada un alma en su interior?

—No me distraigas —el recuerdo de ese hecho particular era demasiado desagradable: andar a las corridas y pelear contra una espada que él sabía contenía el alma de su anterior dueño, un miserable duende mercenario que era muy sanguinario para gusto de Cornell—. El guantelete.

—Está bien, está bien —dijo el hechicero volviéndose a encoger de hombros—. Es resucitador. Si hay alguien muerto desde hace dos o tres horas, el guantelete le captura el alma y la hace volver al cuerpo. También cura las heridas más graves. —Mientras decía esto, su mirada ganaba en intensidad, que lo sacaba de su apoltronada postura corporal—. ¿Tienes idea lo que pagarían por tal servicio?

—Ah —fue el comentario de Cornell, quien se tiró en un pequeño catre detrás de él—.

Y comenzó a pensar. Resucitador. Era magia de un poder increíble. Si bien abundaban los rumores de que artefactos de tal clase estaban escondidos en Gushémal, sólo Modayre contaba con la técnica para crear un objeto con ese poder. Su valor… es inconmensurable, no sólo desde lo económico sino también en cuanto al saber. Entonces tuvo una visión repentina: se vio retornando a Cayaboré, no con el bastón del dragón sino con el guantelete. (¿O ambos, tal vez?) ¡Gran Haguen, sería un regreso con gloria! Su padre se desmayaría del orgullo, y sus superiores… seguramente lo enviarían en otra misión los mas pronto posible, sin siquiera darle tiempo para montar ni una vez a Tempestad. Los que, de todos modos, era probable, teniendo en cuenta es estado de cosas en su tierra. Suspiró y dijo:

—Barandas, ¿qué te hizo creer que Tangrain se desprendería de este guantelete bajo cualquier concepto? ¡Y sobre todo sin dinero! Te puedes jugar tu angurrienta cabeza a que él conoce igual que tú el valor del guantelete.

—¿Y quién —inquirió Barandas con una sonrisa— dijo que yo esperaba que lo tramado iba a llegar a buen puerto?

A Cornell esta revelación le cayó de sorpresa. Miró de más cerca el rostro de su amigo y notó que su expresión taimada se había hecho más patente. Y cayó en la cuenta.

—Lo único que querías era conocer el lugar para ver dónde está el guantelete. Tantear las medidas de seguridad.

El hechicero ya sonreía descaradamente, y con una mirada de “yo no fui”.

—¿Y tú, Cornell, no eres ladrón? ¿Y acaso a los apelativos me han detenido alguna vez?

—Supongo que Ylvain no tiene idea de que lo usas.

Una expresión de amargura se apoderó de Barandas.

—Has hablado con él. ¿Crees que hay algo que este hombre no sepa? Se me hace que él quiere usarme a para conseguir el guantelete y poder estudiarlo. Que lo recupere no es algo en lo que pueda pensar. La academia tiene un museo de objetos mágicos espléndido. Y muy bien custodiado.

Cornell asintió. Hasta el momento las palabras de Barandas tenían lógica, y expresaban la primera razón que lo había traído a la academia. Quizá haya estado planeando robar algo de ese museo, o comprarlo de alguna manera.

—Todavía sigues pensando en robar el guantelete, después de toparte con los hombres de Tangrain.

—¡Sobre todo tras toparme con ellos! —dijo Barandas saltando de su asiento—. ¿Que van a tratar de matarme? ¡Por las mareas de la magia, voy a conseguir ese guantelete! ¿Estás en ésta?

—¿Cómo? ¿Por qué tengo que ayudarte?

—¡Porque conoces el lugar mejor que yo! Y tendrás una buena parte: sabes que nunca me olvido de los amigos. Aparte de ello, podríamos darle un vistazo a lo que andas buscando por allí.

Cornell entrecerró los ojos.

—No tienes ni idea de lo que busco. Y no te debo nada.

—¿En serio? —inquirió divertido Barandas—. ¿Recuerdas lo del dragón alado horadador? Sin no hubiera sido por mí, ahora le estarías dando de comer a los gusanos.

—¡Y si no hubiera sido por mí, ahora tendrías una saeta clavada en la garganta! —retrucó Cornell—.

—Bueno, está bien, no vengas conmigo —dijo el hechicero encogido de hombros—. Será más difícil, pero es lo que yo ya pensaba.

Tranquilo, fue a un cajón ceniciento ubicado en un rincón, lo abrió y sacó una túnica negra y lustrosa, además de unos objetos cuidadosamente envueltos con un trapo. Lo cerró y coloco todo encima de él.

