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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

(3) "Doncella broquelera"

(4) "El eterno guerrero"

(5) "Promesa solemne"

"Algien común"

Promesa solemne

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3 / Sección 4


La llamarada recorrió el túnel cual bólido con un sonido aturdidor. La oscuridad desapareció merced a las llamas que como rayos colmaron cada hendidura encendiendo el carbón de las paredes hasta elevarlo a increíbles temperaturas y resquebrajarlo. Las llamas dominaron el túnel un minuto entero, hasta que finalmente se apagaron. Las paredes brillaban incandescentes; su superficie áspera y oscura se había vuelto una sustancia mucho más dura. De pulírsela, habría destellado cual diamante.

—¡Oh, hu-manos! —retumbó alegre la voz del dragón—. ¿Siguen vivos?

—¡No contestes! —advirtieron al unísono Gabe y Cornell al alreu, que había abierto la boca—.

Apenas sí habían llegado a la abertura del segundo túnel, subido gateando las paredes de diamante y aferrado a la cara vida en las estrías de tales paredes. Estrías que dejaron las garras del dragón, tan filosas que atravesaban el diamante. Ninguno se atrevió a preguntarse lo que le harían esas zarpas a la carne humana. O la carne de alreu, que para el caso era lo mismo.

Desde más adelante en el pasaje provenían pisotones. Era el dragón que se acercaba.

Cornell estiró la cabeza para echar un vistazo al segundo túnel doblando cuidadosamente la dirección del brazalete para iluminarlo. El hueco se elevaba a un ángulo de sesenta grados; las paredes eran de diamante tan claro como el de la boca. Había más estrías de bordes filosos a largo del recorrido, lo que le recordó a Cornell el dolor que sentía en los dedos que quedaron apisonados entre dos de esos bordes. De no haberlos desafilado las garras del dragón, le hubieran cortado los dedos al cayaboreano.

—Podríamos subir por aquí.

—¿Estás loco? —exclamó como respuesta Barandas, que colgaba en cuatro patas por sobre la cabeza de Cornell—. ¡Nos va a hacer pedacitos esa subida! ¡Además, el dragón nos va a reventar acá como moscas!

El hechicero tenía razón. Iba a llevar demasiado trepar por el hueco, lo que le daría tiempo más que suficiente al dragón imperial para atravesar la boca del segundo túnel y lanzar sus llamaradas en el interior.

A menos que alguien le diera al dragón algo con qué jugar.

—Arránquense tiras de la ropa y envuélvanse las manos; después, salgan de aquí —le dijo Cornell can calma a sus amigos—.

Gabe, que estaba justo al lado de Cornell, gruñó:

—¿Y el dragón?

—Lo voy a entretener —respondió el cayaboreano, para después soltarse de las estrías—.

 

 

Al caer de pie, Cornell sintió el ardor del suelo del túnel inferior. El aire caliente le atacó los pulmones y se introdujo llameante en ellos. Con el escudo en la mano recuperó el equilibrio apoyándose en la pared. Las almas de la madera duéndica gritaron de dolor, pero más adelante en el túnel …

—¡El desayuno! —exclamó el dragón, abriéndose camino tortuosamente con su ancho cuerpo a través del pasaje, haciendo que se desprendieran rocas del techo y que se esparcieron sobre el grueso cuero verde, lo que le daba un tinte gris ceniciento—. Creí que... los... había quemado… —dijo con voz fuerte y esfuerzo al pronunciar cada palabra—.

Ya con eso se ve que es un dragón muy viejo fue el nuevo juicio de Cornell respecto de la criatura:

—En ese caso, ¿te gustaría tener algo que comer? —respondió a los gritos—.

El dragón se detuvo, y echó una llamarada que le arrojó más aire tórrido a Cornell.

—No… lo… había pensado…

—¡Quémame, y te volverás a quedar con hambre!

El dragón pestañeó:

—¡Necesito comer!

—En ese caso, ¡trata de atraparme!

