
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
Cornell
se quitó de encima polvo y escombros, sintiendo las puñaladas del dolor
en cada centímetro del cuerpo. Desde el escudo, todavía calzado en el
brazo izquierdo, escuchó provenir las maldiciones de Phindar al tiempo
que el sacerdote de Decalleigh exigía sobremanera sus poderes mágicos
para cerrar todas las heridas del cayaboreano, haciéndolo recobrar
fuerzas para pelear.
Se
levantó, se sacó de encima iracundo los últimos escombros y miró
alrededor. El túnel no se había derrumbado tanto pues había abierto el
paso hacia otra caverna inferior, caverna que, por lo grande,
tranquilamente alojaba a Cornell y al dragón imperial, que se hallaba a
diez metros de él, luchando con locura para librarse de los escombros que
le habían caído encima del escamoso cuero.
El
emperador se incorporó arrojando una tonelada de rocas con la cabeza y
exclamando con furia:
—¡Me
destruyes el hogar, humano!
—Desayuno
bastante complicado este, ¿no es verdad? —dijo Cornell jadeando y
recogiendo la espada de entre los escombros, para después salir corriendo
hacia las patas del dragón; la criatura todavía no se había recuperado
del todo de la conmoción, por lo que él contaba con una clara
oportunidad de arremeter contra el miembro anterior, y Cornell no era de
ignorar oportunidades—.
El
dragón dio un alarido al atravesarle la pata la espada mágica, que le
abrió la piel e hizo bañar al cayaboreano en un torrente de una verde
porquería líquida.
Cornell
brincó por encima de las zarpas, a lo largo del enorme cuerpo del dragón
y sosteniendo el escudo hacia fuera para que el filo de la madera duéndica
lo cortara más.
—Igual
estamos fritos —comentó Nev fatalista al limpiamente salir rodando
Cornell del suelo cubierto de escombros, para después pararse y enfrentar
la cabeza del enloquecido dragón imperial, que encima exhibía horrendas
fauces abiertas y su exhalación de aire tórrido y casi flamígero—.
—¡Deja
de pelear, dragón! —gritó Barandas sosteniendo con fuerza el utensilio
mágico al tiempo que corría por el túnel, del que, más adelante,
provenía ruidos furiosos, signo de que se libraba una batalla—.
¡Pero
él contaba con el objeto de Pharlee! Eso le otorgaba a su poseedor el
completo dominio sobre las bestias que se hallaran en derredor, mas, por
las Mareas de la Magia, el dragón era bastante grandecito, ¿por lo que
acaso no habría oportunidad?
—¡Condenado
dragón! —exclamó, y dirigió toda su energía mágica hacia el objeto,
en un intento por cargarlo para que comenzara a funcionar; quizá, eso era
lo que hacía falta, quizá necesitaba un poco más de energía, tras décadas
o siglos de falta de uso…— ¡Deja de pelear!
Sin
bwyell a las espaldas, pero
sosteniéndola firme con ambas manos, Gabe se precipitó por el pasaje. El
ruido y el polvo que se hallaban más allá le nublaron todos los
sentidos, mas sabía que Cornell y el dragón estaban por delante. ¡Por
fin, bwyell iba a comer carne de
dragón, e iba a haber más honor y gloria para el nombre de Gabe!
A
fuer de ser sinceros, esos pensamientos no eran los primordiales para el bárbaro.
Ni siquiera era tener a su amigo en peligro lo que más le preocupaba.
Todo lo que le venía a la mente a Gabe eran visiones de su duéndica
esposa Caeryl, en su terruño, Robhovard, rodeada de tribus de salvajes
—ryelneyd, araysal, weyshick, mantrac, ymarg—, la diminuta cara de
ella desencajada de temor, su padre, Toriel, y su hermano, Le’hare, con
los arcos tensos y las flechas marcadas. Y Gabe que aparecía de la nada,
acompañado de un ejército que arrasaría las tribus, liberaría a su
mujer y familia, para vivir en paz. Se vio a sí mismo, en sus tiempos de
simple granjero, arando la tierra y enseñándole a sus hijos –sus hijos– a vivir como corresponde y contar relatos sobre sus hazañas
por el mundo.
