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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

(3) "Doncella broquelera"

(4) "El eterno guerrero"

(5) "Promesa solemne"

"Algien común"

 

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3


—¡¿Quieres que pelee contra una mujer?!

Boragger, el corpulento jefe de guardias, que trepaba a 2,10 metros de altura, lanzó una carcajada. —Sí, Nych, y espero verte hincado ante sus pies.

Al que le decían Nych reculó enojado. Una reacción acorde a un hombre ataviado en cuero curado del enorme thymbair, una camisa larga, a la que ajustaba un cinturón oscuro, y unas sencillas polainas que le cubrían las piernas. Sobre las botas tenía la piel cenicienta del thymbair, demasiado para la cálida ciudad de Chazevo. En el pecho llevaba un amuleto de Cachemir (dios de la guerra), una hermosura tallada en bronce. Sin embargo, su rostro lucía mucho menos bárbaro, siendo su corte de cara digno de la nobleza, al que acompañaba una nariz prominente debajo de unos ojos grises. Tenía una cabellera larga y rubia; igualmente, si se miraba las raíces de cerca, se hacía apenas visible el color marrón.

Ningún integrante de la corte del mercader Ceravin Tangrain había puesto en tela de juicio el origen bárbaro de Nych desde su aparición hacía ya más de dos meses. Cornell de Cayaboré se sentía orgulloso de su disfraz de guerrero de las estepas del sur lejano –la tierra de Robhovard–, de la tribu de ryelneyd, rebajado al comportamiento e idiosincrasias típicas de este pueblo. Mucho había viajado con un amigo proveniente de la mismísima tribu y sabía que ni alguien familiarizado con los ryelneyd podía hallarlo en un renuncio.

Eso no ocurrirá nunca —contestó altanero, desenvainando su espada. Acero hermoso, la imitación de estoque relucía a la luz del sol vespertino que entraba por los ventanales de la antecámara—.

Boragger sólo respondió con una sonrisa mientras dirigía su enorme físico, también rendido ante el peso de un grueso peto oscuro, hacia las puertas de olmo encantado del salón principal de Tangrain. El jefe de la guardia estampó su pesada mano contra ellas. Momentos después, las hojas se abrieron en silencio, deslizándose aceitadas y dando paso a una vista opulenta.

No había ventanas, mas era copiosa la luz que llovía desde los tubos de luz mágicos del techo. Sobre el piso había alfombras de vivos colores y, sobre las paredes, magníficos tapices que se alternaban con pinturas al óleo. Formando un cuadrado cerca de la entrada, había tablas livianas que cubrían la alfombra: era una arena que Tangrain rara vez se molestaba en quitar. A los costados se hallaban hombres con los mismos petos oscuros de Boragger, cuyos rostros iban desde los morenos de los beduinos del sueño del Elfadil hasta la tez clara de los humanos albinavianos. Algunos tampoco eran muy humanos que digamos. La pálida piel azul y las orejas ligeramente puntiagudas denotaban la presencia de duendes, y la curvatura de los labios no dejaba lugar a dudas.

Más allá había vitrinas con algunos de los tesoros que había amasado Tangrain, y otros con los que hacía operaciones. Eran joyas de todas clases, colocadas sobre seda al lado de los objetos de Modayre, fuente de la riqueza del mercader, y también razón por la que habían enviado a Cornell a Chazevo.

Mas sabía que el bárbaro jamás posaría la mirada en las modestas armas y herramientas, y miró para adelante hacia el fondo del salón. Había dos estatuas doradas que casi llegaban al techo; una representaba a un erudito de barba con un rollo de pergamino en una mano y una pluma en la otra; la otra estatua era la de una atractiva mujer en una túnica brillante, y con una larga cabellera que le cubría la cabeza como una aureola. Se trataba de Darawk, el dios del conocimiento, y Alyssa, la diosa del amor. Entre ambas se ubicaba una silla ancha en la que se sentó Tangrain ante una gran mesa. Era un hombre de baja estatura, tan delgado que podría decirse que era demacrado, al que acompañaba un tic nervioso en los ojos que jamás desaparecía. Su ropa era poco llamativa y podría haber pasado desapercibido en una multitud cualquiera –de buen pasar– de Chazevo, que era exactamente como quería lucir el mercader. El hombre a su lado bien podría haber usado ropas poco despampanantes también, mas nunca hubiera podido perderse en una multitud, a menos que esta última estuviera constituida por duendes de pura sangre de piel casi rojiza y ojos casi blancos. Cornell no lo había visto antes, pero por desgracia no tenía tiempo para contemplar más al duende.

