
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
Finalmente,
había un caballo como la gente debajo de él, lo que lo llenaba de
regocijo a Cornell en viaje a la caverna. El semental marrón le había
costado veinticinco torkyns, pero valió cada moneda de oro. El equino era una máquina:
tenía músculos formidables y su pasión por el galope se hizo obvia
desde el primer momento en que el cayaboreano le puso los ojos encima.
“Ventarrón” fue el nombre que le puso al caballo, y tan pronto como
la partida dejó los muros de la ciudad, el semental dio pruebas de que le
quedaba bien. Cornell se vio obligado a utilizar toda la fuerza para
evitar que el anduviera dando corcovos devorándose el camino de tierra
que atravesaba el accidentado terreno cubierto de hierba.
Unos
kilómetros al este corría el impetuoso río Cheselain, que brindaba a
esta parte de la tierra de los tonomai abundante agua para mantener varias
granjas, sin mencionar que crecían arbustos y árboles por doquier. No se
podría decir que el sitio merecía el calificativo de “exuberante”,
sobre todo si se estaba acostumbrado a la rica flora de climas más
benignos. Para Tonomat era un oasis hermoso.
—¿Alguno
tiene algo que decir al respecto? —inquirió Cornell al escudo de madera
duéndica que llevaba calzado en la montura—.
—Nos
vamos a morir —respondió la voz del cobarde de Nev—. Las trampas mágicas
de esa caverna de porquería nos van a matar.
Phindar,
ex jefe de caravanas y sacerdote de Decalleigh, musitó:
—Bueno,
todo esto me hace acordar de un viaje que mis amigos y yo hicimos hace
casi veinte años. O, no, esperen, ¿no fue veinticinco? Pasa tan rápido
el tiempo…
Con
calma, la única voz de mujer que salía del escudo interrumpió a
Phindar:
—¿Y,
escudado, era eso lo que esperabas?
—Sí
—asintió Cornell con una sonrisa de fastidio—, todos están en lo de
siempre —dijo dándole una ojeada por encima del hombro a Barandas, que
veía conduciendo el carro; el hechicero tenía los ojos, que despedían
un brillo codicioso, pegados al escudo en vez del camino—. Ni de
casualidad —le dijo Cornell—. No te voy a dar oportunidad de revisar
este objeto mágico. Ya que estamos, ¿qué pasó con ese anillo mágico
que te di hace medio año? ¿No era que lo querías ver nomás y después
me lo devolverías?
—Eh…
—balbuceó Barandas, quien rápidamente hurgó en su toga, para después
sacar un mapa trazado en papiro y agitarlo diciendo—: ¡Sólo quedan uno
o dos kilómetros, como mucho! Tendremos que doblar en el próximo cruce.
El
cayaboreano sonrió satisfecho y volvió la vista hacia adelante. Iba a
pasar media hora al menos hasta que Barandas comenzara a echarle el ojo de
nuevo al escudo, o quizás más. Y tal vez también el broquel permanecería
en silencio.
La
suerte no era tanta, descubrió pronto Cornell, pues Phindar respiró hondo para
después empezar a relatar la historia que apenas si había comenzado un
poco antes. El cayaboreano dejó caer pasadamente la cabeza, ya resignado
a otra hora larga, muy larga.
Quizá, pensó después de un momento, no sería tan malo que Barandas
mirara tan de cerca el escudo que tanto deseaba. Al fin y al cabo, así
Cornell no volvería a ver el broquel por lo menos unos años…
—…en
ese entonces reventé a tres ratones de garras —decía Phindar—.
Bueno, yo era un poquitito más joven, claro está. Tenía muchos más músculos
encima, como Gabe, más o menos. ¡Ah, las mujeres se me venían encima
cual luciérnagas tras una vela encendida! ¡Los ancianos del templo se
volvían trastornados viendo lo que yo hacía! Pero volviendo a la
historia y a esa guarida que habíamos hallado…
No,
pensó Cornell con resignación, no
podría entregar estas tres pobres almas a Barandas. ¿Quién sabe lo que
el idiota les podría hacer?
