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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

(3) "Doncella broquelera"

(4) "El eterno guerrero"

(5) "Promesa solemne"

"Algien común"

 

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3


Furioso, Cornell se quitó de encima al alreu, se incorporó y levantó la espada, justo en el momento en que una hilera de dientes iba por él. Se retorció hacia el costado y embistió con su acero hacia arriba, clavándolo en la quijada de la criatura, al tiempo que pies enfundados en peludas botas se le arrimaban con toda la furia.

—¡Ryelneyd!

Gabe recuperó a bwyell en el aire, utilizando el hacha clavada como palanca para llegar a la nuca y montarse sobre el corcoveante cráneo. Bwyell cayó con todo sobre el último, provocando un profundo tajo del que comenzó a manar sangre. La criatura rugió, y otra de las cabezas se precipitó hacia el bárbaro.

A cuatro metros y medio debajo de él, Cornell sacó una daga del cinturón y la hizo volar hacia la cabeza que arremetía. No pudo ver si había apuntado bien, ya que una tercera cabeza intentó morderlo, haciéndolo perder la posición y e ir a parar directamente con Flink. El alreu cayó sobre él, formándose un revoltijo de brazos y piernas que le sobraban.

—¡Más comida! ¡El grande es de Beavral! —tronó una voz extraña y deforme—.

Una segunda voz, igual de deforme, se acopló gritando:

—¡Mátenme! ¡Mátenme, por favor!

—¡El ojo! ¡El ojo! ¡Me duele!

—¡Cállate y cómete al tipo, Phindar!

—¿Por qué no me matan? ¡Por favor! ¡Por favor, mátenme!

Un coro de voces retumbó en el salón, voces que provenían directamente de las fauces de la criatura; cada cabeza hablaba en un tono diferente, brusco y frenético.

Cornell se quedó mirando. Ahí estaba Gabe, todavía arriba de la cabeza, revoleando el hacha para mantener alejadas a las otras, tres de las cuales realizaban una danza macabra a su alrededor. La cabeza en la que estaba sentado caracoleaba enloquecida cual látigo, cubierta en oscura sangre, y que a cada segundo perdía fuerza. El ojo de una de las cabezas tenía clavada una daga; ¡era la de Cornell! De todas salían alaridos.

—No sabía que los monstruos hablaran —se maravilló Flink tranquilo—. ¿Tiene idea dónde aprendieron, señor?

—¡Maldita sea, esa cosa nos mata! ¿Sabes pelear? —le espetó Cornell—.

Las palabras dejaron atónito al alreu.

—¿Pelear? ¿Por qué? ¿Tengo que hacerlo?

—¡Sí!

Flink se encogió de hombros, tiró hacia delante la mochila y comenzó a buscar algo. A Cornell le habría encantado torcerle el cuello del hombrecillo en ese preciso instante. Por desgracia, otros cuellos, y las cabezas a ellos adheridas, ocupaban su atención, ya que dos de las tres restantes se precipitaron sobre él.

El guerrero se arrojó hacia un lado clavando su acero hacia arriba sin mirar. No halló resistencia ni rasguño alguno, sino solamente…

—¡Sí, eso! ¡Mátenme!

—¡Cállate, Nev, desgraciado cayaboreano cobarde!

—Tú cállate, Beavral. ¡Aquí estoy, guerrero, asesíname!

Cornell recobró la estabilidad; tenía la frente bañada en sudor y, todavía, respiraba sin dificultad. Una de las cabezas avanzó hacia él, mas Cornell se agachó y la esquivó, dio una estocada a la quijada y un codazo con el brazo izquierdo contra el cuello. Acto seguido, brincó hacia el costado; mejor dicho, lo intentó, ya que la segunda cabeza se estampó contra sus costillas. El guerrero cayaboreano se vio de golpe volando por los aires, con un dolor que lo apuñalaba el ijar.

