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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

(3) "Doncella broquelera"

(4) "El eterno guerrero"

(5) "Promesa solemne"

"Algien común"

 

El llamado del dragón Parte I

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3


El hogar de Tangrain estaba ubicado en Sestercion, la parte más acomodada Chazevo, cerca del océano pero lejos del puerto nauseabundo y sus aún más desastrados habitantes. No había casa que se construyera a menos de veinte metros una de la otra, las que alcanzaban como mínimo las tres plantas. Las calles eran avenidas anchas, pavimentadas con mármol pulido a la perfección y a las que bendecían sacerdotes para que los caballos o los carruajes no rayaran la superficie y arruinaran su aspecto. Había estatuas de anteriores gobernantes de Chazevo que salpicaban ambos lados de la calle, algunas levantadas delante de santuarios consagrados a alguna de las tantas deidades de culto en la ciudad. A todos los santuarios se los mantenía en un aspecto hermoso, lo que no era ninguna maravilla, ya que los dioses eran tan dados a la vanidad como las personas que habían creado a su imagen y semejanza. En definitiva, era más factible que el dios que estaba muy conforme con sus seguidores escuchara sus oraciones.

Mas Cornell no se percató de tal belleza al salir hecho una tromba hacia la avenida con sus pertenencias a cuestas. Estaba lleno de furia e ira. Dos meses de trabajo duro se fueron al tacho de basura en menos de una hora. La derrota a manos de Sylasa lo habría calmado un poco, pero no mucho. Estuvo todo arreglado, era claro, ya que pocos podrían ser tan diestros con la lanza como la guerrera. Boragger quiso bajarle los humos al altivo bárbaro, e imponer su propia superioridad. Muy bien. Cornell no podía echarle la culpa, pues se había esforzado bastante en dar esa apariencia.

¡¿Y ahora?!

Ahora esta justo donde había empezado. Bien, ya sabía que había por lo menos un bastón de dragón en lo de Tangrain. Sus superiores querían llevar uno a Cayaboré, para estudiarlo y, con suerte, copiar el arma a fin de emplearla en la guerra contra Ibrollene, que todos temían.

¿Mas que debía hacer él? ¿Robarlo?

—No soy ladrón —refunfuñó—.

—¿Y entonces qué eres, joven?

Cornell miró para arriba y se encontró con la suave mirada de Demercur Ylvain. El erudito estaba parado detrás de él de brazos cruzados. Barandas se hallaba un paso más atrás, con los brazos abiertos como preguntando qué otra cosa iba a hacer.

—¿Hay algún inconveniente con los pilotos dragontinos? —prosiguió Ylvain—

—¿Perdón? —balbuceó Cornell—.

—Bueno, ya que tu hogar está en Cayaboré, me preguntaba por qué necesitarías disfrazarte de uno de los ryelneyd —fue la sencilla explicación de Ylvain—.

Detrás de él, Barandas abrió grande los ojos y se apuró a negar con la cabeza: “¡No le dije nada!” —A lo sumo pensé que no querías que los pilotos dragontinos de tu tierra natal supieran donde estás. Ellos ven y oyen todo lo que pasa en muchas naciones, y son famosos por aprehender delincuentes incluso en los sitios más apartados. “Nadie escapa de un dragontino” creo que es su lema. Así que , joven, ¿ésa es la respuesta?

—¡No! —le largó Cornell—. ¡Ningún dragontino está tras mí!

Los que se acercaba bastante a la verdad; en definitiva, en su tierra todavía lo esperaban su uniforme de piloto y su propio, Tempestad.

—¿Y por qué afirma que soy cayaboreano? ¿Cree que me equivoqué respecto del gran Vetora, líder de mi pueblo? ¡¿Y que el tal Araysal Zechyll es el jefe?!

En el rostro de Ylvain floreció una sonrisa, que se volvió una carcajada que hacía temblarle la barba cual si tuviera avispones adentro.

—Claro que no, joven —dijo cuando paró de reírse—. Pasaste esa prueba muy bien. Sin embargo, la inflexión y el acento te salen bastante mal, sin mencionar que el amuleto que usas es una imitación.

Por un acto reflejo, Cornell dirigió los ojos al amuleto de bronce que llevaba en el pecho. Lo había tallado un maestro orfebre, que está al servicio del cuerpo de pilotos dragontinos, a partir de las descripciones exactas que brindó un espía del sur.

