
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
El
hogar de Tangrain estaba ubicado en Sestercion, la parte más acomodada
Chazevo, cerca del océano pero lejos del puerto nauseabundo y sus aún más
desastrados habitantes. No había casa que se construyera a menos de
veinte metros una de la otra, las que alcanzaban como mínimo las tres
plantas. Las calles eran avenidas anchas, pavimentadas con mármol pulido
a la perfección y a las que bendecían sacerdotes para que los caballos o
los carruajes no rayaran la superficie y arruinaran su aspecto. Había
estatuas de anteriores gobernantes de Chazevo que salpicaban ambos lados
de la calle, algunas levantadas delante de santuarios consagrados a alguna
de las tantas deidades de culto en la ciudad. A todos los santuarios se
los mantenía en un aspecto hermoso, lo que no era ninguna maravilla, ya
que los dioses eran tan dados a la vanidad como las personas que habían
creado a su imagen y semejanza. En definitiva, era más factible que el
dios que estaba muy conforme con sus seguidores escuchara sus oraciones.
Mas
Cornell no se percató de tal belleza al salir hecho una tromba hacia la
avenida con sus pertenencias a cuestas. Estaba lleno de furia e ira. Dos
meses de trabajo duro se fueron al tacho de basura en menos de una hora.
La derrota a manos de Sylasa lo habría calmado un poco, pero no mucho.
Estuvo todo arreglado, era claro, ya que pocos podrían ser tan diestros
con la lanza como la guerrera. Boragger quiso bajarle los humos al altivo
bárbaro, e imponer su propia superioridad. Muy bien. Cornell no podía
echarle la culpa, pues se había esforzado bastante en dar esa apariencia.
¡¿Y
ahora?!
Ahora
esta justo donde había empezado. Bien, ya sabía que había por lo menos
un bastón de dragón en lo de Tangrain. Sus superiores querían llevar
uno a Cayaboré, para estudiarlo y, con suerte, copiar el arma a fin de
emplearla en la guerra contra Ibrollene, que todos temían.
¿Mas
que debía hacer él? ¿Robarlo?
—No
soy ladrón —refunfuñó—.
—¿Y
entonces qué eres, joven?
Cornell
miró para arriba y se encontró con la suave mirada de Demercur Ylvain.
El erudito estaba parado detrás de él de brazos cruzados. Barandas se
hallaba un paso más atrás, con los brazos abiertos como preguntando qué
otra cosa iba a hacer.
—¿Hay
algún inconveniente con los pilotos dragontinos? —prosiguió Ylvain—
—¿Perdón?
—balbuceó Cornell—.
—Bueno,
ya que tu hogar está en Cayaboré, me preguntaba por qué necesitarías
disfrazarte de uno de los ryelneyd —fue la sencilla explicación de
Ylvain—.
Detrás
de él, Barandas abrió grande los ojos y se apuró a negar con la cabeza:
“¡No le dije nada!” —A lo
sumo pensé que no querías que los pilotos dragontinos de tu tierra natal
supieran donde estás. Ellos ven y oyen todo lo que pasa en muchas
naciones, y son famosos por aprehender delincuentes incluso en los sitios
más apartados. “Nadie escapa de un dragontino” creo que es su lema.
Así que , joven, ¿ésa es la respuesta?
—¡No!
—le largó Cornell—. ¡Ningún dragontino está tras mí!
Los
que se acercaba bastante a la verdad; en definitiva, en su tierra todavía
lo esperaban su uniforme de piloto y su propio, Tempestad.
—¿Y
por qué afirma que soy cayaboreano? ¿Cree que me equivoqué respecto del
gran Vetora, líder de mi pueblo? ¡¿Y que el tal Araysal Zechyll es el
jefe?!
En
el rostro de Ylvain floreció una sonrisa, que se volvió una carcajada
que hacía temblarle la barba cual si tuviera avispones adentro.
—Claro
que no, joven —dijo cuando paró de reírse—. Pasaste esa prueba muy
bien. Sin embargo, la inflexión y el acento te salen bastante mal, sin
mencionar que el amuleto que usas es una imitación.
Por
un acto reflejo, Cornell dirigió los ojos al amuleto de bronce que
llevaba en el pecho. Lo había tallado un maestro orfebre, que está al
servicio del cuerpo de pilotos dragontinos, a partir de las descripciones
exactas que brindó un espía del sur.
El
erudito volvió a reírse.
—Oh,
realmente es una obra maestra, muchacho. ¡Pero esa es la cuestión!
