
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
—¡¿Quieres
que pelee contra una mujer?!
Boragger,
el corpulento jefe de guardias, que trepaba a 2,10 metros de altura, lanzó
una carcajada. —Sí, Nych, y espero verte hincado ante sus pies.
Al
que le decían Nych reculó enojado. Una reacción acorde a un hombre
ataviado en cuero curado del enorme thymbair, una camisa larga, a la que
ajustaba un cinturón oscuro, y unas sencillas polainas que le cubrían
las piernas. Sobre las botas tenía la piel cenicienta del thymbair,
demasiado para la cálida ciudad de Chazevo. En el pecho llevaba un
amuleto de Cachemir (dios de la guerra), una hermosura tallada en bronce.
Sin embargo, su rostro lucía mucho menos bárbaro, siendo su corte de
cara digno de la nobleza, al que acompañaba una nariz prominente debajo
de unos ojos grises. Tenía una cabellera larga y rubia; igualmente, si se
miraba las raíces de cerca, se hacía apenas visible el color marrón.
Ningún
integrante de la corte del mercader Ceravin Tangrain había puesto en tela
de juicio el origen bárbaro de Nych desde su aparición hacía ya más de
dos meses. Cornell de Cayaboré se sentía orgulloso de su disfraz de
guerrero de las estepas del sur lejano –la tierra de Robhovard–, de la
tribu de ryelneyd, rebajado al comportamiento e idiosincrasias típicas de este
pueblo. Mucho había viajado con un amigo proveniente de la mismísima
tribu y sabía que ni alguien familiarizado con los ryelneyd podía
hallarlo en un renuncio.
—Eso
no ocurrirá nunca —contestó altanero, desenvainando su espada. Acero
hermoso, la imitación de estoque relucía a la luz del sol vespertino que
entraba por los ventanales de la antecámara—.
Boragger
sólo respondió con una sonrisa mientras dirigía su enorme físico,
también rendido ante el peso de un grueso peto oscuro, hacia las puertas
de olmo encantado del salón principal de Tangrain. El jefe de la guardia
estampó su pesada mano contra ellas. Momentos después, las hojas se
abrieron en silencio, deslizándose aceitadas y dando paso a una vista
opulenta.
No
había ventanas, mas era copiosa la luz que llovía desde los tubos de luz
mágicos del techo. Sobre el piso había alfombras de vivos colores y,
sobre las paredes, magníficos tapices que se alternaban con pinturas al
óleo. Formando un cuadrado cerca de la entrada, había tablas livianas
que cubrían la alfombra: era una arena que Tangrain rara vez se molestaba
en quitar. A los costados se hallaban hombres con los mismos petos oscuros
de Boragger, cuyos rostros iban desde los morenos de los beduinos del sueño
del Elfadil hasta la tez clara de los humanos albinavianos. Algunos
tampoco eran muy humanos que digamos. La pálida piel azul y las orejas
ligeramente puntiagudas denotaban la presencia de duendes, y la curvatura
de los labios no dejaba lugar a dudas.
Más
allá había vitrinas con algunos de los tesoros que había amasado
Tangrain, y otros con los que hacía operaciones. Eran joyas de todas
clases, colocadas sobre seda al lado de los objetos de Modayre, fuente de
la riqueza del mercader, y también razón por la que habían enviado a
Cornell a Chazevo.
Mas
sabía que el bárbaro jamás posaría la mirada en las modestas armas y
herramientas, y miró para adelante hacia el fondo del salón. Había dos
estatuas doradas que casi llegaban al techo; una representaba a un erudito
de barba con un rollo de pergamino en una mano y una pluma en la otra; la
otra estatua era la de una atractiva mujer en una túnica brillante, y con
una larga cabellera que le cubría la cabeza como una aureola. Se trataba
de Darawk, el dios del conocimiento, y Alyssa, la diosa del amor. Entre
ambas se ubicaba una silla ancha en la que se sentó Tangrain ante una
gran mesa. Era un hombre de baja estatura, tan delgado que podría decirse
que era demacrado, al que acompañaba un tic nervioso en los ojos que jamás
desaparecía. Su ropa era poco llamativa y podría haber pasado
desapercibido en una multitud cualquiera –de buen pasar– de Chazevo,
que era exactamente como quería lucir el mercader. El hombre a su lado
bien podría haber usado ropas poco despampanantes también, mas nunca
hubiera podido perderse en una multitud, a menos que esta última
estuviera constituida por duendes de pura sangre de piel casi rojiza y
ojos casi blancos. Cornell no lo había visto antes, pero por desgracia no
tenía tiempo para contemplar más al duende.
