
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
La
llamarada recorrió el túnel cual bólido con un sonido aturdidor. La
oscuridad desapareció merced a las llamas que como rayos colmaron cada
hendidura encendiendo el carbón de las paredes hasta elevarlo a increíbles
temperaturas y resquebrajarlo. Las llamas dominaron el túnel un minuto
entero, hasta que finalmente se apagaron. Las paredes brillaban
incandescentes; su superficie áspera y oscura se había vuelto una
sustancia mucho más dura. De pulírsela, habría destellado cual
diamante.
—¡Oh,
hu-manos! —retumbó alegre la
voz del dragón—. ¿Siguen vivos?
—¡No
contestes! —advirtieron al unísono Gabe y
Cornell al alreu, que había abierto la boca—.
Apenas
sí habían llegado a la abertura del segundo túnel, subido gateando las
paredes de diamante y aferrado a la cara vida en las estrías de tales
paredes. Estrías que dejaron las garras del dragón, tan filosas que
atravesaban el diamante. Ninguno se atrevió a preguntarse lo que le harían
esas zarpas a la carne humana. O la carne de alreu, que para el caso era
lo mismo.
Desde
más adelante en el pasaje provenían pisotones. Era el dragón que se
acercaba.
Cornell
estiró la cabeza para echar un vistazo al segundo túnel doblando
cuidadosamente la dirección del brazalete para iluminarlo. El hueco se
elevaba a un ángulo de sesenta grados; las paredes eran de diamante tan
claro como el de la boca. Había más estrías de bordes filosos a largo
del recorrido, lo que le recordó a Cornell el dolor que sentía en los
dedos que quedaron apisonados entre dos de esos bordes. De no haberlos
desafilado las garras del dragón, le hubieran cortado los dedos al
cayaboreano.
—Podríamos
subir por aquí.
—¿Estás
loco? —exclamó como respuesta Barandas, que colgaba en cuatro patas por
sobre la cabeza de Cornell—. ¡Nos va a hacer pedacitos esa subida! ¡Además,
el dragón nos va a reventar acá como moscas!
El
hechicero tenía razón. Iba a llevar demasiado trepar por el hueco, lo
que le daría tiempo más que suficiente al dragón imperial para
atravesar la boca del segundo túnel y lanzar sus llamaradas en el
interior.
A
menos que alguien le diera al dragón algo con qué jugar.
—Arránquense
tiras de la ropa y envuélvanse las manos; después, salgan de aquí —le
dijo Cornell can calma a sus amigos—.
Gabe,
que estaba justo al lado de Cornell, gruñó:
—¿Y
el dragón?
—Lo
voy a entretener —respondió el cayaboreano, para después soltarse de
las estrías—.
Al
caer de pie, Cornell sintió el ardor del suelo del túnel inferior. El
aire caliente le atacó los pulmones y se introdujo llameante en ellos.
Con el escudo en la mano recuperó el equilibrio apoyándose en la pared.
Las almas de la madera duéndica gritaron de dolor, pero más adelante en
el túnel …
—¡El
desayuno! —exclamó el dragón, abriéndose camino tortuosamente con su
ancho cuerpo a través del pasaje, haciendo que se desprendieran rocas del
techo y que se esparcieron sobre el grueso cuero verde, lo que le daba un
tinte gris ceniciento—. Creí que... los... había quemado… —dijo
con voz fuerte y esfuerzo al pronunciar cada palabra—.
Ya
con eso se ve que es un dragón muy viejo fue el nuevo juicio de Cornell respecto de la criatura:
—En
ese caso, ¿te gustaría tener algo que comer? —respondió a los
gritos—.
El
dragón se detuvo, y echó una llamarada que le arrojó más aire tórrido
a Cornell.
—No…
lo… había pensado…
—¡Quémame,
y te volverás a quedar con hambre!
El
dragón pestañeó:
—¡Necesito
comer!
—En
ese caso, ¡trata de atraparme!
Cornell
giró y se lanzó a correr por el túnel hacia el hueco más pequeño. En
sus adentros ya había sentido encima la rápida y mortal ráfaga de
fuego, que lo transformaría en una papa frita.