El erudito volvió a reírse.

—Oh, realmente es una obra maestra, muchacho. ¡Pero esa es la cuestión! Ninguna tribu bárbara posee la habilidad necesaria para trabajar el metal así. Por lo que, por favor, no me insultes simulando ser un ryelneyd; preferiría saber cuáles son tus objetivos. Si no pretendes ocultarte de los dragontinos, ¿por qué simular, y por qué en el hogar de Tangrain? Si es que no eres ladrón.

Cornell se encogió de hombros.

—Perdóneme, ilustre sabio —dijo con el amable tono de su tierra—, pero esto no es algo de su incumbencia. Su repentina aparición ya me ha costado bastante, por lo que no estoy obligado a develar este secreto, ¿no es verdad?

A esta altura, Barandas había entrecerrado los ojos hasta convertirlos en un par de tajos, y permanecía con los labios bien apretados. Tenía una clara actitud de “tendrás que contarme”.

—Muy cierto, aunque me pregunto por qué reaccionaste con tanta ira ante la aparición del joven Barandas… —dijo con una voz que se iba apagando, para después mirar un instante al hechicero—.

Como había creído tantas veces Cornell, Barandas debe haber tenido una capacidad de anticipación de escasos segundos, pues apenas antes de que el erudito girara la cabeza el rostro del hechicero pasó a ser totalmente inexpresiva.

—Bueno, por ahora no hay respuesta. Mas, joven de Cayaboré, soy seguidor de Darawk y siempre busco respuestas. Si no estás dispuesto a contarme directamente, tal vez descubra el secreto con el tiempo.

Tras una muy breve pausa, continuó:

—Parece que no tienes donde pasar la noche. A menos que quieras abandonar Chazevo de inmediato, con gusto te ofrezco una cena y cama en la academia, a cambio de que me permitas hablar contigo y colegir tus intenciones a partir de lo que digas o dejes de decir.

—Muy amable —asintió Cornell, notando que se iluminaba el rostro de Barandas—.

Seguro que era mejor que una de las sórdidas posadas del distrito portuario que, de lo contrario, Cornell habría tenido que elegir, teniendo en cuenta la irrisoria cantidad de monedas que llevaba consigo. Tampoco había peligro alguno para su persona. Las academias de Darawk estaban resguardadas por bendiciones y magia sacerdotales que conjuraban todo acto de violencia, lo que significaba que era el sitio más seguro para que Ylvain platicara con Cornell, en caso de que resultara ser un delincuente más allá de lo que dijera. El cayaboreano sonrió.

—Es un ofrecimiento que aceptaré con gusto, ilustre sabio. Al aceptarlo, sería una falta de respeto no confiarle mi verdadero nombre: me llamo Cornell de Cayaboré.

—Un gusto, Cornell de Cayaboré —dijo Ylvain estrechando la mano del guerrero—. Vamos, pues. El día todavía es joven, ¡y se puede aprender mucho todavía!

  

 

 —Estás lastimado —comentó Ylvain cuando ingresaron al amplio complejo que albergaba a la academia de Darawk, ubicado casi donde terminaba Sestercion—.

Construido con mármol, era un espectáculo cautivante, blanco y etéreo como la promesa de conocimiento que irradiábase de su interior. Había una multitud de personas sentadas en la plaza que se hallaba al frente, todas ataviadas con la chaqueta marrón claro de los eruditos, que ojeaba libros o dialogaba sobre temas varios. Por el momento, los salones y corredores de la academia se hallaban vacíos. Al pasar por delante de algunas puertas se oían voces provenientes del otro lado; parecía que había clases.

De repente, Cornell se percató de que Ylvain tenía razón. Los golpes que había asestado Sylasa le habían dejado sus dolorosas huellas. Antes estaban tan furioso que no lo había notado, mas ahora cada vez que respiraba sentía el aguijón del dolor.

—Por aquí —le indicó Ylvain—.

Y abrió la puerta de roble de un bien amueblado estudio, provisto de estantes llenos de libros y manuscritos. Del otro lado había dos ventanas, que dejaban entrar la luz vespertina que hacía relucir algunos ídolos de metal ubicados en pedestales en el centro de la habitación.

—Siéntate aquí —prosiguió el erudito, señalando una sillón de cuero con brazos de roble—.

Cornell le hizo caso. Ylvain cruzó el cuarto y se dirigió a un armario mientras Barandas se ubicaba con reticencia en un sillón idéntico al de Cornell.