Tras
una hora de insulsa cabalgata —y un desvío que tomaron al cortarles el
paso un lago que, a las claras, no estaba en el mapa del hechicero—,
Barandas anunció:
—Aquí
es, llegamos.
—¡Gracias
a los dioses! —exclamó Flink, que desmontó del caballo enano como por
un tobogán y salió disparado hacia unos arbustos por un asunto
absolutamente personal—.
—¡Deberías
haber pensado en eso antes! —dijo Gabe riéndose entre dientes—.
Los
miembros de la partida desmontaron y comenzaron a mirar a su alrededor. La
roca pelada que tenían adelante era impresionante. Parecía un extraño
espectáculo ver algo cercano a una montaña elevarse por sobre un paisaje
irregular, cuyos montículos de tierra no superaban los tres metros. Lo
que tenían adelante trepaba por lo menos 150 metros encima de ellos, y
que se elevaba como una estaca, cual diente que un gigante perdió en
combate y que quedó clavado en la tierra. Los alisos y cedros eran
abundantes y daban la apariencia de formar un bosque que retrocedía ante
el suelo que se hacía cada vez más rocoso al pie de la montaña, lugar
donde crecían arbustos.
Excepto
por un claro que había en un sitio donde obviamente se había quemado la
tierra no hace mucho. Había esquirlas blancas esparcidas en el suelo a
medio enterrar por el viento, la lluvia y el lodo. Los trozos que podían
identificarse mejor se hallaban bajo los arbustos: huesos de cerdos, vacas
y ovejas.
Gabe
levantó uno y frunció el ceño:
—Tienen
marcas de dientes —dijo—. ¿Qué clase de fiesta hicieron? ¿No saben
estos tonomai como contener fogatas?
—Tal
vez fue la celebración anterior al solsticio de verano —conjeturó
Phindar desde el broquel—. Según la creencia tonomai, su Dios Único
vino a Gushémal un mes antes del solsticio y pasó cuatro semanas
difundiendo su credo. Sigo sin poder recordar el nombre de esa fiesta,
pero los fieles tonomai celebran la llegada del Dios Único, y el día del
solsticio festejan su partida, habiendo dejado tras de sí su palabra.
Mientras
los demás dialogaban sobre la religión tonomai —y Flink emergía de
los arbustos con un gesto de alivio—, Barandas lentamente se echó a
andar por el pie de la montaña con una mano clavada en la toga. En la
roca no había ningún rasgo especial; se trataba apenas de piedra plana y
gris, cubierta en parte por el musgo, y en la que había un nicho lleno de
tierra que mantenía hierbas y arbustos.
En
ese momento, se iluminó el rostro de Barandas, que señaló con la mano
que tenía libre un punto en la montaña:
—¡Encontré
la caverna!
—¿En
serio? —dudó Gabe para negar con la cabeza—. Lo único que hay es
roca.
—¡Es
una ilusión, estúpido! —exclamó el hechicero, para después dirigirse
directamente a la montaña y desaparecer en lo que parecía canto rodado
común—.
Cornell
frunció la cara:
—Se
me hace que ya solucionaron el problema —dijo, tras lo cual tanteó el
agarre del broquel que llevaba en el brazo izquierdo, levantó la espada
con la mano derecha y se introdujo en la montaña tras los pasos de
Barandas—.
Flink
lo siguió apresurado, temeroso de perderse parte de la diversión, en
tanto que Gabe se sacó el hacha de la espalda y miró la hoja de metal:
—Bueno,
bwyell, es hora de un poco más
de gloria y honor, ¿no es así?
—¡No
veo nada! —se quejó Flink—.
La
más completa oscuridad rodeaba a la partida. Ni el más mínimo haz de
luz se filtraba por el supuesto canto rodado enorme que se hallaba en la
entrada de la caverna. Se oían sonidos a la distancia, a lo largo de lo
que tal vez sería un laberinto de túneles; eran sonidos débiles, como
de ratas que pasaban corriendo.
