
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
Hace
dos semanas…
—¡Precio
especial para usted, Señorito Hechicero! —aclaró el mercader tonomai,
cuyo oscuro rostro sacó a relucir una sonrisa servil—. Apenas cuarenta aryels,
¡una ganga!
Barandas
el Magnífico, como se hacía llamar, sopesó con dudas el pequeño artículo
triangular, cuyo brillo dorado atrapaba la luz del sol devolviendo
hermosos destellos y haciendo resaltar las inscripciones vivoreantes de
los costados.
—No
estoy muy seguro de que sea una ganga. Ni siquiera es oro verdadero, sino
que lo ha encantado un sacerdote —musitó—.
—¡Pero
le gusta! —exclamó con una sonrisa radiante el tonomai—. Lo alejó de
los puestos del mercado y lo atrajo hacia mi humilde casilla, y yo...
—se interrumpió, cayendo, de pronto, desde la risueña alegría hasta
la descorazonada desesperación—. ¡Tremenda ganga le ofrecí! Un objeto
mágico, un... ¿cómo le dicen en su idioma?, un utensilio. Muchas décadas
ha integrado la colección de un sabio hechicero de nuestra tierra hasta
que él cayó en desgracia y tuvo que venderlo. ¿Quién sabe los milagros
que conserva? ¡Señorito Hechicero, usted debe
tenerlo!
Barandas
se rió entre dientes:
—Oh,
claro; todos tus amigos de los otros puestos seguro que dirían lo mismo
acerca de sus propios utensilios —dijo, y, con descuido, volvió a dejar el artículo
en la mesa de exhibición—. Tal vez alguno de los de ellos sea realmente
de mi agrado.
Un
momento pareció que el mercader apenas se limitaría a aceptar lo dicho y
aguardar mejor clientela; acto seguido, asintió con la cabeza y sonrió
una vez más:
—¿Sabe
lo que dice la inscripción? En una lengua antigua, que hablaban mis más
lejanos antepasados, pero le puedo contar lo que dice.
—¿Y
qué dice? —le contestó Barandas sin mucha atención, como si no
pudiera esperar a irse hacia otro puesto—.
El
tonomai levantó el artículo, pasó la vista sobre los símbolos con ojos
entrecerrados y, acto seguido, dijo en tono ominoso:
—“Quien
descubra mi secreto desatará los poderes de la bestia. Suya será la
fuerza del dragón, la velocidad del tigre, la agilidad de comadreja; todo
le pertenecerá a aquél que me conozca”. Bueno, Señorito
Hechicero, ¿qué me dice?
—Digo
—dijo encogiéndose de hombros— que miente. Está escrito en
keroullian, que es de la tierra que ahora es Rek’atrednu, y se trata de
un simple acertijo.
—Oh
—sonrió el mercader, ya sin expresión
servil—. ¿Medio aryel?
Barandas
se encogió de hombros, hurgó en el bolsillo de su toga y sacó unas
monedas de bronce:
—Eso
sí que se parece a una ganga— dijo al tiempo que entregaba el dinero a
cambio del artículo—.
—Un
placer hacer negocios con usted, Señorito Hechicero.
—Igualmente
—dijo Barandas asintiendo con la cabeza para después comenzar a
encaminarse fuera del mercado, mirando a todo el mundo como si no tuviera
otra cosa en mente que no fuera disfrutar del cálido día; sin embargo,
una vez que los crujidos y apresuramientos quedaron a sus espaldas, se
apuró a meterse en un callejón en penumbras—.
En
la mano derecha todavía sostenía el artículo triangular; con la
izquierda sacó otro objeto de áureos destellos, que parecía casi idéntico
al anterior. Se le dibujó una sonrisa en el rostro al ir acercando ambos
artículos, los que, de repente, quedaron encastrados, formando un solo
objeto. Y el hormigueo que Barandas había sentido desde el primer momento
en que ambos objetos se hizo más intenso.
Fue
dándose vuelta poco a poco. Tras hacer un giro completo miró hacia el
sudeste. Hacia tal dirección el hormigueo había alcanzado la máxima
intensidad.
—Bueno,
mi querido mercader —sonrió el hechicero—, no tienes idea de lo cerca
que estuviste con tu supuesta “traducción”. Los
poderes de la bestia… ¡Serán todos míos!