Pero
primero estaba el dragón a quien había que enfrentarse.
Sus
revolcones habían abierto una nueva caverna en la roca. Gabe se detuvo un
breve instante en el borde del nuevo abismo, y miró hacia abajo tratando
a duras penas de alcanzar una visión general. En el extremo más alejado,
vio a Cornell, al ataque y a pura estocada. En el lado más cercano, todo
lo que divisó fue un enorme dragón, cuyos anillos de la cola se
enroscaban y desenroscaban con toda la furia, desprendiendo más escombros
de las paredes recién formadas.
Una
sonrisa se dibujó sobre el barbado mentón de Gabe.
Con
bwyell en ambas manos, se zambulló con ella hacia delante sobre los
anillos, estampó el hacha contra el cuero escamoso, y gozó merced al
grito que provenía de adelante.
No
tenía dónde hacer pie, y sólo le quedaba esperar seguir encima del dragón,
pero el instinto lo dominó y mantuvo en equilibrio a Gabe lo justo para
que siquiera corriendo por la serpenteante cola, y revoleando a bwyell
a diestra y siniestra, y haciendo volar trozos de escamas por los
polvorientos aires.
Más
alaridos emitía el dragón. Gabe apenas alcanzó a percatarse de las
fauces y sus colmillos que se elevaban, giraban y se acercaban a los
gritos. Se arrojó contra el cuerpo de la bestia, lo que provocó que las
filosas escamas le atravesaran las pieles que vestía, mas la cabeza lo
pasó de largo en su vana carrera, pero bwyell, torcida en las manos, como si se tratara de un ser con vida
propia, se clavó con su filosa hoja bien profundo en la garganta del dragón imperial.
La
sangre verde que manó le tapó los ojos a Gabe.
El
bárbaro no necesita ojos, reflexionó en una diminuta parte de la mente,
y empujó a bwyell para que
entrara más en la hendidura que había abierto. La cabeza todavía tenía
impulso: pasó de largo y se llevó puesto al bárbaro. Cayó más sangre,
el dragón sacudió la cabeza de tanto dolor, tratando de sacarse de
encima la astillita humana que a ella se aferraba.
Ni
de casualidad, exclamó Gabe con los instintos.
Quizá también con la voz; el bárbaro no podía saber. Todo lo que sí
sabía era que agarrarse fuerte, que bwyell
tenía que ir más a fondo. De alguna forma hizo pie, tal vez en las
paredes de la caverna, lo que le alcanzó a darle un envión para
zambullirse en la garganta del dragón, y con el filo de bwyell
que cortaba tendones, vasos sanguíneos y la columna vertebral.
El
emperador se revolcaba.
Poco
sintió Gabe, que ya se hallaba completamente encubierto en la propia
carne del dragón. ¡Todo lo que tenía en mente era empujar a bwyell
más, más y más profundo!
Tras
una eternidad, se percató de que los revolcones habían terminado.
Y
que se le llenaba la boca con la sangre del dragón.
Finalmente,
el terror se apoderó de él, y con renovada furia comenzó a dar hachazos
para todos lados, haciendo que bwyell
se abriera camino por la carne de la bestia. Parecía que llevaba tanto
como su primera lucha, pero, por fin —¡por Cachemir!—, sacó la
cabeza y respiró aire, aire limpio y fresco que le dio más fuerzas.
El
bárbaro luchó un poco más, arrancó el cuerpo de la garganta del dragón imperial, y recién ahora se daba cuenta de veras de que la bestia estaba
muerta. No se movía el majestuoso cuerpo, ni la cabeza, ¡ni ninguna parte!
Gabe
dio un grito de guerra triunfal, con un pie firme sobre el cuero del
extinto dragón.
—¡Honor
y gloria! —exclamó—. ¡Me pertenecen!
Una
voz triste y agotada respondió desde el borde de la cueva:
—Pero
no a Cornell.
Gabe
levantó la vista, vio al hechicero Barandas sentado en el borde con las
piernas colgadas y con un objeto dorado en la mano, —y con lágrimas en
los ojos—.
