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Cornell de Cayaboré, el Corazón de Dragón

Lean la historia personal del personaje…


Raza:

humana

Fecha de nacimiento:

21 de quorun de 3144 d. D.

Lugar de nacimiento:

Hallowton, Cayaboré

Señas personales:

Altura: 1,77 metros

Cabello: marrón oscuro

Ojos: gris intenso

Vestimenta u otro objeto de identificación: -

Familiares:

Víctor de Cayaboré, padre; Lara de Cayaboré, madre (†); Gayo Dolph, medio hermano; Taileen, hermana

Compañeros de andanzas:

Barandas “el Magnífico”; Gabe, hijo de Karungal y Toriel; Flink de Tieferbau

Frases típicas:

·         “Tengamos cuidado aquí, ¿está bien? Flink, ¡regresa al instante!

·         “Me duele la cabeza…”

·         “¿Dioses? ¿Quién los necesita?”


Vida y obra:

Su juventud… y familia

Cornell nació en la nobleza, algo que no puede decirse de su padre. Víctor —que en ese entonces llevaba el apellido Deveyn— era un plebeyo que ingresó al ejército cayaboreano, y distinguióse de tal forma en la guerra contra Rek’atrednu (en 3143 d. D.) que el Rey Armyron le confirió título nobiliario, hecho que le permitió contraer matrimonio con Lara, dama de la nobleza de quien estaba enamorado. Ella era mujer de alta alcurnia, familiar de Hendrostezhan —por aquélla época, Regente del Reino—, por lo que la flamante casa de Víctor pasó a gozar de cierto renombre entre los Cien (el conjunto de las familias nobles de Cayaboré).

Al convertirse en noble, Víctor tuvo que dejar de utilizar su apellido y, al igual que los aristócratas del reino, a partir de ese momento recibió el título “de Cayaboré”, título que también recibirían sus descendientes.

Lara no era la primera esposa de Víctor. Ya había estado casado con una plebeya llamada antes que ella, con quien había tenido un hijo, Gayo Dolph. (El nombre se debe a la ascendencia de Víctor, cuyos padres llegaron de la Tierra Azul, el Novum Imperium Romanum; por lo que tuvo que padecer cada tanto el insulto de “romanius”, igual que sus hijos.) Jadara falleció al dar a luz a su único hijo.

Gayo Dolph tenía apenas dos años cuando su padre convirtióse en noble y contrajo segundas nupcias. Creció en la vida acomodada del aristócrata y se deleita con la idea de ser superior. Los recuerdos de su cuna plebeya se han borrado de un plumazo; Gayo es la imagen viva de la nobleza, en al peor de sus formas. En la actualidad, prueba suerte en la política —terreno en el que su padre fracasó estrepitosamente—.

El Víctor de hoy se ha recluido en su mansión, y lleva una vida amarga por la pérdida de Lara (que falleció a raíz de una enfermedad). En ocasiones, el monarca lo convoca para escuchar su consejo, y, a veces, dialoga con Hendrostezhan, quien aún se desempeña como consejero del Rey Armyron. Por lo demás, Víctor intenta convencer a su hijo mayor de que sea un buen político —mas lo único que se parece a la vida proviene de las historias que se tejen alrededor del menor, Cornell, quien parece ser más digno heredero de su padre—.

El joven Cornell jamás tuvo motivo para dudar de su prosapia aristocrática. Nacido en el seno de una familia noble, y criado en la hacienda que ella poseía en Knightswood, podría haber llegado a ser tan lúcido como su medio hermano. En cambio, cuando niño prefirió jugar a ser soldado, practicando con espadas y sin mostrar en absoluto inclinación hacia los intereses más refinados de aquél. Más de un ayo intentó impartirle algún conocimiento, pero al menos que éste versara sobre cuestiones que tuvieran aplicación práctica, el muchacho hacía oídos sordos.

“Ese hijo suyo, lord Victor”, llegó a comentar uno de ellos mientras se retiraba, “¡es pésimo! ¡Es más tonto que un campesino!” Cabe agregar que, tras este último comentario, el ayo vio acelerada su partida merced a un puntapié en el trasero.

Sin perjuicio de ello, Víctor de Cayaboré comenzó a preocuparse por su hijo, y mantuvo una profunda conversación con Cornell. “¡Hijo, tienes que aprender! Eres noble, eres de la aristocracia, y tendrás que convivir con los de tu clase. ¡Así que mete esa cabezota que tienes entre los libros!” dijo, tras lo cual procedió a facilitar la introducción de tal parte del cuerpo en el mundo de las letras mediante un manotazo en el cuello de Cornell.