Hoy…
—Es
muy mal educado, Señorito Cornell —dijo el alreu Flink con voz finita y
mirada de reproche hacia el guerrero sentado frente a él sobre una pila
de mantas; si se estaba cerca, podría haber dado la impresión de que salían
refunfuños de debajo de esa pila—.
Cornell
de Cayaboré se encogió de hombros y se apoyó contra la pared que tenía
a sus espaldas y con las manos en la nuca:
—Hay
silencio —esa fue toda la explicación que estaba dispuesto a
brindar—.
—¡Oh,
y me supongo que usted amordaza a todo el que se topa con usted si quiere
silencio! ¡No le ha hecho eso a Gabe, y, pues claro, a mí tampoco!
—Qué
idea tentadora —dijo el cayaboreano, dirigiéndole una temible mirada a
la pequeña y esmirriada criatura—.
El
alreu puso expresivamente sus grandes ojos en blanco:
—Oh,
no lo dice en serio —dijo ahuyentando la idea—. Mis amigos de verdad
no pueden evitarlo. ¡Madre mía, señor, imagínese si usted hubiera
pasado años atrapado dentro de
una bestia monstruosa, siendo
esa bestia y matando y asesinando a todo el que pasaba por al lado y
apenas buscaba una amable y buena conversación! ¡Es tan desagradable,
tan schrecklich; mis amigos
necesitan hablar!
—Tus
amigos —musitó Cornell— me ponen los nervios de punta. ¿Por qué no
tratas de llevar el escudo un rato?
Flink
lo miró espantado:
—¡Señor,
es su escudo! ¡Usted los salvó de la bestia al absorberlos y dejarlos
en él! ¡Jamás me atrevería a
ocupar su lugar, por más que me encantara hablar con ellos!
—Sí,
claro que no —gruñó Cornell para volver a contemplar el cielo
ligeramente cubierto de Tonomat—.
Bajo
la pila de mantas los ruidos del escudo se hacían más fuertes: eran tres
voces que imploraban que las destaparan. De hacerlo, todo lo que oiría
sería una lluvia de quejas acerca de la permanencia tan prolongada en lo
oscuro. Sólo los Dioses sabían cómo es que las pobres almas veían
algo, atrapadas como estaban en un escudo de madera duéndica por
encantamiento. Pero veían y, lo que era peor, hablaban.
A
lo largo de todo el camino desde el templo antiguo en el límite del
Desierto Elfadil hasta este pequeño pueblo ubicado en alguna parte del
Imperio Tonomai, rara vez habían hecho una pausa en su hablar: Nev, ex
contador, al que era claro que jamás nada le venía bien; Phindar, que
supo ser jefe de caravana y sacerdote de Decalleigh, siempre tenía una anécdota
más para contar, sin importar la enojosa similitud que guardara con las
anteriores; y estaba Halla Valfrey, la Doncella Broquelera de Keroull.
Cornell
seguía sin saber exactamente qué era una doncella broquelera o cuál era
la relación con el escudo de madera duéndica, lo cual, quizá, era parte
de la razón por la que Halla le agradaba. Ella
todavía no le había contado toda la historia de su vida; de hecho, había
permanecido en callada la mayoría del tiempo, mientras Nev y Phindar se
la habían pasado hablando de tal y cual cosa y de tal cual otra y…
Bueno,
¿acaso no había que ponerle fin a esta perorata interminable? Quedase
bien o quedase mal, ¡se merecía un recreo después de más de tres
semanas!
—¡Hay
maravillosas novedades, Cornell, Flink! —dijo una voz de barítono
interrumpiendo los pensamientos del cayaboreano, que, al levantar la
vista, vio un gigante que se cernía sobre él, ataviado en cuero que
demasiado calor daba para las temperaturas locales, y que ni le molestaba;
llevaba un hacha de combate en la espalda, cuya hoja se asomaba entre su
rubia melena—. Hallé algo para que hagamos!
—Gabe
—dijo Cornell cubriéndose del sol al mirar a su amigo bárbaro— se
suponía que ibas a comprar provisiones para el resto del viaje. ¿No habíamos
quedado en que iba a viajar directamente a Cayaboré?
El
bárbaro se encogió de hombros:
—La
caverna nos queda de paso, por lo que creía que no te iba a importar.