Barandas
se reía entre dientes mientras él mismo hacía ruido hurgando en los
muchos bolsillos de su toga.
—Agárralo
—musitó Cornell—.
—¿Que
agarre qué? —preguntó Gabe, hurgando él también un poco—. En algún
lado tengo un encendedor de lumbre… Cachemir, se me tendría que haber
ocurrido antes…
El
hechicero soltó vítores para sí mismo, y, acto seguido, un rayo de luz
se abrió paso entre la oscuridad; salía de un delgado y exquisito
brazalete que Barandas llevaba en el brazo izquierdo.
—Olvídate
de tu encendedor de lumbre, bárbaro —se mofó—. Esto es mejor.
Cornell, tengo uno para ti también —dijo, y con gesto triunfante le
lanzó uno idéntico al cayaboreano, quien, con destreza, lo atrapó y
calzó en el brazo; al instante, de la parte superior del brazalete salió
otro haz, cual si emanara de una fuente—. Barandas el Magnífico cumple
una vez más.
—¡Es
hermoso! —exclamó el alreu bailado alrededor del brazo de Cornell para
ver el brazalete de la mejor manera posible—. ¿Puedo tener uno de
igual, eh, puedo?
—¡No!
—espetó Barandas—.
—Yo
diría que ya basta de esto —dijo Cornell afirmando pesadamente con la
cabeza, para después blandir con lentitud la luz a fin de ver dónde se
hallaban—.
Lo
que la luz suya y la de Barandas revelaron fue una simple caverna,
desprovista del musgo o liquen que, por lo común, se espera que haya en
tales sitios —al fin y al cabo, el sol jamás llegaba a este lugar—; sí
había toscas hendiduras que atravesaban las paredes y que daban paso a
tres aberturas oscuras en la parte posterior de la caverna.
Flink
salió correteando hasta donde llega la luz, y pronto abarcó todo lo que
veía; acto seguido, suspiró y, de brazos cruzados, dijo:
—¡Bueno,
esto sigue aburrido! ¿No era que había monstruos?
—¿O
una puerta protegida por arte de magia? —preguntó Cornell levantando
una ceja para Barandas—.
El
hechicero permaneció imperturbable: volvió a meter la mano el bolsillo y
la giró un poco hacia la izquierda, para por fin señalar una de las
aberturas, que era pequeña y de bordes mellados.
—Ésa
es la que tendría que llevarnos hacia la puerta.
—¡Pues
vamos! —exclamó Gabe, quien inclinó ligeramente la cabeza para evitar
chocársela con el bajo techo y enfiló hacia el túnel—.
Los
brazaletes revelaron un pasaje muy retorcido, cuyas paredes estaban negras
por los yacimientos de carbón, que despedía un penetrante olor a moho;
algo se había estado pudriendo en el lugar. Quizá ladrones de tumbas sin
suerte que no llegaron a traspasar la segunda línea de defensa, la puerta
del hechizo de la petrificación y que, pues, no hallaron forma de salir.
Pensamiento
bastante desagradable, que rápidamente Cornell confinó a lo más recóndito
de la mente.
Entonces
la luz que llevaban se perdió en una abertura gigante del lado izquierdo,
iluminando un túnel ancho, cuya boca se abría en el pasaje que recorrían.
Las paredes se veían muy lisas y tenían un débil brillo a la luz de los
brazaletes.
—¡Uy,
parecen diamantes! —exclamó Flink corriendo para examinar las paredes
de cerca—.
Gabe
abrió grande los ojos:
—¿Diamantes?
—inquirió el bárbaro a apenas un paso detrás del alreu, para después
inspeccionar él mismo, y suspirar después de un momento—. ¡Toda la
pared es de diamante! O, bueno, algo parecido —gritó exasperado—. ¿Y
cómo voy a hacer para sacarlo?