—Vamos—
refunfuñó Boragger. —La dama espera.
Claro
que esperaba. Cornell se había encontrado con ella unas pocas veces, y,
al igual que antes, no podía evitar que el corazón le diera un salto
cuando vio a Sylasa delante de la estatua de Alyssa. La guerrera, oriunda
de Ibrollene, medía 1,65 metros. Una armadura plateada de cadenas forjada
con tal complejidad que parecían entrelazarse unas con otras, ciñéndose
con comodidad a sus grandes curvas con la movilidad digna de la seda. Es
magia, supuso el cayaboreano. Así las cosas, el enfrentamiento con un
oponente tan fuerte y hábil como él iba a darle primer nivel al campo de
juego.
Boragger
y Cornell se dirigieron hacia el centro de la arena. Ante una seña de
Tangrain, Sylasa asintió con la cabeza y se acercó hacia ellos con la
deliciosa cadencia de sus caderas. Cornell tuvo que poner todo de sí para
no dejarse atrapar por el hipnótico meneo, mas a Boragger, por lo que a
él importaba, no sintió tal freno inhibitorio. A Sylasa parecía no
molestarle la atención recibida: tenía su desafiante mirada clavada en
Cornell.
—Bonito
—dijo ella—, ¿listo para hacerte hombre?
Los
guardias estallaron en una carcajada. Sylasa se regodeaba en la diversión,
siempre con su sonrisa tan dulce; pero el guerrero cayaboreano de repente
se dio cuenta de que tal exhibición por parte de la mujer era apenas una
pantalla para relajar al enemigo.
Boragger
sonrió levemente y la saludó con una reverencia.
—Hágale
ver lo que él vale, señorita.
La
sonrisita dejó paso rápidamente a una mirada seria para Cornell.
—Tira
la espada, no la vas a usar. No quisiéramos dañar la mercadería. Bueno,
no mucho.
—En
especial, si es tan encantadora —acotó Sylasa en tono felino, dirigiéndole
una mirada desconcertante a Cornell. En ese momento, uno de los duendes
arrojó una lanza que ella atrapó con un rápido movimiento pasándosela
alrededor del cuerpo, ya despojada de toda expresión de dulzura.
¿Lanzas?
Cornell contuvo un insulto al tiempo que le entregaba su espada a Boragger
y miró a su alrededor para recibir su lanza. Pronto se percató de que ése
fue su primer error, al dirigir Sylasa la suya hacia el pecho de él.
Se
agachó instintivamente para esquivarla, y le lanzó un golpe con el brazo
–inerme– en el que portaba escudo, para darse cuenta de que Sylasa se
hallaba de pie a una distancia muy superior a de cualquier espadachín. En
vez de ir al frente con el escudo, ella le dio un lanzazo en la espalda,
dejándolo sin aire. Cornell quedó atontado un instante, lo suficiente
para le barrieran los pies con otro golpe.
Arrojado
hacia atrás, terminó cayéndose de espaldas, y sobre una segunda lanza.
Sylasa volvió a la carga contra él, justo al tiempo que Cornell giró
hacia un costado y quedó pegado al piso. Erró el lanzazo por centímetros,
y ella tuvo que dar un salto de repente para no caer sobre él. En ese
instante, Cornell empuñó la lanza y dio un golpe hacia arriba que llegó
al vientre de Sylasa.
Ella
emitió un quejido, mas Cornell sabía que a gran parte de la fuerza del
golpe la había aplacado su armadura. ¡Y no tenía ninguna intención de
dejarse superar por una mujer! Así que dirigió su arma hacia las piernas
de ella, que cayó igual que él lo había hecho antes.
Para
sorpresa del guerrero, Sylasa cayó rodando sobre sus espaldas, y aprovechó
el envión de la caída para levantar su propia lanza, asestándole un
golpe en el muslo a Cornell, quien necesitó un instante para recuperar su
posición, para después volver al ataque con fuerza.
Sylasa
bloqueó el lanzazo con firmeza, la misma con la que Cornell se cubrió
del contraataque de ella. Permanecieron unos instantes intercambiándose
lanzazos sin intensidad y que se bloqueaban con facilidad. Y él ya le
volvía a tomar la mano a su arma, sintiendo que lo aprendido en su
juventud tomaba carnadura en él, quien sonreía a pesar de los dolores.