Quedó agazapado por el aterrizaje, después se estiró y arrodilló. Ya tenía que volver a levantar la espada ante ambas cabezas, que se dirigían raudas hacia él.

—¿Va a matarme de una vez? —clamó la izquierda, cuyas quijadas enfilaban céleres para la pierna de Cornell—.

Cornell se arrojó hacia atrás de nuevo, en un intento por incorporarse hacia sus espaldas. El dolor se clavaba de nuevo en su ijar, merced a los colmillos de la cabeza derecha, que le sacaron la piel, apenas errando la mordedura. Cornell cayó al suelo y, de inmediato, se alejó a los tumbos de las cabezas.

En vez del ataque, sintió un alarido inhumano, seguido de un estampido y una voz quejosa que gritaba:

—¿Por qué él? ¡A Beavral le agradaba esto! ¡Máteme a , hombrecillo!

—Eso intento, un minuto —musitó Flink—. ¡Eh, que tengo que recargar!

Tratando de respirar como podía, Cornell levantó la vista y vio al alreu, que protegía un raro artilugio con los brazos, esquivando de un salto a la cabeza restante. Cerca de allí, yacía otra cabeza, ensangrentada en la parte superior y frita... ¿la habían quemado? El cayaboreano tenía poco tiempo para plantearse dudas. Flink todavía tenía la segunda cabeza tras de sí. Milagrosamente, el alreu se apartó de las quijadas, y la cabeza –¿Nev?– imploraba que lo asesinasen.

—¡Quédate quieto! —se quejó Flink—.

Cornell tragó saliva, empuñó con más fuerza su espada, se levantó haciendo fuerza con los brazos y se tropezó con un objeto redondo. ¡El escudo! No acostumbrado a discutir con la buena suerte, el guerrero se lo calzó.

Al ponerse de pie, se sentía casi como nuevo; la adrenalina le había aliviado el dolor.

—Aquí estoy, y te mataré —gritó—.

La cabeza giró, dio un grito de alegría y cargó con sus colmillos contra el guerrero.

Cornell se cubrió con el escudo y dio unas estocadas, que se encontraron con resistencia. La cabeza reculó con gritos de dolor y regocijo. Volvió a la carga de nuevo, mas esta vez fue de costado. “¡Para volver a tirarme!” Se decidió por un cambio de táctica, y salió corriendo hacia la cabeza que se aproximaba, para brincar a último momento sobre ella. Clavó la espada en dirección vertical, a la vez que el escudo rebanó el cuerno.

El cayaboreano giró en el aire, mas, antes de pisar el suelo, la cabeza emitió un último rugido, para después caer. “¡El cuerno!” Cornell no alcanzaba a comprender por qué sería tan importante, pero le pareció bien aprovechar cualquier ventaja.

—Oh, justo estaba listo para matarlo —murmuró Flink a centímetros detrás del cayaboreano—.

Cornell miró a sus espaldas y vio que el alreu apuntaba hacia delante con el artilugio. Tenía una punta tubular, casi igual que una cerbatana, siendo el resto completamente extraño a los ojos de Cornell.

—¡Mata una de las otras! —gritó—.

—¡Claro!

Los ojos del alreu se encendieron. Levantó el artilugio, apuntó a una de las cabezas restantes del monstruo, apretó el gatillo y una bola azul salió despedida del tubo. Cornell la siguió con la vista todo lo que pudo. La bola se elevó en un arco hacia las cuatro cabezas vivas, ninguna de las cuales se percató del proyectil hasta que impactó en una y estalló. Comenzó a brotar un líquido azul, y a salir humo de la piel. La criatura daba alaridos y corcoveaba frenéticamente.

En vano.

Cornell se quedó pasmado al ver caer de repente la cabeza muerta, carcomida por el ácido, que la quemaba.