—¿Qué
caverna? —exclamó Cornell—.
—Madre
mía, señor —intervino Flink—, ¿pasa algo malo? Usted levanta la voz
sólo si hay peligro, ¿no?, y... ¡Ah, qué bien! ¿Hay monstruos? ¿Dónde?
¿Los puedo ver?
El
cayaboreano levantó la mano, miró fijo al alreu y, de milagro, la pequeña
criatura se llamó a silencio, contemplando la mano con absoluta intriga.
—Gabe
—dijo Cornell lentamente, forzando la voz para mantenerla en el mismo
tono— de qué caverna hablas? Y qué es eso que has hallado para que hagamos?
—Una
tarea para bañarse de honor y de aclamación! —dijo orgulloso el bárbaro—.
¡Viajaremos al sur para introducirnos en una caverna profunda y peligrosa
que se halla protegida por la hechicería y la magia, barreras que seremos
los primeros mortales en atravesar! ¡No hay guardia hechizado que le haga
frente al poder bwyell, no
cuando se combina con la fuerza del gran Cornell de Cayaboré!
—Ah...
Al
parecer, Gabe no se dio por enterado de la mirada cargada de dudas del
cayaboreano al señalar por arriba del hombro hacia el camino.
—Me
encontré con un hechicero que me habló de esta caverna; él nos acompañará.
Él cuida las provisiones que compré.
De
repente, Cornell se elevó cual rayo y tomó del brazo derecho al bárbaro.
—¿Le
dejaste las provisiones a un extraño? ¿Pero no el dinero,
me imagino?
Gabe
se encogió de hombros una vez más y tocó el hacha que tenía en la
espalda:
—El
hechicero sabe lo que bwyell le
hará si nos hace una mala jugada.
La
afirmación del bárbaro de poco sirvió para calmar a Cornell. Rápidamente
sacó las mantas y se hizo del escudo broquel que estaba debajo. Ni se dio
por enterado de las quejas de los espíritus de la madera duéndica cuando
se lo calzó y salió disparado por el camino con rumbo a dónde Gabe había
señalado. ¿Acaso el loco este jamás se enteró que hay quienes creen
que son más rápidos que la condenada hacha suya? “Bwyell le enseñará a no volver a hacerlo”, ¡ah, sí, seguro!
Los
caminos estaban llenos de gente: tonomai
que cumplían con sus ocupaciones y usaban sombreros anchos que les daban
sombra, verdadera bendición sobre el rostro; Cornell, por su parte, se
los sacaba del camino bruscamente con los hombros, hasta que, por fin, vio
un carro con dos caballos de tiro adelante. En el asiento se hallaba una
figura togada: era un hombre delgado, de unos veinticinco años y con un
rostro angosto que se las arreglaba para mantener a un tiempo una expresión
de franca amistad sin perder lo taimado.
—Mira
—dijo jadeante Gabe mientras se soltaba de Cornell—, ¡el hechicero
sabe que bwyell le arrancaría
la cabeza si se hubiera robado lo nuestro!
Cornell
suspiró con sonrisa socarrona:
—No
sea cosa de que pierda una parte vital de la anatomía; debes haberte
olvidado de cómo se conduce un carro, ¿no es cierto? —dijo levantando
la voz—. ¿O hay otra razón por la que todavía no abandonaste el
pueblo?
La
figura togada se dio vuelta, entregando una sonrisa radiante al ver al
cayaboreano; acto seguido, Barandas dijo:
—Bueno,
ahora sí que me alegro también se verte, mi viejo amigo.
—Oh —dijo Gabe desilusionado—, ya se conocen.
El
hechicero se echó a reír. Cornell se hallaba menos inclinado júbilo, al
tiempo que le dirigió una mirada amenazadora y musitó:
—Más de lo que me gustaría recordar. ¿Por qué me sigo topando
contigo, Barandas?
—Tal
vez tu buena suerte —respondió el hechicero, y señaló hacia la carga
que había en el carro—. Pongámosla en un lugar seguro, y hablaremos
del viajecito que tengo pensado para nosotros. Después podremos... Eh,
Cornell, ¿te importaría decirme qué es eso?
—¡Caramba,
señor —dijo Flink con alegría, recargado con las mantas con que
Cornell había silenciado el escudo—, soy alreu! Que los dioses lo
bendigan, ¿soy el primero de mi especie con que usted se encuentra? ¡Debe
tener tantas preguntas sobre mí! Pregunte nomás, por favor, le voy...
