
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
Furioso,
Cornell se quitó de encima al alreu, se incorporó y levantó la espada,
justo en el momento en que una hilera de dientes iba por él. Se retorció
hacia el costado y embistió con su acero hacia arriba, clavándolo en la
quijada de la criatura, al tiempo que pies enfundados en peludas botas se
le arrimaban con toda la furia.
—¡Ryelneyd!
Gabe
recuperó a bwyell en el aire,
utilizando el hacha clavada como palanca para llegar a la nuca y montarse
sobre el corcoveante cráneo. Bwyell
cayó con todo sobre el último, provocando un profundo tajo del que
comenzó a manar sangre. La criatura rugió, y otra de las cabezas se
precipitó hacia el bárbaro.
A
cuatro metros y medio debajo de él, Cornell sacó una daga del cinturón
y la hizo volar hacia la cabeza que arremetía. No pudo ver si había
apuntado bien, ya que una tercera cabeza intentó morderlo, haciéndolo
perder la posición y e ir a parar directamente con Flink. El alreu cayó
sobre él, formándose un revoltijo de brazos y piernas que le sobraban.
—¡Más
comida! ¡El grande es de Beavral! —tronó una voz extraña y
deforme—.
Una
segunda voz, igual de deforme, se acopló gritando:
—¡Mátenme!
¡Mátenme, por favor!
—¡El
ojo! ¡El ojo! ¡Me duele!
—¡Cállate
y cómete al tipo, Phindar!
—¿Por
qué no me matan? ¡Por favor! ¡Por favor, mátenme!
Un
coro de voces retumbó en el salón, voces que provenían directamente de
las fauces de la criatura; cada cabeza hablaba en un tono diferente,
brusco y frenético.
Cornell
se quedó mirando. Ahí estaba Gabe, todavía arriba de la cabeza,
revoleando el hacha para mantener alejadas a las otras, tres de las cuales
realizaban una danza macabra a su alrededor. La cabeza en la que estaba
sentado caracoleaba enloquecida cual látigo, cubierta en oscura sangre, y
que a cada segundo perdía fuerza. El ojo de una de las cabezas tenía
clavada una daga; ¡era la de Cornell! De todas salían alaridos.
—No
sabía que los monstruos hablaran —se maravilló Flink tranquilo—. ¿Tiene
idea dónde aprendieron, señor?
—¡Maldita
sea, esa cosa nos mata! ¿Sabes pelear? —le espetó Cornell—.
Las
palabras dejaron atónito al alreu.
—¿Pelear?
¿Por qué? ¿Tengo que hacerlo?
—¡Sí!
Flink
se encogió de hombros, tiró hacia delante la mochila y comenzó a buscar
algo. A Cornell le habría encantado torcerle el cuello del hombrecillo en
ese preciso instante. Por desgracia, otros cuellos, y las cabezas a ellos
adheridas, ocupaban su atención, ya que dos de las tres restantes se
precipitaron sobre él.
El
guerrero se arrojó hacia un lado clavando su acero hacia arriba sin
mirar. No halló resistencia ni rasguño alguno, sino solamente…
—¡Sí,
eso! ¡Mátenme!
—¡Cállate,
Nev, desgraciado cayaboreano cobarde!
—Tú
cállate, Beavral. ¡Aquí estoy, guerrero, asesíname!
Cornell
recobró la estabilidad; tenía la frente bañada en sudor y, todavía,
respiraba sin dificultad. Una de las cabezas avanzó hacia él, mas
Cornell se agachó y la esquivó, dio una estocada a la quijada y un
codazo con el brazo izquierdo contra el cuello. Acto seguido, brincó
hacia el costado; mejor dicho, lo intentó, ya que la segunda cabeza se
estampó contra sus costillas. El guerrero cayaboreano se vio de golpe
volando por los aires, con un dolor que lo apuñalaba el ijar.
Quedó
agazapado por el aterrizaje, después se estiró y arrodilló. Ya tenía
que volver a levantar la espada ante ambas cabezas, que se dirigían
raudas hacia él.