—Vamos— refunfuñó Boragger. —La dama espera.

Claro que esperaba. Cornell se había encontrado con ella unas pocas veces, y, al igual que antes, no podía evitar que el corazón le diera un salto cuando vio a Sylasa delante de la estatua de Alyssa. La guerrera, oriunda de Ibrollene, medía 1,65 metros. Una armadura plateada de cadenas forjada con tal complejidad que parecían entrelazarse unas con otras, ciñéndose con comodidad a sus grandes curvas con la movilidad digna de la seda. Es magia, supuso el cayaboreano. Así las cosas, el enfrentamiento con un oponente tan fuerte y hábil como él iba a darle primer nivel al campo de juego.

Boragger y Cornell se dirigieron hacia el centro de la arena. Ante una seña de Tangrain, Sylasa asintió con la cabeza y se acercó hacia ellos con la deliciosa cadencia de sus caderas. Cornell tuvo que poner todo de sí para no dejarse atrapar por el hipnótico meneo, mas a Boragger, por lo que a él importaba, no sintió tal freno inhibitorio. A Sylasa parecía no molestarle la atención recibida: tenía su desafiante mirada clavada en Cornell.

—Bonito —dijo ella—, ¿listo para hacerte hombre?

Los guardias estallaron en una carcajada. Sylasa se regodeaba en la diversión, siempre con su sonrisa tan dulce; pero el guerrero cayaboreano de repente se dio cuenta de que tal exhibición por parte de la mujer era apenas una pantalla para relajar al enemigo.

Boragger sonrió levemente y la saludó con una reverencia.

—Hágale ver lo que él vale, señorita.

La sonrisita dejó paso rápidamente a una mirada seria para Cornell.

—Tira la espada, no la vas a usar. No quisiéramos dañar la mercadería. Bueno, no mucho.

—En especial, si es tan encantadora —acotó Sylasa en tono felino, dirigiéndole una mirada desconcertante a Cornell. En ese momento, uno de los duendes arrojó una lanza que ella atrapó con un rápido movimiento pasándosela alrededor del cuerpo, ya despojada de toda expresión de dulzura.

¿Lanzas? Cornell contuvo un insulto al tiempo que le entregaba su espada a Boragger y miró a su alrededor para recibir su lanza. Pronto se percató de que ése fue su primer error, al dirigir Sylasa la suya hacia el pecho de él.

Se agachó instintivamente para esquivarla, y le lanzó un golpe con el brazo –inerme– en el que portaba escudo, para darse cuenta de que Sylasa se hallaba de pie a una distancia muy superior a de cualquier espadachín. En vez de ir al frente con el escudo, ella le dio un lanzazo en la espalda, dejándolo sin aire. Cornell quedó atontado un instante, lo suficiente para le barrieran los pies con otro golpe.

Arrojado hacia atrás, terminó cayéndose de espaldas, y sobre una segunda lanza. Sylasa volvió a la carga contra él, justo al tiempo que Cornell giró hacia un costado y quedó pegado al piso. Erró el lanzazo por centímetros, y ella tuvo que dar un salto de repente para no caer sobre él. En ese instante, Cornell empuñó la lanza y dio un golpe hacia arriba que llegó al vientre de Sylasa.

Ella emitió un quejido, mas Cornell sabía que a gran parte de la fuerza del golpe la había aplacado su armadura. ¡Y no tenía ninguna intención de dejarse superar por una mujer! Así que dirigió su arma hacia las piernas de ella, que cayó igual que él lo había hecho antes.

Para sorpresa del guerrero, Sylasa cayó rodando sobre sus espaldas, y aprovechó el envión de la caída para levantar su propia lanza, asestándole un golpe en el muslo a Cornell, quien necesitó un instante para recuperar su posición, para después volver al ataque con fuerza.