—Vamos
a ver quién manda acá, señorita —alcanzó a suspirar, para saltar
hacia un costado, esquivar el lanzazo y terminar clavando la punta de la
lanza en el suelo.
La
propia fuerza lo levantó en el aire, y con los pies de punta la golpeó
de lleno en el pecho. Sylasa se fue hacia atrás por el impacto y perdió
un momento su lanza. ¡Justo lo que le hacía falta a Cornell! Él cayó
sobre sus pies, siguió el movimiento con los brazos y le estampó la
lanza a la guerrera; y entró en éxtasis cuando de una patada le quitó
la suya a ella.
La
mujer se quedó tirada de espaldas mirándolo con asombro.
Cornell
se sintió impulsado a tener un gesto de caballerosidad y ayudarla a que
se reincorporara, mas recordó su apariencia de bárbaro, por lo que le
puso el pie en el estómago y le gritó impaciente a Boragger:
—¿Ya
está? ¡Esta chica no está a la altura de un verdadero guerrero!
Pero
frunció en ceño cuando todo lo que vio a su alrededor eran sonrisas por
lo que se veía venir.
—¿En
serio, bonito? —susurró Sylasa desde el piso, y lo próximo que supo
Cornell fue del hundimiento de su ingle ante un rodillazo de la mujer.
El
cayaboreano retrocedió con un tropiezo y agarró su lanza con lo que le
quedaba de inteligencia. De poco le sirvió ya que Sylasa se reincorporó
el doble de rápido con que lo había hecho antes. Lo que siguió fue una
huracanada de lanzazos asestados con la maestría necesaria para que él
no perdiera el equilibrio y así recibir los que seguían.
Aunque
hubiera estado fresco y sin la contra del dolor, la habría pasado mal
tratando de alcanzar la velocidad de Sylasa. Lo único que le quedaba era
recibir la andanada de ataques y sufrir el dolor.
Por
fin, Sylasa se detuvo. Cornell permaneció un rato temblando, y cayó al
suelo a la espera del golpe de gracia que lo dejara inconsciente. Mas ella
lo tendió en el piso con la bota para que la pudiera mirar. En vez de
plantarse en la pose triunfante que él había elegido hacía instantes,
Sylasa le colocó la punta de la lanza en la garganta, una clara
advertencia para que no intentara ninguno de sus tretas.
—¿Quién
manda, bonito? —preguntó ella, con una sonrisa dulce y sincera dibujada
en el rostro—.
¿Y bien? —insistió—.
—Me…
rindo —alcanzó a decir él—.
Los
guardias que los rodeaban lanzaron vítores, y también algunos abucheos
para el “bárbaro”; ¡mas todo se detuvo en seco por un repentino haz
de luz que recorrió el salón principal cual ola marina!
La
lanza desapareció de la garganta de Cornell, y, de repente, sintió que
Sylasa lo sujetaba del brazo y lo levantaba con fuerza sorprendente.
Parpadeó, apretó la lanza en la mano y vio que todos los rostros –y,
también, numerosas armas– se dirigían a la entrada, al tiempo que los
bañaba otro anillo de luz.
Las
hojas de la puerta que había permanecido cerrada ahora se abrían con
lentitud. Entraron dos hombres. Uno tenía cincuenta años largos, seguro,
al juzgar por el cabello y la barba entrecanos, y vestía la chaqueta marrón
claro de los acólitos de Darawk encima de una túnica color castaño. El
otro era mucho más joven, casi de la misma edad de Cornell, veinticinco años.
Tenía puesta ropa de aprendiz: pantalones de trabajo de cuero, camisa y
un chaleco con un bordado espléndido. Lucía un cabello negro bien corto,
y la cara era delgada, con una mirada llena de simpatía al mismo tiempo
que tenía algo de taimada.
Ver
ese rostro le hizo dar un brinco, no precisamente de alegría, al corazón
de Cornell.
—Barandas
—murmuró, con la esperanza de que su más viejo amigo no mirara para su
lado.
—Gracias,
muchacho —le dijo a Barandas el discípulo de Darawk, para después
dirigirse a Tangrain:
—¿Sigues
con tus juegos, Ceravin? ¿Sabes que hay otras formas de entretenerse en
Chazevo?
