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(1) "El llamado del dragón, Parte I"

(2) "El llamado del dragón, Parte II"

(3) "Doncella broquelera"

(4) "El eterno guerrero"

(5) "Promesa solemne"

"Algien común"

 

por Marc H. Wyman y Chris Bogues

(traductor: Guillermo Luis Pereyra)

Sección 1 / Sección 2 / Sección 3


El posadero se comía con la mirada a Gabe y Flink, lo que hacía pensar sobre la posibilidad de que la próxima vuelta de tragos viniera aderezada con algo de saliva. El alreu, que, desde luego, estaba en absoluto perturbado, ya se había olvidado de los gritos que le habían pegado y buscaba otra fuente de divertimento. Gabe se encogió de hombros, para después arrastrar a Flink a la mesa sin esfuerzo alguno.

—Manténte a la vista —le advirtió—.

—¿Por qué? Gabe, no me voy a perder como la última vez, en serio...

—¡Quédate! —dijo el bárbaro a voz en cuello, lo que atrajo la atención de algunos beduinos del sueño que estaban cerca de la entrada. Los lugareños morenos se reían entre dientes, señalando al curioso conjunto de sureños. Uno en especial se mostraba divertido: un joven ayudante de mercader  de nombre Zhivahad. Él había sido el que halló a Cornell andando a los tumbos en el desierto, al tiempo que le apuntaba al cayaboreano que estaba por morir de inanición con una lanza hecha de cuernos de rayeante. Después escuchó con gran entusiasmo el relato del encuentro de Cornell con el crustaceus, lo que le valió al último un respeto que ahora parecía hecho migajas.

Una lástima, pensó Cornell. Zhivahad prometía por su manera de manejar la lanza: sus lanzamientos de práctica dieron justo en el blanco. El extremo del arma, ligeramente filoso, sería mortal para unos cuantos oponentes, mas tenía esa impronta juvenil, esa actitud avasalladora hacia los mayores, ninguno de los cuales, estaba seguro, jamás lo superarían. Si Zhivahad dejaba de tener esa actitud, quizá conviniera tenerlo del lado propio.

—¿Acaso andas con ganas de medirte con alguien? —musitó Gabe—.

Cornell parpadeó y se dio cuenta de que había estado mirando al beduino de manera notoria.

—No seas tonto, apenas… ¡Espera! ¿Medirme para qué? ¿Acaso tratas de meterme en algún otro lío?

—¡Bueno, no te hice venir hasta aquí por un par de cervezas nada más! —respondió Gabe elevando su porrón y contemplándolo un instante—. Pero, ojo, ¡vaya manera de pasar la noche!

Cornell frunció el entrecejo.

—No esquives el asunto. ¿En qué andas?

—¿Lo puedo decir? —saltó Flink implorándole a Gabe con los ojos, para perder toda esperanza ante la mirada despiadada del enorme bárbaro—. Está bien —balbuceó y volvió a su asiento—, adelante y pásala bien tú solo.

—Eso intento —dijo Gabe asintiendo y, sabiendo que se agotaba la paciencia de Cornell, rápidamente continuó—. Hay una leyenda por estos lares. Quizá un beduino amigo te la haya contado: el Hado de la Doncella Broquelera. Cuenta la leyenda que había una vez dos reinos que se hacían la guerra a lo largo del Desierto Elfadil, ubicados justo al norte y sur de la árida haltera. Ambas tierras se hallaban a punto de derrumbarse, ya agotadas por la guerra, cuando el rey del norte se decidió a proponer la paz. Los sureños se mostraron recelosos, mas él pidió la mano de su hermosa princesa. Un año estuvieron negociando el tratado, hasta que la enviaron al norte para sellar el flamante pacto.

—A ver si adivino —interrumpió Cornell antipático—. Ella nunca llegó a destino. El visir del norte envió una partida de guerreros, o quizá un monstruo, para matar a la princesa. Los del sur creyeron que todo había sido una trama del rey norteño, y recomenzaron la guerra que terminó destruyendo a ambos países. Ni un rastro queda de ellos, excepto la leyenda. ¿No es cierto?