Sylasa bloqueó el lanzazo con firmeza, la misma con la que Cornell se cubrió del contraataque de ella. Permanecieron unos instantes intercambiándose lanzazos sin intensidad y que se bloqueaban con facilidad. Y él ya le volvía a tomar la mano a su arma, sintiendo que lo aprendido en su juventud tomaba carnadura en él, quien sonreía a pesar de los dolores.

—Vamos a ver quién manda acá, señorita —alcanzó a suspirar, para saltar hacia un costado, esquivar el lanzazo y terminar clavando la punta de la lanza en el suelo.

La propia fuerza lo levantó en el aire, y con los pies de punta la golpeó de lleno en el pecho. Sylasa se fue hacia atrás por el impacto y perdió un momento su lanza. ¡Justo lo que le hacía falta a Cornell! Él cayó sobre sus pies, siguió el movimiento con los brazos y le estampó la lanza a la guerrera; y entró en éxtasis cuando de una patada le quitó la suya a ella.

La mujer se quedó tirada de espaldas mirándolo con asombro.

Cornell se sintió impulsado a tener un gesto de caballerosidad y ayudarla a que se reincorporara, mas recordó su apariencia de bárbaro, por lo que le puso el pie en el estómago y le gritó impaciente a Boragger:

—¿Ya está? ¡Esta chica no está a la altura de un verdadero guerrero!

Pero frunció en ceño cuando todo lo que vio a su alrededor eran sonrisas por lo que se veía venir.

—¿En serio, bonito? —susurró Sylasa desde el piso, y lo próximo que supo Cornell fue del hundimiento de su ingle ante un rodillazo de la mujer.

El cayaboreano retrocedió con un tropiezo y agarró su lanza con lo que le quedaba de inteligencia. De poco le sirvió ya que Sylasa se reincorporó el doble de rápido con que lo había hecho antes. Lo que siguió fue una huracanada de lanzazos asestados con la maestría necesaria para que él no perdiera el equilibrio y así recibir los que seguían.

Aunque hubiera estado fresco y sin la contra del dolor, la habría pasado mal tratando de alcanzar la velocidad de Sylasa. Lo único que le quedaba era recibir la andanada de ataques y sufrir el dolor.

Por fin, Sylasa se detuvo. Cornell permaneció un rato temblando, y cayó al suelo a la espera del golpe de gracia que lo dejara inconsciente. Mas ella lo tendió en el piso con la bota para que la pudiera mirar. En vez de plantarse en la pose triunfante que él había elegido hacía instantes, Sylasa le colocó la punta de la lanza en la garganta, una clara advertencia para que no intentara ninguno de sus tretas.

—¿Quién manda, bonito? —preguntó ella, con una sonrisa dulce y sincera dibujada en el rostro—.

¿Y bien? —insistió—.

—Me… rindo —alcanzó a decir él—.

Los guardias que los rodeaban lanzaron vítores, y también algunos abucheos para el “bárbaro”; ¡mas todo se detuvo en seco por un repentino haz de luz que recorrió el salón principal cual ola marina!

La lanza desapareció de la garganta de Cornell, y, de repente, sintió que Sylasa lo sujetaba del brazo y lo levantaba con fuerza sorprendente. Parpadeó, apretó la lanza en la mano y vio que todos los rostros –y, también, numerosas armas– se dirigían a la entrada, al tiempo que los bañaba otro anillo de luz.

Las hojas de la puerta que había permanecido cerrada ahora se abrían con lentitud. Entraron dos hombres. Uno tenía cincuenta años largos, seguro, al juzgar por el cabello y la barba entrecanos, y vestía la chaqueta marrón claro de los acólitos de Darawk encima de una túnica color castaño. El otro era mucho más joven, casi de la misma edad de Cornell, veinticinco años. Tenía puesta ropa de aprendiz: pantalones de trabajo de cuero, camisa y un chaleco con un bordado espléndido. Lucía un cabello negro bien corto, y la cara era delgada, con una mirada llena de simpatía al mismo tiempo que tenía algo de taimada.

Ver ese rostro le hizo dar un brinco, no precisamente de alegría, al corazón de Cornell.

—Barandas —murmuró, con la esperanza de que su más viejo amigo no mirara para su lado.

—Gracias, muchacho —le dijo a Barandas el discípulo de Darawk, para después dirigirse a Tangrain:

—¿Sigues con tus juegos, Ceravin? ¿Sabes que hay otras formas de entretenerse en Chazevo?

