
por Marc H. Wyman y Chris Bogues
(traductor:
Guillermo Luis Pereyra)
La
muerte era un tema en el que rara vez pensaba Cornell. Para él no era más
que otra batalla que librar, otro monstruo al que combatir dentro de mucho
tiempo. En sus viajes conoció a muchos a los que aterrorizaba la idea de
la muerte, y que tomaban las precauciones más curiosas: se escondían en
laberintos para que los mensajeros de la Muerte no los hallaran. Un señor
de poca monta de la provincia de Kraznyczar había contratado a un duende
para que resucitara al mercader en caso de muerte.
Cornell
había intentado explicarle lo ridículo de tal perspectiva. Los duendes sí
resucitaban (razón por la cual eran guerreros tan temibles), mas a los
humanos jamás les harían efecto estos hechizos. Ni siquiera al señor,
que contaba con uno o dos duendes entre sus ancestros, al juzgar por el
tono azulado de las yemas de los dedos. (Que, quizá, fuera sólo tinta.)
Un
día de estos, Cornell iba a regresar a Kraznyczar a ver si el dichoso señor
se había dado cuenta del absurdo.
Siempre
y cuando, desde luego, primero no tuviera que comenzar a preocuparse de su
propia muerte hoy.
El
cadáver de su corcel se hallaba tendido a unos cuatro metros de él, y
sus pertenencias estaban esparcidas en la arena del desierto casi en la
misma dirección en la que habían arrojado a Cornell. La ballesta estaba
enterrada por la mitad, y la alforja, totalmente descosida, se hallaba un
poco más cerca. Su vuelo se había visto interrumpido por una pequeña caída
en una duna, y apenas sí pudo hacerse del estuche de cuero con las dagas.
Que
de poco le servirían contra la inmensa sombra que se cernía sobre el cadáver:
una amplia masa con cierta semejanza lejana a una rana, si es que tal rana
tenía casi la misma altura de un ser humano con espaldas bastante más
anchas que el hombre común, cubiertas con una costra amarillenta de arena
y saliva que ya no disimulaba por completo el cuero de la criatura, que
con sus poderosas patas se acercaba al cadáver y con sus diminutos brazos
intentaba compensar sus tremendas mandíbulas, que hurgaban en la carroña.
La sangre, que brotaba con todas las ganas, limpiaba el revoltijo de baba
y arena, empapando el amarillo suelo.
Ahora
mismo el crustaceus se hallaba ocupado con el corcel de Cornell, del que
arrancaba trozos enteros, a los que devoraba al instante. La cabeza ya había
desaparecido, al igual que dos piernas; el resto, seguramente, no le
llevaría mucho tiempo más a la criatura.
Tras
lo cual Cornell pasaría a ser un buen segundo plato, justo para completar
el banquete.
Comenzó
a revisar el suelo con más detenimiento, siguiendo con la búsqueda de su
espada. La llevaba en la vaina en el viaje, mas, cuando el crustaceus se
arrojó sobre ellos, se cayó. ¿Dónde había ido a parar?
Allí
estaba su diario, cuyas valiosas páginas se agitaban en el viento del
desierto. Medio enterrado se hallaba el bastón de dragón de Modayre,
poseedor de un valor inconmensurable, que había quedado inutilizado. Ah,
sí, claro, si todavía funcionara, el crustaceus estaría frito en un
instante y quemándose… “Sigue
mirando”, se advirtió a sí mismo. Allí estaba su bolsa de agua,
sin el corcho y con el líquido que se derramaba en la oscura arena. Y la
ballesta parecía hacerle burla: sobresalía del suelo y tenía dos saetas
al lado, cual si las hubieran dispuesto para cargar el arma.
—¿Dónde
está? —exclamó tosiendo Cornell, para quedarse frío de súbito—.
El
crustaceus se detuvo a mitad de bocado, levantó la ensangrentada cabeza,
y los oscuros círculos de sus ojos se clavaron en el guerrero cayaboreano
que estaba en la duna. Otro sabroso manjar, pasó por el cerebrito de la
criatura. En un momento, los músculos de sus patas se tensaron como para
saltar encima de Cornell, a quien se le aflojó el cuerpo, a la vez que se
preguntaba cuánto tiempo evitaría que esas mandíbulas lo engulleran.