Sea que el manotazo corrigió la predisposición de Cornell, o bien que éste fue dándose cuenta de qué se trataba su vida, la cuestión es que comenzó a escuchar a los nuevos instructores. A ellos les seguía pareciendo muy lento en el aprendizaje, pero al menos prestaba atención. A veces.

 

Tempestad… y amistad

Al cumplir doce años, Cornell recibió un regalo muy especial de parte de su padre: un dragón corcel potrillo. “Esta es Tempestad,” le dijo Víctor, al tiempo que colocaba al joven reptil en el suelo, agarrándolo con firmeza por el cuello para que no se escabullera por cualquier recoveco que viera. “Es cría de mi propio dragón, por lo que dará trabajo dominarla. ¿Crees que podrás, muchacho?”

El muchacho abrió los ojos bien grande, mirando el alargado cuerpo, todavía con aspecto de reptil, del animal, su grueso hocico y ojos redondos y oscuros como la hematites. “¡Lo intentaré, padre!”

“No lo intentes, joven,” le contestó Víctor en tono de reprimenda, “hazlo.” Diciendo esto, soltó al dragón. Tempestad bajó la cabeza de inmediato, clavó las garras en la alfombra gruesa y salió disparada hacia el sofá más cercano.

Era rápida, pero, como un rayo, Cornell se arrojó sobre ella, la envolvió con sus delgados brazos y la levantó del piso con gran esfuerzo. Tempestad arañaba el aire al tiempo que dio un relincho de furia mientras intentaba zafarse de los brazos del muchacho. En un momento le pegó un coletazo a los pies de Cornell, lo que hizo que perdiera el equilibrio y se le escapara el animal, permitiéndole alcanzar el tan ansiado rincón.

En ese instante, a Víctor se le frunció el ceño —expresión que abandonó al ver a su hijo zambullirse y sacar por la fuerza al dragón de su escondite—. Tempestad le mostró los dientes y con ellos se aferró a los brazos de Cornell, quien ignoró el dolor y se concentró en dominar al dragón. (Claro que si el animal hubiera tenido más años, habría tenido dientes filosos, pero Víctor jamás habría expuesto a su hijo a semejante peligro.)

Ambos lucharon más de media hora, hasta que terminaron exhaustos y jadeando, sentados en el piso. Cornell apoyado contra el sofá, con la cabeza de Tempestad sobre su regazo y una de sus garras apoyada sobre la pierna del muchacho.

Desde aquél día, siempre serían amigos. Si bien sus juegos a menudo terminaban con lastimaduras, Tempestad aprendió con rapidez a no provocarle graves heridas a su amo, y, con el paso de los años, los demás comentaban acerca de lo extraño que resultaba ver dormir a Cornell, quien roncaba tranquilamente apoyado en el voluminoso ijar de la ya adulta Tempestad, quien a su vez yacía con la cabeza acurrucada en el regazo del hombre.

 

Cuerpo de pilotos dragontinos

Al haber integrado él mismo el cuerpo, Víctor sabía que su hijo seguiría sus pasos. Cuando Gayo rechazó la oferta —mediante expresiones no demasiado inciertas acerca de la utilidad de la milicia—, el candidato natural que seguía para ocupar esa plaza era Cornell. Y el hijo menor mostró su entusiasmo por enrolarse en el cuerpo y descollar en algo que Gayo consideraba que se hallaba por debajo de su nivel.

Su ingreso fue rápido, y se le asignó a Tempestad como corcel personal (algo para nada fuera de lo común entre la nobleza). Por desgracia para Cornell, también se esperaba que estudiara, no sólo que se dedicara a ejercicios físicos y entrenar. “El buen piloto dragontino”, decía uno de sus profesores, “sabe todo sobre la tierra. Sabe de dioses, de magia, y lo que es más importante, sabe sobre nuestros enemigos.”

Víctor le replicó con un irónico “Te dije que aprender cosas te iba a servir.”

Su propio deseo de sobresalir llevó a Cornell dedicarse al estudio con libros con el mismo ahínco que lo hacía al practicar el arte de montar dragones, la esgrima, o la lucha cuerpo a cuerpo. Nunca fue rápido para el aprendizaje, pero una vez que algo le entraba en la cabeza, no se le iba a olvidar jamás.