—Tiene
que ser en broma —gimió Barandas—. ¡Cornell, no me digas que andas
por ahí con un maldito alreu!
Por las mareas de la magia, te dejo solo unos días y ya te juntas con uno
de estos hombrecillos?
Cornell
dio un hondo suspiro mientras subía al asiento, tirando el escudo de
madera duéndica en la parte trasera del carro. Salieron grititos de
queja, de los que el cayaboreano alegremente hizo caso omiso.
—Hasta
donde me acuerdo —murmuró al hechicero— te vino de perillas aquel ídolo
alreu hace un tiempo, ¿o no? Barandas el Magnánimo, ¿no era así?
—¡“Magnífico”!
—gritó el hechicero, refunfuñando disgustado al ver la cara de
satisfacción de Cornell—.
—Me
disculpo —dijo el cayaboreano, disfrutando cada palabra—. Jamás serás
generoso, claro está.
Flink
y Gabe se subieron al carro y hallaron un lugar para ellos entre los
montones de provisiones; el bárbaro les dirigió una mirada de pena a los
dos hombres del asiento.
—Algo
debe faltar aquí —musitó, para después resignarse a escuchar a Flink,
que daba comienzo con entusiasmo al recuento de víveres y a hacer una
lista de memoria de todo lo que encontraba—.
—¡Y
quédate afuera!
Iracundo,
Barandas cerró de golpe la puerta tras sacar a empellones del pequeño
cuarto a Flink por tercera vez. Se oyó la voz quejumbrosa del alreu un
momento a través de la madera, y, después, pareció llamarse a silencio.
Con toda seguridad, pensó Cornell, se había dirigido a Gabe o al escudo
en busca de algún nuevo tópico.
—Muy
bien —dijo Cornell, y dio un hondo suspiro—, ¿detrás de qué andas
esta vez? ¿Dinero o magia? Se me hace que no hay una doncella en la
caverna que necesita que la rescate un heroico hechicero.
Barandas
puso los ojos en blanco.
—Me
da la sensación de que verme no te hace del todo feliz.
—Estoy
extasiado. Vamos, desembucha.
El
hechicero volvió a poner los ojos en blanco y se sentó en un taburete al
lado de una mesa de taller. Estaban en un diminuto anexo de un establo, un
cuarto en el que no había más que el taburete, la mesa y una pila de
herraduras. Unos minutos antes, Cornell había vendido la yegua que le había
comprado a los beduinos del sueño del Desierto Elfadil por noventa y
cinco aryels de
plata. Después le había pedido al dueño del establo una habitación
privada, y, para sorpresa suya, el tonomai accedió de inmediato. Parecía
estar más que atareado entrando el enjuto equino del desierto a su
establo como para preocuparse por los demás deseos del cliente, lo cual
era una buen signo, se esperanzó Cornell, ya que pensaba comprar un buen
caballo aquí. Un caballo de verdad, digno de un guerrero cayaboreano.
Pero
primero había que resolver el asunto de Barandas.
—¿Y,
de qué se trata? ¿Magia o dinero?
Barandas
se encogió de hombros:
—Magia.
Conseguí un mapa de un mercader que muestra el camino que conduce a la
caverna. Supuestamente, un poderosos hechicero vivió allí hasta que cayó
en desgracia y se fue. No me preguntes qué fue lo que pasó exactamente,
no lo sé. Pero el mercader me contó que el hechicero tuvo que dejar
cosas suyas. Quizá haya algo bueno.
Ahora
le tocaba a Cornell poner los ojos en blanco.
—Oh,
estupendo, otra búsqueda de un lugar misterioso. Justo lo que me hace
falta. ¿Qué peligros nos esperan? ¿Dragones alados horadadores? ¿Un
hechizo que incinera a todo el que entra? ¿O un holnesh? De verdad te lo
digo, no me hace falta ningún otro más.
—¿Otro
más? —se exaltó Barandas al hacer mención a ello, levantando una
ceja, en obvia espera de más explicaciones, mas no obtuvo ninguna;
finalmente, negó con la cabeza, dijo algo entre dientes y continuó—:
Muy bien, esto es lo que yo sé. Hay tres líneas defensivas en la
caverna. La primera se trata de un hechizo que es una ilusión para
ocultar la entrada. No hay problema con este: sé como funciona y puedo
romperlo. La segunda defensa es una puerta con un hechizo que convierte en
piedra a todo el que la abre.