El
dragón no se movió ni un momento. Levantó una pata para rascarse el
mentón, para después negar furioso con la cabeza.
—Tengo
hambre —resolvió, y volvió a andar a los pisotones; el pequeño pasaje
que quedaba por delante era demasiado angosto para sus dimensiones, pero
al lanzarse en loca carrera en la roca, la piedra cedió y estalló ante
la presión—.
—¿Van
a morir? —preguntó Flink mientras andaba cual araña de estría en estría—.
¿Cornell, Halla, Phindar, Nev, Ana?
Arriba
de él, resopló Barandas en plena concentración para alcanzar la
siguiente fisura.
Debajo
del alreu estaba el enorme bárbaro, esforzándose al máximo, cosa que
denunciaba el rostro rojo por el esfuerzo.
—¡Cornell
va a dar… la vida por nosotros! —dijo en un hálito entre dientes
apretados—.
—Su
vida tampoco era la gran cosa —musitó Barandas enojado—.
Gabe
dejó de trepar, respiró hondo y levantó la vista por la pendiente hacia
la luz proveniente del brazalete del hechidero. Con rostro duro como el
diamante que los rodeaba, dijo:
—Morirás
por lo que dijiste, hechicero.
—Uy,
no sabía que te importara —replicó Barandas—. ¡Cornell ha sido mi
amigo bastante más de lo que te ha conocido a ti, salvaje! ¡A él lo
hace feliz morir por nosotros,
de veras!
—Te
voy a cortar las extremidades una por una —prometió Gabe—.
—¡Salvaje
de porquería!
—¡Tú
nos trajiste aquí!
—¡¿Y
qué?!
Ya
todos habían dejado de trepar mientras los dos humanos se gritaban al
tiempo que Flink estiró la cabeza, primero hacia abajo y después hacia
arriba para observarlos a ambos con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Señores!
—gritó desesperado—. Señorito hechicero,
por favor, ¿no puede ayudar a mis amigos, por favor? ¡Usted es magnífico,
así que, por favor, use sus poderes mágicos!
A
lo que Gabe, en tono ominoso, agregó:
—¡Sí,
hechicero, haz eso!
—¿Contra
un dragón imperial? —espetó Barandas en un gruñido y, de pronto, ya
estaba remontando la pared con renovadas energías; tenía la mente en
blanco, y el dolor se la trepanaba hasta llevarlo a una tormenta de nieve;
a pesar de lo que dijo, él quería que existiera alguna forma en la que
ayudara a Cornell; el cayaboreano era
su amigo, y si ello había tenido algún sentido, Barandas tendría que
dar la vida para salvar la de Cornell. ¿Acaso ya no había dado prueba de
ello en Chazevo? ¿Pero contra un dragón imperial? ¿Y con la miserable
reserva de hechizos que tenía? ¡Era ridículo!—.
Ni
siquiera le quedaban utensilios en los bolsillos que pudieran servir.
Cuatro objetos que había sacado de la mansión de Tangrain en Chazevo habían
resultado absolutamente inútiles, al menos hasta donde él se dio cuenta;
sólo el artículo keroulliano tenía algún sentido. ¿Y el guantelete de
la resurrección? No es que no habría de servir demasiado contra el dragón,
mas ni siquiera le quedaba uno; había decidido usarlo en forma
permanente, creyendo que ello pondría a los demás sobre aviso de su
poder mágico, sin mencionar que no podrían robárselo. Pues bien, olvidó
la necesidad de dormir.
Conque
todo lo que tenía eran los utensilios keroullianos, los que no
funcionaban sin la tercera pieza, que se hallaba en la cueva detrás del
aposento del dragón.
Cueva
que ahora estaba vacía.
Y
los utensilios combinados daban el dominio sobre las bestias al hechicero
que lo ejerciera.
—¡Te
odio, Cornell! —exclamó Barandas, para después escalar hacia abajo a
los gritos pelados:— ¡No me mates, salvaje; que eso sea cosa del dragón!