Por
instinto miró hacia el otro lado, hacia donde había visto a Cornell la
última vez.
Y
lo que vio Gabe fue un cuerpo desparramado en la roca, con el pecho
abierto por un zarpazo del dragón. La sangre ya había dejado de brotar,
empapados que había dejado el cadáver, la ropa y el pétreo suelo que lo
rodeaba.
El
escudo de madera duéndica seguía calzado en el brazo del muerto, y, de
aguzarse el oído, se habrían percibido los sollozos que de él provenían.
Bwyell
cayó de las manos de Gabe. El bárbaro sintió que se le llenaban los
ojos de lágrimas en momentos en que caía lentamente de rodillas mirando
fijo el cadáver de la caverna.
—Amigo
mío —musitó, para después echar atrás la cabeza y gritar—: ¡Coooor-nelllll!
—Maldito
cayaboreano —murmuró Barandas bajo el llanto—. ¿Por qué sigo haciéndote
esto? ¡Tú, maldito y despreciable imbécil honesto eres el único amigo
que tengo, y esta es la segunda vez que mueres, por mi culpa!
Apenas
sí se percató de la existencia de una diminuta figura a su lado, y la
ira recorrió todo su ser:
—Fuera
de mi vista, Flink —murmuró—.
Del
otro extremo de la caverna, al lado del cuerpo inerte del dragón, Flink
levantó las cejas y agitó las manos alegremente:
—¡Estoy
aquí, Señorito Hechicero! ¡No estoy a la vista de usted, eso es seguro!
Las
palabras apenas quebraron la congoja de Barandas para que se diera cuenta
de que la diminuta figura no podía ser el alreu. Y ello descartaba a
todos los de la partida, lo cual...
Barandas
salió disparado de su colgante asiento, sacó una daga de la toga y
enfrentó... a una enana canora, ataviada en la más fina seda, que se movía
cada vez que respiraba la venerable mujer. No portaba armas, sólo un arpa
colgada en la espalda.
—Me
llamo A’alsys —dijo con suavidad—, y me has convocado.
—No
es así —disintió Barandas, apretando fuerte el utensilio de Pharlee
con la mano izquierda—.
La
amhran acharadh sonrió, y su rostro era tan hermoso que llegaba incluso
al alma del hechicero.
—Sí,
fue así. Al forzar tu magia en el utensilio. No lo construyó ese Pharlee
que tú crees; es aún más antiguo que ese malvado brastok. Él apenas
talló esas runas a los lados en la creencia de que modificaría su fuerza
a su propio gusto —dijo, y negó con la cabeza—. Qué tontos son,
simples mortales, que se dejan llevar por la miope avaricia.
—Así
que el utensilio no vale nada —bufó Barandas, para después mirar el
objeto dorado que tenía en la mano, maldecir, y arrojarlo al interior de
la cueva, tras lo cual se levantó una pequeña nube de polvo, que se
asentó en la pirámide y la cubrió con tal perfección que la mirada
desprevenida jamás descubriría—.
La
amhran suspiró:
—Oh,
qué miopes son ustedes también. —dijo apartando la vista del hechicero
y dirigiéndola hacia el interior de la cueva, donde se hallaban Gabe y
Flink arrodillados al lado de Cornell; el bárbaro cerró los ojos del
cayaboreano e intentó cubrir la herida abierta con los harapos de la
camisa de Cornell, en tanto que Flink iba y venía apresurado como si no
pudiera creer que su amigo estaba muerto de veras—.
—Héroe
—susurró ella—.
—Héroe
muerto, querrás decir —refunfuñó Barandas—. ¡Por los dioses, ojalá
todavía tuviera el guantelete!
A’alsys
levantó una delicada ceja.
—¿Te
preocupan los caídos?
—Sólo
él —respondió el hechicero—. Es mi amigo.
La
enana le regaló una sonrisa tan encantadora que casi le detuvo el corazón
al hechicero. (E hizo nacer en él el temor de que ahora comenzaba a
interesarse en una enana!)