Ninguna tribu bárbara posee la habilidad necesaria para trabajar el metal
así. Por lo que, por favor, no me insultes simulando ser un ryelneyd;
preferiría saber cuáles son tus objetivos. Si no pretendes ocultarte de
los dragontinos, ¿por qué simular, y por qué en el hogar de Tangrain?
Si es que no eres ladrón.
Cornell
se encogió de hombros.
—Perdóneme,
ilustre sabio —dijo con el amable tono de su tierra—, pero esto no es
algo de su incumbencia. Su repentina aparición ya me ha costado bastante,
por lo que no estoy obligado a develar este secreto, ¿no es verdad?
A
esta altura, Barandas había entrecerrado los ojos hasta convertirlos en
un par de tajos, y permanecía con los labios bien apretados. Tenía una
clara actitud de “tendrás que
contarme”.
—Muy
cierto, aunque me pregunto por qué reaccionaste con tanta ira ante la
aparición del joven Barandas… —dijo con una voz que se iba apagando,
para después mirar un instante al hechicero—.
Como
había creído tantas veces Cornell, Barandas debe haber tenido una
capacidad de anticipación de escasos segundos, pues apenas antes de que
el erudito girara la cabeza el rostro del hechicero pasó a ser totalmente
inexpresiva.
—Bueno,
por ahora no hay respuesta. Mas, joven de Cayaboré, soy seguidor de
Darawk y siempre busco respuestas. Si no estás dispuesto a contarme
directamente, tal vez descubra el secreto con el tiempo.
Tras
una muy breve pausa, continuó:
—Parece
que no tienes donde pasar la noche. A menos que quieras abandonar Chazevo
de inmediato, con gusto te ofrezco una cena y cama en la academia, a
cambio de que me permitas hablar contigo y colegir tus intenciones a
partir de lo que digas o dejes de decir.
—Muy
amable —asintió Cornell, notando que se iluminaba el rostro de
Barandas—.
Seguro
que era mejor que una de las sórdidas posadas del distrito portuario que,
de lo contrario, Cornell habría tenido que elegir, teniendo en cuenta la
irrisoria cantidad de monedas que llevaba consigo. Tampoco había peligro
alguno para su persona. Las academias de Darawk estaban resguardadas por
bendiciones y magia sacerdotales que conjuraban todo acto de violencia, lo
que significaba que era el sitio más seguro para que Ylvain platicara con
Cornell, en caso de que resultara ser un delincuente más allá de lo que
dijera. El cayaboreano sonrió.
—Es
un ofrecimiento que aceptaré con gusto, ilustre sabio. Al aceptarlo, sería
una falta de respeto no confiarle mi verdadero nombre: me llamo Cornell de
Cayaboré.
—Un
gusto, Cornell de Cayaboré —dijo Ylvain estrechando la mano del
guerrero—. Vamos, pues. El día todavía es joven, ¡y se puede aprender
mucho todavía!
—Estás
lastimado —comentó Ylvain cuando ingresaron al amplio complejo que
albergaba a la academia de Darawk, ubicado casi donde terminaba
Sestercion—.
Construido
con mármol, era un espectáculo cautivante, blanco y etéreo como la
promesa de conocimiento que irradiábase de su interior. Había una
multitud de personas sentadas en la plaza que se hallaba al frente, todas
ataviadas con la chaqueta marrón claro de los eruditos, que ojeaba libros
o dialogaba sobre temas varios. Por el momento, los salones y corredores
de la academia se hallaban vacíos. Al pasar por delante de algunas
puertas se oían voces provenientes del otro lado; parecía que había
clases.
De
repente, Cornell se percató de que Ylvain tenía razón. Los golpes que
había asestado Sylasa le habían dejado sus dolorosas huellas. Antes
estaban tan furioso que no lo había notado, mas ahora cada vez que
respiraba sentía el aguijón del dolor.
—Por
aquí —le indicó Ylvain—.
Y
abrió la puerta de roble de un bien amueblado estudio, provisto de
estantes llenos de libros y manuscritos. Del otro lado había dos
ventanas, que dejaban entrar la luz vespertina que hacía relucir algunos
ídolos de metal ubicados en pedestales en el centro de la habitación.
—Siéntate
aquí —prosiguió el erudito, señalando una sillón de cuero con brazos
de roble—.
Cornell
le hizo caso. Ylvain cruzó el cuarto y se dirigió a un armario mientras
Barandas se ubicaba con reticencia en un sillón idéntico al de Cornell.