Flink
salió del camino del hechicero gateando por la pared a último momento, y
se lo quedó mirando atónito.
—¿Significa
eso que Barandas también da la vida por nosotros?
—Que
me parta un rayo si me dejo superar por un hechicero —musitó Gabe
bajando la vista hacia el pozo que se abría debajo, donde la solitaria
saeta de luz danzaba en la oscuridad—. ¡Flink, fuera de aquí! —dijo
el bárbaro tratando de recordar lo derecho que era el hueco; podría él
correr hacia abajo?: sin luz había poca probabilidad de encontrar rápido
las fisuras de las paredes—. Que sea lo que Dios quiera —dijo
decidido, se soltó de las hendiduras y comenzó a correr/caer—. ¡Por
el honor y la gloriaaaaaaaa!
El
alreu se quedó colgado de la pared enfadado:
—Sí,
claro, Gabe, diviértete tú solo —dijo Flink, que, a decir verdad, era
bastante bueno en enfadarse; ¡pero había un dragón
ahí abajo!—.
Un
instante pasó que ya estaba tras sus amigos.
—¿Dónde
estás, humano? —exclamó
furioso el dragón, tragando aire para largar una llamarada por el túnel—.
—¡Vuélveme
visible, Nev! ¡Ahora! —reclamó con ira Cornell al escudo—.
—¿Viste
lo que esas zarpas le hicieron a la roca? —gritó el cobarde—. Harán
trizas el escudo, y a mí también!
—¡Te
quemarán en un segundo si no nos haces visibles! —exclamó Cornell,
seguido rápidamente por Halla y Phindar en el escudo—.
El
cayaboreano salió a la carrera por la pendiente del hueco más angosto,
cabalmente a sabiendas de que no tenía esperanzas de escapar de la
llamarada del dragón imperial. La luz del brazalete revelaba más de un
signo de que el diamante de la pared no estaba allí en el momento en que
la partida había bajado por él: eran los restos que había dejado el
primer resuello ígneo del dragón.
—Ahhh,
ahí estás —bufó la bestia
con claro alivio al volver a ver al cayaboreano, alivio que se transformó
en ira incrédula al darse cuenta de que Cornell se hallaba muy a la
distancia—. ¡Embustero! ¡No salgas
corriendo de nuevo!
Cornell
se detuvo, respiró hondo, apoyó las muñecas en las rodillas un momento
y volvió la vista para mirar por el túnel. El emperador había sacado
del hueco angosto unos cincuenta o sesenta metros para convertirlo en un
amplio pasaje, y el resto parecía ser un inconveniente nimio.
Si
bien, reflexionó Cornell, el hueco entero parecía que vibraba bastante más
que antes. La roca no sólo se desprendía alrededor del dragón, sino
también a lo largo del pasaje, incluso hasta
donde se hallaba el cayaboreano. Y cada vez que el emperador se movía,
la cosa se ponía peor.
—Creo
—dijo Phindar intrigado— que el túnel se está por derrumbar.
El
pisotón del dragón que abrió una brecha en el piso le dio la razón. El
emperador no se dio por enterado y continuó atravesando el hueco,
maldiciendo al farsante del humano que lo hacía correr como si fuera un
cachorro.
Cornell
se acurrucó como una bola con el broquel arriba.
—¡Eh,
el techo se me viene encima! —gritó Nev—.
Así
fue un segundo después.
El
estruendo combinado de rocas, alaridos, bramidos de ira y un grito de
guerra bárbaro de ira hizo
temblar el ancho pasaje que llevaba al aposento del dragón. Barandas hizo
caso omiso de él y salió como un rayo por los escombros, que se había
convertido parcialmente en diamante —y que habría sido muy fácil de
recoger si se hubiera tenido el tiempo— hacia la cueva.
Era
grande, más de lo que había parecido con el emperador dormido adentro.