Cornell giró y se lanzó a correr por el túnel hacia el hueco más pequeño. En sus adentros ya había sentido encima la rápida y mortal ráfaga de fuego, que lo transformaría en una papa frita.

El dragón no se movió ni un momento. Levantó una pata para rascarse el mentón, para después negar furioso con la cabeza.

—Tengo hambre —resolvió, y volvió a andar a los pisotones; el pequeño pasaje que quedaba por delante era demasiado angosto para sus dimensiones, pero al lanzarse en loca carrera en la roca, la piedra cedió y estalló ante la presión—.

 

 

—¿Van a morir? —preguntó Flink mientras andaba cual araña de estría en estría—. ¿Cornell, Halla, Phindar, Nev, Ana?

Arriba de él, resopló Barandas en plena concentración para alcanzar la siguiente fisura.

Debajo del alreu estaba el enorme bárbaro, esforzándose al máximo, cosa que denunciaba el rostro rojo por el esfuerzo.

—¡Cornell va a dar… la vida por nosotros! —dijo en un hálito entre dientes apretados—.

—Su vida tampoco era la gran cosa —musitó Barandas enojado—.

Gabe dejó de trepar, respiró hondo y levantó la vista por la pendiente hacia la luz proveniente del brazalete del hechidero. Con rostro duro como el diamante que los rodeaba, dijo: 

—Morirás por lo que dijiste, hechicero.

—Uy, no sabía que te importara —replicó Barandas—. ¡Cornell ha sido mi amigo bastante más de lo que te ha conocido a ti, salvaje! ¡A él lo hace feliz morir por nosotros, de veras!

—Te voy a cortar las extremidades una por una —prometió Gabe—.

—¡Salvaje de porquería!

—¡Tú nos trajiste aquí!

—¡¿Y qué?!

Ya todos habían dejado de trepar mientras los dos humanos se gritaban al tiempo que Flink estiró la cabeza, primero hacia abajo y después hacia arriba para observarlos a ambos con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Señores! —gritó desesperado—. Señorito hechicero, por favor, ¿no puede ayudar a mis amigos, por favor? ¡Usted es magnífico, así que, por favor, use sus poderes mágicos!

A lo que Gabe, en tono ominoso, agregó:

—¡Sí, hechicero, haz eso!

—¿Contra un dragón imperial? —espetó Barandas en un gruñido y, de pronto, ya estaba remontando la pared con renovadas energías; tenía la mente en blanco, y el dolor se la trepanaba hasta llevarlo a una tormenta de nieve; a pesar de lo que dijo, él quería que existiera alguna forma en la que ayudara a Cornell; el cayaboreano era su amigo, y si ello había tenido algún sentido, Barandas tendría que dar la vida para salvar la de Cornell. ¿Acaso ya no había dado prueba de ello en Chazevo? ¿Pero contra un dragón imperial? ¿Y con la miserable reserva de hechizos que tenía? ¡Era ridículo!—.

Ni siquiera le quedaban utensilios en los bolsillos que pudieran servir. Cuatro objetos que había sacado de la mansión de Tangrain en Chazevo habían resultado absolutamente inútiles, al menos hasta donde él se dio cuenta; sólo el artículo keroulliano tenía algún sentido. ¿Y el guantelete de la resurrección? No es que no habría de servir demasiado contra el dragón, mas ni siquiera le quedaba uno; había decidido usarlo en forma permanente, creyendo que ello pondría a los demás sobre aviso de su poder mágico, sin mencionar que no podrían robárselo. Pues bien, olvidó la necesidad de dormir.

Conque todo lo que tenía eran los utensilios keroullianos, los que no funcionaban sin la tercera pieza, que se hallaba en la cueva detrás del aposento del dragón.

Cueva que ahora estaba vacía.

Y los utensilios combinados daban el dominio sobre las bestias al hechicero que lo ejerciera.

—¡Te odio, Cornell! —exclamó Barandas, para después escalar hacia abajo a los gritos pelados:— ¡No me mates, salvaje; que eso sea cosa del dragón!