Entonces
el crustaceus bajó la cabeza y continuó masticando los huesos del actual
banquete.
En
ese instante, Cornell notó que algo sobre ellos. Justo a una baja altura
que lo hacía sobresalir en el azul diáfano se divisaba un punto marrón
claro que volaba en círculo. De inmediato se dio cuenta de que se trataba
de algo más que un punto, ya que era un cuerpo de reptil alargado y
alado. ¡El dragón del desierto!
Precisamente
surcaba el aire del desierto a la búsqueda de la presa del día. Cornell
coligió que si seguía en la dirección que llevaba, pasaría a casi 300
metros de él y el crustaceus. Demasiado lejos… si es que no se lo atraía…
Con
cuidado estiró los brazos y comenzó a gatear, o, mejor dicho, a hundirse
en la duna, poco a poco. El crustaceus seguía comiendo, y el dragón
lentamente seguía acercándose, pareciéndose cada vez más a un raro
murciélago con alas de cuero. Cornell tenía poco tiempo para contemplar
la belleza del dragón, mientras seguía sus movimientos e intentaba
adivinar el momento en que debería apurarse.
Faltaba
un poco más, un poco nomás.
Ya
había llegado al pie de la duna, más allá de donde estaba la alforja.
Merced a una rápida mirada hacia arriba, se dio cuenta de que el
crustaceus casi había terminado con el corcel. Faltaba un par de
mordiscos de las tremendas mandíbulas, y ya Cornell veía que los ojos
oscuros se dirigían con mayor frecuencia en su dirección. Mas la
criatura se tomó su tiempo, por suerte lo suficiente para que el guerrero
pusiera en marcha su plan.
Respiró
hondo, hizo caso omiso del hedor que le penetraba la nariz y se estiró
para alcanzar la ballesta y una de las saetas. Nada de movimientos rápidos
—se dijo—, nada que le haga solar pronto la presa al crustaceus. Calzó
la saeta en la ranura y, con suma precisión, ajustó la cuerda hacia atrás
hasta hacerla calzar en la rueda lateral. La saeta retrocedía y la cuerda
se tensaba cada vez más, lo necesario para lanzar el proyectil a una
larga distancia.
Un
poco nomás.
Se
hallaba tan cerca que oía crujir el estómago del crustaceus, incluso al
momento en que los últimos restos del corcel recorrían el camino hacia
la insaciable barriga. Los huesos seguían crujiendo; sólo sobresalía un
casco de entre los dientes.
Seguir
esperando.
Cornell
dio un giro, divisó al dragón del desierto y levantó la ballesta al
mismo tiempo. Apenas hubo apuntado jaló el gatillo, soltando la saeta, al
tiempo que se lanzó sobre la duna, para después arrojar el arma.
Desesperado se sumergió en la arenosa ladera cual nadador.
Al
crustaceus ya lo habían importunado bastante a lo largo del banquete, y
se preparaba para dar un brinco sobre el postre. Mas la arena que había
levantado el manjar resultó ser otro inconveniente más, y la criatura no
tenía ninguna gana de tragar sólo eso si erraba en el salto. Al menos
algo de carne tenía que haber. Igualmente, por experiencia sabía que hacía
poca falta apresurarse. Estos manjares bípedos no sabían esperar. No
como el crustaceus, que, por el contrario, podía permanecer oculto días
enteros sin mover un músculo.
La
criatura recorría pesadamente los pocos metros que la separaban de su
presa.
A
esta altura Cornell había conseguido introducir al cabeza y el torso en
al duna, y lo asaltaron las dudas sobre la sensatez de su decisión al
tiempo que el rostro le quedó cubierto de arena, lo que le quitaba toda
esperanza de volver a respirar. Todavía tenía aire en los pulmones para
unos segundos más. Cornell se aferró a ellos, con la ferviente esperanza
de que …
De
pronto, la duna se desplomó a su alrededor y quedó sepultado en la
arena; la conmoción y el aumento de la presión le sacaron el
aire de los pulmones. Era un ataúd de granos de arena.