Después
de unos instantes, el estudioso regresó con un frasco.
—Quítate
la camisa, joven —dijo, mientras destapaba el frasco—. Estoy seguro de
que preferirías los servicios una sacerdotisa de Alyssa, mas te digo que
un viejo sacerdote estudioso puede realizar la misma magia — prosiguió
sonriente—, al menos en lo que respecta a las heridas.
Cornell
hizo lo que le pidieron. Tenía el pecho cubierto de marcas que se iban
poniendo azules. A eso había que agregarle un buen número de llagas de
antes, que formaban un diseño parecido a tatuajes sobre los fuertes músculos.
—Buena
tunda te dieron —dijo en voz baja Ylvain y esparció el líquido del
frasco sobre el guerrero—.
Ardía
cada vez que caían las gotas, mas no mojaban. El sacerdote movía la mano
derecha despacio sobre el pecho, murmurando palabras arcanas, invocando la
bendición de su dios.
Los
dolores calmarse rápidamente. Tras unos pocos pases más, las marcas
comenzaron a desaparecer. A los cinco minutos no queda ningún rastro, e
Ylvain volvió a tapar el recipiente. Tenía sudor en la frente.
—Te
puedes volver a vestir —dijo con voz ronca antes de ir a agarrar una
jarra de agua que tenía sobre el escritorio.
—Gracias,
ilustre sabio —le dijo Cornell—.
—De
nada —le respondió el erudito, con la voz aclarada, mientras colocaba
la jarra en su lugar—. Al fin y al cabo, me has pagado parte del precio.
Barandas, déjanos solos, por favor.
El
rostro de Cornell se llenó de sorpresa y preocupación, al levantar la
cabeza el hechicero con un movimiento convulsivo.
—Ilustre...
—fue el comienzo de su protesta, que se vería interrumpida allí mismo
por Ylvain—.
—Esto
no es de tu incumbencia, muchacho. Este hombre desea mantener un secreto,
por lo que no corresponde que se entere un extraño.
—Una...
Barandas
se contuvo abruptamente, saludó al sabio con una reverencia y se fue, no
sin dirigir para el lado de Cornell una mirada cargada de maldad.
El
guerrero se sentó derecho. Le costaba bastante ocultar su nerviosismo.
—¿De
qué pago habla? —preguntó con cautela—.
En
respuesta el estudioso le entregó una alegre sonrisa.
—¿Cómo
se llama el dragón que tienes en casa? Supongo que sigues teniendo la
misma bestia que te mordió el brazo cuando eras más joven —dijo, y se
tomó una pausa para gozar con la consternación de Cornell—. Las marcas
todavía están visibles. Típicas de las quijadas de un dragón corcel
cachorro, que da mordidas jugando, eso es seguro, de lo contrario ya no
tendrías un brazo.
—Es
cierto —le confesó Cornell mientras le rechinaban los dientes—.
—No
deberías preocuparte más de la cuenta, mi joven amigo. Pocos han
estudiado lo suficiente sobre los dragones como para reconocer las
cicatrices que dejan. Cuento con la ayuda de un tratado escrito por un
magnífico investigador hace más de un siglo. Por suerte para ti, los
textos de Albaroy de Corvales no tienen amplia difusión. Ahora bien
—dijo, mientras se sentaba en el sillón que había dejado vacío
Barandas—, colijo que, de hecho, eres uno de los famosos pilotos
dragontinos de Cayaboré. No sé de otra tierra en donde se críen
dragones corcel; sólo los cayaboreanos unen a dragones recién nacidos
con sus futuros jinetes. Pero sigues sin contestar la pregunta que te hice
sobre el nombre.
Cornell
sonrió resignado.
—Tempestad.
Es hembra, una de las más fieras que he jamás he encontrado. Ilustre
sabio, tengo que agradecerle nuevamente por no revelar esto a mi… al
hechicero.
—De
nada —dijo el sabio, y juntó las manos—.
Ahora bien, ¿qué querría un piloto dragontino de parte del
estimado Ceravin Tangrain? Sobre todo, si está disfrazado del bárbaro
Nych… No, no te molestes en contarme. ¡Es mucho más entretenido
descubrir la verdad por mí mismo!
Cornell
se llenó de resignación al tiempo que los ojos inquisitivos del erudito
se posaban en él. Parecían horadar el cráneo, dándole lectura a las páginas
de su mente cual si fuera uno de los tantos libros que conservaba en el
estudio. Saber que los acólitos de Darawk no contaban con la habilidad de
leer la mente poco le sirvió a Cornell para calmarse mientras se
aprestaba a observar cómo le arrancaban sus secretos uno por uno.