Los guardias se calmaron, Boragger se encogió de hombros, molesto, y se alejó de la entrada, habiendo llegado a la conclusión de que en definitiva no había peligro. Cornell no opinaba los mismo, mas el peligro que él corría era bastante peculiar. Así que dio un paso al costado, con la esperanza de perderse entre los rostros de los otros guardias cuando de repente sintió que Sylasa lo tomaba del brazo.

—Prepárete, bonito —le susurró—. El joven es hechicero. Jamás confíes en ellos.

“Sí, claro que sí, y ladino”, casi le contesta Cornell. Pero prefirió arrimarse la lanza y retroceder para quedarse al lado de ella, sintiéndose en un extraño éxtasis. Ella lo acababa de derrotar, ¿no? Los dolores que sentía eran prueba de ello, y sin embargo, ella le dijo que…

En ese instante, la mirada de Barandas se posó sobre las dos figuras solitarias de la arena, y se le dibujó una sonrisa llena de felicidad al tiempo que abría la boca para saludar a su amigo.

“¡Maldita sea!”, se despachó, mentalmente, Cornell.

 

 

—¡Hechicero! —bramó él, y salió a la carrera al encuentro del atónito Barandas, revoleando la lanza en posición de ataque—.

—¡Deténte, imbécil! —exclamó Boragger; y, súbitamente, un rayo luminoso dejó chamuscado el piso justo delante de Cornell—.

Anonadado y conmocionado, Cornell se tropezó con su propio pie y cayó de boca, preguntándose en qué momento Barandas había pasado de los espectáculos lumínicos.

Cosa que en realidad no había ocurrido, como Cornell se percató instantes después. Boragger, parado al costado de la arena, le apuntaba con un objeto metálico enorme, una vara de más de 60 cm. adherida con prolongaciones esqueléticas de metal oscuro a un brazalete en el brazo derecho de Boragger, con filamentos que terminaban en su mano. Sobre la superficie brillante y oscura había inscripciones garabateadas, símbolos extraños, intrincados y arcanos que serpenteaban hasta la parte de adelante, que tenía la forma de quijadas de dragón abiertas, ese destello primigenio del fuego que ardía en sus fauces.

Era un bastón de dragón, la mística arma de Modayre.

Así que, como suponían los maestros de Cornell en Cayaboré, Tangrain sí tenía en su poder uno de esos. A pesar de su situación, se le coló una sonrisa en los labios.

—Por favor, disculpe este percance, ilustre sabio —dijo Tangrain desde su silla, o, mejor dicho, desde unos centímetros delante de ella, ya que la había abandonado de un salto y ahora volvía lentamente a su asiento—.

—Es apenas… un joven bufón que no sabe nada del mundo civilizado.

Barandas estaba tan irritado que no dijo palabra. El erudito a su lado, impávido, apenas dio un suspiro, y comenzó a caminar hacia adelante.

—Estimado Ceravin, los leídos siguen poniendo en tela de juicio el nivel de tu civilización. A ver, tú, joven, ponte de pie —dijo el estudioso, y le tendió la mano a Cornell—.

Teniendo presente su disfraz, el “bárbaro” lo miró con desconfianza.

—Oh, no te preocupes, no soy hechicero. Me llamo Demercur Ylvain, siervo de Darawk, Señor del Conocimiento. Y mi joven compañero tampoco representa peligro para ti, en serio. Dime, ¿cómo te llamas?

—Nych —refunfuñó Cornell, tomando de al mano a Ylvain—. Nych de la tribu Ryelneyd.

—Es un placer conocerle, Nych. ¿Ryelneyd, dijiste? Fascinante. Dime, ¿Zechyll sigue de jefe?

—¿Cómo? —preguntó un perplejo Cornell, negando con la cabeza sorprendido. ¡Un sacerdote de Darawk! El Divino Buscador del Conocimiento… ¡Me quieren pescar! Tiene sospechas… Por suerte, sabía cómo evitar que lo pescaran—.

—Disculpe, ilustre sabio, pero debe estar equivocado. Zechyll encabeza a los araysal; Vetora es el líder de mi pueblo.

Ylvain levantó una ceja sorprendido.

—Pues entonces te pido perdón. Me debe fallar la memoria.

Claro, pensó Cornell, y el pez se escapó cual pájaro en el aire.