El
miedo le hizo mover los brazos, que lo empujaron hacia el costado; daba
zarpazos a través de la arena, cavaba que cavaba esperanzado. El
crustaceus había quedado en el olvido; lo único que importaba era la
oscura y tórrida tumba, el sepulcro del que había que escapar. Sofocado,
ansiaba una gota de aire. Siempre le quedaría la duda de cómo fue que
pudo seguir, cómo fue que las piernas los siguieron impulsando, cómo fue
que las manos siguieron haciendo a un lado la arena; pero, por fin, llegó
al aire, tórrido, almizclero y con el hedor a dragón corcel muerto, pero
aire al fin, que chupó con todas sus fuerzas creyendo que el dolor lo iba
a hacer reventar.
No
había pasado más de medio minuto desde que se había introducido en la
duna, pero el lapso había alcanzado para cambiar drásticamente la escena
que lo rodeaba: de repente, Cornell estaba agradecido que no hubiera nada
a la vista más que su cabeza.
A
casi veinte metros de él se hallaba tendido sobre la cabeza el
crustaceus, hasta cuyos ijares llegaban sinuosos rastros de sangre. Las
quijadas todavía se movían en un débil intento de volver a incorporarse
por parte de la criatura. Era inútil, concluyó el cayaboreano al ver al
punto revestido en cuero revolotear en silencio cada vez más cerca. A los
dragones del desierto no les preocupaba la capa de arena y saliva que los
crustaceus se colocaban encima. En vez de ignorar a esta sabrosa presa, la
levantaban y arrojaban desde el aire, con lo que conseguían remover tal
costra, para después…
Las
garras del dragón se posaron en las quijadas del crustaceus para
desgarrarlo nuevamente; la criatura yacente ya no podía defenderse con
sus extremidades, apenas movía las mandíbulas. Para Cornell se había
roto la espalda al caer, ¿o habrá sido que primero el dragón levantó a
la criatura y la llevó por la duna, sepultando de paso al guerrero?
Concluyó
que el tema no tenía mayor importancia, mientras el dragón procedía a
alimentarse. Por lo menos no hacía tanto ruido como el crustaceus.

A
la semana, Cornell se hallaba en la mesa de una posada lindante con el
desierto Elfadil con su caro porrón de cerveza albinaviana delante de él.
El lugar no era muy grande, ni se parecía demasiado a las posadas del sur
a las que estaba acostumbrado. En vez de vigas de madera había postes
embutidos en el suelo que sostenían la carpa, y telas color castaño
claro separaban la frescura interior de las áridas corrientes de aire de
afuera. Habían dispuesto tres grandes mesas sobre el piso de madera, que
hacían las veces de protección contra los rayeantes que decidieran salir
a la superficie; también había un mostrador y una barra en el extremo más
cercano de la carpa, que guardaban una notable similitud con el mobiliario
común y corriente de las posadas. Al igual que el posadero, un fornido
enano caballero que limpiaba copas sentado tranquilamente en el mostrador
que había importado de las regiones más civilizadas de Gushémal.
Opinión
que seguramente sólo compartían los parroquianos de las mesas, no los
que solían utilizar la parte desocupada del suelo de madera. Los beduinos
del sueño habían tendido las mantas sobre las que recostaban mientras
platicaban en su monótono lenguaje y bebían las incoloras e insípidas
bebidas espirituosas que tanto preferían.
“Una
cerveza antes que una rareza”,
pensó agradecido Cornell, y tomó otro trago.
—Continúa
—gruñó el enorme sujeto que tenía enfrente a la vez que posaba la
mano en su gigantesca hacha—. El dragón se manducó un crustaceus, pero
no tenías corcel.
—Ni
agua —intervino un hilo de voz desde debajo de la mesa—. ¡Te olvidas
de lo mejor, Gabe! ¡Nada de agua!
Cornell
frunció el ceño y miró perplejo al enorme bárbaro, que se encogió de
hombros e inclinó para sacar al humanoide que estaba debajo de ellos. En
total, medía casi 90 centímetros, y estaba ataviado en una camisa
amarilla ceñida al cuerpo y calzones marrón claro. A comparación, sus
miembros eran más largos y delgados que los de un humano, y casi parecían
de alambre. La diminuta mochila, que le calzaba justo en la parte pequeña
de la espalda, se asemejaba mucho a una suerte de prolongación del flaco
cuerpo. Para completar la extraña apariencia, tenía una gran cabeza a la
que cubría un cabello rojo ensortijado, un rostro inquisitivo con unos
grandes ojos azules que miraban con una alegría inocente a Cornell.