—¿Va
a matarme de una vez? —clamó la izquierda, cuyas quijadas enfilaban céleres
para la pierna de Cornell—.
Cornell
se arrojó hacia atrás de nuevo, en un intento por incorporarse hacia sus
espaldas. El dolor se clavaba de nuevo en su ijar, merced a los colmillos
de la cabeza derecha, que le sacaron la piel, apenas errando la mordedura.
Cornell cayó al suelo y, de inmediato, se alejó a los tumbos de las
cabezas.
En
vez del ataque, sintió un alarido inhumano, seguido de un estampido y una
voz quejosa que gritaba:
—¿Por
qué él? ¡A Beavral le agradaba esto!
¡Máteme a mí, hombrecillo!
—Eso
intento, un minuto —musitó Flink—. ¡Eh, que tengo que recargar!
Tratando
de respirar como podía, Cornell levantó la vista y vio al alreu, que
protegía un raro artilugio con los brazos, esquivando de un salto a la
cabeza restante. Cerca de allí, yacía otra cabeza, ensangrentada en la
parte superior y frita... ¿la habían quemado? El cayaboreano tenía poco
tiempo para plantearse dudas. Flink todavía tenía la segunda cabeza tras
de sí. Milagrosamente, el alreu se apartó de las quijadas, y la cabeza
–¿Nev?– imploraba que lo asesinasen.
—¡Quédate
quieto! —se quejó Flink—.
Cornell
tragó saliva, empuñó con más fuerza su espada, se levantó haciendo
fuerza con los brazos y se tropezó con un objeto redondo. ¡El escudo! No
acostumbrado a discutir con la buena suerte, el guerrero se lo calzó.
Al
ponerse de pie, se sentía casi como nuevo; la adrenalina le había
aliviado el dolor.
—Aquí
estoy, y te mataré —gritó—.
La
cabeza giró, dio un grito de alegría y cargó con sus colmillos contra
el guerrero.
Cornell
se cubrió con el escudo y dio unas estocadas, que se encontraron con
resistencia. La cabeza reculó con gritos de dolor y regocijo. Volvió a
la carga de nuevo, mas esta vez fue de costado. “¡Para
volver a tirarme!” Se decidió por un cambio de táctica, y salió
corriendo hacia la cabeza que se aproximaba, para brincar a último
momento sobre ella. Clavó la espada en dirección vertical, a la vez que
el escudo rebanó el cuerno.
El
cayaboreano giró en el aire, mas, antes de pisar el suelo, la cabeza
emitió un último rugido, para después caer. “¡El
cuerno!” Cornell no alcanzaba a comprender por qué sería tan
importante, pero le pareció bien aprovechar cualquier ventaja.
—Oh,
justo estaba listo para matarlo —murmuró Flink a centímetros detrás
del cayaboreano—.
Cornell
miró a sus espaldas y vio que el alreu apuntaba hacia delante con el
artilugio. Tenía una punta tubular, casi igual que una cerbatana, siendo
el resto completamente extraño a los ojos de Cornell.
—¡Mata
una de las otras! —gritó—.
—¡Claro!
Los
ojos del alreu se encendieron. Levantó el artilugio, apuntó a una de las
cabezas restantes del monstruo, apretó el gatillo y una bola azul salió
despedida del tubo. Cornell la siguió con la vista todo lo que pudo. La
bola se elevó en un arco hacia las cuatro cabezas vivas, ninguna de las
cuales se percató del proyectil hasta que impactó en una y estalló.
Comenzó a brotar un líquido azul, y a salir humo de la piel. La criatura
daba alaridos y corcoveaba frenéticamente.
En
vano.
Cornell
se quedó pasmado al ver caer de repente la cabeza muerta, carcomida por
el ácido, que la quemaba.
Por
suerte, las restantes tres cabezas se hallaban igualmente atónitas. Lo
que le dio tiempo a Cornell para buscar a Gabe. Teniendo en cuenta el número
de las vivas, debe haber matado a la cabeza sobre la que estaba montado.