—En
tal caso, tienes un sentido de la realidad mejor de lo que creía. Pues
Cornell de Cayaboré es más importante en la historia, mucho más de lo
que simplones como ustedes podrían
comprender.
Barandas
frunció el entrecejo:
—Perdón,
A’alsys, pero está muerto. ¿Cómo podría llegar a ser importante?
Ella
sonrió, hizo un ademán con la mano y…
…Barandas
se vio de pie en la caverna, al lado de Gabe y Flink. El dragón muerto
yacía panza arriba ante ellos —¿no estaba al revés hace un momento?;
el hechicero pestañeó, intentó despejarse la mente, para darse cuenta
de que la amhran acharadh seguía allí—.
A’alsys
le sonreía a él y a los demás, con gracia y elegancia.
—Se
necesita al hombre que dio la vida para salvarlos. Por él se esparcieron
por el mundo los utensilios mágicos. De no haber sido por Kristo Pharlee
y el dragón, todas las pruebas y exámenes habrían estado en su lugar
para asegurar que sólo la persona indicada los superara —dijo, y suspiró—.
Deberían estar agradecidos a todos los dioses de nuestro mundo de que
Cornell igual llegase hasta aquí, pues es al
cayaboreano a quien se necesita al fin de los tiempos.
—¿Qué
quiere decir? —exclamó Flink—. Digo, el tiempo es eterno, eso es lo
que siempre decía mi madre. Al menos, eso creo. ¡Die
Zeit steht nie still, Junge, also werde endlich erwachsen, eso es lo
que me repetía!
—El
fin de los tiempos se acerca —dijo la amhran afirmando con la cabeza—.
Ya sabrán cuando les toque. Para ese momento se necesitará a Cornell
para enderezar entuertos y asegurar la continuidad de Gushémal. De él
depende la supervivencia o la caída del mundo. Y para ello tiene que
estar vivo.
—Está
muerto —dijo Gabe con frialdad—. No me importa lo que digas, pero de
nada sirve si no puedes hacer que vuelva.
A’alsys
sonrió de júbilo.
—Oh,
eres belicoso, pequeño bárbaro. Me gustas
—dijo, y la sonrisa se esfumó en un momento, para dejar paso a una
sombría seriedad—. Tengo el poder de hacerlo regresar de la tierra de
los muertos sólo una vez. Eso haré en una circunstancia, una solamente.
Cada uno de los presentes tendrá que prestar juramento: jurar que Cornell
estará vivo al final de los
tiempos, sin importar los esfuerzos a que deban someterse, los enemigos
que se les opongan, Cornell de Cayaboré vivirá. ¿Entienden? ¿Juráis esto?
Gabe
sonrió y sacudió la melena:
—Por
Cachemir, si eso hace volver a Cornell ahora, con gusto juraré.
—¡Yo
también! —exclamó Flink—. Oh, no me gustaría para nada que el señor
siga muerto.
Desde
el escudo, Halla afirmó solemne:
—Todo
lo que pueda hacer para asegurar que el escudado continúe con vida. Por
la tarea de salvar el mundo, en agradecimiento a quien me liberó del
holnesh.
A
lo que Phindar agregó:
—Él
es bueno, bien dice usted, señora. La curación es mi devoción de todas
formas, por lo que ahora juro. ¿Y, Nev?
El
cobarde del escudo permaneció en silencia un momento, para después
musitar:
—¿Tienen
idea de qué tipo de inconvenientes acarrea esto?
—Sí
—dijeron Halla, Phindar y Gabe enfáticamente—.
—¡Oh,
por los dioses! Está bien, juraré, listo, ¿ahora están contentos?
Nadie
la prestó más atención a Nev sino que las cabezas enfilaron hacia
Barandas, que miraba con mala cara a la enana canora, en absoluto
convencido de si debía atar el alma mediante un juramento tan fuerte.
Pero,
antes de que alguien le reprochase al hechicero, una cuarta voz, dulce y
finita, salió del escudo diciendo:
—Por
mi hogar, juro que se protegerá al héroe Cornell de Cayaboré.
A’alsys
asintió satisfecha e hizo un ademán con la cabeza a Barandas:
—Falta
tu palabra, hechicero. ¿Entiendes que el fin de los tiempos significa
también tu fin?