—¿Barandas,
el hechicero? ¿Lo has visto? —le preguntó Cornell a la avispada
estudiosa sentada en los escalones de la plaza—.
Ella
levantó la vista de los manuscritos que descifraba y con una mirada bien
azul llena de fastidio le espetó:
—Joven,
¿su madre no le ha enseñado buenos modales?
“¡¿Joven?!”,
exclamó Cornell
para sus adentros, todavía furioso por la conversación con Ylvain. Esta
sacerdotisa apenas había cumplido los veinte años, eso aparentaba. “Cálmate,
¿sí? Ella es erudita, y ésta
es su academia. Sin mencionar que tu madre te haría despellejar vivo por tratar así a una mujer.
—Discúlpeme
usted, ilustre sabia. La verdad, he estado totalmente fuera de lugar. Si
es que tiene conocimiento, ¿me indicaría por favor dónde se encuentra
el hechicero Barandas?
Ella
giró la cabeza, claramente sopesando si aceptaba las disculpas. Tras un
instante asintió contenta con la cabeza.
—Ha
ido al santuario de Ke’hatch, que está allá. Y, joven —lo detuvo
ella cuando ya enfilaba para donde le había señalado—, mida mejor sus
palabras. Semejante temperamento le ha hecho perder una buena oportunidad
a más de uno.
—Le
agradezco su consejo —le dijo Cornell lo más amable que pudo—. Con su
permiso.
La
erudita sonrió, exhibiendo dientes perfectos mientras lo despedía
amablemente con la mano y volvía a concentrarse en su manuscrito.
Con
un insulto en los labios Cornell siguió su camino. El santuario que había
nombrado daba directamente a la plaza: era una construcción blanca de una
plana y con pilares al frente. Había bajorrelieves cincelados en la
piedra ubicada sobre la puerta, que representaban escenas religiosas que
en ese momento poco importaban al cayaboreano. Lo que le interesaba en ese
preciso instante era hallar a Barandas. Y retorcerle el pescuezo flacucho
como si fuera un pollo.
—La
culpa es toda tuya, mi viejo amigo —murmuró cuando abrió la hoja
derecha de la puerta—.
Lo
que había del otro lado era un recinto con bancos sentarse a orar,
ubicados en forma de círculo que tenía por centro un altar estrellado,
en el que había velas sahumadas encendidas, colocadas debajo de una
esfera dorada que descansaba en un delgado pedestal. Al fin de cuentas,
Ke’hatch, la deidad local, estaba asociada al sol, la principal fuente
de luz. Dos fieles cantaban en voz baja, mas no había señales de
Barandas.
“Maravilloso”.
Cornell meneó con disgusto la cabeza, apunto de volver sobre sus pasos,
cuando notó que había puertas que daban al otro lado. “Buenos,
no tengo mucho más donde ir”, razonó. Si Barandas en serio vino al
santuario es dudoso que haya tenido intención de practicar el culto. No
es que no tuviera respeto por los dioses, sino que prefería rendir
tributo a tales deidades como Alyssa antes que al severo Dios de la Luz de
Chazevo.
Pasó
de largo la circunferencia hasta llegar a la primera puerta. Nada indicaba
lo que había más allá, y la verdad es que Cornell estaba poco empapado
del diseño de los santuarios de Ke’hatch. Era muy posible que llevara a
los aposentos de un sacerdote. “Oh,
igual soy un bárbaro, ¿o no?” El cayaboreano sonrió, abrió la
puerta y se introdujo en una habitación que se hallaba a media luz.
La
sonrisa desapareció cuando vio que revoleaban una ballesta y que se le
venía una saeta encima.
Primaron
los instintos e hicieron que Cornell se arrojara al suelo ante el primer
movimiento de la ballesta. Vio cómo le pasaba por encima de la cabeza la
saeta recién lanzada, para después levantarse y arrojarse a los pies de
su enemigo, a quien conectó bien con los hombros e hizo caer hacia
adelante. Cornell se corrió entonces hacia un costado y se dispuso a
darle un rodillazo al cuerpo en bajada, al que recibió con un quejido que
dio al golpear en algo grueso y blando.
No
tenía tiempo para preguntarse qué era eso, pues su oponente lo había
agarrado de las rodillas, y también sacado a relucir una faca.