Después de unos instantes, el estudioso regresó con un frasco.

—Quítate la camisa, joven —dijo, mientras destapaba el frasco—. Estoy seguro de que preferirías los servicios una sacerdotisa de Alyssa, mas te digo que un viejo sacerdote estudioso puede realizar la misma magia — prosiguió sonriente—, al menos en lo que respecta a las heridas.

Cornell hizo lo que le pidieron. Tenía el pecho cubierto de marcas que se iban poniendo azules. A eso había que agregarle un buen número de llagas de antes, que formaban un diseño parecido a tatuajes sobre los fuertes músculos.

—Buena tunda te dieron —dijo en voz baja Ylvain y esparció el líquido del frasco sobre el guerrero—.

Ardía cada vez que caían las gotas, mas no mojaban. El sacerdote movía la mano derecha despacio sobre el pecho, murmurando palabras arcanas, invocando la bendición de su dios.

Los dolores calmarse rápidamente. Tras unos pocos pases más, las marcas comenzaron a desaparecer. A los cinco minutos no queda ningún rastro, e Ylvain volvió a tapar el recipiente. Tenía sudor en la frente.

—Te puedes volver a vestir —dijo con voz ronca antes de ir a agarrar una jarra de agua que tenía sobre el escritorio.

—Gracias, ilustre sabio —le dijo Cornell—.

—De nada —le respondió el erudito, con la voz aclarada, mientras colocaba la jarra en su lugar—. Al fin y al cabo, me has pagado parte del precio. Barandas, déjanos solos, por favor.

El rostro de Cornell se llenó de sorpresa y preocupación, al levantar la cabeza el hechicero con un movimiento convulsivo.

—Ilustre... —fue el comienzo de su protesta, que se vería interrumpida allí mismo por Ylvain—.

—Esto no es de tu incumbencia, muchacho. Este hombre desea mantener un secreto, por lo que no corresponde que se entere un extraño.

—Una...

Barandas se contuvo abruptamente, saludó al sabio con una reverencia y se fue, no sin dirigir para el lado de Cornell una mirada cargada de maldad.

El guerrero se sentó derecho. Le costaba bastante ocultar su nerviosismo.

—¿De qué pago habla? —preguntó con cautela—.

En respuesta el estudioso le entregó una alegre sonrisa.

—¿Cómo se llama el dragón que tienes en casa? Supongo que sigues teniendo la misma bestia que te mordió el brazo cuando eras más joven —dijo, y se tomó una pausa para gozar con la consternación de Cornell—. Las marcas todavía están visibles. Típicas de las quijadas de un dragón corcel cachorro, que da mordidas jugando, eso es seguro, de lo contrario ya no tendrías un brazo.

—Es cierto —le confesó Cornell mientras le rechinaban los dientes—.

—No deberías preocuparte más de la cuenta, mi joven amigo. Pocos han estudiado lo suficiente sobre los dragones como para reconocer las cicatrices que dejan. Cuento con la ayuda de un tratado escrito por un magnífico investigador hace más de un siglo. Por suerte para ti, los textos de Albaroy de Corvales no tienen amplia difusión. Ahora bien —dijo, mientras se sentaba en el sillón que había dejado vacío Barandas—, colijo que, de hecho, eres uno de los famosos pilotos dragontinos de Cayaboré. No sé de otra tierra en donde se críen dragones corcel; sólo los cayaboreanos unen a dragones recién nacidos con sus futuros jinetes. Pero sigues sin contestar la pregunta que te hice sobre el nombre.

Cornell sonrió resignado.

—Tempestad. Es hembra, una de las más fieras que he jamás he encontrado. Ilustre sabio, tengo que agradecerle nuevamente por no revelar esto a mi… al hechicero.

—De nada —dijo el sabio, y juntó las manos—.  Ahora bien, ¿qué querría un piloto dragontino de parte del estimado Ceravin Tangrain? Sobre todo, si está disfrazado del bárbaro Nych… No, no te molestes en contarme. ¡Es mucho más entretenido descubrir la verdad por mí mismo!

Cornell se llenó de resignación al tiempo que los ojos inquisitivos del erudito se posaban en él. Parecían horadar el cráneo, dándole lectura a las páginas de su mente cual si fuera uno de los tantos libros que conservaba en el estudio. Saber que los acólitos de Darawk no contaban con la habilidad de leer la mente poco le sirvió a Cornell para calmarse mientras se aprestaba a observar cómo le arrancaban sus secretos uno por uno.