Cornell lo miró asombrado.

—¡¿Vas a tratar de entrar ahora, a plena luz del día?!

Barandas frunció el ceño.

—Así que crees que tengo menos inteligencia que un burro. Por supuesto que voy a esperar hasta esta noche. Igual, tengo que preparar algo de magia, y eso va a llevar algo de tiempo. ¿Te interesa mirar? —dijo sonriendo con sorna, sabiendo muy bien lo poco que le gustaba la magia a Cornell: había que usarla si estaba disponible, sí, ¿pero agradarle?, en absoluto; por lo que el hechicero esperó contento hasta que su amigo se levantara del silla y enfilara hacia la puerta antes de continuar—.  Bueno, no quisiera impedirte que vayas corriendo hacia Ylvain de nuevo. ¡Pásala bien!

Cornell se detuvo en seco, lo miró enfadado y se tiró en la silla de mimbre.

  

 

 Los dos primeros objetos que Barandas sacó de su envoltorio no eran para nada fuera de lo común: un par de botas de cuero y bolitas de algodón. Balbuceó unas palabras mágicas, sacó una daga y se dio un suave pinchazo en el dedo mayor. Derramó las gotas de sangre sobre el algodón sosteniendo las bolitas cerca de la herida unos instantes hasta que se cerrara el tajo. Lo que le llamó la atención a Cornell que el algodón se humedeció mas no se volvió rojo por la sangre.

Barandas silbaba desentonadamente mientras frotaba entusiasmado las botas con el algodón.

—Por si estás intrigado, estoy creando una capa mágica alrededor de las botas que hace las veces de algodón y que silencia los sonidos. Es la sangre la que une la capa con las cualidades del algodón, y por eso me conviene pasarla por la suela en forma pareja.

Arrojó las botas al suelo sin cuidado alguno. Pero con cuidado colocó las bolitas de algodón aparte antes de desenvolver más objetos: un par de guantes, ajo y un pequeño ídolo de metal, que se parecía a un alreu con manos grandes.

—Me encanta esto —dijo Barandas con una amplia sonrisa—. Lo encontré aquí, en una de las bibliotecas de la academia. Imagínate, tiene una biblioteca entera dedicada a los alreus. La idea asusta, ¿no? Mucha atención para los hombrecillos ladrones…

Cornell permaneció callado. Tenía sus propias reservas acerca de los hombrecillos de 90 centímetros de altura, famosos por su infinita curiosidad y destreza en hacerse de los objetos que les provocaban tal curiosidad. Mas la sonrisa del hechicero delataba que conseguiría un efecto espectacular a partir de esto.

Y así quedó demostrado cuando Barandas aplastó el ajo con el ídolo. Murmuró unas pocas palabras en un lenguaje ríspido, que Cornell supuso era la lengua alreu,; el ídolo se cubría con un destello siempre que tocaba el ajo. El hechicero pasó el resto del ajo sobre él, cubriéndolo en forma pareja. Se colocó los guantes y se pasó el ídolo entre las manos cual cilindro.

—No me digas nada —murmuró Cornell—. Tus guantes ahora tienen el poder de repeler a cualquiera que ande cerca.

El hechicero negó con la cabeza.

—Una linda idea, pero no creo que tenga la fuerza para un hechizo como ése. El ajo es sólo el medio; no tengo la menor idea de por qué tiene que ser ajo. Probé con cebollas, incluso con sangre, pero no se produce efecto alguno. Excepto el olor. Que, a propósito, no hay aquí.

Sostenía en alto las manos cubiertas con los guantes, mas Cornell no tenía interés en averiguar si la afirmación era verdadera.

—Déjame mostrarte lo que pueden hacer los guantes ahora —prosiguió Barandas—.

Colocó una mano en alto sobre la pared. ¡Acto seguido se levantó con esa mano! El guante se quedó bien adherido a la pared, al igual que el otro cuando Barandas lo colocó unos 15 centímetros encima del anterior. Movió el primero sin problemas y seguió subiendo aún más hasta quedar colgado justo debajo del cielo raso y mirar con gesto triunfante a Cornell.

—¡Esto es diversión, amigo mío! ¡Escalar muros de la manera más fácil! —dijo, y se soltó de la pared, cayendo sin inconvenientes sobre sus pies, tras lo cual le dio una ojeada orgullosa a los guantes antes de dejarlos al lado de las botas—. Lo mejor es que estas dos cosas tienen aún más fuerza de noche. Los líquidos tienen que penetrar la tela, como te imaginarás. Y ahora el toque final…”

Pronto desenvolvió el último objeto, que resultó ser un simple cordel amarillo. Apenas un trozo de cuerda. Pero Barandas la manipulaba con cuidado al envolverse la muñeca con ella.