—¿A
quién tienes en mente para que lo petrifiquen? ¿A mí?
Barandas
negó con intensidad.
—¿Será
posible que no tienes ninguna confianza en mí? ¡Eres mi amigo!
—dijo indignado mirando fijo a Cornell, para después encogerse de
hombros y continuar—: Había pensado en el alreu.
Estaba
claro que el hechicero esperaba un brote de ira por parte del cayaboreano,
mas Cornell asintió serio:
—Ésa
sí que no es mala idea.
—No
te enloquezcas como... —alcanzó a decir Barandas, para detenerse tras
un momento y mirar a Cornell con ojos entrecerrados—. No hablas en
serio, ¿o sí?
Entonces,
el cayaboreano sacó a relucir una sonrisa maligna. Se hubiera creído un
momento que él habría arrojado con agrado al alreu a un abismo seguido
de aceite hirviente, sólo por si acaso. Después, desapareció la mirada
malvada, que dejó el lugar a un semblante alegre y
que planteaba un interrogante:
—¿Qué
tienes para deshacer el hechizo de la petrificación?
—Maldito
cayaboreano... —se detuvo Barandas, para después sacar un pequeño
frasco de un bolsillo de la toga y encajárselo a su amigo—. Viértelo
sobre el alreu petrificado apenas haya hecho efecto. Apenas sabrá lo que
le ocurrió. Y, en serio, mejor que sea el alreu. Los hobrecillos son
bastante buenos para abrir puertas cerradas. En lo que hace a la tercera línea,
hay dos estatuas delante de la entrada de la morada del hechicero. Merced
a un acertijo, se las hace a un lado, para así entrar felizmente y
recoger los artículos.
—Parece
como si tuvieras todo previsto —asintió Cornell, sopesando
cuidadosamente las palabras del hechicero—. ¿Por qué quieres que Gabe
te acompañe?
—Oh,
¿es así? —dijo sonriente Barandas—.
Cornell
estaba atónito mirando la silenciosa satisfacción del hechicero; después,
las piezas comenzaron a encajar:
—¿Tú
sabías que él está conmigo?
—Por
las mareas de la magia, Cornell, eres bastante lento —se mofó
Barandas—. ¿Te acuerdas de la magiesquela de Chazevo? El nombre de tu amigo bárbaro estaba bien
clarito en ella, así que me alcanzó con estar atento a él para
hallarte. ¿Podemos olvidarnos del salvaje? ¿Por qué no le dices que
cace un ciervo para celebrar después de lo de la caverna?
—No
creo que Gabe quiera quedarse afuera —comentó Cornell con una
sonrisa—.
—¡Al
cuerno con él! —gruñó Barandas— No nos hace falta el bruto. El
alreu es útil, conque bien, él se queda.
—¿De
veras? ¿Y tú le vas a decir? —preguntó Cornell, quien se quedó
pensando un momento, para después decir—: Gabe en general larga
hachazos con la derecha para sacar la cabeza. Si te agachas en el momento
justo, tal vez te alcancen los pies para correr.
—¿En
serio quieres que el salvaje sea de la partida?
Cornell
arqueó una ceja.
—Nadie
te pidió que te unieras a nuestra
partida. Sé que se te hace difícil comprenderlo, pero el mundo no gira
en torno a Barandas el Magnético.
—“Magnífico”!
—retrucó automáticamente el hechicero—.
Se
quedaron mirándose el uno al otro. Finalmente, Barandas espetó:
—Muy
bien, si quieres, que tu salvaje venga con nosotros. ¿Y tú,
vienes o no?
Cornell
se levantó, se encogió de hombros y enfiló hacia la puerta.
—Gabe
va a esa caverna diga yo que sí o que no. Y como es posible que sea
peligroso para Flink y él, yo también voy —dijo, y abrió la
puerta—.
—¿Y
yo? —preguntó Barandas—. ¡También podría ser peligroso para mí!
El
cayaboreano le regaló una sonrisa radiante al hechicero y, después, salió
por la puerta.

SECCIÓN 2

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