 

 

Flink salió del camino del hechicero gateando por la pared a último momento, y se lo quedó mirando atónito.

—¿Significa eso que Barandas también da la vida por nosotros?

—Que me parta un rayo si me dejo superar por un hechicero —musitó Gabe bajando la vista hacia el pozo que se abría debajo, donde la solitaria saeta de luz danzaba en la oscuridad—. ¡Flink, fuera de aquí! —dijo el bárbaro tratando de recordar lo derecho que era el hueco; podría él correr hacia abajo?: sin luz había poca probabilidad de encontrar rápido las fisuras de las paredes—. Que sea lo que Dios quiera —dijo decidido, se soltó de las hendiduras y comenzó a correr/caer—. ¡Por el honor y la gloriaaaaaaaa!

El alreu se quedó colgado de la pared enfadado:

—Sí, claro, Gabe, diviértete tú solo —dijo Flink, que, a decir verdad, era bastante bueno en enfadarse; ¡pero había un dragón ahí abajo!—.

Un instante pasó que ya estaba tras sus amigos.

 

 

—¿Dónde estás, humano? —exclamó furioso el dragón, tragando aire para largar una llamarada por el túnel—.

—¡Vuélveme visible, Nev! ¡Ahora! —reclamó con ira Cornell al escudo—.

—¿Viste lo que esas zarpas le hicieron a la roca? —gritó el cobarde—. Harán trizas el escudo, y a mí también!

—¡Te quemarán en un segundo si no nos haces visibles! —exclamó Cornell, seguido rápidamente por Halla y Phindar en el escudo—.

El cayaboreano salió a la carrera por la pendiente del hueco más angosto, cabalmente a sabiendas de que no tenía esperanzas de escapar de la llamarada del dragón imperial. La luz del brazalete revelaba más de un signo de que el diamante de la pared no estaba allí en el momento en que la partida había bajado por él: eran los restos que había dejado el primer resuello ígneo del dragón.

—Ahhh, ahí estás —bufó la bestia con claro alivio al volver a ver al cayaboreano, alivio que se transformó en ira incrédula al darse cuenta de que Cornell se hallaba muy a la distancia—. ¡Embustero! ¡No salgas corriendo de nuevo!

Cornell se detuvo, respiró hondo, apoyó las muñecas en las rodillas un momento y volvió la vista para mirar por el túnel. El emperador había sacado del hueco angosto unos cincuenta o sesenta metros para convertirlo en un amplio pasaje, y el resto parecía ser un inconveniente nimio.

Si bien, reflexionó Cornell, el hueco entero parecía que vibraba bastante más que antes. La roca no sólo se desprendía alrededor del dragón, sino también a lo largo del pasaje, incluso hasta  donde se hallaba el cayaboreano. Y cada vez que el emperador se movía, la cosa se ponía peor.

—Creo —dijo Phindar intrigado— que el túnel se está por derrumbar.

El pisotón del dragón que abrió una brecha en el piso le dio la razón. El emperador no se dio por enterado y continuó atravesando el hueco, maldiciendo al farsante del humano que lo hacía correr como si fuera un cachorro.

Cornell se acurrucó como una bola con el broquel arriba.

—¡Eh, el techo se me viene encima! —gritó Nev—.

Así fue un segundo después.

 

 

El estruendo combinado de rocas, alaridos, bramidos de ira y un grito de guerra bárbaro  de ira hizo temblar el ancho pasaje que llevaba al aposento del dragón. Barandas hizo caso omiso de él y salió como un rayo por los escombros, que se había convertido parcialmente en diamante —y que habría sido muy fácil de recoger si se hubiera tenido el tiempo— hacia la cueva.