—No te equivoques —advirtió, sin siquiera molestarse en fijarse en cómo su amigo levantaba una ceja —, se trata en realidad un artefacto antiguo. Estaba dentro un impresionante aparato de vidrio que, eh, sus anteriores dueños creían que era el verdadero artefacto. Mi humilde descubrimiento fue que la cuerda es la parte más antigua, de más de mil años. Pero por qué, pensé, conservarían un trozo de cuerda si no es que ese simple cordel el que contiene la verdadera magia. —comentó, y le dio un suave tirón asintiendo con satisfacción—. Les di a los dueños cincuenta piezas de oro, y creyeron que era retardado. Bueno —continuó, mientras pasaba la muñeca  por las botas y los guantes, tras lo cual comenzó a salir un suave destello púrpura de la cuerda, que se hacía más intenso cuanto más se la acercaba a los objetos mágicos—. Igual, no creo que sea retardado.

—Eres pura moralidad.

El hechicero giró la cabeza, sonrió y asintió.

—Sí que tienes autoridad en eso —reconoció Barandas—. Ya viste mis preparativos. ¿Qué dices, Cornell, no quieres ser parte de esto? O tal vez podrías decirme lo que buscas que yo te lo consigo.

Ahora le tocaba a Cornell mirar agriamente. Los preparativos de Barandas realmente parecían ortodoxos. No sería un hechicero poderoso, pero siempre había sido cuidadoso. Tal vez, reflexionó, esta era en serio una buena oportunidad para recuperar el bastón del dragón… tal vez mejor que su plan primitivo de hacerse pasar por bárbaro.

—Ganaste, amigo mío.

—Dame tus botas —sonrió socarrón Barandas—, dejé mojado el algodón para ellas.

  

 

 

La casa de Ceravin Tangrain estaba bien guarnecida. Y en no menos mejor ubicados estaban los centinelas mágicos que detectaban los movimientos. Dispuestos en forma pareja a lo largo del muro exterior, invisibles a los ojos, dejaban pocos puntos fuera de su alcance. Merced a la cuerda, sien embargo, no le llevó mucho a Barandas hallar uno de estos puntos, en los que el cordel dejaba de destellar.

Cornell estaba atento por si aparecía algún guardia mientras el hechicero rápidamente escalaba el muro con la ayuda de sus guantes mágicos, abría una ventana del tercer piso con una ganzúa común y corriente e ingresaba en el edificio. Momento después, lanzó una soga, que sostuvo fuerte mientras trepaba Cornell.

—¿Dónde estamos? —susurró Barandas después que su amigo hubo entrado—.

Estaban en una habitación pequeña con un sofá elegante, una mesa baja  y una pintura en al pared, que ninguno llegó a reconocer en la luz mortecina.

—Le dicen “sala de lectura” —explicó Cornell tras pensar un momento—. En la época del padre de Tangrain había muchos visitantes, por lo que oí. En el tercer piso estaban los aposentos de los huéspedes, además de habitaciones como ésta para su entretenimiento. Es probable que se viera el océano desde aquí, antes de que se levantaran los otros edificios.

—Bien. ¿Y ahora adónde vamos? No creo que Tangrain tenga el guantelete en el salón con toda la mercancía.

Cornell asintió. Ni tampoco estaría allí el bastón del dragón. A menos que hubiera otros aparte del que había usado Boragger, lo más probable era que el arma se hallara en su habitación, que estaba en el segundo piso, al lado de los aposentos de Tangrain. Los otros guardias tenían las habitaciones en este piso, pero Tangrain quería al jefe de guardia siempre cerca. No es mala idea. Pero en el segundo piso estaba de ronda un buen número de guardias por la noche, a los que a veces controlaba Boragger. Aquí habría, a lo sumo, dos o tres, sin contar a los que podían llegar a abandonar inesperadamente sus habitaciones.

—En el piso de abajo vive Tangrain.

Tras el sí con la cabeza del hechicero salieron lentamente del cuarto. Cornell estaba maravillado con cómo la magia silenciaba le sonido de sus botas, sin importar que las suelas tendrían que haber hecho ruido en el piso de madera del corredor que con cuidado transitaban. No había señales de guardias. Cada tanto Barandas ojeaba la cuerda para cerciorarse si había magia cerca, quizá guardias. El cordel permanecía oscuro.