Por suerte, las restantes tres cabezas se hallaban igualmente atónitas. Lo que le dio tiempo a Cornell para buscar a Gabe. Teniendo en cuenta el número de las vivas, debe haber matado a la cabeza sobre la que estaba montado. Quizá… cerca de una de ellas había un cuerpo inmóvil con vestimentas de piel salpicadas con rojo profundo por la sangre. A Cornell le dio un tirón en el cuello.

—Flink, recarga y dispara cuando estés listo —dijo con calma—.

Arrimándose el escudo, corrió hacia delante y gritó el nombre de la tribu de Gabe:

—¡Ryelneyd!

Así se lanzó contra la primera cabeza que le salía al cruce, estampó su escudo en los colmillos, le dio una estocada lateral y se montó de un salto, al estilo de Gabe. Su montura era mucho más precaria de lo que esperaba, debido a lo resbaloso y húmedo de la piel de la criatura. No tenía forma de recuperar la espada, tanto que la necesitaba como punto de apoyo para el pie. Sólo le quedaba el escudo, que debía estampar de inmediato en la otra cabeza. Sosteniéndolo inclinado, cortó los colmillos como si fueran de manteca, haciendo recular sorprendida a la cabeza.

—¡Detrás de ti!

La cabeza que tenía debajo corcoveó hacia arriba, y Cornell se vio volando una vez más; detrás de él se precipitaba la tercer cabeza. Sabía que era su mejor alternativa, y tiró un tajo con el escudo en el cuerno al estirarse para alcanzarlo.

El filo del broquel le sacó un trozo al asta, y Cornell tomó el resto con la mano derecha y lo sostuvo firmemente. La cabeza cayó a plomo debajo de él. Cornell siguió sostenido, y su caída se vio amortiguada por el cráneo.

El guerrero, a quien la sangre que le corría a toda velocidad por las venas, miró hacia arriba. Quedaban dos. Una intentaba sacarle la espada a Cornell; la otra iba por él.

—¡Flink! —bramó—. ¡Dispara!

No hubo respuesta.

Ni tiempo.

El cayaboreano se aflojó las correas del escudo, las tomó con la mano y lo lanzó hacia la cabeza. Surcó girando el aire con el destello del bulto de bronce. La cabeza se detuvo un momento, perpleja ante lo que veía. Abrió las quijadas como si la criatura se preguntara qué significaba. Antes de que lo comprendiera, el broquel dio en el blanco, atravesando el asta como si no hubiera nada.

—¡Eso! ¡Lo haces bien, escudado!

No era la voz de Flink, percatóse Cornell de repente; era la misma voz –¡de mujer!– que le había avisado antes sobre la tercer cabeza. Pero eso sólo dejaba…

La única cabeza que seguía viva se restregaba contra la pared. El acero estaba bien clavado, impedido como por arte de magia de quebrarse, inclusive ante la enorme fuerza de la cabeza, que se meneaba descontenta.

—¡Bah! ¿Para qué? —musitó antes de volverse hacia Cornell—.

El cayaboreano se hallaba indefenso. No quedaban armas, no había con qué protegerse; sólo quedaba la agilidad, que escaseaba, al haber exigido el cuerpo más allá del límite.

—No te queda mucho tiempo, escudado —le dijo la cabeza, con una voz que, con certeza, era de mujer, y de un timbre tan humano que lo caló hasta la médula—. Ya no puedo hacer aguantarse el hambre a este monstruo mucho más. Agarra el escudo y corta el cuerno.

Continuaba hablando mientras bajaba hacia el suelo, lo que tornaba fácil llegar al asta. Cornell cumplió rápidamente los deseos, sin siquiera preguntarse por lo extraño de la escena. El broquel de madera duéndica había ido a parar a un pilar, al que atravesó hasta la mitad. Le costó algo de esfuerzo sacarlo, pero salió.

—Date prisa, escudado —lo acicateó la voz, y Cornell se fue presuroso hacia la criatura, cuya cabeza ya se estremecía y mordía el aire, interrumpiendo a las palabras entrecortadas—. El… monstruo…

Cornell tiró una estocada al cuerno con el escudo.