—Oh,
Gabe, esto es hermoso —dijo Flink, recorriendo con la mano la suave
pared, en cuya superficie se habían hecho estrías profundas y filosas,
tan filosas que, de pronto, el alreu se quejó y retiró la mano
ensangrentada, para lamerse la herida, después olvidarse del dolor y
mirar las estrías con más intensidad; por suerte, Cornell dirigió el
brazalete en su dirección—. ¡Oh, señores, esto es intrigante! ¡Parecen
marcas de garras! ¡Al fin y al cabo, quizá haya monstruos aquí! ¡Estupendo!
—Estupendo
—repitió Cornell cual eco con los labios apretados—. ¿Y, Barandas?
El
hechicero se encogió de hombros con el ceño fruncido:
—No
escuché nada sobre criaturas aquí. El posadero sólo mencionó trampas
de hechicería.
—¿El
posadero? —preguntó el cayaboreano con repentino interés—. ¿No le
habías comprado el mapa a un mercader?
—Lo
que...
A
esta altura, Flink había perdido súbitamente el interés en las
aparentes paredes de diamantes y se echó a correr por el túnel donde
estaban —que se hacía un poco más ancho desde este punto hacia
adelante—, desapareciendo de la nítida luz de los brazaletes. Cornell
largó un insulto, levantó el brazo y siguió al alreu. Un minuto después
había dado con la veloz y pequeña criatura, iluminando el brazalete un
pila de madera rota y de un extraño color gris, sobre la que se
arrodillaba Flink tocándola con cuidado.
—Ya
ve —comentó, en absoluto percatándose de la carrera de Cornell tras él—,
esto es piedra. Yo hubiera dicho que era madera, y parece que una vez hubo
una puerta aquí, pero en realidad es roca. Uy, señor, ¿le parece que
alguien se tomó el tiempo de tallar la piedra hasta hacerla quedar como
una puerta de madera? ¡Madre mía, qué tremendo!
Un
escalofrío le recorrió el cuerpo al cayaboreano. Ésta había sido la
segunda línea de defensa de la que Barandas había hablado. Y ahora ya
estaba destruida, destrozada, y el hechizo de la petrificación había
convertido los restos de la puerta en piedra. Algo poderoso debe haber
reventado la puerta, algo capaz de resistir cualquiera de las protecciones
mágicas.
Fuera
lo que fuere, quizás siguiera aquí.
Un
instante imperceptible Cornell deseó que el bastón del dragón que tenía
en la alforja todavía funcionase. Con el arma que echaba rayos en el
brazo se habría sentido un poquito más seguro.
Por
otra parte, se aseguró con toda sus fuerzas, él tenía una espada y
escudo mágicos. Merced a los poderes ínsitos en el broquel, que creaban
las tres almas embutidas en la madera duéndica, no debería estar
preocupado.
Mas
lo estaba.
—¿Oro?
—exclamó el bárbaro haciendo añicos las reflexiones al tiempo que se
precipitaba a los pisotones por el pasaje abalanzándose sobre un pequeño
montículo de metal reluciente; rápidamente, se sacó el polvo, y, acto
seguido, Gabe apretaba en las manos unas baratijas, dos imágenes y un
collar—.
Con
igual emoción gritó de júbilo Flink, quien salió disparado hacia el bárbaro
a inspeccionar también las baratijas —aunque su ansiedad tenía más
que ver con el gozo absoluto que le producía ver algo nuevo que con el
recuento mental del dinero que llevaba Gabe—.
—¡Basta!
—gritó Cornell—. ¡En este lugar sigue habiendo algo peligroso!
—Parecen
imágenes de un santo tonomai —comentó con interés Phindar desde el
escudo—. La doncella que acompañó al Dios Único en su viaje por el
mundo; de tratarse de la obra de un maestro, se podría sacar una buena
cantidad de torkyn en oro en el
mercado.
—¿Sabe
cuál es el valor? —preguntó Gabe mientras sostenía una de las imágenes
hacia el escudo—.