—¡Hola,
señor! Me llamo Flink; ¡encantado de conocerlo! ¿Cómo es que usted…
—¿Un
alreu? —exclamó Cornell mirando a su viejo amigo ignorando por completo
a la criatura—. ¿Justo tú andas con un alreu?
—Bueno,
me conviene bastante —respondió en el momento en que Flink se disponía
a decir algo, mas Gabe en silencio le tapó la boca con su enorme mano
derecha—. Después —dijo el bárbaro, dándole a entender su intención
a la pequeña criatura con la mirada—. ¿Está claro?
Poco
se veía de la cabeza de Flink. Por suerte, alcanzaba para ver que asintió.
—Ahora
bien —dijo Gabe volviendo a Cornell y dejando de lado al alreu—, ¿cómo
hiciste para sobrevivir?
A
su lado, Flink se restregaba la boca con ganas mirando con asco las manos
del bárbaro, como si ellas tuvieran la culpa en vez de él mismo, para
después olvidar por completo el hecho y sentarse en la mesa cruzado de
piernas, ansioso de que Cornell terminara su relato.
El
guerrero dio un suspiro.
—No
hay mucho que contar. El dragón se comió al crustaceus, después levantó
vuelo y regresó a su oasis. Los dragones del desierto no permanecen jamás
lejos de uno. Es seguro que vuelven directo al hogar después de matar,
por lo que me fijé en la dirección que tomó y aguardé hasta que se
hiciera de noche. El dragón estaba dormido, y llené mi bolsa de agua con
la del oasis. Me fui de inmediato, me alejé todo lo que pude del animal
y...
Cornell
volvió a fruncir el ceño al ver con sorpresa que el alreu lo más fresco
se estiraba para alcanzar su porrón y beber un trago.
—Muy
bien, señor —comentó Flink al volver a poner el vaso en la mesa—. ¡Gracias
por invitarme! ¡Y que bueno de su parte haber esperado a que yo bebiera
antes de continuar con su historia!
—Sí…
—musitó Cornell, ganándose una sonrisa radiante y suspicaz de Gabe
ante su incomodidad—. Bueno —dijo
negando con la cabeza—, viajé de noche. De día, terminé de hacerme
una pantalla con la montura de mi corcel. De comida había unos hongos
sombrero… —comentó, e interrumpió el relato al notar las miradas de
perplejidad, para después suspirar y pasar a explicarse—. Bueno, los
hongos sombrero son plantas. Tienen un gran receptáculo con una especie
membrana que lo cubre y atrapa el agua, que contiene montones de animales
pequeños; es como si fuera un caldo frío, por así decir. El sabor es
horrible, pero alimenta. A los cuatro días, me crucé con la caravana que
me trajo hacia aquí. Como ven, no hay gran cosa que contar.
Gabe
asintió lentamente, contento con las explicaciones. Por el contrario,
Flink meneaba la cabeza de un lado al otro.
—Eh,
señor, por una de esas casualidades, ¿no le quedaron algunos de esos
hongos? Me encantaría probarlos. “Caldo frío”; bueno, seguro que
alguien con mi facilidad de palabra lo describiría mejor, sin ofender, mi
estimado señor, pero...
—Flink
—dijo Gabe en un tono amable que en absoluto se correspondía con su
mirada—, ¿por qué no le preguntas al posadero acerca de estos hongos
sombrero? Él vive aquí, en cambio Cornell es de afuera, como nosotros.
—¡Claro!
¡Oh, Gabe, siempre con estas grandes ideas!
Al
instante, el alreu había desaparecido de la mesa y se había atravesado a
toda prisa la carpa para jorobar al posadero. Entretanto, Cornell se
inclinó hacia delante y levantó una ceja.
—Yo
conté lo mío, Gabe —dijo con una amplia sonrisa—. Basta de vueltas.
¿Qué haces con un alreu?