La cabeza emitió un suspiro, para después yacer inmóvil, al igual que el achaparrado cuerpo que estaba detrás.

La pelea había terminado.

Cornell tenía la sensación de que iba a desplomarse en un segundo. Pero no. Todavía no. No sabía con certeza qué les había ocurrido a sus compañeros. Tomó aire, dio la vuelta a la cabeza y miró hacia el sitio en donde había visto caer a Gabe.

Quien se levantó y le hizo señas sin fuerzas.

Flink sonreía.

—¡Señor, eso fue maravilloso! Como le decía a Gabe, bueno, de veras creí que estaba muerto al verlo, por toda la sangre que había, pero era la del monstruo, no la de él. Al menos, no mucha, y le vendé la herida porque eso me dijo mi madre cuando la alguien está… ¿Qué sucede, señor? —inquirió, mientras el júbilo de la voz del alreu daba paso, de pronto, a la curiosidad—.

Cornell se reía con todas las ganas, sin importar lo que le dolían las costillas. Súbitamente, el mundo había pasado a ser un lugar muy luminoso al fin de cuentas. Todo estaba en orden.

Al menos hasta que una voz, con tono más que conocido, dijo:

—¡Sigo vivo! ¡Por un demonio, quería que me mataran! ¿Acaso este idiota del guerrero no hace nada bien?

—¡Nev, pedazo de idiota, cierra el hocico! ¿Quieres seguir matando gente?

Ambas voces eran familiares, si bien habían perdido la pronunciación cerrada del monstruo. Cornell, confundido, se preguntaba de dónde provenían.

—¿Por qué yo? —seguía quejoso Nev—. Tú eres la famosa gran doncella broquelera Halla Valfrey, por lo que se supone que esto debe agradarte. ¡Mas no a mí! Apenas soy un humilde contador y...

Entonces intervino una tercera voz, la que antes había estado gritando por su ojo

—Y yo era el mercader que te contrató, Nev, antes de que el monstruo nos engullera a los dos. ¡Por lo tanto, te ordeno que te agrade!

—Escucha a Phindar —dijo otra vez la voz de mujer, y ambas palabras hicieron que Cornell recuperara el sentido de la realidad: “la doncella broquelera”, había dicho Nev… ¿acaso las voces salían de su escudo?—. ¡Se acabaron los años de estar dentro del monstruo! ¡Los cuatro estamos en el escudo, y podemos volver a nuestra vida con la ayuda de él! A propósito, ¿cómo te llamas, ilustre escudado?

¡Sí! ¡Las voces se hallaban dentro de su escudo! Ahora que le prestaba atención, hasta sentía una ligera vibración en la madera duéndica cada vez que pronunciaban una palabra. Y el bulto de bronce… Antes se hallaba abollado, mas ahora destellaba perfecto, mientras que las runas eran legibles, como si un herrero las hubiera labrado hace unos minutos.

—¡Escudado! ¡Te estoy hablando! —dijo la mujer a voz en cuello para llamarle la atención antes de continuar con su tono humilde pero insistente—. Quisiera saber cómo te llamas. Yo soy Halla Valfrey, doncella broquelera de Keroull. Te lo suplico, ¿cómo te dicen?

—Eh —tartamudeó Cornell—.

—¡Se llama Cornell! —gritó Flink desde unos metros, claramente indiferente ante el hecho de hablarle a un escudo—. Gabe me dijo que es de Cayaboré, no sé su apellido, ¿pero cómo fue que se metieron en el escudo? ¿Y qué hay con el monstruo? ¿Acaso ustedes...?

Era obvio que, para Cornell, quien acalló al alreu, finalmente se trataba de un sueño. Y si así era, él tenía que estar dormido. Por un instante, se detuvo, preguntándose cuánta lógica había en tal idea. Bastante, concluyó, para caer de bruces, ya inconsciente antes de besar el suelo.

  

FIN