Los
guardias se calmaron, Boragger se encogió de hombros, molesto, y se alejó
de la entrada, habiendo llegado a la conclusión de que en definitiva no
había peligro. Cornell no opinaba los mismo, mas el peligro que él corría
era bastante peculiar. Así que dio un paso al costado, con la esperanza
de perderse entre los rostros de los otros guardias cuando de repente
sintió que Sylasa lo tomaba del brazo.
—Prepárete,
bonito —le susurró—. El joven es hechicero. Jamás confíes en ellos.
“Sí,
claro que sí, y ladino”,
casi le contesta Cornell. Pero prefirió arrimarse la lanza y retroceder
para quedarse al lado de ella, sintiéndose en un extraño éxtasis. Ella
lo acababa de derrotar, ¿no? Los dolores que sentía eran prueba de ello,
y sin embargo, ella le dijo que…
En
ese instante, la mirada de Barandas se posó sobre las dos figuras
solitarias de la arena, y se le dibujó una sonrisa llena de felicidad al
tiempo que abría la boca para saludar a su amigo.
“¡Maldita
sea!”, se
despachó, mentalmente, Cornell.
—¡Hechicero!
—bramó él, y salió a la carrera al encuentro del atónito Barandas,
revoleando la lanza en posición de ataque—.
—¡Deténte,
imbécil! —exclamó Boragger; y, súbitamente, un rayo luminoso dejó
chamuscado el piso justo delante de Cornell—.
Anonadado
y conmocionado, Cornell se tropezó con su propio pie y cayó de boca,
preguntándose en qué momento Barandas había pasado de los espectáculos
lumínicos.
Cosa
que en realidad no había ocurrido, como Cornell se percató instantes
después. Boragger, parado al costado de la arena, le apuntaba con un
objeto metálico enorme, una vara de más de 60 cm. adherida con
prolongaciones esqueléticas de metal oscuro a un brazalete en el brazo
derecho de Boragger, con filamentos que terminaban en su mano. Sobre la
superficie brillante y oscura había inscripciones garabateadas, símbolos
extraños, intrincados y arcanos que serpenteaban hasta la parte de
adelante, que tenía la forma de quijadas de dragón abiertas, ese
destello primigenio del fuego que ardía en sus fauces.
Era
un bastón de dragón, la mística arma de Modayre.
Así
que, como suponían los maestros de Cornell en Cayaboré, Tangrain sí tenía
en su poder uno de esos. A pesar de su situación, se le coló una sonrisa
en los labios.
—Por
favor, disculpe este percance, ilustre sabio —dijo Tangrain desde su
silla, o, mejor dicho, desde unos centímetros delante de ella, ya que la
había abandonado de un salto y ahora volvía lentamente a su asiento—.
—Es
apenas… un joven bufón que no sabe nada del mundo civilizado.
Barandas
estaba tan irritado que no dijo palabra. El erudito a su lado, impávido,
apenas dio un suspiro, y comenzó a caminar hacia adelante.
—Estimado
Ceravin, los leídos siguen poniendo en tela de juicio el nivel de tu
civilización. A ver, tú, joven, ponte de pie —dijo el estudioso, y le
tendió la mano a Cornell—.
Teniendo
presente su disfraz, el “bárbaro” lo miró con desconfianza.
—Oh,
no te preocupes, no soy hechicero. Me llamo Demercur Ylvain, siervo de
Darawk, Señor del Conocimiento. Y mi joven compañero tampoco representa
peligro para ti, en serio. Dime, ¿cómo te llamas?
—Nych
—refunfuñó Cornell, tomando de al mano a Ylvain—. Nych de la tribu
Ryelneyd.
—Es
un placer conocerle, Nych. ¿Ryelneyd, dijiste? Fascinante. Dime, ¿Zechyll
sigue de jefe?
—¿Cómo?
—preguntó un perplejo Cornell, negando con la cabeza sorprendido. ¡Un
sacerdote de Darawk! El Divino Buscador del Conocimiento… ¡Me quieren
pescar! Tiene sospechas… Por suerte, sabía cómo evitar que lo
pescaran—.
—Disculpe,
ilustre sabio, pero debe estar equivocado. Zechyll encabeza a los araysal;
Vetora es el líder de mi
pueblo.
Ylvain
levantó una ceja sorprendido.
—Pues
entonces te pido perdón. Me debe fallar la memoria.
Claro, pensó Cornell, y el pez se escapó
cual pájaro en el aire.