 

 

 —¿Barandas, el hechicero? ¿Lo has visto? —le preguntó Cornell a la avispada estudiosa sentada en los escalones de la plaza—.

Ella levantó la vista de los manuscritos que descifraba y con una mirada bien azul llena de fastidio le espetó:

—Joven, ¿su madre no le ha enseñado buenos modales?

“¡¿Joven?!”, exclamó Cornell para sus adentros, todavía furioso por la conversación con Ylvain. Esta sacerdotisa apenas había cumplido los veinte años, eso aparentaba. “Cálmate, ¿sí? Ella es erudita, y ésta es su academia. Sin mencionar que tu madre te haría despellejar vivo por tratar así a una mujer.

—Discúlpeme usted, ilustre sabia. La verdad, he estado totalmente fuera de lugar. Si es que tiene conocimiento, ¿me indicaría por favor dónde se encuentra el hechicero Barandas?

Ella giró la cabeza, claramente sopesando si aceptaba las disculpas. Tras un instante asintió contenta con la cabeza.

—Ha ido al santuario de Ke’hatch, que está allá. Y, joven —lo detuvo ella cuando ya enfilaba para donde le había señalado—, mida mejor sus palabras. Semejante temperamento le ha hecho perder una buena oportunidad a más de uno.

—Le agradezco su consejo —le dijo Cornell lo más amable que pudo—. Con su permiso.

La erudita sonrió, exhibiendo dientes perfectos mientras lo despedía amablemente con la mano y volvía a concentrarse en su manuscrito.

Con un insulto en los labios Cornell siguió su camino. El santuario que había nombrado daba directamente a la plaza: era una construcción blanca de una plana y con pilares al frente. Había bajorrelieves cincelados en la piedra ubicada sobre la puerta, que representaban escenas religiosas que en ese momento poco importaban al cayaboreano. Lo que le interesaba en ese preciso instante era hallar a Barandas. Y retorcerle el pescuezo flacucho como si fuera un pollo.

—La culpa es toda tuya, mi viejo amigo —murmuró cuando abrió la hoja derecha de la puerta—.

Lo que había del otro lado era un recinto con bancos sentarse a orar, ubicados en forma de círculo que tenía por centro un altar estrellado, en el que había velas sahumadas encendidas, colocadas debajo de una esfera dorada que descansaba en un delgado pedestal. Al fin de cuentas, Ke’hatch, la deidad local, estaba asociada al sol, la principal fuente de luz. Dos fieles cantaban en voz baja, mas no había señales de Barandas.

“Maravilloso”. Cornell meneó con disgusto la cabeza, apunto de volver sobre sus pasos, cuando notó que había puertas que daban al otro lado. “Buenos, no tengo mucho más donde ir”, razonó. Si Barandas en serio vino al santuario es dudoso que haya tenido intención de practicar el culto. No es que no tuviera respeto por los dioses, sino que prefería rendir tributo a tales deidades como Alyssa antes que al severo Dios de la Luz de Chazevo.

Pasó de largo la circunferencia hasta llegar a la primera puerta. Nada indicaba lo que había más allá, y la verdad es que Cornell estaba poco empapado del diseño de los santuarios de Ke’hatch. Era muy posible que llevara a los aposentos de un sacerdote. “Oh, igual soy un bárbaro, ¿o no?” El cayaboreano sonrió, abrió la puerta y se introdujo en una habitación que se hallaba a media luz.

La sonrisa desapareció cuando vio que revoleaban una ballesta y que se le venía una saeta encima.

  

 

 Primaron los instintos e hicieron que Cornell se arrojara al suelo ante el primer movimiento de la ballesta. Vio cómo le pasaba por encima de la cabeza la saeta recién lanzada, para después levantarse y arrojarse a los pies de su enemigo, a quien conectó bien con los hombros e hizo caer hacia adelante. Cornell se corrió entonces hacia un costado y se dispuso a darle un rodillazo al cuerpo en bajada, al que recibió con un quejido que dio al golpear en algo grueso y blando.

No tenía tiempo para preguntarse qué era eso, pues su oponente lo había agarrado de las rodillas, y también sacado a relucir una faca.