A la edad de diecinueve obtuvo el grado de teniente del Cuerpo de Pilotos Dragontinos. Con orgullo colocó la insignia al arnés de Tempestad, riéndose ante intento de su dragón corcel de girar la cabeza para observar qué era eso nuevo —para después arrancarlo—.

A lo largo del siguiente año integró patrullas regulares que recorrían la frontera este con la Confederación de Topay. Se trataba de una tarea liviana: la Confederación no estaba para realizar incursiones dentro del territorio cayaboreano, por lo que el joven teniente tenía como misión sólo perseguir algún bandido cada tanto, brindar ayuda a los mercaderes cuyos transportes sufrieran alguna avería, etc. Tareas realmente livianas. Y aburridas.

Ello cambió cuando un hombre asesinó a la esposa de un comerciante en Kerrigan. El hombre en cuestión era un ladrón que ingresó de manera ilegal a la residencia del comerciante. Al verse sorprendido por la esposa,  la mató de forma horrenda —para luego escapar—. Las fuerzas policiales locales no contaban con pistas, por lo que decidieron llamar a los pilotos dragontinos. Cornell, quien se hallaba de servicio en ese momento, investigó la escena del crimen, tras lo cual se elevó por los aires junto a Tempestad para buscar rastros.

La búsqueda del rastro fue intensa, pero Cornell no se dio por vencido. Hay un dicho en Cayaboré según el cual el piloto dragontino siempre atrapa a su presa, y Cornell de Cayaboré tenía la intención de confirmarlo. Persiguió al asesino dos semanas, y casi lo atrapa en un pueblo fronterizo —pero se desvaneció, y todo indicaba que se había escapado hacia la Confederación de Topay—.

El problema era que no se permitía a los dragontinos ingresar a territorio de la Confederación. Era posible que se desataran una serie de inconvenientes internacionales; esa era una cuestión que bien sabía Cornell gracias a sus estudios. Así las cosas, decidió bajar con Tempestad a la cuadra más cercana, le indicó al cuidador que se encargara del corcel (resaltando cada orden mediante varios ducados), y, acto seguido, pasó a actuar cual viajero común y corriente, cruzando la frontera a caballo.

A las cuatro semanas regresó, todavía disfrazado, pero con el delincuente —atado y amordazado— montado en un segundo caballo.

 

Noble, piloto dragontino… y espía

El haber realizado una acción tan sobresaliente hizo que se posara sobre él la atención de los integrantes de los grados superiores del cuerpo de pilotos dragontinos. Más allá de recibir una medalla por cumplir tareas que excedían sus obligaciones, también lo ascendieron a capitán —ascenso fuera de lo común por lo rápido, pero que trajo consigo la asignación de una nueva misión—.

Desde aquel momento, Cornell rara vez utilizaría su uniforme y casi nunca llegaría a montar nuevamente a Tempestad. Por el contrario, el cuerpo lo enviaría en misiones secretas hacia territorios fuera de Cayaboré, cumpliendo las tareas más variadas, todas ellas con el objeto de mantener la seguridad del reino. De hecho, Cornell se había convertido en espía.

Víctor, uno de los pocos que sabía cabalmente de la nueva condición de su hijo, asintió con la cabeza al oír la noticia. “Hijo, parece que vas a conocer el mundo.”

“Padre, no… ¡No es lo que yo esperaba cuando me enrolé!”

Víctor esta vez negó con la cabeza, y con un bufido le contestó “Cuando se está de servicio nada se parece a lo que uno había pensado. Hijo, tienes la oportunidad de ayudar a tu país, de ayudarlo en serio. Así que monta a caballo y hazlo. Por Cayaboré, por el rey y, también, por tu padre.”

Un gesto adusto se dibujó en el rostro de Cornell. Estar lejos de casa meses o años no era un panorama muy alegre, pero las instrucciones que momentos antes le habían dado sobre la misión eran realmente de importancia. Si Cayaboré, si el rey lo necesitaba —y su padre estaba de acuerdo—, él no debía negarse, ¿no es verdad? (No es que él haría algo semejante. Su sentido del deber le prohibía todo lo que fuera más allá de alguna que otra queja.)

Y, haciéndole caso a su padre, se despidió de Tempestad (hecho teñido de ternura por una mordida juguetona del dragón, que le costó una cachetada en su delicada nariz), le colocó la montura a su caballo y abandonó Hallowton.