El sacerdote le hizo señas a Barandas para que se acercara, y siguió su camino hacia el extremo alejado del salón para encontrarse con Tangrain. Al pasarle por delante, el hechicero le dirigió una mirada perpleja a Cornell, quien apenas hizo un movimiento con la cabeza, imperceptible salvo para los que se hallaban más cerca.

No se percató que Sylasa también se había arrimado a él.

—Ilustre sabio —saludó Tangrain a Ylvain, adelantándose con una expresión llena de amabilidad—. ¿A qué debo el placer de su visita?

El erudito alcanzó a ahogar la risa.

—Bien sabes que no será un placer. El joven que aquí me acompaña me informa que has recibido un regalo muy especial de tus amos de Modayre.

—No son mis amos —protestó Tangrain, como quien no quiere la cosa—.

Ylvain negó con la cabeza.

—Oh, Ceravin, hablando con pelos en la lengua no vas a llegar a ningún lado. Creí que ya había aprendido, aunque sea a los porrazos. Ahora, al igual que otras tantas veces, te recuerdo que rindes culto al gran Darawk, por lo que sería tu sagrada obligación entregar a mi orden dicho regalo para su correspondiente estudio, tras el cual el objeto se te devolvería intacto.

La expresión socarrona jamás abandonó al estudioso, ni sus palabras aparecían imbuidas de deberes sagrados o expectativas de éxito. A Cornell se le ocurrió que estos dos deben haber entrado en este juego un buen rato.

La reacción de Tangrain confirmó la presunción, pues se movía lánguido en su silla.

—También he prometido prestar servicios a la encantadora Alyssa. ¿Acaso, ilustre sabio, también espera que le entregue a todos y cada uno de los siervos de la Diosa que tengo para, eh, su inspección?

Sylasa, que estaba al lado de Cornell, se rió por lo bajo. Al igual que algunos guardias del salón, y también Barandas. No otra cosa podía esperar el cayaboreano por parte del hechicero, cuya mente se hallaba a gusto metida pensamientos nauseabundos cuando no estaba detrás del dinero o poderosos objetos mágicos.

Lo que podría explicar su presencia en el lugar, pensó, y se preguntó qué era ese “regalo” que había mencionado Ylvain. Se preguntó si no sería un bastón de dragón, y si tendría más oportunidades de “adquirirlo” en la academia sagrada de Darawk.

—Eso —dijo Ylvain con displicencia— es una cuestión que te convendría arreglar con la Diosa. Mi relación con Alyssa se limita a una oración cada tanto para pedirle fuerzas, siempre que las exigencias de mi esposa le ganar a mi edad.

De nuevo se rió Sylasa, esta vez con todas las ganas. Por suerte, el sacerdote estaba tan lejos que no alcanzó a oírla, y prosiguió:

—Ceravin, todavía no respondiste mi pedido. ¿Me permitirás alquilarte ese objeto?

Tangrain levantó las manos, y Cornell notó con interés el color azulado de las yemas de los dedos. ¿Acaso era un signo de ascendencia duéndica? Ello podría explicar cómo es que el mercader se hizo de tantos duendes para su cuerpo de guardias.

—Ilustre sabio, me temo que conoce bien la respuesta. Mi posición, aunque a usted le resulte holgada, depende de mi negocio. ¿Qué cree que van a decir mis colegas del ramo si se enterasen que regalo así como así uno de los objetos que tengo en venta? Seguramente: “Tangrain ya no anda bien de la cabeza. No respetemos más los acuerdos que tenemos con él puesto que igual no se dará cuenta”. ¿Acaso me quiere ver sufrir por su solicitud?

—Discúlpame, Ceravin —contestó Ylvain tras contener un sonido que guardaba un parecido sospechoso a una carcajada—. Jamás se me pasaría por la mente la idea de traerte tales inconvenientes. Mas no me parece que sea la manera de seguir rindiendo tributo a Darawk. La tierra de Modayre, si bien está cerca yendo montado a alguna bestia, nos queda más lejos que la tierra de los furrag, lejos al sur. Alcanzar el conocimiento sobre Modayre y sus magníficas mercancías es de primera importancia para la orden de Darawk.

Tangrain se hundió en su silla, negando con la cabeza.