Quizá… cerca de una de ellas había un cuerpo inmóvil con vestimentas
de piel salpicadas con rojo profundo por la sangre. A Cornell le dio un
tirón en el cuello.
—Flink,
recarga y dispara cuando estés listo —dijo con calma—.
Arrimándose
el escudo, corrió hacia delante y gritó el nombre de la tribu de Gabe:
—¡Ryelneyd!
Así
se lanzó contra la primera cabeza que le salía al cruce, estampó su
escudo en los colmillos, le dio una estocada lateral y se montó de un
salto, al estilo de Gabe. Su montura era mucho más precaria de lo que
esperaba, debido a lo resbaloso y húmedo de la piel de la criatura. No
tenía forma de recuperar la espada, tanto que la necesitaba como punto de
apoyo para el pie. Sólo le quedaba el escudo, que debía estampar de
inmediato en la otra cabeza. Sosteniéndolo inclinado, cortó los
colmillos como si fueran de manteca, haciendo recular sorprendida a la
cabeza.
—¡Detrás
de ti!
La
cabeza que tenía debajo corcoveó hacia arriba, y Cornell se vio volando
una vez más; detrás de él se precipitaba la tercer cabeza. Sabía que
era su mejor alternativa, y tiró un tajo con el escudo en el cuerno al
estirarse para alcanzarlo.
El
filo del broquel le sacó un trozo al asta, y Cornell tomó el resto con
la mano derecha y lo sostuvo firmemente. La cabeza cayó a plomo debajo de
él. Cornell siguió sostenido, y su caída se vio amortiguada por el cráneo.
El
guerrero, a quien la sangre que le corría a toda velocidad por las venas,
miró hacia arriba. Quedaban dos. Una intentaba sacarle la espada a
Cornell; la otra iba por él.
—¡Flink!
—bramó—. ¡Dispara!
No
hubo respuesta.
Ni
tiempo.
El
cayaboreano se aflojó las correas del escudo, las tomó con la mano y lo
lanzó hacia la cabeza. Surcó girando el aire con el destello del bulto
de bronce. La cabeza se detuvo un momento, perpleja ante lo que veía.
Abrió las quijadas como si la criatura se preguntara qué significaba.
Antes de que lo comprendiera, el broquel dio en el blanco, atravesando el
asta como si no hubiera nada.
—¡Eso!
¡Lo haces bien, escudado!
No
era la voz de Flink, percatóse Cornell de repente; era la misma voz –¡de
mujer!– que le había avisado antes sobre la tercer cabeza. Pero eso sólo
dejaba…
La
única cabeza que seguía viva se restregaba contra la pared. El acero
estaba bien clavado, impedido como por arte de magia de quebrarse,
inclusive ante la enorme fuerza de la cabeza, que se meneaba descontenta.
—¡Bah!
¿Para qué? —musitó antes de volverse hacia Cornell—.
El
cayaboreano se hallaba indefenso. No quedaban armas, no había con qué
protegerse; sólo quedaba la agilidad, que escaseaba, al haber exigido el
cuerpo más allá del límite.
—No
te queda mucho tiempo, escudado —le dijo la cabeza, con una voz que, con
certeza, era de mujer, y de un timbre tan humano que lo caló hasta la médula—.
Ya no puedo hacer aguantarse el hambre a este monstruo mucho más. Agarra
el escudo y corta el cuerno.
Continuaba
hablando mientras bajaba hacia el suelo, lo que tornaba fácil llegar al
asta. Cornell cumplió rápidamente los deseos, sin siquiera preguntarse
por lo extraño de la escena. El broquel de madera duéndica había ido a
parar a un pilar, al que atravesó hasta la mitad. Le costó algo de
esfuerzo sacarlo, pero salió.
—Date
prisa, escudado —lo acicateó la voz, y Cornell se fue presuroso hacia
la criatura, cuya cabeza ya se estremecía y mordía el aire,
interrumpiendo a las palabras entrecortadas—. El… monstruo…
Cornell
tiró una estocada al cuerno con el escudo.