El
sacerdote le hizo señas a Barandas para que se acercara, y siguió su
camino hacia el extremo alejado del salón para encontrarse con Tangrain.
Al pasarle por delante, el hechicero le dirigió una mirada perpleja a
Cornell, quien apenas hizo un movimiento con la cabeza, imperceptible
salvo para los que se hallaban más cerca.
No
se percató que Sylasa también se había arrimado a él.
—Ilustre
sabio —saludó Tangrain a Ylvain, adelantándose con una expresión
llena de amabilidad—. ¿A qué debo el placer de su visita?
El
erudito alcanzó a ahogar la risa.
—Bien
sabes que no será un placer. El joven que aquí me acompaña me informa
que has recibido un regalo muy especial de tus amos de Modayre.
—No
son mis amos —protestó Tangrain, como quien no quiere la cosa—.
Ylvain
negó con la cabeza.
—Oh,
Ceravin, hablando con pelos en la lengua no vas a llegar a ningún lado.
Creí que ya había aprendido, aunque sea a los porrazos. Ahora, al igual
que otras tantas veces, te recuerdo que rindes culto al gran Darawk, por
lo que sería tu sagrada obligación entregar a mi orden dicho regalo para
su correspondiente estudio, tras el cual el objeto se te devolvería
intacto.
La
expresión socarrona jamás abandonó al estudioso, ni sus palabras aparecían
imbuidas de deberes sagrados o expectativas de éxito. A Cornell se le
ocurrió que estos dos deben haber entrado en este juego un buen rato.
La
reacción de Tangrain confirmó la presunción, pues se movía lánguido
en su silla.
—También
he prometido prestar servicios a la encantadora Alyssa. ¿Acaso, ilustre
sabio, también espera que le entregue a todos y cada uno de los siervos
de la Diosa que tengo para, eh, su inspección?
Sylasa,
que estaba al lado de Cornell, se rió por lo bajo. Al igual que algunos
guardias del salón, y también Barandas. No otra cosa podía esperar el
cayaboreano por parte del hechicero, cuya mente se hallaba a gusto metida
pensamientos nauseabundos cuando no estaba detrás del dinero o poderosos
objetos mágicos.
Lo
que podría explicar su presencia en el lugar, pensó, y se preguntó qué
era ese “regalo” que había mencionado Ylvain. Se preguntó si no sería
un bastón de dragón, y si tendría más oportunidades de
“adquirirlo” en la academia sagrada de Darawk.
—Eso
—dijo Ylvain con displicencia— es una cuestión que te convendría
arreglar con la Diosa. Mi relación con Alyssa se limita a una oración
cada tanto para pedirle fuerzas, siempre que las exigencias de mi esposa
le ganar a mi edad.
De
nuevo se rió Sylasa, esta vez con todas las ganas. Por suerte, el
sacerdote estaba tan lejos que no alcanzó a oírla, y prosiguió:
—Ceravin,
todavía no respondiste mi pedido. ¿Me permitirás alquilarte ese objeto?
Tangrain
levantó las manos, y Cornell notó con interés el color azulado de las
yemas de los dedos. ¿Acaso era un signo de ascendencia duéndica? Ello
podría explicar cómo es que el mercader se hizo de tantos duendes para
su cuerpo de guardias.
—Ilustre
sabio, me temo que conoce bien la respuesta. Mi posición, aunque a usted
le resulte holgada, depende de mi negocio. ¿Qué cree que van a decir mis
colegas del ramo si se enterasen que regalo así como así uno de los
objetos que tengo en venta? Seguramente: “Tangrain ya no anda bien de la
cabeza. No respetemos más los acuerdos que tenemos con él puesto que
igual no se dará cuenta”. ¿Acaso me quiere ver sufrir por su
solicitud?
—Discúlpame,
Ceravin —contestó Ylvain tras contener un sonido que guardaba un
parecido sospechoso a una carcajada—. Jamás se me pasaría por la mente
la idea de traerte tales inconvenientes. Mas no me parece que sea la
manera de seguir rindiendo tributo a Darawk. La tierra de Modayre, si bien
está cerca yendo montado a alguna bestia, nos queda más lejos que la
tierra de los furrag, lejos al sur. Alcanzar el conocimiento sobre Modayre
y sus magníficas mercancías es de primera importancia para la orden de
Darawk.
Tangrain
se hundió en su silla, negando con la cabeza.