Era grande, más de lo que había parecido con el emperador dormido adentro. Parte de la cueva parecía construida, hecho que se denunciaba por pilares tallados en roca a los costados al estilo enaniense, y algunas vigas que seguían intactas. Otrora había habido muchos más pilares y vigas en el interior, que después destrozó el dragón al querer hacer lugar para recostarse. Lo que habría de fascinar mucho más al hechicero en cualquier otro momento era la pila de oro, platino, plata, gemas y demás sobre la que había dormido el dragón. Al final, eran ciertas las fábulas sobre el tesoro del emperador.

—¡Maldito seas, Cornell! —gritó Barandas al tiempo que se abría paso a lo loco por la pila y hacía volar por los aires todos esos preciosos bienes en camino al otro lado de la cueva—.

Ahí se detuvo, para contemplar con alivio de asombro dos estatuas de piedra gigantes que parecían no haber motiva para haberlas colocado allí. De no saber que ocultaban una puerta, el aventurero desprevenido las habría sencillamente ignorado.

Dos metros y medio de altura tenían cada una, y tenían bastante aspecto humano, pero tenían zarpas en cada uno de sus largos y robustos brazos. Tenían la cabeza gruesa y pesada y prolongados hocicos con gigantes y filosos colmillos que sobresalían. Barandas no tenía idea si es que estaban hechas a semejanza de criaturas reales, y, a decir verdad, tampoco le importaba. Sabía que tenía que haber un acertijo que haría abrir el dispositivo, hacer que los guerreros se apartaran y permitir el ingreso la habitación posterior. ¿Pero dónde estaba?

Se acercó a las estatuas, atento tanto a cualquier signo de vida que se les infundiera y que les ordenara que aniquilaran al vil hechicero que tenían adelante.

Ninguna de las dos cosas ocurrió. Por desgracia, tampoco surgió ninguna voz que recitara el acertijo, como había esperado Barandas.

—Epa, ¿sabe que se parecen un poco a Thennisgar? —surgió una voz finita a sus espaldas—.

Barandas se dio vuelta cual remolino, y con ojos bien abiertos vio al alreu parado arriba de la pila de monedas de oro. Los grandes ojos azules de Flink recorrieron lo que tenían alrededor con absoluto estupor, mas se posaron en las dos estatuas reconociéndolas un poco.

—¿Thennisgar? ¿Y ése quién es? —preguntó Barandas irritado—.

El alreu se encogió de hombros:

—Oh, apenas un demonio con el que me topé hace unas semanas —dijo con el rostro encendido—. ¡Y yo lo maté! De veras, es una gran historia, y mis amigos del escudo... —dijo Flink mirando con preocupación hacia la otra salida de la cueva, de donde provenía más ruido de destrucción y caos—. ¿No tendría que ir a ayudarlos? —preguntó tímidamente—.

—Lo que quieras —respondió Barandas, para volver a las estatuas—. ¡Tiene que haber un condenado acertijo en alguna parte!

—¿Se refiere a la escritura que está sobre las estatuas? —preguntó Flink inocente—.

El hechicero tosió, levantó la vista y largó un insulto al ver que la condenada criaturita tenía razón. En la piedra había talladas letras keroullianas, ya gastadas por el paso del tiempo (y, probablemente, la acción del dragón), por lo que apenas se dejaban ver.

Apenas, pero Barandas, igualmente, las distinguió.

“Retorcido y doblado estoy yo —leyó—, pues mi otro yo tanto espía, cual matas de krill –perdón por mi falta de letras– cuyo traste cese no tiene. Pronuncia mi nombre que el sendero se abrirá”.

—¿Qué es el krill? —preguntó Flink, rascándose su colorada greña—.

Barandas frunció el entrecejo.

—Es una especie de pez de los mares australes, al menos eso es lo que oí.

—Los peces no tienen trasero, ¿no es verdad?

—“Retorcido y doblado estoy yo” —repitió Barandas, haciendo caso omiso del molesto alreu—. Eso significa que se trata de un juego de palabras… Lo que sigue es un juego de palabras. El otro yo… ¡Ah, eso quiere decir “me” o “a mí”! ¡Otra forma de la palabra “yo”!