Gabe levantó las cejas ligeramente sorprendido. El alreu sentado en la mesa se mostró menos retraído.

—Increíble, señor, ¿usted lee la mente? ¡Es magnífico, señor, absolutamente maravilloso! ¿Me lo enseña? Debe ser bueno leer los pensamientos de otros; así podré saber de inmediato cómo ayudarlos y...

—¿Nunca se detiene? —murmuró Cornell a Gabe mientras Flink continuó su perorata un rato más—.

—Rara vez —dijo cuando ya Flink se había percatado de que Cornell no le prestaba atención, para después fruncir el ceño y empezar a hacer pucheros; Gabe suspiró, sacó un amuleto roto que llevaba debajo del chaleco y se lo dio al alreu—. ¿Por qué no intentas arreglar esto? Debe haberse dañado por la caída cerca de Obrosvek.

—¡Claro, Gabe! ¡Quedará como nuevo! —dijo radiante de alegría el alreu, que se puso a buscar diminutas herramientas en su mochila. A los veinte segundos se hallaba completamente absorto en su tarea y se había olvidado de la conversación que se llevaba a cabo—.

El amargo semblante de Cornell apenas había desaparecido a lo largo del intercambio de palabras. Y dijo lo que pensaba.

—Esta no es precisamente una leyenda muy original, Gabe. En nuestros viajes nos hemos topado con decenas de relatos similares, y, en general, su único fin es brindar una explicación por la desaparición o muerte de varios grupos de viajeros en un punto determinado. Quizá se debieron a un par de trampas de hierba que había por allí y que no conocían. Quizá, a una grupo de bandoleros. Uf, los lugareños inventan leyendas. Así que —dijo recogiendo las manos—, ¿qué te hace pensar que esto es diferente?

Gabe negó impaciente con la cabeza.

—¡Porque es diferente! Mira, sé cuántas de estas historias resultaron ser pavadas. Aquí está la prueba, en serio. Está bien, escúchame, Cornell. Lo que sí sé es que hay un lugar a aproximadamente dos días de viaje, es una construcción en forma de cúpula, donde criaturas monstruosas han emboscado a cuanto menos dos caravanas. El gobernador de Obrosvek, una de los centros comerciales urbanos del sur de Tonomat, envió una partida para destruir a las criaturas y reclamar los bienes que transportaban las caravanas. Y no pudieron. Flink y yo hallamos un sobreviviente atontado de tanto beber en un bar. Nos contó toda la historia, dentro de lo que sabía. No lo que quedaba mucha inteligencia al pobre infeliz, pero estaba muerto de miedo por ese lugar. Estoy persuadido de que esas emboscadas existieron.

El bárbaro terminó su relato asintiendo convencido y apoyándose en el respaldo de la silla.

Como respuesta, Cornell frunció aún más el ceño. “Criaturas monstruosas” es un término común cuando se recorre regiones poco exploradas. Por su propia naturaleza, al Desierto Elfadil le calza cómodamente tal denominación, por lo que el relato del sobreviviente de la partida parecía bastante verosímil. Lo que planteaba otra pregunta.

—¿Y tú tras qué andas? ¿El honor de vencer a esas criaturas o el tesoro que dejaron las caravanas?

Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro Gabe.

—¿Hay alguna diferencia?

Que el bárbaro resuelva las cuestiones filosóficas con un hacha de guerra. Cornell abrió los brazos.

—Ya comprendo todo. Pero el verdadero interrogante es por qué tendría que ayudarte en este… emprendimiento?

La sonrisa de su amigo se hizo más sinuosa.