Gabe
suspiró. Se había dejado crecer una delgada barba desde la última vez
que Cornell lo había visto el año anterior. La clara capa rubia que crecía
en su prominente mentón no quedaba muy bien en el curtido rostro del bárbaro;
el cabello también estaba un poco desaliñado. Al inclinarse Gabe para
agarrar algo de su bolsa, Cornell notó que tenía una cicatriz en la
sien. No era obra de espadas o hachas, parecía más bien resultado de un
latigazo. Por qué —se preguntaba Cornell— Gabe trataba de ocultarla?
Justo el grandote que casi siempre se ufanaba de sus cicatrices.
Un
nuevo misterio se develaba ante sus ojos cuando el bárbaro arrojó un
grillete en la mesa. Estaba rota, y, según Cornell, habían arrancado con
un hacha la juntura, la que habían forjado junto a una pieza ovalada en
la que había inscripciones rúnicas rojas.
—¿La
cría de Saltek? —exclamó Cornell—. ¿Te atraparon los tratantes de
esclavos?
Gabe
se encogió de hombros.
—Fue
en una taberna. Había tomado demasiada cerveza, me metí una pelea con un
enano molesto, ahí nomás otros parroquianos también quisieron una
tunda. Lo único que recuerdo es que todo se quedó a oscuras, y al día
siguiente tenía puesto el grillete y Saltek me transportaba a Zona
Franca. ¿Conoces Zona Franca?
—La
oí nombrar. Es una ciudad portuaria en Península Arrufat, no alineada
con ninguna nación, ¿no es verdad?
—Yo
diría un nido de contrabandistas y piratas. Una desvergüenza. Por
suerte, la vi poco, pues Saltek jamas me llevó allí.
En
ese momento se le dibujó una amplia sonrisa, y, sin darse cuenta, tomó
el mango de su hacha. Cornell no necesitaba mayores explicaciones. La cría
era bien conocida en Gushémal: una banda de siniestros elementos de todas
las razas que recorría el continente, la que, mayormente, se dedicaba al
tráfico de esclavos, y, en ocasiones, también se abrían al robo, el
saqueo y el pillaje. Los pobladores se ocultaban cada vez que oían que se
acercaba la cría de Saltek, y siempre había futuros héroes que querían
dejar su huella deteniéndola. Hasta ahora, ninguno había tenido éxito.
Mas
Gabe jamás se consideraría un héroe. Un buen bárbaro guerrero y
honorable, seguro; jamás un héroe. Tenía una veta de pragmatismo fruto
de los crudos inviernos de su hogar en el sur. Le encantaba el combate,
era de salir a buscar cuando no había quien lo tuviera marcado para darle
con su acero, ¿pero meterse en una pelea inútil sin motivo alguno? No,
eso no es de esperar de Gabe.
Pero
Cornell tranquilamente se imaginaba a Gabe defendiendo el solo un pueblo
del ataque de la cría, combatiendo hasta el último suspiro o lo caída
del último enemigo.
—Así
que te las arreglaste para huir —afirmó Cornell—. Y el alreu también
era esclavo, ¿no?
—No,
no exactamente —dijo Gabe negando con la cabeza—.
Colocó
de nuevo el grillete en su bolsa y recorrió la posada con la vista hasta
clavarla en el mostrador donde Flink saltaba a lo loco en el piso,
haciendo gala de una impresionante agilidad. El enano caballero había
dejado de sacarle brillo a los vasos y observaba al alreu con el ceño
bien fruncido.
—Era
una mascota —dijo Gabe en voz baja, para asegurarse de que el alreu no
lo oyese—. Flink cree que a él lo querían de compañero, y también
que querían ayudarlo. Una noche oí de casualidad lo que Saltek realmente
tenía en mente para él. Mejor dicho, uno de los roedoreantes de su cría.
—Ah
—murmuró Cornell al caer en la cuenta—. La olla.
El
bárbaro asintió con gesto adusto. Juntos miraron hacia el mostrador. El
alreu ya había dejado sus payasadas, se había subido al mostrador y se
sentó enfrente del posadero, escuchando con atención cómo el enano
caballero de metro y medio de estatura le decía a los gritos que soltara
los vasos con los que jugaba. De inmediato Flink hizo lo que le dijeron. Y
los vasos cayeron sobre el mostrador haciéndose millones de brillantes
trizas.
—Aunque
a veces dudo … —gruñó Gabe al tiempo que se levantaba para buscar a
Flink y pagar los daños—.


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