Parte de la cueva parecía construida, hecho que se denunciaba por pilares
tallados en roca a los costados al estilo enaniense, y algunas vigas que
seguían intactas. Otrora había habido muchos más pilares y vigas en el
interior, que después destrozó el dragón al querer hacer lugar para
recostarse. Lo que habría de fascinar mucho más al hechicero en
cualquier otro momento era la pila de oro, platino, plata, gemas y demás
sobre la que había dormido el dragón. Al final, eran ciertas las fábulas
sobre el tesoro del emperador.
—¡Maldito
seas, Cornell! —gritó Barandas al tiempo que se abría paso a lo loco
por la pila y hacía volar por los aires todos esos preciosos bienes en
camino al otro lado de la cueva—.
Ahí
se detuvo, para contemplar con alivio de asombro dos estatuas de piedra
gigantes que parecían no haber motiva para haberlas colocado allí. De no
saber que ocultaban una puerta, el aventurero desprevenido las habría
sencillamente ignorado.
Dos
metros y medio de altura tenían cada una, y tenían bastante aspecto
humano, pero tenían zarpas en cada uno de sus largos y robustos brazos.
Tenían la cabeza gruesa y pesada y prolongados hocicos con gigantes y
filosos colmillos que sobresalían. Barandas no tenía idea si es que
estaban hechas a semejanza de criaturas reales, y, a decir verdad, tampoco
le importaba. Sabía que tenía que haber un acertijo que haría abrir el
dispositivo, hacer que los guerreros se apartaran y permitir el ingreso la
habitación posterior. ¿Pero dónde estaba?
Se
acercó a las estatuas, atento tanto a cualquier signo de vida que se les
infundiera y que les ordenara que aniquilaran al vil hechicero que tenían
adelante.
Ninguna
de las dos cosas ocurrió. Por desgracia, tampoco surgió ninguna voz que
recitara el acertijo, como había esperado Barandas.
—Epa,
¿sabe que se parecen un poco a Thennisgar? —surgió una voz finita a
sus espaldas—.
Barandas
se dio vuelta cual remolino, y con ojos bien abiertos vio al alreu parado
arriba de la pila de monedas de oro. Los grandes ojos azules de Flink
recorrieron lo que tenían alrededor con absoluto estupor, mas se posaron
en las dos estatuas reconociéndolas un poco.
—¿Thennisgar?
¿Y ése quién es? —preguntó Barandas irritado—.
El
alreu se encogió de hombros:
—Oh,
apenas un demonio con el que me topé hace unas semanas —dijo con el
rostro encendido—. ¡Y yo lo maté! De veras, es una gran historia, y mis amigos del
escudo... —dijo Flink mirando con preocupación hacia la otra salida de
la cueva, de donde provenía más ruido de destrucción y caos—. ¿No
tendría que ir a ayudarlos? —preguntó tímidamente—.
—Lo
que quieras —respondió Barandas, para volver a las estatuas—. ¡Tiene
que haber un condenado acertijo en alguna parte!
—¿Se
refiere a la escritura que está sobre las estatuas? —preguntó Flink
inocente—.
El
hechicero tosió, levantó la vista y largó un insulto al ver que la
condenada criaturita tenía razón. En la piedra había talladas letras
keroullianas, ya gastadas por el paso del tiempo (y, probablemente, la
acción del dragón), por lo que apenas se dejaban ver.
Apenas,
pero Barandas, igualmente, las distinguió.
“Retorcido
y doblado estoy yo —leyó—, pues mi otro yo tanto espía, cual matas de krill –perdón por mi
falta de letras– cuyo traste cese no tiene. Pronuncia mi nombre que el
sendero se abrirá”.
—¿Qué
es el krill? —preguntó Flink, rascándose su colorada greña—.
Barandas
frunció el entrecejo.
—Es
una especie de pez de los mares australes, al menos eso es lo que oí.
—Los
peces no tienen trasero, ¿no es verdad?
—“Retorcido
y doblado estoy yo” —repitió Barandas,
haciendo caso omiso del molesto alreu—. Eso significa que se trata de un
juego de palabras… Lo que sigue
es un juego de palabras. El otro yo… ¡Ah, eso quiere decir “me” o
“a mí”! ¡Otra forma de la palabra “yo”!