—Oh, mi idea era recurrir a tu honor. Limpiar el camino, hacerlo seguro para los futuros viajeros, pero después pensé: ¿por qué molestarse? El asunto es que yo voy a esa cúpula a enfrentar a las criaturas. Al juzgar por los relatos, seguro que habrá unas cuantas para mí, incluso con mi fiel bwyell —dijo, y le dio una palmada a su hacha—. Y tú no vas a dejarme ir una muerte casi segura sin contar con tu espada a mi lado, ¿o sí, Cornell?

—Te odio —gruñó el guerrero cayaboreano—.

Era obvio que ya había pasado mucho tiempo en compañía del enorme bárbaro, y, una vez más, cayó en la cuenta de lo verdaderamente engañoso del término “bárbaro”.

En ese instante, un grito de alegría salió de los labios de Flink; el alreu brincó a la vista de ellos mostrándole un objeto globular a Gabe.

—¡Listo, lo arreglé! ¿Ves que está perfecto? Como si jamás se hubiera roto.

—Claro que sí, gracias —musitó Gabe distraído, para después extender la mano y quedarse duro con los ojos abiertos—.

Flink sostenía lo que antes había sido un disco chato de bronce con inscripciones talladas, doblado y abollado y con un profundo rasguño en un costado, y ahora era platería con apenas una franja de bronce que asomaba en la parte superior cual diadema sobre una esfera esculpida intrincadamente que iba a la perfección, mas seguía pareciendo hecha a partir de objetos varios. Sobresalía una placa debajo del extremo superior de la diadema, cuyos bordes ovalados quedaban conformados por una serpiente retorcida y el relieve de un oso que bramaba delante de una cascada en el medio.

Gabe por fin tomó lo que supo ser su amuleto y se lo mostró a Cornell para que viera la placa. El guerreo tragó saliva sin querer.

—Es una insignia de clan de enanos caballeros. Flink —dijo dirigiéndose al alreu con un tono amistoso a la fuerza—, esto no estaba antes en el amuleto, ¿no es cierto?

El alreu bajó la vista contrito.

—En realidad… no —dijo Flink lentamente—. Pero ahora se ve mucho mejor, ¿o no? Es que lo hallé en el mostrador, y supe de inmediato que pronto se le daría un buen uso.

Había permanecido contrito aproximadamente cinco segundos, para después levantar rápido la vista radiante hacia los humanos, seguro de su visto bueno.

En vez de agradecer como correspondía el ingenio del alreu, ambos se cruzaron la mirada, tras lo cual Cornell dijo:

—Vámonos. Rápido.

A Gabe la sugerencia le pareció de perillas.

 

 

Dos días después Cornell todavía estaba que volaba por el alto precio que tuvo que pagarle a Zhivahad por el nuevo caballo. ¡Cien piezas de oro! ¡Cien! En Cayaboré habría comprado un corcel de guerra por igual valor, e incluso con una buena armadura de malla. ¿Y aquí que consiguió? Una deplorable yegua enjuta que caería muerta de un ataque fulminante si le llegaran a colocar una armadura de verdad.

Mas había que admitir que la yegua levantaba una buena velocidad en el desierto. Sin esfuerzo iba a la par del semental moteado de Gabe, un fino caballo que tenía la apariencia de ser ganado tonomai, y de la cabalgadura de Flink, un caballo enano amarillo, que era el que iba menos cargado, ya que el alreu cabalgaba sin montura o equipaje alguno salvo su mochila. Aunque era obvio que disfrutaba con los saltos constantes, también era claro que no sabía montar del todo. Se sostenía de manera tan precaria que hacía pensar que en cualquier momento se caería del caballo. Hasta ahora, se las había arreglado para mantenerse agarrado, mas esa suerte no duraría mucho más, de eso estaba seguro Cornell.

—Tiene que estar por aquí —dijo Gabe desde su equino, un poco más adelantado del resto—.

Su desaliñada melena flameaba en el viento, que parecía seguirlo desde atrás tan frenéticamente como la crin de su semental.