Cornell
alejó de golpe el broquel de la imagen para gritar:
—¿Van
a parar de una vez con este asunto? ¿Todos?
En
tanto que el cayaboreano se veía expuesto a varias miradas de desencanto
(una al menos —la de Phindar— era imaginaria), Barandas había
continuado con la exploración del túnel más allá de la puerta rota. El
pasaje rocoso hacía una ligera curva, haciéndose un poco cuesta abajo y
yendo para la derecha. El hechicero lo siguió con cuidado, dirigiendo la
luz del brazalete sobre cada grieta, no fuera cosa de que se perdiera algo
importante (valioso o peligroso, ambos revestían igual). Detuvo el paso
al hacer el túnel una curva pronunciada hacia la izquierda y abrirse
hacia un antro de dimensiones bastante mayores.
Barandas
frunció el ceño, se apoyó contra la pared y se asomó con cuidado sobre
el borde.
Fue
para ese momento que Cornell se las había arreglado para disuadir a sus
compañeros de que siguieran recorriendo cada parte del pasaje en busca de
más objetos de valor y dirigir la luz por ese corredor. Justo a tiempo,
como resultó ser, para ver a Barandas agacharse reculando rápidamente de
la abertura, estampar la espalda contra la pared del túnel y mirar pálido
a la partida.
—Malditas
mareas de la magia —musitó, para proseguir con tono lento y
apremiante—, Muchachos, creo que sé qué es lo que destruyó la puerta.
¡Sólo hagan silencio!
Cornell
se arrimó al hechicero, se inclinó hacia la abertura —haciendo caso
omiso de los gestos de advertencia de Barandas— y vio que éste tenía
sus motivos.
El
antro que se hallaba a continuación era realmente muy grande. Así tenia
que ser, teniendo en cuenta las toneladas de carne cubierta de escamas
verdes enroscada en el centro: una majestuosa y aterradora cabeza que se
apoyaba profundamente dormida encima de los anillos; aire caliente y húmedo
salía por las fosas nasales ubicadas sobre unas fauces de muy pero muy
grandes dimensiones, de las que sobresalían incisivos de casi un metro de
largo.
Era
un dragón imperial.
Viejo,
para más datos.
—¡Estamos
fritos! —musitó el cobarde de Nev en el broquel—.
Por
una vez, Cornell no le llevaba la contra.
—Salgamos
de aquí —musitó Cornell a sus amigos tomando a Flink de los
hombros—.
El
alreu había estado apunto de salir correteando entre las piernas del
cayaboreano y meterse disparando en el antro; se tuvo que contentar con
contemplar boquiabierto al dragón gigante, exclamando como en un
maullido, “Ooooooooohhhhhh…”
Gabe
negó con la cabeza, sopesando a bwyell
con desazón en una mano y una de las imágenes de oro en la otra.
—Los
dragones emperador tienen riquezas, ¿o no?
—No
sirven de mucho —dijo Halla Valfrey en tono suave desde el broquel que
llevaba Cornell en el brazo— cuando ya te han quemado y comido.
—Me
quedó claro —asintió el bárbaro para refunfuñar en sus adentros—.
Basta con lo de tu tesoro, hechicero.
Barandas
ya se había recuperado de la conmoción
y se asomó por sobre el borde del túnel de nuevo con una mano en
el bolsillo.
—Está
ahí, donde tiene que estar. Lo siento.
—¿Sí?
—dudó Cornell levantando una ceja para después, cual relámpago,
atraparle los dedos que el hechicero sacaba del bolsillo: junto a ellos
apareció un objeto brillante y reluciente parecido a la base de una pirámide,
a la que le faltaba la parte superior—. ¿Y bien? —preguntó Cornell
apretando la muñeca del hechicero—. Sabías exactamente tras lo cual
estabas, ¿no? No era un tesoro nomás, ¿no es así?
—¿Y
qué sí eso fuera verdad?