Cornell no pudo evitar sonreír cuando pasaron delante de la puerta del que hasta esa misma mañana había sido su cuarto. Le habían permitido mudarse recién tres semanas antes, tras un arduo proceso de presentación de sí mismo y sus habilidades para el combate ante los guardias de Tangrain. Tanto trabajo, y si el intento de hoy hubiera salido bien, tampoco se habría molestado.

Al acercarse a la escalera, la cuerda comenzó a brillar.

—Maldita sea —murmuró Barandas—.

—No puede ser movimiento —razonó Cornell—. De lo contrario dejaría de brillar cada vez que un guardia común pasa de largo. Quizá sea alguno de los centinelas mágicos que alejan a los intrusos.

El hechicero se encogió de hombros impotente.

—Podría ser, pero no tengo cómo saber. Cualquier clase de magia activa el destello siempre que se bastante fuerte —mas lo que no mencionó Barandas fue el hecho de que la magia de sus propios guantes era muy débil para que la detectara la cuerda—. Tendremos que hacer la  prueba.

Con más cuidado que antes, Cornell comenzó a bajar. No hubo gritos de alarma ni se produjeron ruidos mágicos cerca de ellos. Seguido por el hechicero, Cornell pronto llegó al segundo piso, y se detuvo.

El piso estaba bastante bien iluminado con antorchas mágicas de Modayre; unos metros más adelante había un guardia de pie, que miró para el lado del guerrero.

—¿Nych? —exclamó asombrado el hombre—. ¿Acaso el viejo buitre no te mandó a tomártelas de aquí?

Cornell trató de respirar con calma, y aprovechó para decir en silencio una oración de agradecimiento a los dioses por tener puesto todavía los ropajes de bárbaro. No menos agradecido estaba por el hecho de que Barandas se quedó duro no bien oyó la voz del guardia.

—Sí —respondió Cornell, y con confianza se acercó al guardia—. Me había olvidado unas pertenencias. ¿Acaso hay algún problema?

El guardia negó con la cabeza y se rió ante la beligerancia del supuesto bárbaro.

—No te preocupes, Nych. Mientras no te vean ni el viejo buitre ni Boragger todo está en orden.

—¡¿Qué fue eso?! —gruñó Cornell de repente—.

Giró la vista preocupado hacia la escalera, al igual que el guardia, que no alcanzó a ver cómo Cornell levantó el brazo para después tomarlo por el cuello y apretarlo con fuerza. De la boca del guardia no salía sonido alguno, ya que el cayaboreano no lo dejaba respirar. Después de unos instantes el cuerpo del hombre quedó flácido, mas Cornell lo siguió tomando fuerte un poco más, a fin de asegurarse de que no estuviera simulando, y después lo puso con suavidad en el suelo.

—Barandas —susurró—.

El hechicero pronto se juntó con él, vio lo que había ocurrido y de inmediato sacó una cuerda y un trapo de una delgada mochila, con lo que ataron y amordazaron al guardia, y, acto seguido, entre los dos lo metieron en un rincón oscuro.

—Es una lástima que no haya armarios —se quejó Barandas—. Así lo van a encontrar más que rápido, me parece.

—Esperemos que no —contestó Cornell—. No tienes ninguna magia para ocultarlo, ¿o sí?

Barandas puso los ojos en blanco exasperado

—Si la tuviera, la habría usado para ocultarme yo primero —refunfuñó—.

—Eso —dijo con calma una voz desconocida— no hubiera servido de nada, hechicero. No se muevan.

Instintivamente los dos hombres se dieron vuelta, y se quedaron helados cuando una rayo pasó entre ambos.

En el corredor, justo donde había estado el guardia, se hallaba Boragger, que, con gesto intimidatorio, sin mencionar que los ojos le brillaban de alegría al ver otra vez al supuesto bárbaro en estas circunstancias, les apuntaba con un bastón de dragón.

—¿No te sirvió de nada lo que te enseñó la señorita, Nych? —dijo socarrón—. Arrojen las armas. Con cuidado, hechicero, te estoy vigilando.

A Cornell se le quedó en la garganta una tremenda risotada. ¡Como si Barandas hubiese podido largar una bola de fuego! Parecía que le calaba la cabeza la negrura del cañón del bastón, el mismísimo objeto que lo trajo a y que ahora también sería el objeto que representaba su fin.

Estaban atrapados y no había visos de escapar.

No todavía.

  

 

CONTINUARÁ