Le asistía cierta razón. Cada tanto había dunas con liquen, así como montículos de arena con púrpura en la parte superior. Aunque el último también se hallaba en el mismo centro del Elfadil, el primero era prueba que se acercaban al límite del desierto, a las cercanías de las fuentes naturales de agua. Los hongos sombrero se aglomeraban en una franja más prolongada de arena pareja con sus extremos azulados y membranosos de cara al sol.

Incluso Cornell tenía metido en la nariz un lejano aroma al líquido elemento. Un río brotaba de una cordillera menor al sur del Elfadil, cada vez más caudaloso hasta convertirse en el portentoso Cheselain. Tal vez, por el contrario, era sólo un delirio suyo. Las aguas del Cheselain debían hallarse bastante lejos.

De pronto, Gabe refrenó el caballo y levantó la mano.

—¿Qué ocurre? —exclamó Flink ansioso parándose sobre su cabalgadura para ver mejor lo que había adelante—. ¡No veo nada que valga la pena, Gabe! —dijo de inmediato a voz en cuello y con decepción—. ¿No tendría que haber monstruos o algo por el estilo?

Ni el bárbaro ni el guerrero se dignaron a prestarle la más mínima atención a la desilusión del alreu, al tiempo que Cornell se plegaba a su amigo en la delantera. Delante de ellos, las dunas dejaban de aparecer a diestra y siniestra como antes. Cual olas de un mar que baña la orilla, desaparecían chocando suavemente contra lo que una vez fue una construcción de tamaño generoso a la que rodeaba una plaza de mármol, rajado y que había perdido el brillo hacía un largo tiempo ante la erosión de la arena que lo bañaba. El edificio también había padecido los embates del tiempo. Tenía realmente la forma de cúpula, y una base rectangular sólida de piedras del tamaño del hombre, que poco daño había sufrido, excepto por la pintura, que estaba despegada. Sin embargo, había resquicios en la cúpula donde había habido piedras que se cayeron de lugar y ahora dejaban ver el interior de la construcción.

Cornell sintió un escalofrío que ya le era familiar. Sea lo que haya sido, con seguridad a este sitio no lo levantaron para el desierto. Parecía un templo o un palacio, pequeño, dadas sus dimensiones, que encajaría mejor en una ciudad tonomai. Obrosvek, por ejemplo. ¿Acaso aquí hubo alguna vez una ciudad a la que se llevó el desierto hace siglos?

—No hay señales de las caravanas —murmuró Gabe—. Sus restos tendrían que estar desperdigados por todo el lugar.

Cornell asintió con el ceño fruncido.

—Quizá la partida se equivocó, y fueron los bandoleros quienes atacaron las caravanas. Enterraron las carretas y se llevaron el botín junto a sus integrantes.

—Ladrones desgraciados —dijo el bárbaro, y miró con tristeza la cúpula, sin percatarse en absoluto de que él mismo había pensado robar el botín—. Puede que hayan metido los bienes en el edificio, sean monstruos o ladrones —dedujo con fuego en la mirada—. Vamos a ver, ¿te parece?

Cornell se encogió de hombros.

—Si llegamos hasta aquí…

No quería admitirlo, pero parte del fuego del rubio también ardía en su alma. La vida al límite de la pobreza estaba bien para los monjes o los duendes buscadores. El cayaboreano no pertenecía ninguna de esas categorías. Además, después del enflaquecimiento de su bolsillo a manos de Zhivahad, le quedaban unas monedas de oro más.

Lentamente fueron apurando de nuevo la marcha; ambos guerreros escudriñaron con cuidado la plaza y el edificio en busca de señales de enemigos que pudieran aparecer. Flink, desde luego, sólo contemplaba la cúpula, con la curiosidad que le brotaba de sus ojos saltones. Al llegar a la entrada de la sólida base, una cuadrada puerta de metal, volvió a desilusionarse. Ninguna criatura había mostrado el horrible cuero, y el alreu se preguntaba por qué razón había tenido que sufrir el aburrimiento de los últimos dos días. Tal vez, pensó, el interior de la cúpula ofrecería algo interesante; se apeó del caballo enano y salió corriendo hacia la gran puerta para ver si había alguna abertura. Era a todas luces muy pesada para su delgado cuerpo, pero…

—¡Flink! —gritó Cornell exasperado ante la repentina ausencia del alreu a través del diminuto resquicio de los goznes—.