La
pregunta tomó a Cornell por sorpresa. De hecho, no parecía que cambiara
demasiado la situación, ¿o sí? En última instancia, seguro que
Barandas no sabía del dragón imperial. El hechicero era muchas cosas
—ladrón, libertino, pesado—, pero siempre estaba atento a su propia
seguridad, la cual se veía seriamente comprometida por la presencia del
mencionado dragón.
¿Por
qué la charada? ¿Por qué no decirlo directamente?
—Es
algo maligno, ¿no es así la cosa?
La
pregunta fue un tiro de fogueo en la esperanza de sacarle a Barandas una
respuesta creíble.
Y
una respuesta sacó. O algo por el estilo.
—Es
discutible —dijo Barandas encogiéndose de hombros—. Que el Utensilio
del Dominio de las Bestias haya sido la creación de Krysto Pharlee antes
de hacerse brastok no implica que tiene que ser maligno.
—¿Pharlee?
—repitió Cornell sorprendido esforzándose por mantener baja la voz—.
¿El rey nigromante de Rek’atrednu? ¿Estás mal de la cabeza? Todo lo
que toca el cadáver viviente se transforma en maligno; ¡él asesinó
personalmente a miles de cayaboreanos!
—¿Ves?
—dijo suspirando Barandas—. Por eso no te lo dije. Siempre eres tan
irrazonable.
Del
escudo salió una tos, seguida por la extraña voz de Halla:
—Perdonen
la pregunta, pero en mi época había un Krysto Pharlee en la corte de mi
tierra natal, Keroull. Él era el hechicero principal del rey, mi... un
hombre respetado —dijo, y por primera vez desde que llevaba el escudo
Cornell, Halla tenía un temblor en la voz, bien contenido, pero que se
notaba—. ¿No es claro que no podría ser el mismo hombre?
—Keroull…
—musitó Cornell—. La tierra que conquistaron los cadáveres vivientes
hace setenta años.
—Con
la conducción de ese hechicero Pharlee, según recuerdo de mis estudios
en el templo —dijo Phindar—. Supo ser el hechicero principal un par de
décadas antes de hacerse rey. Halla, me temo que la persona que conociste
se sienta ahora en el trono de lo que fue tu tierra natal y reina sobre
todas las clases del mal.
—Comprendo
—dijo Halla con el dolor subyacente en la voz—.
Un
bostezo rugiente los interrumpió y elevó la temperatura del túnel unos
grados. Todas las cabezas giraron, excepto la de Flink, que seguía
observando al dragón.
—¡Madre
mía, señores, miren esos dientes! ¡Pero si son más grandes que los del
holnesh! ¡Uy, Gabe, son más altos que tú!
Lentamente
el dragón levantó la tremenda cabeza de los anillos de la cola. Poco a
poco los miembros anteriores provistos de garras se irguieron hasta llegar
a los ojos, a los que restregó cual ser humano después de despertarse.
La criatura volvió a bostezar, largando aire caliente de las fauces
abiertas para después pestañear y voltear la cabeza hacia la entrada del
antro.
—¡Hora
de desayunar! —anunció el dragón con alegría y palabras que no daba
gusto comprender con facilidad, dada sus extrañas fauces—. Me encanta
tanto la buena comida. Mmm, son sabrosos los humanos…
—¡Soy
alreu! —gritó Flink
indignado—.
Su
grito rompió el atónito silencio de la partida. Al instante, tanto
Cornell como Gabe tendieron la mano y tomaron el diminuto cuerpo de Flink,
para salir corriendo a paso rápido hacia atrás por el túnel, varios
metros detrás de Barandas.
El
dragón bostezó una vez más estirando su tremendo cuerpo. Se desplegaron
los anillos de su larga cola, cuya punta se estampó varias veces en las
paredes del antro con tal fuerza que hizo desprender pedazos del techo.
—¡Otra
vez no! —se quejó irritado— . No me gusta
correr. ¡Sí que pagarán por esto!

SECCIÓN 3

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