El
hechicero se cruzó de brazos. El sudor que le corría por la espalda le
consumió todas las energías para mantener una fachada de tranquilidad.
Finalmente, estalló, y él gritó:
—¡Bueno!
¡Bueno! ¡Ya juro!
—Bien
—dijo A’alsys, y, de pronto, todos los presentes sintieron un sonido
vibrante en el alma misma, como si se atara un lazo que los uniría al
juramento con más fervor que cualquier otro—. Cornell jamás deberá
saber de este juramento. Recuérdenlo, pues de lo contrario quebrarán el
pacto. Ahora, para que regrese el héroe —dijo, y agitó las manos con
gracia—.
Hubo
luz que parpadeó en el aire; primero chisporroteó solamente alrededor de
la amhran acharadh, que entonaba una cancioneta que parecía encolerizar
esa luz. Las chispas surcaron el aire hacia los restos del dragón y le
hendieron el pecho con un sonido tan leve que enfermaba. Verde sangre
coagulada salió derramada y se vieron las entrañas de la criatura.
A’alsys
estiró la mano, la cerró en un puño y lentamente la tiró hacia atrás,
tras lo que el corazón salió
arrancado del cuerpo del dragón y quedó flotando en el aire.
La
partida quedó asombrada al ver el colosal corazón libre de toda carne a
su alrededor. Más asombro pronto hubo al comenzar él a latir de nuevo,
contrayéndose y expandiéndose con fuerza.
—Esto
es para que reemplace el corazón destruido del guerrero caído —dijo
con clama la enana canora, y apretó el puño, tras lo cual el corazón,
como respuesta, se encogió, sin cejar en su latido ni disminuir la fuerza
que exhibía; después de breve lapso, quedó del tamaño del corazón
humano, mas nadie podría haber confundido el objeto verde con algo del
ser humano—.
A’alsys
giró hacia Cornell. El corazón seguía el movimiento de las manos de
ella y flotaba encima del destrozado pecho del cayaboreano. De a poco fue
descendiendo y metiéndose a presión en el cuerpo. Con un sonido de
ventosa y desagradable salieron volando tripas de ese pecho, a las que
reemplazaron las entrañas del dragón que se hundían en él. La partida
vio los vasos sanguíneos y el cuerpo cerrarse alrededor del corazón del
dragón y recibir una parte extraña, para convertirse en uno solo otra
vez.
—Era
un dragón antiguo —comentó A’alsys—, pero su corazón le dará
vida a este cuerpo más que cualquier corazón humano haya hecho antes. ¡Mirad
al que todos vosotros habéis jurado fidelidad, a quien pertenece vuestro
juramento, mirad a Cornell Corazón
de Dragón!
Cornell
tenía ganas de maldecir por el dolor que le arrasaba el cuerpo, pero tenía
la boca demasiado seca. Acababa de pelear contra el dragón, tuvo zarpas
que lo perseguían, mas, a decir verdad, se sentía bastante bien. Bien
fuerte, tomando en cuenta todo lo acontecido.
Todo
lo bien que hacía falta para enfrentar al mundo,
pensó, abrió de golpe los ojos y, automáticamente, tomó la espada para
continuar la lucha.
Pelear
pareció un poco innecesario al ver él que todos sus amigos, que lo
rodeaban, lo miraban con consternación, y sin ningún dejo de alivio. Más
allá vio al dragón, que estaba bien muerto y que no representaba gran
peligro para nadie.
—¿Me
perdí algo? —inquirió—.
Flink,
siempre el primero en aprovechar la oportunidad para hablar, rápidamente
abrió la boca, lista para soltar algo, pero una voz fantasmal que recorrió
la cueva lo silenció diciendo “recuerda
el pacto”.
Cornell
no estaba seguro de si realmente había oído eso; su mente seguía
bastante borrosa y le entregaba extrañas imágenes de un lugar tranquilo
que sentía muy lejano, pero estaba la mano de Gabe, que salió disparada
de un flanco del bárbaro para tapar la boca del alreu.