Cornell
dio un salto y le arrojó un puntapié a la cabeza carente de toda
protección, mas se lo esquivó un hombre sorprendido que no atinaba a
tajearle la pierna. Justo lo que esperaba Cornell, que ahora sí podía
desenvainar su imitación de espada. Allí se percató del alboroto que
causaba a un par de metros hacia el interior de la habitación la pelea de
dos hombres más, que no se arrimaban, por lo que volvió al problema que
tenía entre manos.
Su
oponente le arrojó un puntazo, que Cornell desvió hacia un costado para
patearlo de nuevo, esta vez de lleno en el pecho, cubierto con un grueso
peto, tirándolo hacia atrás. Cornell se adelantó y le dio una estocada
en la mano en que sostenía la faca, abriéndole un tajo y haciéndosela
clavar en un costado; entonces el hombre se arrojó de cabeza encima de
Cornell.
El
golpe fue rápido y no lo pudo esquivar. Le salió todo el aire de los
pulmones, mas no esta tan atontado como para olvidarse del acero de su
oponente. Con la mano izquierda le asestó un puñetazo en el cuello y con
la derecha le arrojó otra estocada a la faca, que dio en el blanco y le
hizo caer el acero.
—Le
estoy apuntando con la ballesta, Cornell —expresó calmo Barandas en ese
instante—.
Tanto
Cornell como su contrincante miraron hacia el costado para ver que el
hechicero sí sostenía la ballesta y apuntaba al atacante. Detrás de él
estaba tendido en el suelo un cadáver retorcido, desde cuyo cuello
sobresalía una empuñadura daga. El rostro del enemigo de Cornell sólo
expresaba temor, y antes de que el cayaboreano o el hechicero
reaccionasen, tomó la espada de Cornell y se la clavó en la garganta.
Un
sonido de borboteo le salía de la boca, y, con mirada triunfante, el
hombre cayó de rodillas escupiendo sangre.
—¿Qué
cuernos…? —balbuceó Cornell—.
Barandas
bajó la ballesta con expresión de asco.
—¡Santa
Marea, qué lío!
—¡¿Eso
es todo lo que tienes para decir?!
El
cayaboreano se arrodilló y miró más de cerca al que se había empalado
con su espada. El peto le había resultado conocido antes, ahora ya sabía
que había visto los de esa clase con anterioridad. En lo de Tangrain. Los
petos de armadura que usaban los guardias autorizados, como Boragger.
Nadie más los usaba, ya que probablemente era uno de esas mercancías
modayreanas que Tangrain jamás vendía igual que hacía con los bastones
de dragón.
—No
—contestó Barandas mientras se inclinaba para revisar los bolsillos del
hombre al que había bajado, y también quitarle la daga—. Gracias,
Cornell. Los dos me habrían matado si no hubieras entrado. ¡Ah!
Se
puso a hurgar en una alforja de monedas que traía el hombre debajo del
peto, idéntico al de su colega, y lo abrió con un suspiro de satisfacción.
—¡Oro
macizo del bueno, ah! ¿Qué tiene el tuyo?
El
cayaboreano se guardó el ácido comentario que tenía en la punta de la
lengua. En cambio, se puso de pie y secamente dijo:
—Busca
por ti mismo. Eres mucho mejor
para esto. Y de paso, por favor, dime que hacías aquí. No deberías
haber dejado la academia, me parece.
—Es
probable —le contestó Barandas, dándole la razón, mientras continuaba
minuciosamente su búsqueda y se reía con gusto cada vez que alguna
pertenencia del cadáver iba a parar a las alforjas del hechicero—. El
fiambre que está ahí me dijo que tenía información sobre el
guantelete, pero que no podía dármela en la academia. Dijo que los
guardias espiaban a todos para que no se desperdiciara el conocimiento de
ninguna especie. Me pareció lógico. Así que vine aquí, y su compañero
me puso encima la ballesta y empezó a preguntarme cómo supe del
guantelete. En ese momento entraste. ¿Contento?
—Ni
de casualidad —murmuró Cornell, pensando una vez más en cómo haría
para conseguir el bastón del dragón—. Pero éste no es lugar para
hablar de ello. ¿Terminaste?
El
hechicero palpó rápidamente otra vez el cadáver, después asintió con
la cabeza y suelto de cuerpo le alcanzó una alforja a Cornell. El
guerrero suspiró al recoger su parte. Ambos se revisaron mutuamente para
ver si tenían manchas de sangre que los delataran, tras lo cual volvieron
al recinto de veneración del santuario pasando totalmente desapercibidos.


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