Flink
intentó doblar la cabeza para ver su propio trasero, para fallar
miserablemente, y sentirse miserable por fallar.
—Si
los peces no tienen traste, ¿cuál es el sentido del acertijo? El estúpido
que lo escribió no tendría que haberse preocupado por no saber tantas
letras…
—No
—gritó Barandas con el rostro empapado de felicidad—. ¡Ése es otro
juego de palabras! ¡Significa que una letra de la palabra
“matas” está mal! ¡La verdadera palabra no tiene eses! Ello
significa que la respuesta es… —dijo, y el rostro se le desencajó al
unir las dos palabras; una vez más, sus ojos se clavaron en las gigantes
estatuas de piedra y su incómodo aspecto mortal—. Ah, Flink, por una de
esas casualidades, ¿sabes algo de ventriloquía?
—¿Ventri-
qué?
Barandas
suspiró triste, viendo que se desvanecía toda esperanza de alcanzar el
famoso objeto (y rescatar a Cornell).
—Es
la modulación de la voz de manera tal que parezca que el que habla es
otro —refunfuñó—.
—¿Así?
—respondió una de las estatuas con la voz del alreu—.
El
hechicero casi doblado del asombro miró primero a la estatua y después a
la diminuta criatura ubicada sobre la pila de rocas. Antes de que Flink
hiciera comentario sobre la extraña mirada de Barandas, el hechicero
arrancó un papel, garabateó algo con un lápiz y se lo encajó al alreu.
—¡Que
una de las estatuas diga esto!
¡Y no lo digas tú mismo, en ninguna
circunstancia!
Flink
se encogió de hombros, tomó el trozo de papel y trató de descifrar las
presurosas palabras, para después espetar:
—Bueno,
no parece muy divertido si lo digo yo,
¿no?
—¡Que
una de las estatuas lo diga! —tronó Barandas exasperado, para después ocurrírsele—:
¡Eso sí será divertido!
Los
ojos del alreu brillaron ante la perspectiva de alegría; respiró hondo,
y acto seguido, la estatua izquierda dijo claramente —con una voz que
sorprendió por lo grave— la respuesta del acertijo.
—Mátame.
Ambas
estatuas se estremecieron despidiendo polvo de su rocosa superficie.
Apareció un destello en sus ojos, verde y mortal. Parecía que olas
recorrían la piedra, ondulando y dejando carne viva a su paso.
Flink
observaba con creciente emoción.
—¡Ahora
sí que se
parecen a Thennisgar! ¡Nada más que más pequeñas y con apenas
dos brazos! —exclamó—.
La
estatua izquierda le clavó una mirada amenazante a Barandas, y dio un
paso adelante. Levantó las zarpas a la altura justa para alcanzar al
hechicero, tras lo cual los brazos de la estatua derecha salieron cual
latigazo para arrancar un pedazo del flanco de la estatua izquierda, la
que se volvió atónita, y, todavía sin salir de su asombro, vio como la
otra le estampó otro golpe en el hombro.
El
asombro se volvió ira, y al instante ambas estatuas se clavaban con
zarpas y garras, despedazándose la una a la otra.
Y
volvieron a convertirse en piedra en el momento en que se desvaneció la
vida de ambos pares de destellantes ojos. Al piso cayeron escombros,
apenas reconocibles como las estatuas que antes habían sido.
Detrás
de ellas se dejaba ver con facilidad la abertura que daba a la otra
caverna, de la que brotó una luminosidad intensa que dejó ver un espacio
rectangular que, a las claras, tenía el estilo enaniense, incluido un
pedestal tallado con runas en los costados de igual factura.
En
el pedestal, sobre un negro almohadón de seda, brillaba dorado un pequeño
objeto triangular.
—¡Ah!
—exclamó Barandas sonriente, para entrar corriendo, arrebatar el objeto
del pedestal y agarrar las otras dos piezas de la toga, las que también
se encastraron con facilidad, por arte de magia—.
El
Utensilio de Kristo Pharlee del Dominio sobre las Bestias volvía a
ensamblarse.

SECCIÓN 4

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