—Oh,
no mucho —dijo el bárbaro indiferente—. Maté al dragón y el... eh,
Phindar te curó las heridas. Estuviste allí inconsciente un rato.
Halla
lo siguió desde el escudo que llevaba en el brazo:
—Estábamos
preocupados por ti, pero ya volviste y todo va a andar bien.
—¿Bien?
—preguntó Cornell tanteando los músculos; ¿estaba equivocado o parecía
que eran un poco más fuertes que antes?; pero si había una suerte de
fuerza que lo recorría y que jamás habían experimentado antes—.
Probablemente
era sólo la adrenalina, se convenció a sí
mismo. En última instancia, esta era la primera vez que lidiaba contra un
dragón imperial, ¡y salió vivo!
Cornell
parpadeó y se secó la sangre de la frente. (¿Sangre?
Ah, eran de las heridas que había curado Phindar. Está bien.) Y se
levantó despacio.
—Bueno
—dijo—, si el dragón está muerto… ¿Hay un tesoro aquí o no?
Flink
mordió con fiereza la mano del bárbaro. Gabe pegó un grito y sacó los
dedos conmocionado dándole al alreu tiempo para exclamar:
—¡Oh,
claro, señor, que hay un tesoro! ¡Es maravilloso! Todo ese oro, y todas
esas joyas, son magníficas. Las tiene que ver, en serio; ¡son tan
hermosas!
—Parece
bastante bueno —asintió Cornell preguntándose por qué ninguno de sus
codiciosos amigos, es decir, Gabe y Barandas,
parecían menos embelesados con la idea que él o Flink—. ¿Por
qué no vemos cuánto podemos cargar en los caballos?
—Eh,
bueno —asintió lentamente Barandas—. El botín.
—El
botín —repitió Gabe, pronunciando cuidadosamente cada sílaba para
después estallar en una sonrisa rozagante—. ¡El botín!
Eh, hechicero, ¿tienes una bolsa de capacidad infinita o algo por el
estilo debajo de la toga?
—¿Me
pareció a mí o querías matarme? —preguntó Barandas—.
El
bárbaro se encogió de hombros:
—Contéstame
primero, ¿sí?
Los
dos siguieron discutiendo un rato. Flink fue hacia Cornell, y lo ayudó a
levantarse y mantener el equilibrio. Desde el escudo, Halla preguntó:
—¿Cómo
te sientes, escudado?
—Muy
bien —le aseguró—. Tanto que no quiero que esos dos tontos me roben
la parte del tesoro. Vamos, Flink, procuremos que nos den nuestra parte
antes de que hayan terminado de tratar el asunto.
—¡Oh,
seguro, señor! —exclamó Flink—. Sabe algo, me gustaría conservar
partes de las estatuas que se mataron en la cueva. Yo
las hice hacer eso, ¿sabe? No escuche al Señorito Hechicero si él le
dice lo contrario; ¡fui yo! ¡En serio, de veras!
—Seguro
—dijo Cornell, y comenzó a trepar el cadáver del dragón—.
En
cierta forma la vida comenzaba a parecer realmente buena. Bueno, un
poquito mejor de lo que parecía ayer. Todo lo que tenía que hacer era
convencer a los idiotas de sus amigos de que lo acompañaran a Cayaboré,
sin más desvíos necios. Entonces podría entregar el bastón del dragón
de Chazevo, roto como estaba y, quizá, por fin tendría algo de tiempo
para pasar con su familia. Sin mencionar a Tempestad, su dragón corcel
que, seguramente, le estaba haciendo la vida imposible a todo el que lo
montara al estar su amo tan lejos.
Cornell
sonrió al imaginar la expresión que pondrían sus amigos al enterarse de
quién había vuelto a casa.
—Sabe
algo —decía Flink—, mi mochila es un poquito mágica también. Quizá
podríamos poner algo de oro allí, y, cuando lo necesite, lo saco para
usted, señor. Usted realmente se merece un montón de cosas, señor.
—Así
es, Flink —asintió Cornell—.
A
decir verdad, la vida parecía endiabladamente buena ahora.

FIN

|