Cornell dio un salto y le arrojó un puntapié a la cabeza carente de toda protección, mas se lo esquivó un hombre sorprendido que no atinaba a tajearle la pierna. Justo lo que esperaba Cornell, que ahora sí podía desenvainar su imitación de espada. Allí se percató del alboroto que causaba a un par de metros hacia el interior de la habitación la pelea de dos hombres más, que no se arrimaban, por lo que volvió al problema que tenía entre manos.

Su oponente le arrojó un puntazo, que Cornell desvió hacia un costado para patearlo de nuevo, esta vez de lleno en el pecho, cubierto con un grueso peto, tirándolo hacia atrás. Cornell se adelantó y le dio una estocada en la mano en que sostenía la faca, abriéndole un tajo y haciéndosela clavar en un costado; entonces el hombre se arrojó de cabeza encima de Cornell.

El golpe fue rápido y no lo pudo esquivar. Le salió todo el aire de los pulmones, mas no esta tan atontado como para olvidarse del acero de su oponente. Con la mano izquierda le asestó un puñetazo en el cuello y con la derecha le arrojó otra estocada a la faca, que dio en el blanco y le hizo caer el acero.

—Le estoy apuntando con la ballesta, Cornell —expresó calmo Barandas en ese instante—.

Tanto Cornell como su contrincante miraron hacia el costado para ver que el hechicero sí sostenía la ballesta y apuntaba al atacante. Detrás de él estaba tendido en el suelo un cadáver retorcido, desde cuyo cuello sobresalía una empuñadura daga. El rostro del enemigo de Cornell sólo expresaba temor, y antes de que el cayaboreano o el hechicero reaccionasen, tomó la espada de Cornell y se la clavó en la garganta.

Un sonido de borboteo le salía de la boca, y, con mirada triunfante, el hombre cayó de rodillas escupiendo sangre.

—¿Qué cuernos…? —balbuceó Cornell—.

Barandas bajó la ballesta con expresión de asco.

—¡Santa Marea, qué lío!

—¡¿Eso es todo lo que tienes para decir?!

El cayaboreano se arrodilló y miró más de cerca al que se había empalado con su espada. El peto le había resultado conocido antes, ahora ya sabía que había visto los de esa clase con anterioridad. En lo de Tangrain. Los petos de armadura que usaban los guardias autorizados, como Boragger. Nadie más los usaba, ya que probablemente era uno de esas mercancías modayreanas que Tangrain jamás vendía igual que hacía con los bastones de dragón.

—No —contestó Barandas mientras se inclinaba para revisar los bolsillos del hombre al que había bajado, y también quitarle la daga—. Gracias, Cornell. Los dos me habrían matado si no hubieras entrado. ¡Ah!

Se puso a hurgar en una alforja de monedas que traía el hombre debajo del peto, idéntico al de su colega, y lo abrió con un suspiro de satisfacción.

—¡Oro macizo del bueno, ah! ¿Qué tiene el tuyo?

El cayaboreano se guardó el ácido comentario que tenía en la punta de la lengua. En cambio, se puso de pie y secamente dijo:

—Busca por ti mismo. Eres mucho mejor para esto. Y de paso, por favor, dime que hacías aquí. No deberías haber dejado la academia, me parece.

—Es probable —le contestó Barandas, dándole la razón, mientras continuaba minuciosamente su búsqueda y se reía con gusto cada vez que alguna pertenencia del cadáver iba a parar a las alforjas del hechicero—. El fiambre que está ahí me dijo que tenía información sobre el guantelete, pero que no podía dármela en la academia. Dijo que los guardias espiaban a todos para que no se desperdiciara el conocimiento de ninguna especie. Me pareció lógico. Así que vine aquí, y su compañero me puso encima la ballesta y empezó a preguntarme cómo supe del guantelete. En ese momento entraste. ¿Contento?

—Ni de casualidad —murmuró Cornell, pensando una vez más en cómo haría para conseguir el bastón del dragón—. Pero éste no es lugar para hablar de ello. ¿Terminaste?

El hechicero palpó rápidamente otra vez el cadáver, después asintió con la cabeza y suelto de cuerpo le alcanzó una alforja a Cornell. El guerrero suspiró al recoger su parte. Ambos se revisaron mutuamente para ver si tenían manchas de sangre que los delataran, tras lo cual volvieron al recinto de veneración del santuario pasando totalmente desapercibidos.

 

 

 

SECCIÓN 3