La
cabeza emitió un suspiro, para después yacer inmóvil, al igual que el
achaparrado cuerpo que estaba detrás.
La
pelea había terminado.
Cornell
tenía la sensación de que iba a desplomarse en un segundo. Pero no.
Todavía no. No sabía con certeza qué les había ocurrido a sus compañeros.
Tomó aire, dio la vuelta a la cabeza y miró hacia el sitio en donde había
visto caer a Gabe.
Quien
se levantó y le hizo señas sin fuerzas.
Flink
sonreía.
—¡Señor,
eso fue maravilloso! Como le decía a Gabe, bueno, de veras creí que
estaba muerto al verlo, por toda la sangre que había, pero era la del
monstruo, no la de él. Al menos, no mucha, y le vendé la herida porque
eso me dijo mi madre cuando la alguien está… ¿Qué sucede, señor?
—inquirió, mientras el júbilo de la voz del alreu daba paso, de
pronto, a la curiosidad—.
Cornell
se reía con todas las ganas, sin importar lo que le dolían las
costillas. Súbitamente, el mundo había pasado a ser un lugar muy
luminoso al fin de cuentas. Todo estaba en orden.
Al
menos hasta que una voz, con tono más que conocido, dijo:
—¡Sigo
vivo! ¡Por un demonio, quería que me mataran! ¿Acaso este idiota del
guerrero no hace nada bien?
—¡Nev,
pedazo de idiota, cierra el hocico! ¿Quieres seguir matando gente?
Ambas
voces eran familiares, si bien habían perdido la pronunciación cerrada
del monstruo. Cornell, confundido, se preguntaba de dónde provenían.
—¿Por
qué yo? —seguía quejoso Nev—. Tú eres la famosa gran doncella
broquelera Halla Valfrey, por lo que se supone que esto debe agradarte. ¡Mas
no a mí! Apenas soy un humilde contador y...
Entonces
intervino una tercera voz, la que antes había estado gritando por su ojo
—Y
yo era el mercader que te contrató, Nev, antes de que el monstruo nos
engullera a los dos. ¡Por lo tanto, te ordeno
que te agrade!
—Escucha
a Phindar —dijo otra vez la voz de mujer, y ambas palabras hicieron que
Cornell recuperara el sentido de la realidad: “la doncella
broquelera”, había dicho Nev… ¿acaso las voces salían de su
escudo?—. ¡Se acabaron los años de estar dentro del monstruo! ¡Los
cuatro estamos en el escudo, y podemos volver a nuestra vida con la ayuda
de él! A propósito, ¿cómo te llamas, ilustre escudado?
¡Sí!
¡Las voces se hallaban dentro de su escudo! Ahora que le prestaba atención,
hasta sentía una ligera vibración en la madera duéndica cada vez que
pronunciaban una palabra. Y el bulto de bronce… Antes se hallaba
abollado, mas ahora destellaba perfecto, mientras que las runas eran
legibles, como si un herrero las hubiera labrado hace unos minutos.
—¡Escudado!
¡Te estoy hablando! —dijo la mujer a voz en cuello para llamarle la
atención antes de continuar con su tono humilde pero insistente—.
Quisiera saber cómo te llamas. Yo soy Halla Valfrey, doncella broquelera
de Keroull. Te lo suplico, ¿cómo te dicen?
—Eh
—tartamudeó Cornell—.
—¡Se
llama Cornell! —gritó Flink desde unos metros, claramente indiferente
ante el hecho de hablarle a un escudo—. Gabe me dijo que es de Cayaboré,
no sé su apellido, ¿pero cómo fue que se metieron en el escudo? ¿Y qué
hay con el monstruo? ¿Acaso ustedes...?
Era
obvio que, para Cornell, quien acalló al alreu, finalmente se trataba de
un sueño. Y si así era, él tenía que estar dormido. Por un instante,
se detuvo, preguntándose cuánta lógica había en tal idea. Bastante,
concluyó, para caer de bruces, ya inconsciente antes de besar el suelo.
FIN

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