Ni se molestó en mirar a Gabe, se apeó de su corcel y apenas hizo una pausa para atarlo a un poste cercano a la entrada, desenvainar la espada y enfilar hacia las láminas de metal.

Momentos después, Gabe se hallaba a su lado, hecho una sola carne con su hacha bwyell.

—Empuja —balbuceó Cornell, que ya había echado todo el peso del cuerpo contra la puerta, en vano, hasta que Gabe le agregó la fuerza de sus gruesos tendones y lentamente comenzó a abrirse—.

Ambos hombres apretaron con más fuerza la empuñadura de las armas, para después adentrarse en la cúpula, y detenerse.

—¡Viva!

Flink gritaba de felicidad mientras bajaba, cual si estuviera en un tobogán, por el cortinaje de seda apilado contra una columna derrumbada en el interior de lo que era un tazón dado vuelta. Los guerreros miraban incrédulos a su alrededor, en particular al alreu, que daba brincos de alegría entre hileras de cajones medio rotos antes de subirse de nuevo a la parte superior de las cortinas.

Fragmentos del techo se hallaban por todo el piso, que quizá fuera un mosaico, según lo que permitían apreciar las capas de polvo y escombros. Además, había abundancia de otros objetos que nada tenían que ver con el despedazamiento de la cúpula. Eran cajones de madera, algunos abiertos y cuyos contenidos se esparcían sin ton ni son: joyas, oro, otros objetos de valor; armas y armaduras, colocadas meticulosamente sobre los restos de los pilares como si sus dueños los hubieran ubicado allí y estuvieran a la espera de que las volvieran a recoger. Lo que resultaba poco probable, considerando cráneos y otros huesos esparcidos por todo el piso circular. Muchos estaban hechos astillas: eran esquirlas que salpicaban el suelo marrón amarillento.

—Bueno —dijo Gabe suspirando y tratando de parecer desilusionado y contento a la vez—, parece que hallamos el tesoro. Juntemos todo lo que podamos llevar en los caballos. ¡Flink!

El bramido llegó a oídos del alreu justo cuando tocaba el suelo por tercera vez desde la llegada de los dos hombres.

—¿No es maravilloso? —exclamó acariciando una de las cortinas de seda—. ¡Más suave que un beso de mi madre!

—Deja ya eso —balbuceó Gabe irritado—. Junta todo lo que puedas y ponlo en los caballos.

Los ojos del alreu se encendieron.

—¡Claro! —gritó, y comenzó a rastrillar con la mirada los objetos que tuvieran más brillo y fueran más bonitos—.

Gabe musitó algo incomprensible mientras se encaminaba hacia un montículo de joyas.

Mientras los dos comenzaban a reunir el botín, Cornell se contuvo y, como quien no quiere la cosa, se metió en la pequeña bolsa que llevaba en la cintura el puñado de monedas más cercano. Había un olor en el salón, a algo más que polvo de años mezclado con osamentas. “Enmohecido” era el adjetivo que más se ajustaba; y una cúpula medio abierta en el desierto no era sitio para que floreciera el moho.

Desde la entrada no podía descifrar de dónde provenía el olor. De a poco, comenzó a encaminarse sin rumbo fijo a través de uno de los serpenteados senderos que se abrían entre los montículos de tesoros esparcidos desbaratadamente por todos lados. Más hacia el centro se hallaba un pilón que sobresalía por su gran tamaño, al que, en su mayoría, constituían géneros similares a los pilones de seda con los que Flink tanto se había solazado hacía un rato nomás.