—Cortemos de una vez esta plática. Por más que me encanta, el tiempo me apremia. Quizá podamos llegar a… un pago simbólico por el plazo del alquiler, siempre que tal plazo no imposibilite una operación de venta. Ahora bien —dijo sentándose de nuevo erguido y restregándose las manos—, ¿a qué artículo se refería usted?

—Vamos, Ceravin —lo regaño Ylvain—; sabes exactamente de qué hablo. El guantelete plateado, con cinco gemas engastadas en la parte inferior de los dedos. Claro que...

—¡¿Cómo se enteró de él?!

De repente, todo lo que se hallaba en el salón se quedó inmóvil al tronar la voz de Tangrain, rayana en la histeria. Boragger, por una reacción instintiva, giró el bastón de dragón y apuntó con él al erudito. El mismo Ylvain no mostró signos de estar molesto. Muy diferente fue la reacción de Barandas, quien parecía achicarse al retroceder un paso.

 —¡Dime, Ylvain! —exigió Tangrain, que salió disparado de la silla—. ¡¿Quién le contó a éste muchacho acerca del guantelete?! ¿O se escabulló en mi propia casa? ¿Cómo hizo para violar la guardia?

 “Habría que preguntar a quién sobornó”, lo corrigió mentalmente Cornell, quien en ese momento habría preferido empuñar una espada y no una lanza.

Ylvain notó que Barandas había reculado, y se paró delante del hechicero.

—No hay necesidad de esto —dijo con calma—. El muchacho trabaja para mí, por lo que tiene a su disposición los recursos de la academia. No te preocupes por abusos de confianza. En cambio dime cuánto pides.

—¿Cuánto pido? —gritó Tangrain, con la cara roja de ira—. Después de que tu hechicero metió las narices… ¡No, Ylvain, no hay negocio! ¡El guantelete no está ni estará jamás en venta! ¡Fuera de mi salón, erudito, fuera de mi hogar; y nunca vuelvas a osar pisarlo sin que se te invite! ¡¿Se entiende lo que digo?!

—Madre mía, ¡qué rápido pierdes los buenos modales! Muy bien, nos retiramos.

Ylvain inclinó la cabeza como muestra de cortesía, para darse vuelta y salir del salón, secundado por un desconcertado Barandas, que miraba para todos lados a la espera de que los atacaran.

—Y tú, bárbaro —le gritó exasperado Tangrain a Cornell—, ¡también desaparece de mi vista! ¡No pienso pagarle a un tonto sin cacumen que no es capaz de contener su furia!

Un “¡¿cómo?!” retumbó en la mente de Cornell. ¿El mercader de todos lo acusaba a él de dejarse dominar por la ira?

—Señorito Tangrain, voy...

—¡Cállate, Nych, y sal de aquí! —gritó Boragger, que levantó su bastón de dragón para subrayar las palabras de su amo—.

Cornell tenía toda la furia en la mirada. Estuvo tan cerca de un bastón de dragón, y ahora lo echaban sólo por ¡¿Barandas?! Mas no había cómo escaparle al poder de tal arma, por lo que asintió con la cabeza. Boragger le hizo una seña con la cabeza a uno de los duendes, que le devolvió la espada a Cornell. El cayaboreano la tomó, levantó la frente y se fue. Ningún miembro de la tribu de los ryelneyd se iría con mansedumbre y humildad, cosa que tampoco habría hecho Cornell si no hubiese tenido esos ropajes.

Mientras se iba pasó por al lado de Sylasa, que lo observaba con particular interés. No tenía las mieles de una sonrisa en el rostro, pero el brillo de los ojos lo único que hacía era aumentar su encanto.

Quizá, pensó él en sus adentros, no todo esté perdido. Y con altivez le dio una sonrisa.

—Recuerde el nombre de Nych de Ryelneyd, señorita. ¡Alcanzará más fama que la que pueda lograr el mercader Tangrain!

Ella apenas levantó una ceja, dio media vuelta y se fue hacia la estatua al lado de la que había estado parada antes.

Al parecer, su capacidad de persuasión en absoluto estaba a la altura de la del bastón del dragón. Cornell abandonó primero el salón principal y luego el hogar de Ceravin Tangrain, mercader de bienes modayreanos, con una pesada carga de pensamientos sombríos encima.

 

SECCIÓN 2