—Cortemos
de una vez esta plática. Por más que me encanta, el tiempo me apremia.
Quizá podamos llegar a… un pago simbólico
por el plazo del alquiler, siempre que tal plazo no imposibilite una
operación de venta. Ahora bien —dijo sentándose de nuevo erguido y
restregándose las manos—, ¿a qué artículo se refería usted?
—Vamos,
Ceravin —lo regaño Ylvain—; sabes exactamente de qué hablo. El
guantelete plateado, con cinco gemas engastadas en la parte inferior de
los dedos. Claro que...
—¡¿Cómo
se enteró de él?!
De
repente, todo lo que se hallaba en el salón se quedó inmóvil al tronar
la voz de Tangrain, rayana en la histeria. Boragger, por una reacción
instintiva, giró el bastón de dragón y apuntó con él al erudito. El
mismo Ylvain no mostró signos de estar molesto. Muy diferente fue la
reacción de Barandas, quien parecía achicarse al retroceder un paso.
—¡Dime,
Ylvain! —exigió Tangrain, que salió disparado de la silla—. ¡¿Quién
le contó a éste muchacho acerca del guantelete?! ¿O se escabulló en mi
propia casa? ¿Cómo hizo para violar la guardia?
“Habría
que preguntar a quién sobornó”, lo corrigió mentalmente Cornell,
quien en ese momento habría preferido empuñar una espada y no una lanza.
Ylvain
notó que Barandas había reculado, y se paró delante del hechicero.
—No
hay necesidad de esto —dijo con calma—. El muchacho trabaja para mí,
por lo que tiene a su disposición los recursos de la academia. No te
preocupes por abusos de confianza. En cambio dime cuánto pides.
—¿Cuánto
pido? —gritó Tangrain, con la cara roja de ira—. Después de que tu
hechicero metió las narices… ¡No, Ylvain, no hay negocio! ¡El
guantelete no está ni estará jamás en venta! ¡Fuera de mi salón,
erudito, fuera de mi hogar; y nunca vuelvas a osar pisarlo sin que se te
invite! ¡¿Se entiende lo que digo?!
—Madre
mía, ¡qué rápido pierdes los buenos modales! Muy bien, nos retiramos.
Ylvain
inclinó la cabeza como muestra de cortesía, para darse vuelta y salir
del salón, secundado por un desconcertado Barandas, que miraba para todos
lados a la espera de que los atacaran.
—Y
tú, bárbaro —le gritó exasperado Tangrain a Cornell—, ¡también
desaparece de mi vista! ¡No pienso pagarle a un tonto sin cacumen que no
es capaz de contener su furia!
Un
“¡¿cómo?!” retumbó en la
mente de Cornell. ¿El mercader de todos lo acusaba a él
de dejarse dominar por la ira?
—Señorito
Tangrain, voy...
—¡Cállate,
Nych, y sal de aquí! —gritó Boragger, que levantó su bastón de dragón
para subrayar las palabras de su amo—.
Cornell
tenía toda la furia en la mirada. Estuvo tan cerca de un bastón de dragón,
y ahora lo echaban sólo por ¡¿Barandas?! Mas no había cómo escaparle
al poder de tal arma, por lo que asintió con la cabeza. Boragger le hizo
una seña con la cabeza a uno de los duendes, que le devolvió la espada a
Cornell. El cayaboreano la tomó, levantó la frente y se fue. Ningún
miembro de la tribu de los ryelneyd se iría con mansedumbre y humildad,
cosa que tampoco habría hecho Cornell si no hubiese tenido esos ropajes.
Mientras
se iba pasó por al lado de Sylasa, que lo observaba con particular interés.
No tenía las mieles de una sonrisa en el rostro, pero el brillo de los
ojos lo único que hacía era aumentar su encanto.
Quizá,
pensó él en sus adentros, no todo esté perdido. Y con altivez le dio
una sonrisa.
—Recuerde
el nombre de Nych de Ryelneyd, señorita. ¡Alcanzará más fama que la
que pueda lograr el mercader Tangrain!
Ella
apenas levantó una ceja, dio media vuelta y se fue hacia la estatua al
lado de la que había estado parada antes.
Al
parecer, su capacidad de persuasión en absoluto estaba a la altura de la
del bastón del dragón. Cornell abandonó primero el salón principal y
luego el hogar de Ceravin Tangrain, mercader de bienes modayreanos, con
una pesada carga de pensamientos sombríos encima.


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