Sí, el olor se hacía más fuerte aquí, reflexionó Cornell, y apretó la espada entre las manos. Podría haber usado el escudo, mas… tenía uno delante de él, donde comenzaba el montículo del centro. Era más grande que un broquel y parecía estar hecho de pulida madera duéndica oscura, más fuerte que el acero, el material de mayor resistencia que había en Gushémal. El bulto que tenía en el centro era de metal, bronce, al parecer; un elemento decorativo más que nada, fin que el blando elemento en absoluto cumplía ante tanto vejamos sufrido. Ajado y abollado como estaba, resultaban ilegibles las inscripciones en él talladas. Ello no disminuía el valor del escudo, el que, al fin y al cabo, provenía de la madera duéndica.

Era antiguo. Hacía más de un milenio, según los sabios de Cayaboré, que el bronce había dejado de utilizarse en la fabricación de armas. Y era hermoso. El brillo de la madera lustrosa se reflejaba en los ojos de Cornell, que lo atraía y tentaba para que lo levantase se lo calzara en el brazo.

—¡Eh, señor, son míos! —se oyó—.

El diminuto alreu le pasó por al lado como un rayo hacia el pilón de seda; en su apresuramiento, tumbó el escudo al trepar el montículo para volver a jugar al tobogán.

Cornell parpadeó desconcertado. ¿Acaso no había estado buscando el sitio de donde provenía el olor a moho? Y quizá este pilón era el lugar.

—¡Flink! —bramó—, ¿sientes algún olor?

Obtuvo por respuesta un rollo de seda que se estampó contra el suelo, para después ver brincar al alreu hacia una parte más segura del montículo aferrándose a un asta que se parecía al cuerno retorcido de un greñudo unicornio. Otro trofeo más de las caravanas, reflexionó Cornell, que se aprestaba a dar un nuevo grito cuando justo el asta comenzó a levantarse.

Flink no se percató de ello al principio, tan alegre que estaba de no haber sufrido una caída bastante poco agradable. Colgado del asta, se dio vuelta para mirar a Cornell y sonrió al ver al cayaboreano asaltar el montículo de seda con la espada desenvainada.

—¡Yo primero, señor! —ordenó con un grito, disfrutando ya su próximo lanzamiento—.

Entonces sintió un aire cálido y mohoso en la espalda. Se volvió para ver a casi medio metro de su cara el brillo de colmillos lobunos que encerraban fauces de pura oscuridad.

—¡Puf, qué aliento! —quejóse para ubicarse al bies y ver mejor los colmillos, sin darse por enterado del peligro que corría—.

—¡Flink! —rugió Gabe desde casi veinte metros al ver desarmarse de repente al montículo del medio, lo que hizo estallar a seda, joyas y monedas en una lluvia de colores y volar cual mosca a Cornell, y en su lugar se levantó una criatura gigante, cuyo torso, achaparrado y similar al de un perro, descansaba en seis anchas y largas patas—.

Tenía el cuerpo cubierto de un pelaje amarillento, que dejaba paso a piel desnuda a la altura del cuello. Mejor dicho, los cuellos.

Siete cabezas de lobo del tamaño de un caballo enano le salían de su achaparrado cuerpo, al que lo unían cuellos prolongados y sinuosos. En cada frente tenía un largo cuerno con una ligera curvatura, ubicado entre un par de malignos ojos rasgados y encima de una amplia boca con dentadura abundante.

Gabe permaneció medio segundo pasmado y boquiabierto ante lo que había aparecido; acto seguido, su hacha de combate surcó el aire hacia la cabeza de la que pendía Flink. Bwyell giró una, dos veces, tras lo cual su hoja en forma de media luna se clavó en esa cabeza, a veinticinco centímetros del ojo derecho. De las fauces lobunas salió despedido un alarido, la cabeza comenzó a menearse de dolor y Flink se soltó y cayó gritando enloquecido.

En el suelo, Cornell se hallaba medio sepultado debajo de la seda. No bien terminó de salir de su prisión, el alreu le aterrizó en la espalda, dejándolo sin aire.

—¡Es grandioso, señor! ¡Eso sí es un verdadero monstruo!

 

SECCIÓN 3