Flink intentó doblar la cabeza para ver su propio trasero, para fallar miserablemente, y sentirse miserable por fallar.

—Si los peces no tienen traste, ¿cuál es el sentido del acertijo? El estúpido que lo escribió no tendría que haberse preocupado por no saber tantas letras…

—No —gritó Barandas con el rostro empapado de felicidad—. ¡Ése es otro juego de palabras! ¡Significa que una letra de la palabra “matas” está mal! ¡La verdadera palabra no tiene eses! Ello significa que la respuesta es… —dijo, y el rostro se le desencajó al unir las dos palabras; una vez más, sus ojos se clavaron en las gigantes estatuas de piedra y su incómodo aspecto mortal—. Ah, Flink, por una de esas casualidades, ¿sabes algo de ventriloquía?

—¿Ventri- qué?

Barandas suspiró triste, viendo que se desvanecía toda esperanza de alcanzar el famoso objeto (y rescatar a Cornell).

—Es la modulación de la voz de manera tal que parezca que el que habla es otro —refunfuñó—.

—¿Así? —respondió una de las estatuas con la voz del alreu—.

El hechicero casi doblado del asombro miró primero a la estatua y después a la diminuta criatura ubicada sobre la pila de rocas. Antes de que Flink hiciera comentario sobre la extraña mirada de Barandas, el hechicero arrancó un papel, garabateó algo con un lápiz y se lo encajó al alreu.

—¡Que una de las estatuas diga esto! ¡Y no lo digas tú mismo, en ninguna circunstancia!

Flink se encogió de hombros, tomó el trozo de papel y trató de descifrar las presurosas palabras, para después espetar:

—Bueno, no parece muy divertido si lo digo yo, ¿no?

—¡Que una de las estatuas lo diga! —tronó Barandas exasperado, para después ocurrírsele—: ¡Eso sí será divertido!

Los ojos del alreu brillaron ante la perspectiva de alegría; respiró hondo, y acto seguido, la estatua izquierda dijo claramente —con una voz que sorprendió por lo grave— la respuesta del acertijo.

—Mátame.

Ambas estatuas se estremecieron despidiendo polvo de su rocosa superficie. Apareció un destello en sus ojos, verde y mortal. Parecía que olas recorrían la piedra, ondulando y dejando carne viva a su paso.

Flink observaba con creciente emoción.

—¡Ahora que se  parecen a Thennisgar! ¡Nada más que más pequeñas y con apenas dos brazos! —exclamó—.

La estatua izquierda le clavó una mirada amenazante a Barandas, y dio un paso adelante. Levantó las zarpas a la altura justa para alcanzar al hechicero, tras lo cual los brazos de la estatua derecha salieron cual latigazo para arrancar un pedazo del flanco de la estatua izquierda, la que se volvió atónita, y, todavía sin salir de su asombro, vio como la otra le estampó otro golpe en el hombro.

El asombro se volvió ira, y al instante ambas estatuas se clavaban con zarpas y garras, despedazándose la una a la otra.

Y volvieron a convertirse en piedra en el momento en que se desvaneció la vida de ambos pares de destellantes ojos. Al piso cayeron escombros, apenas reconocibles como las estatuas que antes habían sido.

Detrás de ellas se dejaba ver con facilidad la abertura que daba a la otra caverna, de la que brotó una luminosidad intensa que dejó ver un espacio rectangular que, a las claras, tenía el estilo enaniense, incluido un pedestal tallado con runas en los costados de igual factura.

En el pedestal,  sobre un negro almohadón de seda, brillaba dorado un pequeño objeto triangular.

—¡Ah! —exclamó Barandas sonriente, para entrar corriendo, arrebatar el objeto del pedestal y agarrar las otras dos piezas de la toga, las que también se encastraron con facilidad, por arte de magia—.

El Utensilio de Kristo Pharlee del Dominio sobre las Bestias volvía a ensamblarse.

 

  

SECCIÓN 4